Negocio de Familia


 

family business 1

Mucho debe mentir un hombre para ser verídico y muchos son los embustes inútiles que han de escapársele antes de conseguir una palabra que informa la verdad. (Jorge Luis Borges. “Acerca de Unamuno, poeta” publicado en Inquisiciones, 1925).

Lunes, 3.30 pm, en la Fundación Los Almendrales.

¿Cómo has estado? ¿Estás comiendo bien? ¿Duermes sin interrupción hasta que suena el timbre?

Intenta hacer contacto visual pero Andrés mantiene la vista baja y una actitud ausente. Sabe que tendrá que dar cuenta de este paciente inusual y no tiene intención de equivocarse. Intentemos de otra manera, piensa.

―Me comentaron que estabas pensando suspender esta sesión, pero aparentemente no volviste a hablar del tema. Puedo ayudarte a descubrir tus motivaciones, porque tú también necesitarás una explicación para todo lo que te ha ocurrido. ―Silencio. Insiste nuevamente.

―Esto no es una cárcel y no tienes un diagnóstico que señale la obligación médica de mantenerte internado. Sabes que te puedes ir cuando quieras y que esta terapia no es un paso obligatorio para que recobres tu libertad. Pienso que tú deberías ser el primer interesado en mejorarte, en descubrir otras maneras de desenvolverte en el trabajo y con tu familia. Si no me hablas no puedo ayudarte, Andrés.

Cruza las manos y espera su reacción. Luego mira la hora en su teléfono y hace ademán de levantarse de su silla que se arrastra ruidosa sobre los adoquines que bordean el gran árbol que les da sombra. Como si despertase de una hipnosis, Andrés finalmente lo mira. El doctor Urbina se reacomoda en su silla y se dispone a escucharlo.

“Viejo como me he vuelto, parece mentira que deba volver a hablarle de mi padre. Me ha costado tanto reconocer algunas cosas. Escribir al despertar por la mañana ha sido una gran idea, doctor, y como ve ando siempre con mi cuaderno de notas. Algunos sueños se han quedado enredados en mi memoria, solo unos pocos. Con su ayuda he comenzado a sospechar que no son simples sueños. Muchos se me escurren como agua entre los dedos antes de anotarlos, y estoy seguro de que contienen claves que tal vez nos podrían ayudar a desenredar esta madeja. Hoy me gustaría partir por comentarle éste que tuve anoche.

Se trata de un padre que soy yo y que en todo el sueño debe correr detrás de un niño que insiste en escaparse, en hacer imprudencias, en no escuchar mis llamados, en desobedecerme en todo lo que le pido. Tiene una energía enorme y en mi sueño siento mis piernas agotadas, ya no soy capaz de alcanzarlo. Se me pierde de vista al entrar a un bosque denso, oscuro, donde no alcanzo a ver un sendero, donde temo perderme si lo sigo. Sé que el bosque es peligroso, percibo que es amenazante y me sorprende que mi hijo se interne entre los árboles así como así, sin temor. No puedo dejarlo ir pero tampoco me animo a seguirlo. Debo resignarme a deambular por ahí esperando, ya no sé cómo seguir con mi vida. En mi sueño, aunque solo ha pasado un momento, son mil años de espera, de quedar mirando esa masa informe de árboles inverosímiles. La espera es mi fidelidad ―pasado el primer momento de confusión, no siento que deba entrar en el bosque, ¿para qué, si en su interior no podría encontrarlo jamás? Es una espera serena y ansiosa, porque mi vida ya no tiene otro sentido que ver a mi hijo asomar alegremente entre los árboles.

Como pasa con los sueños, sonó el timbre con que nos despiertan y me quedé sin saber si el niño vuelve o si, cansado de esperar, yo me levanto y me voy. Al principio sentí la angustia de un padre que cree haber perdido a su hijo y en este sueño sabía que lo perdería para siempre, que no sería capaz de seguirlo. No es Tomás mi hijo, pero tampoco sé su nombre. Es alguien muy querido, muy importante para mí. En mi sueño vivía para cuidar de este niño y por eso al desaparecer en el bosque, que era como un límite vedado para mí, lo único que me quedaba por hacer era esperarlo.”

