Soñar otra vida


Foto Soñar otra vida 1

Le toma las manos y la acerca para abrazarla. Ella se siente palpitante, con la carne blanda y dulce. Apoya la barbilla en su hombro, cierra los ojos y desea que el abrazo dure tanto como su vida. Con la mano izquierda, ella le acaricia el pelo de la nuca y pasa la derecha por su espalda – la palpa firme, musculosa. Una espalda joven. Quiere permanecer para siempre en el abrazo, con el olor de su cuello prendido a la nariz. No quiere abrir los ojos, pero una presencia demasiado conocida la obliga a mirar. A lo lejos un hombre sentado con los tobillos sobre el interior de los muslos, con las manos sobre las rodillas, sus ojos cerrados, medita. Una vez más aparece acompañado del canto de las sirenas, rompiendo así el ensalmo del abrazo. “¿Quién es?” ―se pregunta. Se desprende con dificultad de sus brazos. Camina hacia él para despejar su duda, aunque ya sabe cuál es su nombre. Mira hacia atrás, quiere deshacer este paseo inútil. Frente a ella, el meditabundo abre los ojos y la mira con cariño. Ella rehúye su mirada, se vuelve hacia el joven y corre hacia él, pero sus pies siguen en el mismo sitio.

Frunce los ojos, sacude la cabeza y se la tapa con la almohada. La acalora el plumón y lo echa hacia atrás empujándolo con los pies. Escucha el ruido de la ducha y se levanta; va al cuarto de su niño pero ya no está ahí. Camina hacia la cocina, lo ve tomando desayuno y piensa en lo lindo que es. Sonríe. Su fiel Carmen es una garantía para que todo lo de Andrés, su niño precioso, funcione a la perfección. Ella no necesita acompañarlo al bus de acercamiento ―a sus trece años va confiado con Carmen. Aunque antes de la autopista la ciudad estaba mucho más lejos, ella siempre tenía su reunión en el Club de Jardines donde no dejaba de almorzar con alguna amiga. La verdad, dijo Pablo, es que ahora el bus escolar es la mejor solución para Andrés, ya no tendrás que llevarlo tú.

Antes de que su marido aparezca por la cocina, como siempre contra reloj y pidiendo a Carmen su desayuno, ella se escabulle a la biblioteca. Va en busca del álbum que le devolverá los recuerdos de la estadía de Murray, cuando aun no se desataba la sequía. Al entrar al estudio siente el olor a cedro. No sabe cómo es posible que perdure a través de los años ese aroma tan característico. Echa un vistazo general a la biblioteca de boiserie que está a la derecha, almacenando infinidad de libros ―muchos heredados, otros comprados por ella. Recuerda cuando le pusieron puertas a los estantes, después del terremoto del ochenta y cinco, cuando se cayeron todos generando un gran estropicio en hojas y tapas. A la semana siguiente, su padre mandó llamar al ebanista y le encargó que pusiera puertas a los estantes que permitieran ver con facilidad los lomos de los libros. En ellos también hay muchas fotos antiguas en blanco y negro; algunas testimonian los inicios de la labor del campo, otras a color resultan más familiares. Por aquel entonces, su padre escogió una malla de bronce que va enmarcada en el mismo cedro americano del resto de la biblioteca.  Recuerda su frustración cuando no pudieron dar con las manijas iguales a las originales que hay en las puertecitas inferiores. Al fondo está el escritorio de raíz de nogal con su paño de cuero verde ya raído. El cuero de los sillones que lo acompañan también está en mal estado, y piensa que la oportunidad de retapizarlos se ha esfumado. Al frente de la biblioteca hay una enorme chimenea de piedra con dos ventanales a los costados ―desde hace tiempo mantiene sus cortinas cerradas. Alguna vez entró por allí la luz a raudales.  El género claro y floreado de éstas es lo único femenino de la estancia, con unos ramilletes de orquídeas de un color muy tenue. Las hojas del estampado se mezclan sutilmente con el color de fondo de la tela.

Busca con la mirada los álbumes hasta descubrirlos muy arriba; será necesario usar la endeble escalera, piensa. Toma dos álbumes de fotografías, enciende su lámpara de lectura y se sienta en una de las bergere frente a la chimenea. Por algún privilegio ―que  heredó de cuando la casa aun pertenecía a su padre― este es el único lugar donde puede fumar y permanecer por horas en pijama, sin que Pablo haga un escándalo.  En la biblioteca se puede conectar con el pasado, antes de la sequía, antes que Pablo ―para ahorrar en calefacción― cerrara el resto de las habitaciones que alguna vez estuvieron llenas de vida. Aquí puede soñar y revivir sus recuerdos. Hasta el pesado cenicero de cristal tallado tiene el sello paterno.

A Carmen le resulta cómodo que ella permanezca en la biblioteca todas las mañanas porque queda con libertad para hacer la limpieza en las habitaciones de Andresito, don Pablo y de la Señora. Desde que don Pablo cerró las habitaciones, piensa, me da tiempo a dejar hecha la comida para la noche; así puedo recibir a Andresito, vigilarlo con sus tareas y controlar la hora en que sale a pasear con su bicicleta y el perro.

