El buen café


café y manos 1

A paso rápido camina recorriendo el mismo circuito. Pareciera que no conoce otra forma de hacerlo.

No sabría decir porqué terminó estructurando una rutina a partir del comentario fortuito de su amiga, le parece –pero ya no puede asegurarlo– acerca de la mejor manera de prevenir la celulitis. Hace años que no hablo con ella, piensa, y la imagina un poco menos segura de sus piernas envidiables. Cuando por fin se decidió hubiera dado lo mismo tomar a la derecha o a la izquierda, y así fue durante un tiempo. Hoy simplemente recorre las mismas calles en un rito que la mantiene ocupada, cada mañana y durante una hora y media, a partir de las nueve y cuarto. No todo resulta siempre igual, pero luego de aplicarse con ingenio ha aprendido a alternar esquinas en verde o en rojo, tomando la alternativa oriente o poniente de la vereda, eligiendo una u otra calle. En definitiva sujetándose a un patrón que a estas alturas le evita pensar por donde debe avanzar.  Ella mira sin ver los objetos y el paisaje; mientras camina a toda velocidad por lo general es capaz de abstraerse y logra que sus pensamientos deambulen sin seguir un rumbo definido. Eso es tal vez el secreto que alimenta la rutina rigurosa, y que establece un contrapunto que constituye un descanso momentáneo a la obligación de tener que inventar, cada día y por épocas con mayor o menor urgencia, alguna actividad con la que ocupar sus horas, con la que mostrarse y sentirse ocupada. Caminar a toda velocidad guiada por su GPS invisible que funciona a la perfección mientras la rutina se desarrolle sin interrupciones, mientras en su camino no se introduzcan elementos que la obliguen a ver y a elaborar las rupturas del paisaje.

Una alteración bienvenida, que la sumerge aun más en su límbico estado anímico, es descubrir con certeza infalible los nidos en los árboles y observar en ellos la evolución de las estaciones y la labor de los pájaros. Su especialidad son los zorzales, y con toda facilidad distingue los nidos abandonados de los de la temporada, en proceso o terminados. Sin embargo, por mucho que ella intente disimularlo el paisaje urbano puede ser una fuente de tensión. No se puede sustraer a la ansiedad que le produce descubrir, y siempre lo percibe de inmediato, cualquier  alteración en los antejardines de las casas que abundan en el barrio. No puede soportar que poden un árbol en exceso, que agreguen un mueble de terraza en un ángulo donde evidentemente jamás será utilizado. Pero lo que la obliga a detenerse, con gesto de incredulidad y con una ira mal contenida, es que no se respete el sagrado estilo modernista de los años sesenta. A estas alturas sabe que de todas las corrientes arquitectónicas que han marcado tendencias en su ciudad, la más vapuleada, la menos respetada, es la sesentera. Rompiendo así un vínculo con su niñez, un lazo vivo y latente con la juventud de sus padres. Tal vez por eso haciéndola sentir un poco más vieja, un poco más alejada de esta juventud actual que por algún motivo insiste en revestir todo de una dignidad georgiana, hecha con enchape de ladrillo mate.

Recuerda con una sonrisa que cuando comenzó con su caminata matutina acostumbraba mantener la vista baja, concentrada en los detalles del pavimento, cada vez que se cruzaba con alguien. Meses después en la peluquería dio casualmente con un artículo del New Yorker que hablaba de cómo se separan en la calle los turistas de los locales. La diferencia entre unos y otros es la velocidad. Los turistas lentos y dubitativos, condenados a ser observados no sin cierta condescendencia; mucho mejor vestidos, los locales se dirigen a toda velocidad a sus trabajos sin dejar de escrutarse unos a otros, de apreciarse con toda libertad, como uno mira con intensidad y propósito a las modelos de una pasarela. Progresivamente armada con el escudo de su velocidad, ahora acostumbra mirar a la gente sin darles tiempo a que deduzcan su propósito, mucho menos a que tomen la iniciativa.

En su rutina, que podríamos calificar de flexible, siempre se dirige a la cafetería que está hacia al norte, un hito inalterado que le otorga armonía y equilibrio a su paseo matutino. En su barrio no son pocos los negocios que sirven café, algunos promocionando una de esas marcas italianas que son sinónimo de calidad. El café, en su autorizada opinión, es algo que en estas latitudes simplemente se acostumbra a maltratar.