Andrés hace una pausa para asegurarse que cuenta con la atención del doctor y prosigue.

“Luego de escribir para usted la historia en mi cuaderno me di cuenta de algo sorprendente. Como le dije, en el sueño yo soy el padre pero más tarde supe que no es así. Fue inesperado y me produjo estupor. En realidad yo soy el niño, ese niño que huye inalcanzable soy yo. Es la primera vez que puedo reconocer que desde muy pequeño siempre quise huir, resistirme a todo intento de ponerme reglas, y que mi padre representa todas las reglas. También ahora comprendo que al internarme en el bosque buscaba ir más allá del estructurado mundo de mi padre, tal vez ponerme a salvo de su permanente vigilancia. Un mundo sin reglas donde él simplemente no podría habitar. Comienzo a comprender su agotamiento porque ahora comparto esa flaqueza de sus piernas. También su asombro ante tal despliegue de energía y audacia. De alguna manera nuestras historias son inseparables. No alcanzo a vislumbrar por qué asumí el rol de mi padre.

Tal vez para comprenderlo a él tendría que dilucidar qué me pasó, pero también sospecho que para llegar al fondo de mi historia tendré que detenerme en la suya, intentar desentrañarla. Por ejemplo, me pregunto en qué consiste el mundo del bosque, donde él no se atreve a seguirme, donde se sentiría completamente perdido y yo, como un niño, me interno alegremente.”

Respira hondo, rompe el celofán de la caja de cigarrillos que le ha traído el doctor, saca uno, lo enciende con calma, aspira una gran bocanada de humo y la expulsa parsimoniosamente mirándola expandirse en el aire. Continúa hablando.

“Es verdad que estuve dudando hasta el final si valdría la pena esta sesión y todas las sesiones. A veces siento que esta terapia no resolverá nada, que mi tiempo se acabó, que no hay nadie que me espere. Me dice que me puedo ir cuando quiera y es lo que deseo muchas veces. Pero luego he pensado que si no hablo con usted ya no querré escribir la historia. Tal vez tengo miedo. Miedo a descubrir que a punta de huir me convertí en todo lo que detestaba de mi padre, o en todo lo que mi padre detestaba, no sé. Al final, si el viejo no me sigue se acaba el juego, y parece que mi vida es ese juego. Tendría que pensar en cómo hacer para que me vuelva a visitar.”

Levantando la vista, observa al doctor y agrega:

―Quizá son puras tonterías. ¿Sabía que mi hijo tampoco me quiere venir a ver?

―No podemos contar con lo que hagan los demás para esperar una mejoría, Andrés. ¿Estás tomando las pastillas que te receté? Si no controlamos tu depresión puedes tener otro episodio, y la única condición para que puedas permanecer aquí bajo mi responsabilidad es que estés medicado. Es lógico que te duela la soledad y sientas que la sensación de abandono amenaza con hundirte, pero puedes confiar en el tratamiento. Si lo sigues y pones de tu parte para mejorar, creo que no te faltarán las visitas. Tal vez hasta te animes a salir por tu cuenta. ―Guarda silencio. Su paciente hace un gesto vagamente afirmativo.

―Me alegra que hayas descubierto un buen motivo para que conversemos y basta con uno que a ti te sirva. Escribir tus sueños y tus pensamientos no es una pérdida de tiempo. Además ya sabes el trato. Yo no cobro mis honorarios y tú me entregas tus sueños por escrito. Sin dar nombres ni circunstancias que te comprometan, como tú quieras contarlos. Pueden servir para mis clases en la universidad y es la única manera que se me ocurre de hacer que esta terapia funcione. Sonríes. Ya sé que para ti el dinero es un detalle sin importancia, pero debes saber que esta terapia no es un favor y es tu primera responsabilidad.

En ese momento el doctor Urbina toca con su mano el bolsillo exterior de su bata blanca, denotando un papel en el interior. Andrés percibe que el doctor se ha distraído, que este papel pesa en su ánimo. A estas alturas se ha hecho un cuadro, ha imaginado la trayectoria profesional del doctor. Algo le dice que este hogar de acogida, una fundación psiquiátrica privada, es más adecuado para un profesional maduro que para un hombre joven, casado y con responsabilidades.