Hoy es martes y ella espera pacientemente a Pablo, que no dejará de repetir el discurso con el que se despide desde que empezó el tratamiento de antidepresivos. Mi amor, le dice apoyado en el dintel de la puerta, no te olvides que a las tres y media tienes tu cita con don Estanislao. Es importante que tomes tus pastillas. Saldremos adelante, yo estoy a tu lado. Hazlo por Andrés y por mí. Ella lo mira con cierta aprensión y se anima a decirle que no cree que don Estanislao la esté ayudando.  Pablo respira hondo, mira el reloj y responde: “Puede que el viejo esté retirado, pero no puedes olvidar que fue decano de la facultad de medicina y pionero en tratamientos contra la depresión profunda”. Vuelve a mirar el reloj, dice algo en voz baja, contiene la respiración y tomando impulso atraviesa el umbral y recorre la distancia que lo separa de ella. Con un gesto rápido abre las cortinas, le da un beso en la frente, le dice que volverá tarde y se va raudo.  Camino hacia el garaje, ya recuperado el aliento, se reitera el propósito de remodelar la biblioteca. “Hoy sin falta pasaré a conversar por el departamento de arquitectura. Helena ha sabido interpretar mis gustos en el resto de la casa”, piensa.

Ya está sola. Se levanta a cerrar la cortina y no puede dejar de ver al fondo del parque ―algo descuidado y reseco― la silueta oscura de su invernadero, que luce con algunas ventanas rotas, la pintura verde descascarada y la gruesa cadena en la puerta. El silencio del ambiente se impone; ella no puede evitar pensar que Ítaca siempre fue un campo lleno de gente. En su niñez creció rodeada de primos y amigos que, debido a la cercanía de la ciudad, venían a pasar los fines de semana. Hacían excursiones a caballo y organizaban picnics debajo de los árboles para paliar el calor; a última hora de la tarde llegaban exhaustos, pero era obligatorio que cada uno desensillara, lavara y cepillara su caballo. Después tomaban algún refresco y seguían con partidos de tenis o chapuzones en la piscina. En las noches se repetían los clásicos juegos de mesa, y si la velada se presentaba muy animada ponían música en el Garrard y bailaban en la galería que da al parque, aprovechando esa brisa que traía el aroma del huerto. Fue así como en la misma época en que su padre enfermó conoció a Pablo. Con su ayuda tuvo que ocuparse de los peones temporeros que llegaban a trabajar en la cosecha de almendras. Le gustaba ver cómo se manejaban con total pericia en la recolección de los frutos. “No sé cuándo terminé de quedarme sola, cuándo todos abandonaron Ítaca”, se dice en voz baja.

Se arrellana en la bergere tapada con su chal de alpaca. Respira hondo. Cada vez que se queda sola en la biblioteca el tiempo se detiene. Luego de posar por largo rato una mano sobre la cubierta, se obliga a abrir el álbum verde. No le resulta fácil visitar el pasado, cuando todavía llovía en su tierra. Ve la foto que ella misma tomó desde el invernadero, donde se distingue a Murray y Pablo bajo los almendros. Recuerda cuando instó a Pablo a que trajera a los estudiantes de post-grado. En ese entonces él era profesor a tiempo parcial en la facultad de Agronomía, y aunque no participaba del comité de intercambio, siempre le comentaba sobre los alumnos extranjeros.  Ella le insistió que sería enriquecedor para los dos convivir, por algún tiempo, con experiencias de vida diferentes. Pero lo que en realidad convenció a Pablo fue la posibilidad de contar con una ayuda experta en el huerto, que le resultaba una carga no muy bienvenida para su alma de docente. Un sábado a mediodía Murray se presentó en Ítaca para iniciar su práctica profesional; ella quiso registrar el momento imaginando su álbum de estudiantes de intercambio. Recuerda entornando los ojos que lo primero que pensó de él es que era buenmozo y se avergonzó entonces y también lo hace ahora. La cautivó su aspecto de gringo aventurero con ese pelo desprolijo y colorado, los ojos de un marrón indefinido. La foto no le hace justicia ―piensa. Sus camisas celestes siempre fuera del pantalón, con un aire despreocupado y libre. Pero lo más atractivo por lejos, lo sabría después, fue que supo desnudarle el alma sin que se diera cuenta. Lo otro que no sabía es que Murray sería el primer y último estudiante en llegar. Su estadía se extendió por más tiempo de lo imaginado y llegó a convencerse de que en Ítaca él había encontrado su lugar. La verdad sigue doliendo, aún le resulta dura de aceptar. Murray finalmente se sumó a los demás, como ave migratoria que no puede resistir el llamado de la bandada. Es lógico, piensa, yo también me hubiera ido.