Recuerda con cierto orgullo que cuando aun salía acompañada del grupo de sus íntimas e incondicionales, luego de su acostumbrada kitsch lorraine siempre calentada en horno y no en micro-ondas que mata el prana, sentía el impulso irresistible de dar una lección de savoire faire. Se puede decir que hasta ahí todo lo anterior era un preludio. En el momento justo en que se llevaba la taza de café a la boca cualquiera de nosotros hubiese percibido la evidente tensión que se producía entre sus acompañantes . Nada más probarlo su decepción se hacía evidente. “Quemado”, sentenciaba. Acto seguido sentía como un deber cívico, una contribución a su terruño y un gesto de solidaridad con el dueño del local, solicitar la presencia del barista. A pesar de reunir todos los elementos técnicos recomendados por su proveedor, ella era capaz de señalar porqué el café carecía del exacto equilibrio entre sabor, fuerza, aroma y textura.

De su cafetería le gusta el deck de color gris desgastado donde se sitúan las mesas. El conjunto le trae a la memoria una idílica escena sureña que alguna vez protagonizó, o tal vez –le resulta difícil saberlo– se trata más bien del parecido con una fotografía en colores que exhibe en el estar de su casa. En ésta aparece joven y sonriente sobre una terraza de madera atiborrada de plantas. Pero lo que ha capturado ya desde la primera vez toda su atención es el intenso aroma del café fuerte que sirven aquí.

En su cafetería no está dispuesta a romper el hechizo, no está dispuesta a perder el eje de su rutina y tal vez por ello jamás se ha detenido, precisamente en esta cafetería, a tomarse un café.

Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega
que ningún accidente
estraño y peregrino oye o siente.
[1]

Un día más ha alcanzado su meta, se ha sumido en su nirvana que es puro aroma.

Sin aviso ni transición el hechizo se rompe y el momento cumbre de su rutina deja de ser el hilo conductor de su vida. Se descubre en un desacostumbrado estado de alerta escrutando a una joven que avanza en su dirección. Nota que en su atuendo hay algo extraño que no alcanza a descifrar; pareciera que su indumentaria estuviera un poco pasada de moda, aunque dotada de la atemporalidad que le otorga su dignidad y prestancia adolescente. Lo que le llama la atención es el aire ochentero, claro que sí, eso es, piensa. Los rulos sueltos y desparramados, la superposición de prendas, el colorido y las exageradas hombreras que le dan un aspecto más fuerte del que en realidad tiene.

No puede ser, es imposible, no existen este tipo de coincidencias. No quisiera equivocarse. El pelo largo y castaño claro le resulta tan familiar, el vaivén de los hombros –tan característico– es como si lo hubiera sentido toda la vida. Su pulso se acelera cuando se impone la certeza de que ella es ella. Y una repentina oleada de ansiedad la hace pestañar para verla mejor.

Ella es. Piensa en acercarse, forzar el encuentro, y apura el paso. La sigue ahora encaminándose al norte en lugar de retornar a su casa, recorriendo territorio inexplorado y ajeno a su rutina, despojada del aroma protector que siempre la llena de tranquilidad. Cierra los ojos y por un lapso de tiempo imposible de descifrar cree oler la fragancia que despide su cuerpo. Algo indefinido que cristaliza finalmente en aquello que ya no tiene –juventud.

La sigue con convicción. Se concentra en esquivar las personas que le impiden tener la fluidez que quisiera para mantener una cercanía que le permita observar sin ser vista. Siente mucho calor y lo atribuye al paso zigzagueante que ha debido adoptar. Se arrima casi hasta rozarla para luego dejarla distanciarse un poco más. La duda la atraviesa en forma intermitente. ¿Será prudente verse, conversar? Tres, cuatro cuadras de un andar más que veloz. El recuerdo sedante de la cafetería se ha desvanecido. No puede pasar que se esfume en medio de la gente como si nada, con lo fundamental que ella es. Piensa atolondradamente qué decirle para sonar normal, trivial, para no asustarla. Para concretar este saludo que –no puede negarlo– aun le resulta inverosímil.