―No puede ser tan malo, doctor. No creo que lo estén finiquitando ¿verdad?

El doctor lo mira sorprendido y decide probar una línea terapéutica poco ortodoxa. El historial de Andrés es complejo. Aunque no termina de ver cómo, a juicio de sus cercanos es una persona potencialmente peligrosa. Desde un punto de vista profesional, sin embargo, no configura una patología que le dé derecho a un tratamiento formal en el sistema público de salud. Es verdad que este papel lo tiene distraído y le intriga explorar la capacidad de percepción de su paciente.

―Mira Andrés, esto te puede servir para descansar. Haremos un juego. Yo te cuento una historia, tú puedes hacer preguntas y luego deberás decirme qué podemos hacer con este papel, ¿de acuerdo?

―No sabía que le gustaran los juegos. A mí me gustan cuando hay algo encima de la mesa, una apuesta, un incentivo.  Doctor, si quiere que juguemos deberá decirme lo que tenía pensado hacer con ese papel que tiene en el bolsillo, porque de eso se trata la historia, ¿verdad? Y mientras dure el juego usted deja de ser mi doctor, nos tratamos de tú y por el nombre. Para que su juego funcione tenemos que nivelarnos, olvidar nuestros lugares.

Se incorpora un poco en el asiento, apoya los codos en la mesa de metal y luego de dar una bocanada pregunta sonriendo:

―Dime Jorge, ¿cómo fue a parar ese papel a tu bolsillo?

El doctor se sorprende. Este hombre, hasta hace un momento tan dubitativo y taciturno, se ha adueñado de la situación. El juego es ahora lo importante, el papel es vital. Está pidiendo consejo a un paciente que por el momento no es paciente y que además es quien hace las preguntas. Le gustaría pensar que es él quien tiene el control, pero eso no es del todo cierto. Por otra parte están sentados en el jardín de la fundación, no en la consulta donde se supone que atiende a los pacientes, y Andrés no está registrado como tal sino como “huésped”. De modo que puede tomarse ciertas licencias.

―Esta Fundación pertenece a la familia Urrutia, que como probablemente sabes son los dueños de la red de Clínicas Integradas. Ellos a su vez controlan uno de los más importantes consorcios de salud privada, de modo que así pastorean a los pacientes cautivos que entran en este redil que son las clínicas. El área psiquiátrica, hasta hace unos años relativamente pequeña, se ha vuelto cada vez más importante.

Andrés lo interrumpe.

―A ver, recuerdo la facturación anual del grupo. Mi primo trabaja para los Urrutia, pero de eso podemos hablar otro día. ¿Qué porcentaje representa psiquiatría dentro del total ingresado por consultas?

El doctor se anima con este comentario más propio del consejo de dirección que de un paciente que lleva meses aislado del mundo exterior. Decide seguirle la corriente.

―Este año sobrepasará el 10%, pero lo interesante es la tendencia en un país cada día más depresivo y con problemas de estrés.

―Dime Jorge, ¿quién es responsable del área?

―El jefe de psiquiatría, quien a su vez depende de un consejo clínico, pero en definitiva los Urrutia pueden vetar o promover a quien ellos consideren. Por ejemplo, creo que mi jefe puede pasar a formar parte del consejo, por edad y por lo bien que lo ha hecho en estos años.

―Interesante. Por eso esta Fundación es importante en tu carrera. Isidora Urrutia la mira con cariño y sin duda sabrá agradecerte tu dedicación. Será un punto a favor para cuando la jefatura quede vacante, ¿verdad? Ahora entiendo mejor lo que haces aquí, pero por favor sigue con la historia del papel.

Como buen jugador de póker, Andrés captura el ligero gesto de sorpresa del doctor y de inmediato guarda esta información como un dato que podría resultarle útil. Acción y reacción, el doctor por su parte prosigue con más cautela:

“Una persona relativamente cercana a los controladores, JC para tus efectos, recientemente terminó la especialidad y ahora es parte de mi equipo. Un tipo encantador, cálido, lleno de amigos. Hace unos meses le trajo este papel a un colega. En el documento se detallan los comités que funcionan en las ciudades donde tenemos clínicas con unidad de psiquiatría. En esa época mi colega no formaba parte de la dirección y por tanto no tenía que ver en la formación de estos comités.