 La idea de tomar el auto e ir a su consulta semanal con don Estanislao siempre le produce desazón. La semana pasada le solicitó que preparase un tema para la próxima sesión, que le hablara de algo que la apasionara. No necesita una semana para pensar en la respuesta, obvia y rotunda, mientras acaricia la cubierta de su álbum beige. Nada la motivó tanto como su invernadero de orquídeas, y sin embargo necesita revisitar sus fotos para intentar conectarse con sus sentimientos de entonces. Pablo fue maravilloso, la ayuda que le prestó con los almendros resultó irremplazable, pero de alguna manera ella quiso darle algo único y propio. Supo con intuición femenina que para él los almendros siempre serían solamente un negocio. A ella le resultaba lógico que su vida siguiera conectada con la Facultad, con Santiago.  La pregunta de su psiquiatra la hace pensar, una vez más, en su relación con Pablo. Desde que se casaron siempre lo apoyó en su profesión, celebrando cada pequeño ascenso en el mundillo de la academia y sus cargos rimbombantes que nunca ha entendido del todo.  Se propuso cambiar su centro de gravedad, deseó que Ítaca lo conquistara y así capturar su corazón. “Amarme a mí es querer a Ítaca. Ser fiel a Ítaca es permanecer a mi lado. No puede ser de otra manera, y aunque recién casada no hubiera sido capaz de ponerlo en palabras, siempre ―tal vez hasta hoy― intenté que Pablo me quisiera como yo lo he querido. Mi ingenuidad fue pensar que lograría traspasarle mi amor por Ítaca. Si don Estanislao quiere ver trabajo y pasión no necesito explicar demasiado; bastará con que le lleve este otro álbum. Si Pablo quisiera a Ítaca yo dejaría de soñar. Fracasé con Murray, es evidente que también lo he hecho con Pablo. Ya no tengo energías para seguir luchando, me siento seca como esta tierra.”

Sabe que don Estanislao quiere ver lo que él llama “un progreso”, es decir la capacidad de verbalizar su historia. Cierra el tomo verde, lo deja en la mesa y toma el álbum beige. Si no fuera por el psiquiatra, no estaría a punto de recorrer sus páginas, de revivir lo que fue su pasión, de acentuar este dolor sordo que no la abandona. Al inicio está la fotografía que ella misma tomó a la orquídea bifrenaria que Pablo le regaló cuando se comprometieron.  Al día siguiente una amiga la invitó a celebrar su compromiso en el Club de Jardines de Santiago. Allí la esperaba el resto del grupo, todas ansiosas por ver el anillo que ahora lucía en su mano. Terminada la celebración, visitó la exposición de orquídeas que por primera vez se hacía en el Club. Fue ahí cuando supo que había dado con un proyecto que la uniría a Pablo.

¿Cómo explicarle a este señor lo que ella entiende por la unidad de espíritus?  ¿Esa fidelidad total que es la única manera que ella conoce de querer? Ensaya mentalmente la historia que deberá relatar más tarde a su doctor. “¿Por qué no hacer un criadero de orquídeas en Ítaca? A él evidentemente le fascinaban y el invernadero solo se ocupaba para unas cuantas matas de tomates en invierno”. No sabe cómo expresar bien su idea, que siendo rotunda le resulta difícil de verbalizar. Ella ni por un momento pensó en unas cuantas orquídeas, en un pasatiempo simpático que pudieran compartir. Tampoco se trató de una locura, de un capricho o una forma de expresión de su vanidad. Teme que la escala de su proyecto sea un dato más que confirme las peores sospechas del psiquiatra. Se asoma tímidamente en su mente lo que está intentando contarse en este ensayo de la pasión de su vida, y que reconoce como el precio a pagar por una dosis menor de fármacos narcotizantes. El proyecto de orquídeas, el tamaño del álbum que tiene a la vista, testimonian la audacia que supuso traer de varios países más de 200 variedades exóticas,  la ayuda que prestó la Facultad de Agronomía para obtener las autorizaciones de importación correspondientes,  las largas horas de clases prácticas en el Club de Jardines, el continuo ir y venir a Santiago. Sobre todo las horas, los días completos metida en el invernadero, fracasando y volviendo a comenzar, hasta lograr el ambiente perfecto para el desarrollo de las plantas. Todo eso, con un solo fin ―complacer a Pablo, deslumbrarlo con una belleza que apelara a su corazón. Acompasar así sus ritmos vitales compartiendo los éxitos y los fracasos del arte improbable de criar orquídeas en estas latitudes. En definitiva, esperaba dotar a su pobre Ítaca con un nuevo encanto, un jardín de perfumes que lo conquistara ya para siempre. Así lo podría ver partir cada día a su Facultad con la tranquilidad de la espera cierta en cada atardecer.

Siente un levísimo golpe en la puerta e inmediatamente se asoma Carmen. “Señora, llamó la señorita Helena para decir que mañana vendrá a medir la biblioteca.”  Helena, piensa, simplemente no tiene idea de lo que está haciendo. Pablo, siempre con su ayuda, luego de remodelar la cocina y los baños la emprendió con los dormitorios y el living. Parecía tener prisa y argumentó que Helena, miembro de la facultad de arquitectura, no cobraría por sus servicios profesionales. Le hizo ver lo inútil que resultaba mantener más dormitorios y cerró la puerta del pasillo que da al área norte de la casa, la más calurosa en los meses de verano. Menos trabajo para alivio de Carmen. El ala sur queda resguardada por la sombra de los añosos árboles del parque. Le cuesta comprender a Pablo, tan ansioso por dejar atrás lo pasado. Por una parte en algún momento se ilusionó con la idea de que buscara asimilar Ítaca a sus gustos más contemporáneos, haciéndola más propia. Por otra le duele ver que el resto de la casa se parece cada vez menos a la herencia de su padre. Parecía hasta hoy que sin decirlo habían llegado a un acuerdo que definía los límites. El resto de la casa sería suya mientras le dejara su biblioteca intacta, llena de recuerdos. “Hasta Carmen sabe que este es mi refugio, mi territorio.” La sola idea de confrontar a Pablo la desarma. Sabe que aunque se resista, tarde o temprano verá acumularse más cajas con sus cosas y sus libros en la bodega que alguna vez sirvió como caballeriza. Siente que es inútil luchar; en su corazón no termina de ver porqué Pablo desea remodelar su biblioteca, despojándola así de sus recuerdos. Sabe que si expresara la rabia que siente, si nuevamente levantara la voz, Pablo la miraría con preocupación y no dejaría de comentarlo con don Estanislao.  Las lágrimas le corren por la cara y el cansancio que no la abandona  comienza a cubrir de una suave neblina sus pensamientos.

