Al Sol


Spantik1

Punta Arenas, 44 metros sobre el nivel del mar, verano.

Dante, el escalador.

 Now is the winter of our discontent. Made glorious summer by this sun of York.[1]

Una vez más estás rumiando tu fracaso. Ese hijo de Nueva York, Madoff, hizo que todos te señalaran con el dedo. Añoras el mundo de las altas finanzas pero no hay segundas oportunidades. “Esto es sin llorar”, sentenció tu abogado cuando por enésima vez intentaste explicar cómo lograron enredarte. No fuiste el único, aunque tus clientes perdieron menos que otros inversionistas en diversas partes del mundo. Pero no pudiste reponer sus pérdidas. Como operador independiente de Bolsa, luego de muchos años de esfuerzo, habías logrado hacerte de una clientela estable y de la confianza de la corredora internacional que representabas. Muy joven lograste vivir holgadamente de las comisiones. Te jugaste tus cuantiosos ahorros en inversiones apalancadas ― todo colapsó en pocas semanas cuando no pudiste cubrir los márgenes y los vencimientos de deuda. Tuviste que vender tu casa, liquidar todos tus activos; aun así no pudiste pagar tus compromisos que te persiguen como un estigma cerrándote las puertas a lo único que sabes hacer. Con estos antecedentes ya no puedes trabajar en alguna institución financiera y desde ahí reconstruir tu vida y tu prestigio.

Apenas comenzada la tarde se desata la tormenta de polvo y viento que pronosticaron en el noticiero matutino. El hotel cruje y no sabes cómo detener un silbido molesto que proviene de una de las ventanas. Abrir la puerta principal para salir o entrar es una proeza de fuerza muscular que no tienes ninguna intención de afrontar. Al igual que en otras ocasiones, inventas una disculpa para abandonar la recepción y buscas refugio en el interior.  Miras los escuálidos árboles pensando que en cualquier momento se quebrarán por el viento. No aguantas más este clima inhóspito. La depresión chumanga[2] se apodera de ti y sientes cómo tu cuerpo se vuelve pesado haciendo que cada movimiento exija un gran esfuerzo de tu voluntad.

La caldera es como el corazón del hotel, alimentando los radiadores y el agua caliente de las duchas. Te gusta observar cómo crecen las llamas, cómo debes balancear la calefacción con la acumulación de temperatura en el termo de los baños. Te has quedado impávido pensando en aquello que hubieras podido hacer de otro modo. El dolor de espalda se desencadena con tus reflexiones.  Te revuelcas en la miseria de quienes te hicieron llegar al fondo del abismo. Si te hubiesen dado algo de oxígeno postergando tus vencimientos, calculas que desde hace ya varios meses podrías haber pagado tus deudas rescatando además la plusvalía que finalmente se dio en prácticamente todas tus inversiones.

Sufriste la condena, la sentiste como si hubieses sido la mano derecha de Madoff. Eso te dolió, pero lo peor fue que te dejaron solo. Esta mañana notaste que la camioneta estuvo muy cerca de no arrancar, señalando que la batería está por agotarse. No pudiste evitar la comparación. Cuando ésta va llegando al final de su vida útil son menores los esfuerzos por intentar arrancar el motor. Incluso de usar otra batería como puente, porque todos sabemos que por la tarde nos dejará en la estacada.

Las ayudas se hicieron menos frecuentes en la misma medida que tu situación se hizo irremediable. Con los meses se esfumaron las referencias para volver a trabajar. Y todo el asunto, por esto mismo, se fue volviendo un tema tabú, intratable porque comenzó a generar cierta violencia en quienes aún te escuchaban. Tu silencio de radio se fue extendiendo a los más cercanos, incluyendo a tu mujer. No solo por no atemorizarla, también porque te conformaste con esperar el desenlace sin recursos y sin fuerzas para alterar el resultado. Con la duda insidiosa: que ese nuevo nivel de estabilidad, luego de que se asentara la situación, resultara insuficiente para mantener la cohesión familiar. Aunque sigues acompañado, la certeza de la soledad se hizo cada vez más presente.

Sumergido en la confusión que produjo la incertidumbre de los primeros meses, sin asidero material, te viste rodeado por personas que comenzaron a opinar poniendo mínimos, condicionando su ayuda. Se volvió atractivo pensar en aventuras riesgosas, en retomar las escaladas difíciles. Soñaste frecuentemente en subir a un risco y dejarte caer, obligando a los de siempre a acudir en auxilio de tu familia, haciendo violencia a quienes podían ayudarte. Comenzaste a sentirte inútil, ignorado por quienes podían darte una oportunidad. Se rompió, eso pensabas, esa base de confianza necesaria en cualquier relación. Terminaste por darles la razón aunque mantuviste la lucidez suficiente para saber que eso se volvió una trampa mental. Una especie de predisposición a cerrarte puertas, comprimiendo aún más las relaciones familiares. Por eso llegaste a la conclusión de que debías hacer, dejarte llevar, aceptar cualquier cosa que te ofrecieran.