JC le pidió a mi colega que firmara al pie de página como una manera de recordarle a ambos que conocían el contenido. Meses después mi colega detectó, revisando el presupuesto, que JC viaja semanalmente a Puerto Montt por cuenta de la clínica. Llamó al gerente de finanzas y discretamente le pidió acceso a la carpeta con todos los viáticos autorizados. En la jerga interna, se trata de la documentación que autoriza a ciertas personas a viajar rindiendo gastos.”

―Tu colega entonces es un psiquiatra con acceso a la dirección, ¿verdad?

―Quien sea no es lo importante, Andrés. Esta historia apunta a lo que ocurrió con el documento, no al rol que desempeña cada cual en el departamento. Esa tarde mi asistente le entregó la carpeta con los originales. En ella figuraba este papel que mi colega había firmado, y sobre su firma, de puño y letra de JC, un párrafo que él agregó, designándose a sí mismo como supervisor de los comités de la zona sur. De modo que mi colega es quien figura autorizando a JC, pero éste lo engañó usando su firma.

Andrés captura la chispa de ira que se asoma en estas palabras del doctor. Asiente con su cabeza para señalar que es capaz de entender el meollo de su relato. Antes de que el doctor prosiga le pregunta: ¿Lo puedo ver? ―mientras extiende su mano para recibir el documento. Jorge se retrae en su silla y responde:

―Se dice el pecado pero no el pecador. Para que te hagas una idea, mi colega no se quedó tranquilo y contrató uno de esos detectives que te dicen si tu mujer es o no infiel, con fotos y todo, para que lo siguiera en sus viajes. ―Se inclina hacia adelante, mira rápidamente a su alrededor y bajando la voz continúa.

―JC lleva una doble vida. En Santiago esposo ejemplar, en el sur se va de parranda con las enfermeras. Y tú sabes que los Urrutia son gente ordenada que cuida su prestigio y sus empresas. Nunca ha pasado algo así, con decirte que hay doctores que han perdido su trabajo por visitar páginas porno en sus computadores.

―Me hago cargo, Jorge. Pero por favor, antes de seguir aclaremos un punto. Ya sé que este tema te complica pero no tienes porqué disimular. Tu supuesto colega eres tú mismo, eso es evidente por varios motivos.― Guarda silencio un momento mientras observa atentamente la reacción de su doctor, quien sonríe incómodo e intrigado. ―Este asunto te afecta personalmente ya que en caso contrario no andarías con el original metido en tu bolsillo ni te enojarías tanto al recordar lo ocurrido. Por lógica, los únicos que tienen acceso a los gerentes del área administrativa son tu jefe y tú, porque son los supervisores del personal y de los médicos. Entonces, es razonable  pensar que tu asistente es una de las pocas personas con acceso al archivo donde se guarda esta documentación. ―Le basta una mirada a su doctor para corroborar que su deducción es acertada.  ―¡No me mires con tanto asombro! Aquí uno puede conversar con el personal y les encanta comentar los chismes que llegan de la Clínica. ¿Me permites ahora deducir algo más de tu historia, o prefieres negar que eres tú quien firmó ese documento? ―A Jorge le cuesta encontrar las palabras. Toma aire para darse tiempo, se inclina hacia adelante para responder. Se reacomoda en su silla, fija su vista en la superficie de la mesa, se pasa las manos por el pelo, siente que el calor es más intenso que hace un rato. Exhala y hace un gesto de resignación con la mano, esperando en silencio que Andrés siga hablando.

―Estás complicado porque esto puede enredarte ahora que podrían darte la jefatura. Por favor, no es necesario que expliques nada, déjame continuar ―agrega conteniendo al doctor con la mano. ―No soy adivino. Cuando algún lunes no apareces por aquí nos dicen que estás subrogando a tu jefe, y hace unas semanas comentaste que él está pensando en la jubilación. Además conmigo no es necesario tanto anonimato. El único JC psiquiatra recién egresado que trabaja en la clínica es el sobrino de doña Isidora, Juan Carlos Millet Urrutia, ¿o me equivoco? ―hace una pausa para encender otro cigarrillo. Jorge mantiene un resignado e incrédulo silencio. ―Ahora que ya tenemos las cartas sobre la mesa, se me ocurre decir que tú no eres culpable de lo que haga Juan Carlos para distraerse. ¿En su tiempo libre o en lugares y horario de trabajo? ―pregunta con una sonrisa socarrona.

