Abriendo la caja de Pandora


bashar al assad

Esta vez se despierta por una pesadilla relacionada con las clases de historia que recibió en su niñez. En ésta él es Boabdil, el Rey Chico, y se ve forzado a entregar el Reino de Granada a los perros cristianos. No puede olvidar el reproche de su madre: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”.

Mira por la ventana y una sensación de alivio lo invade: “Business as usual”, piensa en inglés. Las calles de Malki prolijas, seguras; las pocas personas que se ven caminan sin miedo. “Nada ha cambiado, todo está en su lugar”. Su madre anoche le dijo, como hace años, su Assad-Assabi  (su León chico). Sabe que a sus ojos jamás remplazará a Bassel, su hermano muerto en un accidente de tráfico, el elegido de su padre y de las mujeres que abundaron en su vida glamorosa. Le dijo: “Assabi, mi niño, ven, acompáñame a ver una de esas películas inglesas que tanto te gustan”. The King’s Speech – sabe ocultar la indignación que le produce el que le recuerden su timidez y dificultad para expresarse en público.

Hafez, su padre, menospreció que él fuera un simple oftalmólogo, que jugara a occidental, a casarse con una inglesa. “Pero tuvo que confiar en mí”.  Recuerda la única lección que grabó a fuego de su padre, con quien casi no cruzó palabra. “Hijo, un líder musulmán debe ser absolutamente inescrutable. Su voluntad no está vinculada a ninguna de las categorías de occidente –amigos, enemigos– ni  siquiera a la de la racionabilidad. Un verdadero León solo se debe a sí mismo”.  Su mujer, su querida  Asma, no debe volver a decirle “mi Bata” (mi patito). Su nombre no debe ser objeto de burlas.

“Mi tío Hafez y Maher, el loco de mi hermano, son capaces de llevarme a un punto sin retorno. No entregaré Siria, Siria soy yo. Gasear a todos aquellos que dan refugio a los terroristas, está bien, estuvo bien. Pero actuar sin mi permiso… ya veré. Si Maher hubiera sabido recuperar el territorio luchando como un león, jamás estaríamos en esta situación. Nadie del partido debe pensar que Maher es el mejor Assad – nadie debe creer que él y mi tío actuaron por su cuenta”.

No puede confiar en su pueblo. “No me creyeron después de Hula, ahora empezarán a entender que quien dé refugio a terroristas será cortado, amputado o gaseado”. Su jugada maestra, en el plano internacional, lo hace sonreír. “Le demostré a Vladimir que desafiando y menospreciando a Obama, lo dejaría sin espacio de maniobra. Ahora puedo respirar con la certeza de un ataque de 60 días limitado a objetivos militares. Putin sabrá reponer lo que los misiles americanos logren destruir.”

Nosotros, espectadores occidentales, no comenzamos a entender la extrema complejidad de lo que se teje en Siria. Necesitamos ver la película. Ante cualquier explicación medianamente compleja perdemos el interés, porque el conflicto se libra lejos de nuestro respectivo Malki, nuestro país.  No creemos, no podemos creer, que Siria pueda suponer algo más que una guerra regional, a las que nos hemos acostumbrado desde Corea. Pero bastaría un error de cálculo, un misil en territorio israelí, una nave americana hundida, una instalación rusa dañada, y todo puede salirse de control.

Nos gusta pensar que nuestros líderes actúan guiados por altos principios éticos, pero en realidad de cada uno de ellos podríamos construir pensamientos plausibles, motivaciones pequeñas, ataduras políticas e intereses inconfesables.  Por supuesto las imágenes nos golpean, los niños muertos alineados en el piso nos sacan de la indiferencia. Algunos amigos me dicen: “árabe mata a árabe”, como si fuera un fenómeno ajeno a nuestra humanidad, pero cuando se remplaza por la palabra “niño” ya no podemos, no debemos ser indiferentes.

Obama, por ejemplo, tal vez sueña con ponerse a la altura del Clinton que supo intervenir en Serbia, cuando Europa se negó a ver la masacre. Para ello debe legitimar una incursión en el plano doméstico, ya que no podrá contar con la ONU ni con una coalición que lo respalde. Hollande, su único aliado,  podría estar buscando, al igual que todos los Presidentes de Francia, la grandeza de De Gaulle, a la vez que propina un golpe a Sarkozi, quien invitó a cenar con Carla al Elíseo a toda la familia Al Assad. Putin, tan firme y con intereses tan evidentes, podría estar mostrando su temor cuando reclama por la falta de un derecho internacional que respalde una acción militar. Israel guarda silencio, por buenos motivos. Ha sabido lidiar con Assad, pero es inimaginable lo que las milicias de Al Qaeda podrían hacer si toman el control de los misiles sirios. Arabia Saudita, financiando descaradamente a la insurgencia, presiona a sus aliados americanos para que acaben con el régimen de Al Assad.

El secretario de Estado Kerry declaró que es imposible saber lo que pasará después de atacar a Siria, pero es completamente predecible saberlo si es que EEUU se abstiene de atacar.  Santo Tomás de Aquino estableció que, para que una guerra sea justa, antes se deben reunir las condiciones serias de éxito. Siria pareciera una caja de Pandora que no es prudente abrir.

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