Pero comenzar a hacer tampoco fue una solución. Pronto te viste dominado por la respuesta servil o agresiva ante quienes aún querían ayudarte. Fuiste víctima de espejismos como si le hubiesen puesto orejeras a tu entendimiento que no hace tanto era capaz de calcular en una fracción de segundos el resultado de una operación financiera. Tus errores de juicio se hicieron frecuentes, dando batallas épicas en materias que no valieron el esfuerzo y abandonando derechos fundamentales para hacer todo más llevadero. Dominado por la amenaza, azuzando tu voluntad para responder al peligro. Te viste así agotado, inerme ante esta ansiedad que desconocías y que al parecer tiene raíces muy profundas en tu niñez. Las consecuencias fueron puentes cortados, pérdida de memoria, la mano temblorosa, tu mutismo impertinente. Te volviste ineficaz, sufriendo ataques de sueño a mediodía e insomnio nocturno. Episodios de actividad febril seguidos de postración. Días en que olvidaste nombres importantes, peor aún, rostros. Te volviste indiferente con quienes te rodeaban; tosco para recibir y dar afecto.

Cuando alguien quiso ayudarte, dedicándote tiempo y escucha paciente, llegó el momento en que resultó evidente que debías alejarte para no hacerte pesado abusando de su confianza. Entendiste el agradecimiento como un respeto a los límites que esta persona quiso poner al ámbito de su ayuda y de su relación contigo. Comenzaste también a silenciar tus opiniones en temas que antes dominabas y con el tiempo se te hizo natural que nadie te preguntara, quedando al margen de la conversación. Una noche lograste sorprenderte a ti mismo. Alguien comentó sobre sus páginas favoritas en Internet y fue ahí cuando caíste en la cuenta que ya no tenías algo que te interesara, ni siquiera las páginas de alpinismo y escalada que te apasionaban.

Lo del hotel surgió en forma casual. Un amigo de la familia que estaba de visita en Chile, luego de tantos años viviendo en algún país de oriente, te comentó que heredó este hotel de ocho habitaciones en Punta Arenas. Necesitaba encontrar un gerente y cuando supiste que el administrador tenía además derecho a ocupar un departamento en la primera planta, lo justo para tu familia, no lo dudaste más. Ganando una cuarta parte de lo que acostumbrabas, recomenzar en otra ciudad donde nadie te reconocería sonó como una buena alternativa.

Beatriz, la mujer de Dante.

La ciudad en que crecimos se volvió hostil. Dejamos de frecuentar los ambientes en que nos podíamos encontrar con conocidos, y no solo por falta de medios. Algunas personas evitaban saludarnos y eso fue duro para nosotros, sobre todo para él. Todos nuestros bastiones de contención se fueron esfumando a medida que las cosas se pusieron duras. Cada vez más limitados, nuestro entorno terminó volviéndose ajeno. Esto, me atrevo a decir, porque nosotros ya no éramos los mismos, en realidad él no era la misma persona.

Cuando le ofrecieron el trabajo en Punta Arenas pensé que no lo iba a aceptar.  Ya había rechazado ofertas mientras aun esperaba encontrar algo en el mundo de las finanzas. El decía que no esperaba gran cosa, que estaba preparado para comenzar desde abajo, pero seguía aferrado a lo que desde hacía muchos años había convertido en su profesión. Yo al principio lo apoyé, estuve de acuerdo en que esperara algo adecuado sobre todo porque con los sueldos que le ofrecieron no podríamos arreglar nada. Con el tiempo comencé a pensar que tal vez no estaba haciendo todo lo necesario por nosotros, por los niños y por mí. Me costó identificar el origen de mi rabia: él nos abandonó y a cambio se aferró a un pasado que en opinión de personas que saben simplemente se esfumó. No conozco a nadie que siga de corredor independiente. A pesar de mi rabia esto no se lo dije. Hubiera sido como patear en el suelo a un perro herido.

El sueldo que le ofrecieron como gerente del hotel no era ni un cuarto de lo que otrora había ganado. El trabajo estaba en las antípodas de lo que había hecho siempre, pero contar con un techo seguro y recomenzar en otra ciudad también me resultó atractivo. Pensé que él pondría todo tipo de excusas para no abandonar el lugar que nos había visto crecer. Que abandonar profesión y ciudad era demasiado esperar. Me equivoqué. Sin ponernos de acuerdo para ambos la idea de mudarnos resultó atractiva.

Yo lo amé pero ya no estoy tan segura. No me gustaría que se malinterpretara lo que acabo de afirmar porque nada tuvo que ver el cambio de situación económica. El se volvió irreconocible, tapió su interior con muros gruesos y pétreos, supuestamente protectores como los de una fortaleza medieval. Dejamos de acercarnos, de tocarnos, de hacer conexión. Nos dejamos de ver en el más amplio sentido de la palabra. El mayor cruce verbal se producía a comienzos de mes. “¿Pagaste el colegio de los niños? La cuenta de la luz está vencida. Llamaron de un banco y preguntaron por ti.” Cada uno se esforzó por sobrevivir en la nueva realidad de la mejor manera que supo, tratando de mantener a raya a sus propios demonios. No fue en conjunto, no fue de a dos.