―No sé, no he querido averiguar tantos detalles ―responde incómodo. Es tarde para detener el juego. “Casi prefiero al autista de siempre”, piensa.

―Y bien, mi querido doctor. ¿Has hecho algo al respecto? ¿tienes pensado lo que más te conviene?

―No pretendo armar escándalo por este tema que no vale la pena― responde adoptando una actitud relajada y coloquial que está lejos de sentir. ―Solo las medidas de prudencia que se esperan de mi gestión. Tal vez solicite una auditoría a sus gastos y veré si se deben recortar algunas partidas de viajes. También revisaré el cumplimiento de los objetivos de Juan Carlos con mi jefe, por si fuera necesario que éste dedique más horas de su tiempo a esta plaza.

―En otras palabras, no quieres denunciar que fue él quien usó tu firma en forma fraudulenta, pero al mismo tiempo estás buscando cómo cortarle las alas. ―Hace una pausa y mira a Jorge para darle una oportunidad de rebatir su diagnóstico, quien con la vista en el horizonte no muestra interés en ahondar en el asunto. ―Bien doctor, pero eso no va a ser suficiente. Cuando estalle el escándalo quedará claro que tú, como supervisor, lo autorizaste a viajar. Será tu palabra contra la suya y tú firmaste el documento.

―Puedo destruirlo, responde olvidando su aparente indiferencia.

―Y cavar tu tumba. ―Andrés extiende la mano y toma suavemente el antebrazo del doctor. Luego baja la voz, como en confidencia.

“No se te ocurra tocar ese papel. Lo que ves como crisis yo lo veo como oportunidad. Debes convertirte en el guardián de Juan Carlos. ―El doctor lo mira con extrañeza, pendiente de sus palabras. ―Déjame explicarte. No sé cuándo y tal vez nunca, pero lo más probable es que el sobrinísimo va a tropezar, se va a exponer él solo. Cuando eso pase, superado el desconcierto, los Urrutia buscarán cómo protegerlo a él y a la familia. Lo van a perdonar porque es un tipo encantador que tiene en el bolsillo a doña Isidora. Y ahí entras tú.

Habla con él, dile que ha llegado a tus oídos sus aventurillas en Puerto Montt, pero no quieres complicar a la familia. Dile que una de las enfermeras se fue de lengua contigo, dile cualquier cosa pero no se te ocurra mencionar que sabes lo que hizo con el papel que le firmaste. Averigua si su pasatiempo es algo pasajero o si va en serio con alguna auxiliar.

Como sea, debes asegurarte que se apoye en ti, que vea que lo estás protegiendo y que no estás escandalizado. El querrá desahogarse con alguien y quien mejor que otro profesional. Luego convéncelo que es necesario bajar el perfil a lo del sur. Los detalles te los dejo a ti. Por ejemplo, puedes solicitar a la dirección que le asigne la zona norte. Así te aseguras que esta vez el nombramiento lleve la firma de todos los directores, no solo la tuya. Esto es un problema de la empresa y por eso en su solución deben actuar todas las personas con responsabilidad. Hazlo como prefieras, siempre que en este asunto no vuelvas a quedarte solo.”

Mira a Jorge y continúa con la seguridad de alguien que domina un tema.

“Tendrás un aliado en Juan Carlos porque sabes proteger a un amigo en problemas. El mismo se encargará de guardar silencio con respecto a este papel que te incomoda y que, si haces como te digo, querrá mantener en el limbo. Cuando Juan Carlos se vea expuesto quien sabe por cual motivo buscará tu ayuda. En el peor de los casos sabrá salir en tu defensa. Eso es todo, funcionará. De paso tu jefe, que debe ser un gran amigo de Juan Carlos, por fin se convencerá que puede dejar a su equipo en tus manos.”

Desprendiéndose de la mano de Andrés, Jorge toma distancia apoyándose en el respaldo de la silla. Lo mira para corroborar si está hablando en serio.