Se acerca a la puerta y se cerciora que haga clic. No quiere que Carmen la vea en este estado. Cuando la colilla le quema los dedos camina hacia la ventana que abre y la tira al jardín. Vuelve a sentarse en su bergere, le da un poco de frío, se abraza tocando su espalda y se arropa con su chal. Cierra los ojos y piensa: “Esta es la mejor medicina. Si lograra dormir sin soñar podría volver a luchar por Ítaca, por lo mío. El viejo no sirve para nada, me ha camuflado con pastillas y lo único que logra es que camine muerta.”

Le molesta el canto de las sirenas en el mar porque podrían distraerlo. Tapándose los oídos con las manos corre hasta un bosque de árboles nuevos. No está cansada pero se apoya en el tronco delgado y áspero del más cercano. Ve cómo la luz del sol cae en rayos rectos por entre las ramas. Ama el color verde que alguien… ¿su marido?  (no recuerda quién) tanto detesta. Ya no siente el peso que la aplasta, ya no está presente la idea de Pablo y su decoradora. Ve cómo dos manos desde atrás la abrazan; esas manos que saben abrazar y acariciar recorren su pecho, juegan con sus pezones. Mira las manos y sabe de quién son; sonríe y estira con placer el cuello hacia atrás, que es comido a besos. Huele el olor del hombre que la está resucitando. Se da vuelta y suplica en su oído: “Líbrame del sueño de la muerte”. Saborea los besos que se darán con urgencia. Cierra los ojos y con las yemas adivina el contorno de su cara. Se aprieta en su pecho, se deja salvar en su abrazo y abre los ojos. Al fondo un hombre hincado reza. “¿Qué hace aquí?” se pregunta con malestar.

Siente frío en los hombros y estira la mano buscando abrigarse. Respira profundo, piensa en la hora y se da cuenta que, incluso por la autopista, ya no tiene tiempo de vestirse y de llegar a tiempo a la cita con su doctor. Se pone el chal sobre sus hombros y va a la cocina. Ahí está su niño haciendo las tareas. Carmen  está más allá y la mira de reojo ―antes odió esa mirada que ahora le da lo mismo. El niño la ve y arma alboroto de risas y gritos. Le molesta que la tironee del pijama… “Es tan dulce” –dice bajo para que no la escuche. “¿Por qué me quiere?” ―esa es la pregunta que le retumba en la cabeza desde hace tiempo.

Sabe que si no está vestida cuando él llegue se hará evidente que faltó a la cita con el doctor. Está harta de discusiones sin destino. Prefiere correr a darse una ducha y sale rauda a Santiago. Es mejor pretender, intentar llegar, decirle algo a la secretaria de don Estanislao, cualquier disculpa para reprogramar la hora.

Repentinamente puede contar con un par de horas libres antes de volver. Decide pasar por su casilla de correo tan activa y llena de noticias en el pasado. Se sorprende cuando, en lugar de las revistas de jardinería, le entregan una caja a su nombre. Lee el remitente y tarda un rato en caer en la cuenta. Si, finalmente recuerda: se trata de la señora Heilung, la que le pidió que le regalara sus orquídeas luego de la exposición del Club, la última en la que participó antes de que se apestaran sus plantas.  Abre la caja y ve unos frascos con etiquetas escritas a mano y con títulos sugestivos. Una dice “para el dolor”, la otra “para la alegría”. Se trata de esencias hechas a partir de sus orquídeas,  una terapia que ella desconoce y que la sorprende. Decide de inmediato no contar nada ni a don Estanislao ni a Pablo de este regalo llegado del pasado.  “En mis circunstancias no tengo nada que perder” piensa, mientras toma su auto y se encamina al atardecer de vuelta a Ítaca.

Le dice a Pablo que acompañe a Andrés ya que no lo ha visto en todo el día. Viene corriendo a despedirse ―le endulza el corazón su olor a niño recién bañado, el olor a colonia. Fugazmente pasa por su cabeza la idea de arroparlo en su cama y la destierra inmediatamente. No se siente merecedora de su cariño, sabe que lo está traicionando.  Sacude la cabeza. “A mí también me traicionaron” ―piensa con apatía recostada en un sillón.

Más tarde comen en bandeja mirando las noticias que ella no ve. Sabe que él está preguntándole algo, escucha el murmullo. ¿Estás tomando los remedios? ―esa es la pregunta que él repite. “Por supuesto”, miente ella. “¿Cómo te fue con don Estanislao?” Prefiere postergar la discusión y responde que hoy no le dio tiempo a atenderla, que reprogramaron la cita. Lo mira con aprensión y contempla la puerta de su dormitorio.