Eso ya pasó y Punta Arenas era una nueva oportunidad. Estuve dispuesta y abierta a cambiar de vida porque lo que quedaba ya no se podía denominar así. Nadie emigra si no tiene necesidades apremiantes. La ciudad a la que nos íbamos se sentía a miles de kilómetros de distancia y también era lejana en clima y costumbres.

Toda mi aprensión a terminar viviendo en un departamento frío e impersonal al interior de un hotel de provincia se esfumó el primer día. Lo mío fue amor a primera vista. Nuestro departamento es pequeño pero cómodo y acogedor. La verdad es que todo el hotel es encantador. Reducido, cada habitación tiene una personalidad única. Los plumones están hechos por unas croatas de la zona y se nota que tienen oficio; la presión del agua de los baños es sorprendentemente buena; las maderas tienen un tratamiento precioso. El salón del restaurante  tiene encanto. En tres ambientes, permite servir el desayuno en un espacio más reducido, o atender una comida de negocios con cierta privacidad.

Tuvimos la suerte de llegar con el hotel lleno de reservas en temporada alta. Me alegró ver a Dante levantarse temprano nuevamente y llegar cansado al final del día, que en estas latitudes pareciera que no acabará nunca. Comenzó a relatar anécdotas propias del negocio hotelero y eso ya fue un cambio bienvenido luego de meses de mascullar monosílabos, de reducir toda comunicación a lo indispensable.

Me sorprendió saber que de vez en cuando se quedaba a conversar con gente venida de otras partes. Comentaba con interés acerca de personas que le devolvieron algo de riqueza interior. Me parece que poder charlar sobre filosofía, literatura, política o economía con personas que tenían tiempo para él es lo que más le sorprendió de su nuevo trabajo. Se interesó en la música ambiental y me gustó verlo esforzarse por recordar los nombres de las mujeres que constituyen la mayoría del personal.

A los pocos días de llegar me di cuenta que la ciudad y su entorno es fascinante. Las casas del centro, donde está nuestro nuevo hogar, son de una construcción sólida, noble. Edificios más bien bajos y construcciones afrancesadas. Siempre me ha gustado ver el mar. La costanera amplia, por donde salimos a caminar la primera vez, me causó gran impresión. Me gustó el color de su luz, los tonos azul profundo y plateado del estrecho. Aprovechamos de usar la camioneta del hotel, que también era parte del trato, para hacer un poco de turismo. Si uno se aleja de la ciudad inmediatamente se encuentra con la inmensidad de la estepa. Las nubes corren raudas, reflejándose en los arbustos chatos y aguerridos acostumbrados a la adversidad climática. Era nuestro primer encuentro con la estepa, un manto lleno de matices de verde, de luces y sombras. Soplaba el viento y cada ráfaga que golpeaba mi cara parecía limpiar los pensamientos negativos, transformándolos en una energía movilizadora. Estaba bien parada, con los pies bien puestos en este nuevo territorio, optimista con el futuro que podría forjar. Con los niños hice largos paseos por las planicies cada vez que podía ocupar la camioneta. Era y sigue siendo un asombro la fauna, tanto las especies raras de ver como las comunes. Escarabajos, caiquenes, ñandúes, armadillos,  cóndores, huemules y pumas. Todo era nuevo a nuestros ojos y estábamos sorprendidos.

Las dieciséis horas de luz en diciembre y enero son gloriosas. Esa extensión del día me llenó de vitalidad. No voy a mentir y lo confieso sin pudor. La levedad de las noches fue un recorte obligado a los malos pensamientos que tomaron por costumbre apersonarse en la oscuridad y atormentarme. Todos los antiguos miedos seguían estando, los mismos que me persiguen desde que tomé conciencia de mi fragilidad y la de los que me rodean. Miedo a la soledad, al fracaso en la relación con el compañero que yo escogí; al poder de la mente, que nos juega en contra, nos oprime y nos paraliza. Miedo a la pobreza después de una vida fácil y cómoda.

La luz de esos meses me devolvió el optimismo.

Punta Arenas, invierno.

Hace años compré mi primer libro de cocina. Al inicio intenté hacer la receta tal cual y sufrí con la falta de algún condimento difícil de encontrar en el mercado local. Cuando me vi obligada a adaptarme descubrí que cocinar es creativo. Al principio dejaba volar la imaginación tragando saliva, más que nada por obligación.  Ahora uso los libros como una fuente de inspiración, como una guía para explorar nuevas ideas. Para cuando llegó el primer invierno y los días se acortaron yo ya estaba en mi centro. Había comenzado a hacer nuevas preparaciones con corderos patagónicos, ñandúes, ciervos y centollas. Más que nada lo hice para ayudar a renovar el menú del hotel, y a pesar de que el chef se mostró un poco desconfiado terminó por aceptar algunas de mis sugerencias. Yo no era rival para él y eso se notaba.