―Pero Andrés, digamos hipotéticamente que fui yo quien firmó ese documento. En ese caso me estarías pidiendo que haga la vista gorda sobre un abuso de confianza y un mal uso del presupuesto. Sugieres que deje impune un papel con mi firma, ¡avalando así un escándalo que tal vez reviente! ―remarca con un ligero golpe sobre la mesa.

“Jorge, el que está internado soy yo y el que está en hipotéticos problemas eres tú ―sonríe con cierta sorna. ―Te aseguro que nadie condena a su propia sangre. Mientras Juan Carlos sepa ser leal y cariñoso y pida perdón le darán otra oportunidad. En esto soy experto, toma nota de lo que te digo: Juan Carlos pedirá perdón y su familia le buscará una salida. ―Hace una pausa para que sus palabras calen en sus oídos y continúa en un tono más conciliador. ―Los Urrutia necesitan saber que cuentan contigo para encauzar a este sobrino que ya madurará y eso vale mucho más que una jefatura.

Tú exaltas esa cualidad inhumana de la verdad y de la coherencia; yo te invito a valorar la comprensión. Debes dejar pasar las debilidades de Juan Carlos. Detecto en ti esa preocupación absurda por el dinero, como si fuera lo más importante. Me parece que tu escándalo es algo forzado, tal vez porque crees que es la actitud correcta para llegar lejos en la clínica. Eso es lo que pierde a tantos, que terminan derrotados. En raras ocasiones ricos, pero solos y abandonados. Tú no vienes de una familia adinerada, todo lo que tienes te lo has ganado. ¡Eres psiquiatra! No creo que una aventurilla te resulte tan inaceptable. Me parece detectar una veta un poco ingenua en tu estrategia, mi amigo. No esperes llegar a jefe por ser el que mejor cuida el presupuesto o el que le aplica a rajatabla el código de ética a los demás. Créeme Jorge, sigue mi consejo y esto que te pasó será una gran oportunidad. Desde ahora serás el guardián de Juan Carlos y su mejor amigo.”

―Espera Andrés, hablemos en serio de una buena vez. Yo he sido traicionado y tú me pides que siga siendo su amigo. Me parece que no has entendido ―dice apresurado en un último esfuerzo por hacer valer su punto.

“A ver, hagamos un repaso de la situación. Tú firmaste un papel que no necesitaba tu firma, llamémoslo un pequeño acto de vanidad. Porque podrías haber tomado nota de cualquier otra manera, por ejemplo con tus iniciales en una esquina del papel. Tampoco creo que sea algo condenable lo que hiciste. Califiquémoslo como un pequeño error formal de tu parte ―lo mira y espera un momento antes de seguir. ―Pero ese papel puede volverse en tu contra. Si continúas por donde venías quedarás tirado a la orilla del camino, y no solo sin tu anhelada jefatura. ¡Perderás tu trabajo, todo tu esfuerzo de años!

No habrá nadie que avale tu actuar y encima creerás que has sido una víctima de la situación. Quedarás congelado en tus motivos pequeños, en tu historia inverosímil, y la repetirás a quien la quiera oír, que no serán muchos ni muy interesados, créeme. Así es difícil que aprendas de tu error. Te resultará complejo, por decirlo en forma sutil, integrarte en otra clínica. Te seguirá la fama de conflictivo y de antojadizo, o de algo peor.”

Hacen una pausa y se observan mutuamente, pensativos. Se abre la puerta a sus espaldas y Margarita, como acostumbra hacerlo, se acerca portando una bandeja con dos tazas de café humeante, el azucarero y un jarrito con poca leche. Andrés le sonríe. Al acercarle su taza al doctor, éste sin mirarla da las gracias en un tono apagado y mecánico. Ella vuelve a mirar a Andrés intentando sondear la situación, quien se hace el desentendido. Inicia su retirada y ellos esperan en silencio el ruido característico de la puerta al cerrarse. Con la taza en la mano y mirando el horizonte, Andrés intenta descomprimir la situación.

“Los datos objetivos, si los entendí bien, no son complejos. El meollo para tus efectos es si el papel ese saldrá a la palestra o será archivado y olvidado. El jefe de finanzas autorizó un viático semanal porque llevaba tu firma y al hacerlo se saltó al comité, ