Taxistas 2.0: Educación gratuita y de calidad


foto educacion gratuita

“La Nueva Mayoría no es la suma de la antigua Concertación y el PC. Es el reencuentro entre la política progresista en alianza con la ciudadanía”. Senador PPD Guido Girardi, a El Mercurio, día 4 de enero de 2014. Progresismo es un concepto vago utilizado por la izquierda en remplazo del desacreditado colectivismo. Porque éste también apunta, en su esencia, a potenciar el rol preponderante del Estado, comenzando por la educación en todos sus niveles.

Chile ya probó en el pasado todos los sabores del socialismo, y pagó un alto precio por ello.  Ahora contribuye con un nuevo capítulo al “perenne misterio de porqué el colectivismo, con su currículum ya demostrado de (…) tiranía y miseria, se considera superior al individualismo”[1], a un sistema que produce riqueza porque premia o castiga las decisiones de la persona.

Es un lugar común decir que el fenómeno Bachelet escapa a cualquier explicación racional, pero no es ella la única que se ha mantenido en el campo de las emociones. Si hay algo llamativo de la campaña presidencial y en general de este año de elecciones, es la falta de debate de las ideas. “Aunque Chile cuenta con una masa crítica de académicos y técnicos de nivel, envidiable en el contexto regional, la pobreza de la discusión pública desarrollada durante 2013 demostró que su mera existencia no es suficiente.”[2] Fue acertada la estrategia de la ahora presidenta electa. ¿Para qué complicarse en detalles y tecnicismos cuando podía triunfar apelando a los sentimientos de los electores? Sin embargo en la academia, y especialmente en los think tanks opositores, pareciera que la irrupción de una ola de sentimiento ―que tan bien resume el Senador Girardi― consumió el oxígeno disponible para pensar y hacer las tareas. Aunque resulte arduo rebatir argumentos emocionales con fundamentos racionales.

Estimamos que el slogan de educación universal gratuita y de calidad habría despertado, por sí solo, un sentimiento  lo suficientemente potente como para explicar el resultado de una elección que en segunda vuelta convocó alrededor de 45% del electorado. De modo que vale la pena detenerse en algunos datos significativos.

Nos concentraremos en la cumbre de la pirámide, donde los cambios son más visibles. Desde 1981 se permitió la creación de universidades privadas, todas sin fines de lucro, sumando 34 instituciones a la fecha. El sistema “tradicional”, por su parte, está compuesto por 25 instituciones, no todas estatales. En conjunto se pasó de un total de 100.000 alumnos en 1981 a 1.100.000 en 2012. Es decir el sistema se ha multiplicado por más de 11 veces, donde más del 80% de los alumnos son la primera generación en su respectiva familia que accede a la educación superior.

Entre 1999 y 2009 los aranceles pagados por cada alumno del sistema se mantuvieron aproximadamente en línea con la inflación. Sin embargo las mejores universidades, privadas y también estatales, en el período de referencia los incrementaron entre 24% y 34% por sobre la inflación, habiéndose reducido éstos solo en las privadas de menor prestigio. Se trata entonces de una industria donde la demanda se ha incrementado en forma exponencial, en un país con una tasa de natalidad menor a 2 hijos por mujer, es decir con una población joven relativamente estática, y donde además las instituciones de mayor prestigio han incrementado sus precios en términos reales. Es como si la industria de telefonía móvil hubiese acompañado su explosivo crecimiento manteniendo o incrementando los precios. Todo un fenómeno para cualquier economista.

Podríamos suponer que el profesorado ha visto sustancialmente incrementados sus ingresos. Lo que es posiblemente cierto solo en las instituciones de mayor prestigio. Pero en definitiva el sistema generó un excedente que fue capturado por los propietarios de los inmuebles, a través de contratos de arriendo a la universidad sin fines de lucro. Para todos los efectos prácticos, el vilipendiado lucro ya produjo nuevos millonarios que, como en cualquier industria de crecimiento explosivo, fueron los pioneros en percibir su potencial. Sería inimaginable este crecimiento en el antiguo sistema, sin el incentivo a la iniciativa privada.

El valor promedio de la matricula representa conservadoramente del orden de 30% o 40% del ingreso de una familia de clase media chilena. El proyecto de la educación superior, que beneficia a una persona, ha supuesto obligadamente un endeudamiento muy significativo del grupo familiar.  La educación universitaria en Chile es un proyecto prioritario de la familia, costeado por la familia o cuya deuda es garantizada por el jefe de hogar, incidiendo así en todo el grupo familiar[3].

Por otra parte el sistema de acreditación universitaria se diseñó para asegurar un mínimo de calidad a los alumnos. El rol de la agencia estatal es análogo al de una superintendencia de instituciones financieras, es decir proteger la fe pública con que opera un sistema con fuerte asimetría de información. Pero éste fracasó estruendosamente al aprobar rutinariamente a prácticamente todas las instituciones del sistema. Al menos tres universidades habrían sobornado al ahora destituido y procesado director del sistema para obtener su acreditación, lo que trajo a la luz esta anomalía[4].

La acreditación es requisito para que el alumno pueda obtener acceso al sistema de crédito universitario con aval del Estado, fundamental a su vez para costear su educación. En otras palabras, sin acreditación el proyecto universitario se hace insostenible.

En un país donde la voz de la autoridad es determinante en las confianzas públicas, donde más del 80% no tiene la experiencia para discriminar adecuadamente la calidad recibida, por último, donde no menos de 5 a 7 años deben transcurrir para apreciar si la inversión rinde o no el retorno esperado, podemos comenzar a percibir la gigantesca olla a presión que se acumuló durante los últimos 10 o 15 años. Un proyecto familiar que en muchos casos ha fracasado, por deserción del alumno o por la mala calidad de algunas universidades que no trajeron el esperado incremento de ingresos.

Podemos estimar que del orden de cuatro millones de personas se han visto afectadas por este fenómeno, de las cuales conservadoramente la mitad pueden haber determinado el resultado de las elecciones. Teniendo en cuenta que en el balotaje votaron menos de seis millones, este solo grupo de electores explicaría el holgado triunfo de la Nueva Mayoría, en un país donde casi todas las elecciones presidenciales han mostrado resultados estrechos. Esta es entonces la madre de las batallas en la política chilena, y lo será hasta que se estabilicen las expectativas.

¿Es necesaria la gratuidad para asegurar igualdad de oportunidades? No, porque hoy en día cualquier alumno que lo requiera puede acceder a créditos blandos, sin garantía de su grupo familiar. Es decir, el problema descrito ya está, en parte, resuelto.

¿Qué se puede esperar de la gratuidad? Que el empleador último del profesorado pase a ser el Estado de Chile, ya que éste definirá el valor de los aranceles máximos que, en cada carrera, serán financiados universalmente por el Estado. Podemos predecir entonces que la correlación entre remuneración del profesor y el prestigio de éste se relajará. Ello atenta contra la pretendida calidad. Además podemos prever un incremento en la conflictividad de la sociedad, ya que ahora será el Estado el responsable de frustrar las promesas y expectativas del sistema. ¿Qué dirán los profesores? No a la evaluación docente, mientras presionan por mayores sueldos como único camino para mejorar la calidad. Recordemos que la Nueva Mayoría se ufana de ser la única que da garantías de gobernabilidad.

Chile se ha distinguido por evaluar socialmente todos los proyectos de inversión pública. La educación gratuita es un gigantesco experimento que en teoría puede funcionar. Un profesional exitoso pagará al Estado, por medio de impuestos directos e indirectos, con creces esta inversión. Si es que no se produce, como en Argentina, una fuga masiva de profesionales.

Pero en el nuevo sistema la deserción ya no supondrá frustrar las expectativas familiares. Por ello es esperable un mayor porcentaje de alumnos que no se titularán, además de más cambios de carrera y en definitiva más años de estudio por alumno[5]. Todo ello atenta contra el retorno de este gran proyecto colectivo, que se volverá un lastre al crecimiento potencial. También porque la carga tributaria se verá, nuevamente, incrementada.

Santiago contará, al igual que Buenos Aires o Madrid, con licenciados en leyes y en ciencias políticas que se desempeñarán como taxistas. Puede que agreguen glamour, pero serán una prueba objetiva del talón de Aquiles del proyecto estrella del nuevo gobierno. Conocemos de primera mano muchos taxistas que hablan con orgullo de sus hijos, profesionales de primera generación en su entorno familiar, que no entenderían este desenlace.

No es menor el riesgo de injerencia ideológica sobre los proyectos educacionales, que hoy en día representan un amplio espectro, a través del acceso al financiamiento atado a la eventual nueva definición de “calidad”, emanada de un organismo gubernamental. El solo ranking de aranceles puede reflejar un prejuicio ideológico.

En definitiva no tiene sentido económico que el Estado subsidie íntegramente un proyecto privado, como es la educación, disociando sustancialmente la evaluación privada de costo y beneficio.  El proyecto de la educación gratuita representa un gigantesco caballo de Troya que amenaza los frutos de la libertad y que erosiona la productividad. ¿Más igualdad? Aunque existirá discriminación positiva a favor de los alumnos de menores ingresos, la mejor cuna seguirá recibiendo la mejor educación. Ese es un cambio que toma más de una generación de padres educados, y que  marginalmente se mejora con la gratuidad.[6]


[1]  Introducción de Milton Friedman a “Camino de Servidumbre”, de F.A. Hayek, 1994.

[2]  Editorial Diario el Mercurio, 4 de enero de 2014

[6]  Singapur incentiva positivamente el matrimonio entre profesionales, por medio de una deducción de impuestos, para promover este efecto.

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