Va a su pieza y sabe que a sus espaldas él está hablando con su doctor debido al tono que siempre adopta cuando trata con el jubilado decano. Se sienta al borde de la cama, echa unas gotas de perfume en su cuello, detrás de las orejas y en sus muñecas. Estira la funda de su almohada feliz de saber que pronto estará viviendo. Recuerda los frascos, elige la del dolor por parecerle más lógico comenzar por ahí y se lo toma. Pronto está durmiendo.

Se despierta con un ruido molesto. Es Carmen que golpea la puerta de su dormitorio y desde allí le dice que son las once de la mañana. Le da rabia que la mujer la despierte y le diga que tiene que levantarse porque debe hacer la limpieza. Pero más rabia siente por no poder recordar lo que soñó. Se pone la bata y va a la terraza. Antes le pide un café y busca los cigarrillos.

El aire está limpio, el cielo translúcido. Le molestan los días así porque la culpa se le evidencia.

“Don Pablo viene a almorzar con la señorita Helena” ―grita Carmen desde la ventana. Recuerda de inmediato a lo que vienen, siente angustia e impotencia y un grito ahogado sale de su interior.  La imagina con su croquera en la mano cómodamente instalada en el último trozo de Ítaca que le pertenece. Inevitablemente levantará la voz, intentará defender lo que no tiene medida, estilo ni proporción. Imagina la mirada de Pablo, quien por la noche confirmará con su doctor la necesidad de profundizar el tratamiento. “¿Cómo se pueden medir los recuerdos? ¿Por qué las cosas de mi papá deben ser evaluadas con un criterio estético de alguien ajeno?” Siente que una vez tocados por Helena pasarán a ser solo cosas. Sabe con la certeza de lo inevitable que muchos de sus recuerdos desaparecerán de su vista y de su memoria.  Y las cosas que sobrevivan a este exilio forzoso ya no serán suyas porque las sentirá huérfanas entre tanto artefacto contemporáneo, incapaces de protegerla y acompañarla en su soledad.

Tiene el tiempo justo para desaparecer de la casa. No puede irse sin darle una explicación a Carmen que la escucha con indiferencia. Le dice que debe ir al Colegio de Andrés a una entrevista, lo que es relativamente cierto porque no ha llegado a ninguna de las anteriores. Toma el auto y emprende rumbo a Santiago. A ambos lados de la autopista florecen los condominios de casas iguales, algunas con laguna, otras con cancha de golf, que señalan cómo la ciudad está cada vez más cerca. Antes de subir el cerro que cierra el valle de lo que hasta ahora había sido el límite urbano, decide en forma impulsiva desviarse y entrar al cementerio.

Nunca ha visitado la tumba de su niña en ese gran parque que le resulta un eufemismo de la muerte. Las tumbas se señalan con una brevísima placa en el verde que se extiende hasta donde alcanzan sus ojos. Se pierde, averigua, la encuentra. Se sienta en el pasto mojado. Recorre con la yema de su dedo el nombre grabado en la piedra: “Eugenia.” Le gustaría llorar y así poder alivianar el dolor. Piensa en la niña extranjera de las noticias con el mismo mal: “Síndrome de la Sirena” dijo su doctor, y dejó de respirar a las pocas horas de haber nacido, cuando ella aun no salía del sopor de la anestesia.  Lo que más le duele es que no pudo imprimir en la memoria la fragancia de su hija, esa pequeña prolongación de su carne, ese ser pequeñito, inerme y desvalido. Recuerda que la pusieron sobre su pecho envuelta en un chal de algodón blanco, que la tocó suavemente pensando en su fragilidad; con los labios recorrió su cabecita perfecta en un beso sutil. No dejó de mirarla. Intentó darle el amor más puro del que fue capaz. Las horas se le hicieron cortas, apenas un instante. Aquel momento tuvo sabor amargo por su brevedad; a medida que pasa el tiempo cada vez le resulta más efímero, al contrario de lo que le dijeron que sucedería. En su memoria se trata de un todo determinante y definitivo ―el dolor permanece encorvando ligeramente su cuerpo.

Hace un esfuerzo por revivir esas horas en la clínica, cuando todo el mundo hablaba en voz baja a su alrededor. Habiendo orquestado todo para hacerle más llevadero el desenlace inevitable, no quisieron esperar a que se levantara. Le dieron un sedante y la acomodaron en una habitación en penumbras. Con la presencia de las pocas amigas que conocían el diagnóstico inequívoco de las ecografías, Pablo procedió a enterrar a su Eugenia sin más demora. Intuye que fue Murray quien llevó en brazos la caja con el cuerpo de su hija, que Pablo los siguió unos pasos más atrás. Andrés nunca supo acerca de su hermana, lo dejaron en casa con Carmen. ¿Para qué complicar más el asunto? dijo Pablo. La verdad es que de lo ocurrido después del parto ella sabe muy pocos detalles. Cuando volvió a casa la habitación que habían preparado para Eugenia ya estaba cerrada. Un par de días después del funeral Murray pasó a despedirse de ella por la clínica. Le dio un abrazo largo y le susurró al oído que tenía que irse lejos de Ítaca. “Algún día comenzaré mi largo viaje de regreso”, le dijo. Ella lo entendió perfectamente, le sonrió emocionada mientras intentaba contener las lágrimas. “Dime por donde andas, Murray, no te desaparezcas”, le dijo en un hilo de voz. “Eugenia, tal vez es hora de ubicarlo. Me dijo que se mantendría en contacto con el Club de Jardines”. Sin decirlo piensa que da lo mismo que el psiquiatra opine que debe cerrar esa etapa dolorosa de su vida.