De a poco fui adentrándome en la cocina del hotel. Ayudé a Dante con el manejo del personal y la planificación de las compras. Muy pronto me empecé a quedar por las noches de los fines de semana cuando faltaban manos para atender. Cuando el restaurante estaba atestado de gente se veía que el manejo era deficiente y se notaba mucho cuando perdían el control de la cocina. La verdad es que me resultó gratificante comenzar a percibir los ritmos y la exquisita coordinación de todas las partes, necesarios para que una cocina funcione y cumpla con las expectativas de los comensales. Aprendí que un restaurante  tiene un punto de saturación y uno tiene que saber decir no a la llegada de nuevos comensales. “¿Tiene reserva? Lo siento, esperamos verlo nuevamente.” Eso seguro que incentiva a la clientela a llamar antes. También noté que por debajo de cierta cantidad de mesas ocupadas el restaurante tampoco funciona porque entonces hay que partir de cero con las salsas, descongelando solo para uno, y así tantos detalles. Aprendí a cerrar la caja por la noche, a cuadrar las comandas contra las facturas y contra cada medio de pago. Separando las propinas, por supuesto. Un error puede ser fatal porque desmotiva a los mozos; ellos son quienes mejor pueden ayudar a un chef a salir de todo en forma ordenada.

Mi oportunidad llegó cuando el chef renunció abatido por el aburrimiento y la soledad. Otro que no pudo con la depresión chumanga, pensé. E inevitablemente me pregunté si Dante sería capaz de salir adelante. Sin pensarlo dos veces llamé al dueño por teléfono indicándole que me tuviera a prueba el tiempo que estimara conveniente. Además, era temporada baja y seguro que no conseguiría a nadie que quisiera venirse a esta ciudad. Aquí estoy. Pienso seguir si es que no cambian los planes de los de arriba. Por supuesto, me cuesta llevar a los niños al colegio por la mañana después de acostarme tarde, pero Dante ha solidarizado y me ha remplazado en esa tarea.

Dante, el escalador.

Es difícil comprender cómo llegaste a esta ciudad perdida, a este trabajo miserable, a este clima que no es compatible con personas normales. Debieras dejar esta ciudad en los confines del mundo, cayéndose en el Estrecho de Magallanes, en donde las ráfagas de viento son similares a las que conoces tan bien pero carentes de la adrenalina que te provoca la altura. Detestas la oscuridad temprana de este invierno interminable,  las magras horas de luz que no alcanzan a un tercio del día; vives en busca de un rayo de sol y cuando apenas iniciada la tarde se termina la luz, prefieres enterrarte en el corazón del hotel ―en la bodega haciendo inventario, en la caldera revisando su funcionamiento. Cualquier cosa que te evite ver en la ventana la negrura a media tarde. No eres como los lugareños que siguen con sus tareas como si nada, sin importarles que a las cinco sea de noche.

Detestas la inmensidad de esa estepa, algunas cuadras más allá, donde se funden el verde seco de los coirones con el cielo siempre poblado de nubes grises. Te produce tristeza esta grandeza sin acotaciones de cerros, este caminar derecho sin pendientes. Te da pena, y a la vez te impresiona, llevar a tus niños al colegio aun de noche y con un frío al que no pueden estar acostumbrados. Disimulas tu pesar, les haces bromas, los dejas elegir la radio. Te alegra saber que se han hecho de amigos, que este clima hostil los ha hecho mucho más fuertes de lo que imaginaste.

Así andas, sumido en el hacer por cumplir, por sostener el presupuesto familiar. Estás tirado a la orilla del camino por donde pasa la vida. Te sientes como un mendigo que estira la mano, que vive de calibrar con exactitud el cómo y a quién pedir una ayuda. Te ganas tus pesos pero vives con temor a que algo no resulte, a que los dueños decidan que no has hecho lo suficiente, a que un pasajero algún día reclame y tú estés escondido. Tal vez no es solo la oscuridad lo que te lleva a evitar la recepción del hotel. Por ahí pasan vidas que sientes ajenas, tan libres que te llenan de envidia.

Sientes la asfixia de no tener nada tuyo que no sea la obligación de resistir un día más. Has quedado atrapado por el cepo de las circunstancias, de esta marejada de tu vida que terminó por arrojarte en esta costa inhóspita al sur del mundo. Por supuesto te alivia ver a Beatriz cada día más contenta, con nuevas amigas, con trabajo, aportando al presupuesto. Y a tus niños saludables y fuertes. Crees que así te resultará más fácil pasar desapercibido con una sonrisa dibujada, compartiendo las noticias y la comida de la noche. Pero en silencio, sumido en tu tristeza, lejos de los tuyos.

Eduardo Satrústegui, el vasco.

Pasajero VIP, dice la reserva efectuada hace tres meses por la agencia española. A precio lleno, la mejor habitación del hotel y con anticipo pagado con tarjeta. Esto no es lo usual en temporada baja. Fue suficiente para que Dante lo esperara con curiosidad y con un pisco sour de bienvenida el día de su llegada a mediodía.

De inmediato Eduardo se sintió como en casa. Sentado en la confortable sala de estar invitó a Dante a compartir el aperitivo, dejándolo un poco sorprendido y con la mirada titubeante. Ese fue el primer indicio que empujó a Eduardo a ser inquisitivo. La actitud esquiva de Dante, su timidez, el pudor a mostrarse, pero en particular su dificultad evidente para definirse a partir de lo que hace. Todo ello fue suficiente para revivir los recuerdos de la relación que Eduardo tuvo con su padre.

―Tú no has sido siempre gerente de hotel, ¿a qué te dedicabas antes de estar aquí?

Entre sorprendido e incómodo Dante respondió escueto:

―Era asesor de inversiones.

―¡Hombre, que cambio radical! ¿A qué se debió tamaño giro en tus actividades?

―Madoff ―respondió, esquivando la mirada del hispano.

Así fue como se adentraron en una conversación que duraría hasta las siete de la tarde, bien regada de buenos vinos y de abundante comida patagónica. Como buen gourmet, Eduardo insistió en felicitar al chef. Cuando Beatriz se presentó en el estar con una sonrisa agradecida, segura en su indumentaria, Eduardo siguió atando cabos, entrelazando su historia con la de esta familia tan lejana a sus tierras guipuzcoanas.

Ya era tarde y todos manifestaban su cansancio. Antes de levantarse y darse las buenas noches, Eduardo ―con arte fino de francotirador― preguntó a bocajarro: Dante hombre, ¿juegas backgammon? ¿has practicado alpinismo en algún momento de tu vida?

La respuesta fluyó apenas audible, forzando su voz: “He dejado esas aficiones. Tengo mala suerte.”

Esa noche Dante y Eduardo se acostaron con la convicción de haber encontrado un amigo.

 

En la estepa

Un par de días más tarde, temprano, Beatriz saluda a Eduardo que está sentado frente a un humeante café con leche, panes y mermeladas caseras. Hablan del tiempo, del manejo de la cocina, de los problemas que surgen con el personal y también con el abastecimiento. De los proveedores de los productos de excelencia. Llegan al tema que lo ha traído a Magallanes: la posibilidad de exportar centolla a su tierra siempre dispuesta a pagar por la calidad y la buena comida. Beatriz le dice que cuente con ella para lo que necesite y se ofrece para presentarle a sus propios abastecedores.

Las distancias son largas y el camino hacia la planta procesadora de carne de cangrejos es áspero, pero ellos no lo notan porque la conversación es amena e interesante. Tener a este vasco hospedándose en el hotel ha sido muy agradable, piensa. Mirando la vastedad del paisaje se atreve a decirle:

―Dante  ha revivido contigo estos días. Sus ojos brillan cuando hablas de la montaña; por primera vez lo veo con ganas de compartir con alguien. No me extrañaría que quisiera retomar esas eternas partidas de backgammon. Pero tengo miedo. Cuando tú te marches Dante quedará nuevamente varado a la orilla del camino, como le escuché decir hace unos meses. “Se llaman pasajeros porque pasan, porque siguen por el camino de su vida.”  Pero él se siente atrapado, atado a este trabajo que no termina de hacer suyo. Creo que sin ti será más duro para él ―y aun nos quedan varios meses de oscuridad por delante.

Inoportunamente suena el teléfono del vasco. Dice que lo disculpe, que debe contestar esta llamada ineludible y apremiante. Detiene la camioneta y Eduardo se baja. Camina dando grandes zancadas adentrándose en la estepa. Ella escucha su tono de voz fuerte y preocupado entre el ruido de las ráfagas de viento, aunque no pretende aguzar el oído en una conversación que no le pertenece. Beatriz también baja de la camioneta y mira en el horizonte una bandada de ñandúes que corren. A los pocos minutos él se acerca. Tomándola por los hombros y mirándola fijamente a los ojos con una actitud en extremo cercana ―que deja a Beatriz algo confusa― le dice:

― Mi compañero de expedición ha desertado y me ha dejado con una vacante que ya está pagada. Beatriz, tú me recuerdas a mi madre. Sé que eres capaz de hacerte cargo del hotel y quiero pedirte algo muy especial. No quiero ofenderos, ni a ti ni a Dante, pero ¿crees que él podría aceptar que lo invite al Karakorum? No quiero explicarte más, pero si Dante se viniera conmigo, si te lo devolviera con ilusión, sería como una segunda oportunidad para mí. Pude ayudar a mi padre y no lo hice, y no me pidas que te diga más. Te basta saber que cuando Dante me abrió la puerta hace unos días el recuerdo de mi padre fue como una punzada. ¿Me permitirías invitar a Dante a esta aventura? Sé que eres generosa.

Beatriz no sabe qué relación pueden tener la llamada telefónica con esta proposición. Se queda en silencio, hace como si meditara un rato pero no puede evitar una sonrisa.

Dante, el escalador.

“Ahora es preciso que abandones tu pereza,
porque reclinado en blanda pluma

o en descansado lecho,

a la fama no se llega;

y quien su vida sin fama consuma
tal vestigio de sí deja en la tierra
como el humo en el aire o la espuma en el agua.

Vamos pues levántate; vence el desgano
con la pujanza que toda batalla gana,
si el peso del cuerpo no la desarma.

Más larga escala nos espera;
no basta haber partido de este abismo.
Si es que me entiendes, y haz que te valga.

Me alcé entonces, mostrándome dueño
de aliento mayor del que tenía,
y dije: Ve, que ya estoy fuerte y atrevido.”
[3]

Pakistán. Karakorum, Valle de Nagar, 3900 metros sobre el nivel del mar. Verano.

Los días han pasado raudos. Has debido hacer un esfuerzo por volver a mover tu cuerpo, y aprovechaste las últimas semanas en Punta Arenas para ejercitarte. Eduardo te tranquilizó cuando explicó que antes de la ascensión deben caminar durante tres días por el valle. Sabes que de todos los desafíos del Karakorum este es el más asequible, pero nunca has escalado una cumbre de 7000 metros.

Por otra parte, la sensación de poder tomar el avión, hacer algo porque sí, ser tú mismo un pasajero, sin ataduras y sin que supusiera un nuevo descalabro, es algo muy difícil de describir. Cada mañana te has despertado con el temor de verte sumido en la oscuridad de Punta Arenas de vuelta en la rutina del hotel. Estás muy agradecido con Beatriz y con el dueño, porque aceptó de inmediato tu remplazo.

Cuando ves la inmensidad de los picos del Karakorum se te inflama el pecho de una felicidad que ya no creías posible. Todo en tu vida ha estado centrado en hacer cumbre. Hacer cumbre con tu carrera, con tu mujer, con tus hijos, con tu trabajo. Quisiste hacer algo extraordinario con tu vida evitando el camino más transitado en cada una de tus decisiones. Por eso luchaste para conseguir la representación del Knox & Stanley cuando la mayoría de tus compañeros se empleaban en algún banco de la plaza. Es tu alma de escalador.

Cuando tus desafíos se transformaron en valles dejaron de interesarte, de pertenecerte, y los abandonaste. Así fue con tantos amigos que dejaste de ver. Con Beatriz, luego de meses de distancia indiferente, despertaste violentamente a una realidad que no previste. Jamás te imaginaste que ella se haría fuerte en Punta Arenas y se te hizo evidente que ―por primera vez desde que le regalaste su anillo de compromiso― a este paso te abandonaría. Era cuestión de tiempo. Tal vez por eso comenzaste a sufrir de celos. Ella volvió a ser una cumbre ante la que te sentiste impotente, incapaz de reconquistar, convencido que nada en ti valía la pena. Agregando así una nueva dimensión al dolor de la derrota.

Pero con el backgammon y el alpinismo es distinto. Son una pasión difícil de dominar. Las metiste en el congelador de tus circunstancias, que confundiste con la muerte de todo rastro de vida y de ilusión de vivir.

Karakorum, nombre poético si los hay ―piensas. No te habías atrevido a soñar este momento. “Pedregal negro” dice tu guía, y efectivamente el contraste de la nieve con las rocas es igual al blanco sobre el negro. La nieve brilla al sol encegueciéndote como capa de diamantes con todas sus aristas reflejando la luz, tan fuerte es el resplandor. Ves el valle de Muztagh. Recorres el valle de Nagar con sus piedras doradas y grises, con sus ríos de aguas gélidas de deshielo, con escasas manchas verdes por aquí y por allá, evidenciando la falta de vegetación en altura. El aire límpido y seco te llena los pulmones. Te acompaña el glaciar Chogolungma, verdadero escultor del serpenteante sendero. La nitidez con que ves los cerros, la intensidad celeste del cielo, te hacen sentir estrenando ojos.

Escalarás tu primer 7000. El cerro se yergue en el medio del valle con sus picos asombrosos y su pared  de roca, la más alta y larga para escalada. Pero eso es para los expertos. El Spantik presenta también una cara más amable, más gradual dentro del paisaje implacable. Te espera la ladera sudeste, la ruta de ascensión más abordable. Tienes listos los crampones y los piolets. “Solo al final irás encordado”,  te dijo el jefe de la expedición. Te embarga la euforia y quieres estar escalando en este momento, pero debes caminar todo el valle digno del inmenso Karakorum. Sabes que de a poco te tienes que ir aclimatando, que tus pulmones tienen que estar bien entrenados para la altura, para lo que te espera, recuperando la fortaleza en tus piernas y en tu espalda bien cargada. Acá tienes ayuda, arriba estarás solo con tu entereza y la ladera rocosa y helada. En tres días más estarás en el campamento base. Tienes que controlar la ansiedad y nada mejor para hacerla desparecer que ocupar tu tiempo en armar las carpas junto al resto del equipo. Preparas una comida enlatada, acompañada de galletas.

Cada noche Eduardo te ha esperado después de comer con el tablero preparado. Se iniciaron en el avión y luego en el viaje hasta el Karakorum ―te pareció normal perder las partidas. Porque estabas fuera de juego, porque tus expectativas eran moderadas. Pero luego empezaste a equiparar el juego de Eduardo, a ganarle algunas partidas. Y fue entonces cuando te propuso jugar a 16 puntos. El backgammon es como la vida, dice Eduardo. “Si quieres conocer realmente a alguien, debes jugar con puntos.” Has estado muy cerca de ganarle, pero a diferencia de ti Eduardo siempre mantiene la tranquilidad. Pareciera que tarde o temprano supera la mala racha y termina por ganarte. Con su forma de ser, razonas, es imposible que los dados lo maltraten.

Muchas noches has pensado que tu mala suerte te ha seguido hasta acá. Pero también te llena de curiosidad aprender el secreto de Eduardo, siempre tan sereno aunque los dados se le vuelvan en contra. Es un verdadero maestro. Es tan bueno que tu deseo de victoria se ha ido templando. Has debido reconocer, con una sonrisa, que sus triunfos son algo que no terminas de entender. En ocasiones, cuando podría arrasarte, adopta una actitud pasiva que modera la posibilidad de doblarte. En otras, con todo en contra, acepta tu doblaje para terminar dando vuelta ese partido.

Tienes el privilegio de soñar en tu victoria, de hacer cumbre, porque tienes muchos días por delante. Tu instinto de escalador ha vuelto ―quieres vencerlo porque vale la pena. También porque necesitas conocer a Eduardo en esa veta desconocida, la de la derrota. Si, tú también quieres terminar de conocer quién es el vasco.

Eduardo, el jugador.

―Hoy es el último día en que podemos jugar. Dante, ¿cómo lo llevas hasta aquí?

No está seguro de cómo responder. Finalmente, tal vez porque la noche es magnífica y el aire puro, logra expresar lo que realmente siente. “He llegado a la conclusión de que eres mucho mejor jugador que yo. Por más que he aprendido de mis derrotas hay algo que permanece, que escapa a mi comprensión. Ese algo que me daría por fin una victoria. Tal vez quieras darme algún consejo.”

Eduardo sonríe. Hace una pausa conocedor de que ―mucho más que la escalada― esta conversación puede valer el viaje. Al menos para él, que busca reconciliarse con su pasado.

―Dante, mi amigo, decir que soy mejor jugador que tú es sumamente inexacto. De hecho eres uno de los mejores jugadores que he enfrentado. Tu problema es que eres un escalador y eso te traiciona. Eres un excelente jugador agresivo, te encanta arrasar en el tablero tomando riesgos bien calculados. Cuando estás atrapado, contra las cuerdas, te retuerces esperando la combinación de dados que pueden sacarte del atolladero. Cuando vas adelante, subes la apuesta castigando aún más a tu rival. Cuando triunfas es como ver al Mío Cid cabalgando con sus mesnadas ―un espectáculo que he disfrutado, aunque fuese a mi costa.

No sé si recuerdas cuando te dije que el backgammon es como la vida.  No siempre se debe buscar la cumbre y eso ya lo deberías haber aprendido. Dante, no siempre hay que jugar para ganar. Así no hay suerte, mala o buena, sino vida. Las piezas siempre calzan donde las dejaron tu mano o la mía. Debes saber leer la situación. Hay tiempo para atacar y tiempo para defender. Tiempo para esperar, para retrasar a tu contrincante o para acelerar. La posición de las piezas te debe servir para acomodarte a los dados que van saliendo y nunca sabemos cómo serán. Así debes ir sustentando una estrategia de juego que debe adaptarse al terreno, como este arroyo. Debes aprender que lo verdaderamente importante es la guerra y no la batalla. En el backgammon a la larga siempre triunfa quien pierde menos y no quien gana más. No se puede ir por la vida solo buscando hacer cumbre, porque no siempre conviene intentarlo. Aun debes aprender a minimizar tus pérdidas, pero sobre todo a que rara vez vale la pena maximizar tus ganancias. Es mucho más importante no arriesgar más de la cuenta por unos cuantos puntos adicionales. Dante, lo más importante es que nunca debes echarte a morir, jamás debes culpar a tus dados, a tu suerte.

Si logras aprender esto, créeme, ya no necesitarás hacer cumbre para vivir. Empezarás a descubrir que lo cotidiano, la llanura, también es fascinante para quien la sabe recorrer. Yo sé que quieres a Beatriz y que temes perderla. Ojalá logres entender por qué he podido ganarte todas las noches.

Spantik, campamento 3, a 6300 metros sobre el nivel del mar.

Dante, el escalador.