Ahora la joven ha abandonado su ritmo feroz. Evidentemente el afiche que exhibe la galería de Sándor posee una suerte de magnetismo que la ha atrapado. Algo inesperado en alguien joven e inexperto, que difícilmente podría apreciar los secretos códigos del arte y del mercado. “Blanca Whyte, Minimalismo bilingüe”, reza el título del cartel. La mujer sabe que Sándor, cuan consumado director de orquesta, con su batuta ha consagrado con un solo toque la obra de Blanca, desconocida hasta ahora en el mercado local. Por este solo hecho atraerá el flujo de los millones de quienes se enorgullecen de ser compradores tempranos, pero no tanto. Sándor es garantía de plusvalía.

La mujer no lo puede creer, son demasiadas casualidades para un solo día. Blanca Whyte ha logrado lo que hasta hace un momento parecía imposible, relegando a la joven a un segundo plano. Blanca, su compañera de juventud –la que menos talento mostraba de las tres elegidas.  Recuerda perfectamente su partida y cómo no se sorprendió cuando, dos años más tarde, leyó en las páginas sociales del Mercurio que se había casado con un gringo de Conecticut del que tomó su apellido, dándole ese toque de doble blancura a su nombre. Blanca la que supo arriesgar, la que no tuvo miedo. “Tenía poco talento y mírala ahora, con su minimalismo que parecía eso, algo mínimo”.

Mientras se acerca a la galería piensa con cierto alivio que la joven nunca será capaz de asociar el nombre de soltera de Blanca. En esa avenida llena de gente y de ruido por fin están una junto a la otra observando la vitrina. La mujer estira la mano para rozar su hombro. Toda su atención está enfocada en la cabeza que gira hasta el encuentro de la mirada. La gente alrededor ya es borrosa, son como una neblina espesa que los rayos del sol diluyen. Por primera vez puede observar sus ojos tan conocidos, sus cejas arqueadas, los huesos definidos marcando rotundamente el contorno del rostro –es como mirarse en un espejo retrospectivo.

“Hola, no puedo dejar de saludarte, te conozco desde que eras muy pequeña. Por años fui íntima amiga de tu madre hasta que se fueron a España.” Mostrando con la mano una supuesta altura infantil, esa frase ensayada una y otra vez durante el trayecto sale de su boca con la mayor convicción de que es capaz. Una vez terminada su línea es como si se sacara un peso de encima –al igual que una actriz en escena que debe hablar por primera vez. Ha establecido un contacto sostenible sin espantar a la joven, quien además siente la complicidad propia de quienes comparten un interés común.

“Hola que tal” –contesta la joven con acento castizo y una amplia sonrisa, mostrando una leve imperfección en los caninos, tan característica de ese Madrid que se ha vuelto la meca de tantos odontólogos argentinos. Es evidente que no le molesta saludar a desconocidos –a su edad hay tiempo para hacer, remendar y rectificar.

La mujer trata de disimular su ansiedad. Intenta llevar el saludo a una conversación que, procurando naturalidad, le permita permanecer por más tiempo con ella. Le habla de sus padres, del colegio en donde estudió, de la casa en donde vivieron. La incredulidad de la joven por el conocimiento de su intimidad la incomoda un poco pero al mismo tiempo la va abriendo a las imágenes de su pasado.

La mujer ahora la invita a tomar un café. La joven se niega con esa franqueza tan poco frecuente en este nuevo mundo. Entran en ese tipo de forcejeo amable y educado, propio de las personas que no tienen un trato cotidiano. Finalmente cede. Retroceden lo andado hasta llegar a la terraza con plantas. Eligen una mesa a la que le da el sol y se sientan. La mujer sabe que no puede perder el tiempo porque estas casualidades se dan pocas veces y es difícil que se repitan. Quisiera hacerle mil preguntas, darle cientos de repuestas y consejos, pero se contiene; no quisiera que se replegara en una timidez que sería imposible de sortear.

Cada una con su taza de café humeante y cubierto con una expectante espuma dorada, al rato están inmersas en una charla ágil y divertida que las hace sentirse cómodas, aunque se estudian con prudencia. Se las ve relajadas en sus asientos; la menor tiene los codos sobre la mesa y con las manos sostiene su cabeza, la mayor fuma. Pasan de un tema a otro. María le cuenta –con acento y gracejo madrileño– que tiene un plan, y relata cómo ganó la oportunidad de ir a vivir a Nueva York y poder estudiar arte. Sus ojos brillan de emoción. Algo sorprendida, la mujer la mira con compasión y piensa que no puede ser bueno un nuevo distanciamiento con esta patria que aun le resulta ajena. Quiere hacerla razonar, tomar distancia y perspectiva del asunto. Le pregunta qué le piden a cambio, la hace dudar sobre el tiempo de la estadía, cuáles son las condiciones, cuál es la proporción entre estudio y trabajo no remunerado. Le dice: “¿Te has preguntado por qué te ofrecen esto tan bueno a ti?”