Sentada en el pasto ahora reflexiona acerca de los meses previos. Recuerda, cuando apenas tenía unos meses de embarazo, haber presenciado desde la biblioteca la discusión entre Murray y su marido frente a la entrada del invernadero. Nunca les preguntó de qué discutían, pero vuelve a ver con claridad a Murray agitando una de las latas de insecticida con las que fumigaba las plantas. Le pareció escuchar que decía algo en inglés, una frase hecha. You should have known better, o algo así. Luego Murray cargó el resto de las latas de insecticida en una carretilla, las arrojó en la parte trasera de la camioneta y arrancó a toda velocidad. A partir de ese día la tensión entre Murray y Pablo se hizo evidente. Se volvió esquivo y dejó de acompañarla a tomar té por las tardes en la terraza. Algo pasó ese día, se dice.

Recuerda ahora, y decide contarle la historia a Eugenia, de cómo era su trabajo en el invernadero. “El primer síntoma de la sequía fueron los pulgones que atacaron las orquídeas.  Murray insistió en controlar la plaga con chinitas ―o coccinédilos, como les dijo, llamándolas por su nombre científico. Pero la fecha de la nueva exposición se acercaba y Pablo me aconsejó usar el insecticida, ese que quedó de cuando los almendros estaban recién plantados. Bueno, tu papá era el profesor ¿sabes? Estuve horas encerrada en el invernadero, fumigando con la bomba cada hoja y cada flor. Tenía que salvar la exposición.” ¿Por qué habrán discutido de esa manera? se pregunta. Esa tarde, cuando comieron juntos, Pablo le dijo que la acompañaría al control de ecografía y que a partir de entonces no convenía que estuviera encerrada en el invernadero. Ella se sentía perfectamente bien e insistió en que el trabajo allí no la cansaba. Pero entonces fue cuando Murray le dijo que se mantuviera fuera de ese lugar al menos hasta después del parto. Usó un tono terminante, una forma de dirigirse a ella que le resultó dura e inesperada.

“Lo hice por ti, Eugenia, me alejé de mis plantas y de mi trabajo de años, pero parece que fue inútil.” La certeza de que la enfermedad de Eugenia era algo evitable finalmente toma cuerpo y comienza a estremecerse en un llanto por largo tiempo reprimido. La consuela saber que ni Carmen ni Pablo están presentes, que en este lugar es perfectamente lógico y normal que una persona llore a sus anchas, sin necesidad de reforzar el escudo químico contra las penas. El sol brilla. Su dolor es muy grande pero también está agradecida con esta niña inocente que le ha devuelto la sensación de estar despierta. “Perdónanos Eugenia, estoy segura de que tu papá no sabía.”

Ignora si Pablo y Helena siguen en su casa, croquera en mano, rediseñando la biblioteca. No puede arriesgarse a volver, no sin antes hablar con él. Siente que merece al menos una oportunidad, un margen de confianza, aunque solo sea por respeto a sus hijos. En la Universidad se comporta como otra persona, piensa. Jamás me dará la ocasión de hablar mientras esté en su claustro. Por ello finalmente decide elevar la apuesta, lo llama a su celular y le dice: “Pablo, acabo de visitar la tumba de Eugenia. Me gustaría que nos reunamos a tomar té en el Club de Jardines. Dime a qué hora puedes llegar”.  Imagina su expresión de desconcierto. Su oído experto captura el volumen de su voz inusualmente bajo y la modulación pausada de cada palabra, denotando la tensión que le provoca esta propuesta. Responde con un forzado laconismo: “Encontrémonos a las seis en tu Club”.

Apenas son las cuatro cuando luego de una ausencia de diez años llega a su antiguo Club. Se presenta en la portería, saluda con toda naturalidad a Quique quien ―con la experiencia propia de su cargo― responde su saludo como si la hubiera visto ayer. “Quique ¿me puedes dar el Skype de Murray por favor?” Con el papel manuscrito se dirige a la biblioteca del segundo piso, donde puede hacer uso del computador. En el descanso de la escalera, un poco más arriba, se topa con una antigua amiga del Club. Con ella compartió muchas horas de charlas sobre cultivos y en el comité organizador de eventos. Su amistad se circunscribió al Club y sus actividades. “Tantos años sin verte por aquí, ¿dónde estabas? ¿qué ha sido de tu vida?” Ella ha perdido la destreza de las convenciones sociales y no reacciona con la rapidez y naturalidad del caso. “Ya me ves, por acá de nuevo. A ver si nos juntamos a tomar té para ponernos al día”, atina a decir, mientras piensa que las charlas con don Estanislao no son tan inútiles después de todo. “Para reinsertarse en la vida social debe dejar de lado su dolor. El tiempo de duelo ya prescribió y no puede imponerle a los demás la obligación de interesarse por su estado anímico.” Luego de ejecutar con eficiencia los convencionalismos que imponen un encuentro casual, siguen de largo, evitando así cualquier asomo de incomodidad. No puede evitar pensar en los comentarios que inevitablemente vendrán y la llevan a reafirmarse en su voluntario exilio en Ítaca.