“Cuando en lo alto de la montaña hay un amigo, resulta más fácil subir.”[4]

Te resulta duro aceptar que Eduardo ha pasado mala noche. Luego de decirte que la montaña esta vez no fue amable con él, decidió bajar afectado por el mal de altura. Te ha dejado en libertad de intentar hacer cumbre para la que solo falta ganar otros setecientos veintisiete metros de altitud. Si aún pretendes lograrlo, debes unirte al grupo que ha emprendido la escalada con una diferencia de media hora. Media hora es una eternidad en esta altura. Algo recuerdas de la lección de backgammon que te ha producido una honda impresión. Es la primera vez en tu vida que la derrota implacable te ha abierto a reconocer la causa de tus problemas. No es el momento para seguir pensando y decides aplazarlo para tu vuelta a nivel del mar. También sabes que no volverás a pisar esta ladera. El tiempo aun es bueno y es tu única oportunidad de hacer cumbre.

Te encanta la sensación de falta de oxígeno.

Caminar pensando en que cada paso es un triunfo. Sobre todo, un triunfo de los pulmones tomando lo mínimo de oxígeno que queda en el aire para llevarlo al cerebro y así, tomar la decisión. Un triunfo del corazón bombeando lo inexplicable, la sangre congelada.

―Ya falta poco, ¿poco?, ¿cuánto? ―y mira hacia arriba frunciendo los ojos, intentando encontrar al grupo que lidera― ¿ciento cincuenta metros?, nada… mucho ―piensa.

―Qué silencio total. Concentración, tengo que concentrarme en cada paso. Clavar el piolet, flectar hacia arriba, empujar hacia adelante, inspirar, pisar, exhalar; clavar el otro piolet y volver a empezar ―repite concienzudamente mientras va ejecutando cada orden.

―Debo tener la punta de la nariz y los dedos congelados, ya no me molestan. Concentración, concentración, debo pensar en cada paso, nada más ―se dice tratando de ahuyentar las ráfagas de pensamientos que se le quedan prendidas al cerebro.

―Solo hacer y dar cada paso… me duele respirar ―musita.

Se detiene en la helada ladera de cincuenta grados, y con un movimiento lento toma el tubo de oxígeno que trae en la mochila. No puede abusar, también lo necesitará al regreso.

―¡Qué alivio! ―piensa mientras se ajusta la máscara al casco, pasando a llevar las antiparras.

Y no ve, no ve nada más.

―¡El piolet! ―grita en un ahogo mientras cae tratando de clavar no solo el piolet, también los crampones.

Y la montaña se hace un hoyo interminable hacia abajo.

Cierra los ojos y se deja llevar.

Un golpe atroz lo hace gritar y todo se detiene.

Silencio, solo el silencio aterrador lo acompaña.

Silencio y oscuridad.

Silencio, oscuridad y frío.

El temblor de su cuerpo lo despierta. Piensa con los ojos cerrados en cómo ha llegado hasta ahí. Los abre y se percata de la oscuridad que lo rodea. ―Una saliente ―dice escuchando el eco de su voz.

Intenta sentarse pero no puede. Un dolor punzante hasta la médula le avisa que tiene más de un hueso roto.

―¡Me buscarán! ―se repite mil veces, e intenta ver la hora en su reloj detenido.

No puede controlar el temblor que se vuelve más intenso a cada minuto.

Tose, pero no quiere toser; es el presagio del final. Después toserá con sangre, más adelante los pulmones quedarán presos detrás de las costillas, se pondrá azul y al final no habrá conciencia.

―No quiero pensar ―dice en un lamento, y sin embargo sigue pensando. Es lo único que puede hacer. ―Valió la pena a pesar de todo.

El edema es un hecho.

Piensa en Beatriz, en sus niños, se enjuga las lágrimas con la lengua y dice en un hilo entrecortado de voz: “Me hubiera gustado que fuera al sol”.

_______________________

Otras referencias:

Psicología del escalador http://antropologiadelobjeto.wordpress.com/2012/08/08/psicologia-del-escalador/

Nuestro agradecimiento a Javier Garrido Veloso, guía de alta montaña de Aragón Aventura, quien facilitó información sobre el Spantik y la excursión en el Karakorum www.aragonaventura.es

[1] “Ahora el invierno de nuestro descontento se vuelve verano con este sol (hijo) de York”. Ricardo III, Acto I, escena I. William Shakespeare.

[2] Depresión chumanga: La gente que llega a vivir a la región de Magallanes, es decir, los chumangos, tienden a ser más depresivos, por el hecho de que les resulta difícil acostumbrarse al clima y al aislamiento.

[3] La Divina Comedia, Canto XXIV, Infierno. Dante Alighieri.

[4] Dicho kikuyu, Africa.

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2 Respuestas a “Al Sol

  1. La descripción del escalador, del que trata de arrollar para avanzar, me gustó mucho. Es la psicología propia del inversionista de Wall Street. Esta frase “Cuando tus desafíos se transformaron en valles dejaron de interesarte, de pertenecerte, y los abandonaste” me gustó mucho, me parece que es la mejor del cuento. No me gusta el final, no por el aspecto estético sino por un tema personal relacionado con la esperanza. Quizá por eso no quisiera escalar, pero si uno no escala no llega a ningún lado. Pero el cuento es, para mí, una obra de arte. Te felicito.

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