María la mira con incredulidad y el encanto del momento íntimo y confiado se rompe, alterando el sesgo de la conversación. No puede creer que esta mujer sea tan desconfiada. Comenta con energía: “No soy la única, somos tres las elegidas en esta ciudad que aún no conozco demasiado, pero ya nos hemos hecho buenas amigas”. La mujer se sorprende y piensa: “Ahhh… ¿Tan amigas crees que son?”

María se ha puesto algo nerviosa e impaciente con el desencanto que manifiesta esta amistad de su madre en cada gesto y en cada palabra. Ya no la reconoce como alguien en quien pueda confiar. Ella es la negación a todo lo bueno que espera le suceda, y que de algún modo –ahora se da cuenta– puede definir su vida y lo que será su pasión. Piensa sin decirlo que ella también podría ser otra Blanca Whyte, una artista que establece un vínculo privilegiado entre dos mundos, entre dos formas diversas de vivir y de ver la vida. María ya no escucha a la mujer. La inflexión de su voz y esa manera de gesticular con las manos la asfixian. Quiere salir corriendo, quiere hablar con alguien de su edad. Inventa que tiene algo que hacer, que se le ha hecho tarde, y  aparta su silla de la mesa para levantarse.

La mujer aspira profundamente el último cigarrillo de su cuota diaria –ya no hay otro en su pitillera de plata, la que su papá le regaló justo después de ganarse la beca, cuando expuso en la colectiva de la Municipalidad. Está desconcertada con el ímpetu y entusiasmo de María, con la determinación que manifiesta. No cree que ella jamás haya sido así, no puede reconocerse en María. Recuerda el letargo en que pasó su juventud salpicado con alguna fiesta de tanto en tanto, con el osado momento en que probó alguna droga liviana. Fueron muy pocas las cosas capaces de motivarla y más escasas las ganas de lo que ella misma denominaba “emprender aventuras”  ―aun les tiene una aversión incuestionada. Con los años ha sido capaz de tomar distancia de su excesiva prudencia y con cierta ironía se repite: “supuestamente riesgosas, supuestamente aventuras”.

Recuerda el esmero que ponían en su casa por protegerla del mundo exterior. Se referían vagamente a evitarle ciertos barrios pero especialmente a que se relacionara con amigos de familias, al decir de sus padres, menos conocidas. De modo que, en los sutiles y desperfilados criterios de su casa, irse a estudiar a otro país resultaba perfectamente compatible con los estándares en que fue criada.

Que ella hubiese logrado acceder a uno de los escasos cupos de la beca del “Art Institute” de Nueva York se volvió una historia de éxito familiar. Por fin se respiraba el alivio en su familia. Con la imprudencia que nace del orgullo por primera vez comentaban  las excepcionales dotes artísticas de su hija. A partir de la carta en que le informaron de la beca la historia familiar se reescribió con una rapidez y sutileza que el mismo Stalin hubiese envidiado. Ahora, desde siempre, sus padres habían buscado darle “una educación integral, dejando a cada hijo desarrollar su talento”; historia que, una vez pulida, repitieron como un mantra.

Sí –piensa– mi papá fue contradictorio. En su casa la libertad era un bien escaso por el que ella no supo pelear. Tampoco se planteó marcar su territorio, luchar por sus convicciones –simplemente  las cosas fueron así. La libertad era “movible” en el sentido de nunca saber con relativa exactitud cuáles podían ser las tolerancias, y por ello lo prudente era mantenerse dentro del estrecho espacio libre que dejaba la ancha zona gris demarcadora de los límites permitidos. Con resentimiento recuerda cómo, si papá estaba de acuerdo, podía contar con su apoyo y financiamiento generoso, lo que la llevó a descartar cualquier plan que creyera ajeno a los gustos paternos. En su casa todos practicaban el consumado arte de preguntar, “con toda libertad”,  solamente aquello que se suponía era lo que papá aprobaría, no siempre sin un tironeo que llegaba a ser extremadamente verosímil incluso para los amigos.