Se sienta frente al PC de la biblioteca, se pone los auriculares, acomoda el micrófono y hace clic sobre la etiqueta que indica MS. “Quique, ¿sabes qué hora es acá?” Escucha con emoción su voz inconfundible y luego de una breve pausa le dice: “Murray, soy yo”.  Es un momento que él ha imaginado tantas veces a lo largo de estos años y responde: “P, finalmente fuiste al cementerio.”

Se siente revivir ―Murray  es la única persona que me ha llamado P, piensa. “Me dijo Quique que estás casado y con una niña de cuatro años. Me mostró algunas fotos en su Facebook. Tus dos mujeres son preciosas. ¿Qué hace tu señora?” Murray se alegra de que Quique no le haya dicho todo y se explaya contándole como es su vida en Indonesia, de cómo conoció a Emilia en Filipinas, de los lugares en que han vivido. “De cada país he recolectado semillas de orquídeas siempre pensando en rehacer tu invernadero. Emilia trabaja en la Heritage Hotels’ Association ―le dice― y no te imaginas la cantidad de veces en que hemos hablado del potencial de Ítaca como hotel boutique. P, estaríamos encantados de visitarte con Emilia y presentarte nuestro proyecto. Creo que es tiempo para mí de volver a Ítaca.”   Es ella quien ahora guarda silencio. Cuando recobra la voz le dice que Ítaca está seca, que son años de sequía devastadora, que no espere nada especial.  “P ―dice con emoción Murray― ahora estoy seguro. Es como en el poema que me enseñaste y que he releído tantas veces:

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino
pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.[1]

Permíteme intentarlo P, tienes espacio de sobra, no tienes nada que perder y conocerás a mi familia”.

Se ha quedado sin palabras, profundamente emocionada. No puede hablar y Murray respeta su pausa. Luego de su abrupta partida, en el abismo de su dolor y los años de silencio, llegó a sentir que Ítaca, la semilla que ésta plantó en el alma de Murray, no tenía raíces profundas, que inevitablemente ―como su tierra querida― se había secado. “Murray,  es tu casa, no necesitas que yo te invite”, le responde. Ahora Murray anhela el silencio de la noche y le dice que hablen mañana. Ella sonríe ―sabe que en adelante no precisará pastillas para sentir el sosiego y la fortaleza que fluyen de su tierra y de su herencia.

A las 5.30 suena la alarma en el PC de Pablo avisándole que es tiempo de tomar su auto para dirigirse a esta inesperada reunión en el Club. Necesita mantener las rutinas que sostienen su compostura en momentos de tensión. Ha calculado el tiempo justo para llegar puntualmente, sin denotar ansiedad.

Mientras se sume en el tráfico que señala el inicio de la hora punta de la tarde, aprovecha de repasar y ordenar sus ideas. Ya sabe que ella no llegó a la cita con su doctor y que probablemente no está tomando su medicación. Evidentemente hoy se escapó de su reunión con Helena. “Qué bueno haber atinado cuando opté por acompañarla” se dice. Lo último que querría es dejar sola a Helena en Ítaca, a manos de Carmen.  En su escapada ella visitó el cementerio por su cuenta, lo que considera una gran imprudencia. Toma nota y decide insistirle en que él está a su lado, que a futuro pueden ir juntos. “Ahora para colmo se ha expuesto al escrutinio dejándose caer en el epicentro del chismorreo” ―como le gusta definir al único club de la ciudad compuesto casi exclusivamente por mujeres. “Qué bueno que por lo menos nos verán juntos”, piensa. Su tren de pensamiento toma otra dirección. “Nadie sabe lo mío con Helena”, se dice aliviado. “Si no fuera por ella no habría podido soportar esta farsa de matrimonio, estos años de dormitorios separados.” Le ha costado convencerla de que deben resistir, esperar un tiempo más, por el bien de su mujer y de Ítaca. “Cuánto sacrificio en estos años”, se dice. Necesita focalizarse en lo importante, en su plan más inmediato. “Justo cuando ella parecía más estabilizada, más dispuesta a obedecer, con el mercado inmobiliario en plena efervescencia.  Si no vendemos Ítaca ahora quien sabe cuándo llegará otra oportunidad.” Pablo sabe que el campo, desde la sequía, es una fuente de gastos interminable. Por otra parte el crecimiento de la ciudad puede compensar todos los sacrificios. Su mujer es la dueña de Ítaca, pero si venden, él tendrá derecho a su parte en la plusvalía. “Por supuesto le dejaría el parque y la casa a ella.”