Cuando por fin degustó su café, sinceramente ya no recordaba por qué decidió no emprender el viaje. María removió en ella lo que durante treinta años fue su historia oficial. La verdad –reconoce con un temblor en las manos– es que le dio pánico la certeza de que tendría que exponer, al final de cada trimestre, en la galería del Art Institute junto a los becados procedentes de todo el mundo.

Desde muy chica en su casa jamás nadie la animó a atreverse a mostrar y arriesgar su talento, a exponerse al fracaso. Hoy comienza por fin a vislumbrar que entre los suyos el éxito fue el absoluto-no-transable. Así, mientras más cercano a su identidad fuera lo que se jugaba, más condescendientes eran en aceptar y validar cualquier disculpa para no jugársela hasta el final. Identidad que entendían como algo único y sobresaliente de cada miembro de la familia, como la capacidad de hacer muy bien al menos alguna cosa en que se pudiera brillar, algo con que pudiesen sentirse orgullosos.

Lo que sí recuerda es que su padre le dijo que no era necesario tomar decisiones de inmediato. No era necesario que aceptara la beca porque él podría costearle la carrera cuando estuviera segura, en definitiva cuando ella quisiera. Ahora se da cuenta con cierta compasión cómo ese hombre, que siempre mostró una voluntad de acero, sucumbió al pánico de tener que desdecirse frente a todos los amigos y conocidos a los que profusamente proclamó el éxito familiar, el éxito de su hija.

Le basta mirar a María para reconocer que en su caso el dinero de su familia, lejos de otorgarle más grados de libertad, actuó como un sedante que la llevó a no asumir, con la urgencia de la juventud y en su debido momento, las encrucijadas de la vida. Comienza a reconocer que el dinero, la certeza del dinero, fue un espejismo que la obnubiló por tanto tiempo.

 Se le encoge el corazón cuando recuerda como si fuera hoy la reacción de su madre. En privado, las dos a solas, frente a frente. Ella le dijo que consideraba más prudente esperar un poco, aclimatarse nuevamente a su país, y que papá le había ofrecido pagar los estudios renunciando a la beca. Los ojos de su madre se llenaron de lágrimas y la abrazó para ocultar su rostro. Luego de un largo minuto dijo algo inconexo relacionado con las pastas que había para la hora del té.  Se esfumó el momento de intimidad, la oportunidad de enfrentar la verdad. Tal vez por esto su empeño en conversar con María nació de una convicción vieja, de una herida que ni siquiera pudo sangrar, estallando como un volcán que ha acumulado demasiada presión.

Ahora sabe que ciertos temas tienen un momento, un espacio único en que se puede hablar. Se ha hecho así partícipe del rito ancestral de las tribus y sus tabúes. La expresión misma de la negación es el silencio aquiescente de su madre. Es también su silencio, que nació de aceptar la verdad ajena sobre su propia identidad y propósito.

Tiempo después su padre informó a la familia que “las cosas” ya no marchaban tan bien, dejando establecido –en su código vaporoso– que ella debía olvidar en adelante cualquier posibilidad de que le financiara sus estudios en Nueva York.  A partir de ese día ella tuvo la disculpa perfecta para justificar entre sus conocidos el cambio de planes, guardando eso sí el pudor debido sobre las finanzas familiares.

Se le cierra la garganta al imaginar los oleos y pinceles cuidadosamente embalados para el viaje, aun guardados al fondo de la bodega. Por tantos años ha acumulado un rencor sordo que finalmente puede verbalizar. “Mis padres no alteraron ninguna de sus costumbres. Siguieron viajando dos veces al año a destinos cada vez más exóticos.”

Una lágrima cansina rueda hasta su oreja. Disimula y se limpia con el dorso de la mano. Frente a esta María que amaga con marcharse siente la  traición a ella misma, comienza a vivir el duelo por su talento enterrado. La estremece el vacío de sus ritos y el dolor de su camino rutinario, hecho de comodidad y complacencia. Se distrae inútilmente con los sobrecitos de azúcar, pues sabe que no tiene salida y que cualquier cosa que pudiera agregar sonará vana.

Con una sombra de miedo que invade sus ojos María la mira incómoda mientras le dice: “Te dejo, lamento que llores.”

“Sabes quién eres ¿verdad?” es la respuesta de la mujer.

[1]  Fray Luis de León, Oda N° III (A Francisco de Salinas), estrofa N° VII

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