Cuando ingresa en el Club. Quique lo saluda con toda naturalidad y le indica que la Señora lo está esperando sentada en una mesa de la terraza. Pablo se siente mejor ―ha recuperado su tranquilidad y ahora puede concentrarse en lo importante.  Cuando se asoma por la terraza ella lo saluda con la mano y le sonríe tal como acostumbraba hacerlo antes de la sequía. Pareciera que nada ha cambiado, piensa, pero a la vez su sonrisa es un aviso más de que este es el momento de recuperar el control, por el bien de todos. Le da un beso, se sienta, le toma la mano y le dice: “¿Me puedes explicar qué te pasó hoy? Esperaba verte, hubiera sido bueno que participaras en la reunión con Helena. Después de todo, Ítaca sigue siendo tu casa.”

Ella lo mira, respira, se sonríe ligeramente. “Pablo, te noto alterado. No, por favor, déjame hablar a mí. Después de todo hace tiempo que guardo silencio.” Lo mira sin pestañear y luego de tomar aire  prosigue: “Sé lo del insecticida.” Muy agitado levanta la voz y le pregunta cuando habló con Murray. En una mesa cercana una señora levanta la vista y los mira con curiosidad. Ella con la mano le hace un gesto para que se calme y prosigue. “No es como piensas. Hablé con Murray, es cierto. El quiere visitarnos para proponerme un proyecto para Ítaca. Pero calma, déjame explicarte.” Soltando su mano, se queda ligeramente encorvado en su silla y con un gesto le indica que siga, que la escucha. “Sé lo del insecticida porque lo sé, Murray no necesitó decirme nada. Pero Pablo, me gustaría que te perdonaras. Eugenia no te culpa y yo tampoco. Ya puedes dejarlo ir, no necesitas seguir luchando contra tu historia.” No puede evitar un nudo en la garganta, baja la vista y desvía la mirada. No quiere que lo vean llorar, no aquí, no ella. Ella lo observa con suavidad y le da tiempo para que se recomponga. “Pablo, te agradezco todas tus atenciones, tu preocupación, pero ya no necesito que me sigas cuidando, no de esta manera. No volveré a ir a lo de don Estanilao…” El asiente calladamente con su cabeza ―necesita saber todo lo que le resta por decir. Quien sabe por cuánto tiempo le ha llegado el turno de guardar silencio. “Sé lo de Helena. No, por favor, no digas nada. Puedo entenderlo.” El la mira sumido en el desconcierto. “También sé lo de la inmobiliaria. Me han llamado varias veces. No te preocupes, sé por qué estás aquí. Déjame hablar. La zona sur del campo se venderá, tú recibirás tu parte y yo me reservaré el derecho a reciclar las aguas servidas. Ítaca, lo que quede del campo, volverá a tener agua.” Cuando la escucha hablar del negocio no puede evitar preguntar desde cuando está negociando a sus espaldas, con la asesoría de quien. Ella responde: “Es distinto a como piensas. El dueño de la inmobiliaria por años fue un amigo asiduo de Ítaca, compartió con nosotros tantos fines de semana. El quiere preservar mi legado y ha ideado la forma de lograrlo. Podremos hacer lo que queramos, incluso una cancha de golf.” Lo mira y nuevamente le da tiempo para que asimile lo que está intentando decirle. “No quiero verte atado a Ítaca, al mástil del deber, de las obligaciones de marido y de padre. No quiero que te alejes de Andrés, que aun te necesita. Siempre tendrás tu cuarto en Ítaca. No necesitas pedir permiso para venir a tu casa. Debes decidir, con libertad, lo que quieres hacer con tu vida. Créeme, recibirás tu parte de la venta. No sé lo que pasará conmigo, no me pidas que te responda ahora. Has sabido esperarme, cuidarme ―a tu manera. Creo que ahora, por un tiempo, debes alejarte de mí. Solo tú podrás saber el momento de volver. Solo quiero pedirte una cosa: cuando vuelvas piensa bien qué le quieres dar a Ítaca, porque ella ya te lo ha dado todo.”

Esa noche en su dormitorio, luego de dar las buenas noches y llenar de besos a Andrés, de dejarlo bien arropado en su cama, mira por la ventana y reflexiona sobre todo lo que puede contener un día. Observa las nubes que se han acumulado y cómo se van cargando de un gris amenazante. Está agotada, ve el frasco de la alegría ―lo toma y luego de hacer un brindis por la Sra. Heilung se mete en la cama. Esa noche duerme profundamente. Cuando despierta siente el sonido de la lluvia suave y penetrante que cae sobre su Ítaca querida.

Algunas referencias:

1. El Hacedor de Lluvia

http://www.rodriguezpelaezcs.org/lluvia.html

2. Flores de Bach

http://books.google.cl/booksid=GUj12B3PyLkC&pg=PA139&lpg=PA139&dq=negador+del+duelo&source=bl&ots=hx5iFNe8WA&sig=nc7Nw0Zx-xvNGRjIhEGebGqWwfY&hl=es&sa=X&ei=wPZiUvqJLMXk4AOKt4GwCw&ved=0CCsQ6AEwADgK#v=onepage&q=negador%20del%20duelo&f=false

3. Sirenomelia

http://www.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0048-77322007000300008&lng=en&nrm=iso

4. Itaca de Constantino Kavafis

http://www.pixelteca.com/rapsodas/kavafis/itaca.html

5. Penélope, personaje de la Odidea, de Homero

6. Casa Tomada, de Julio Cortazar

[1]  “Ítaca” de Constantino Kavafis (1863 – 1933)

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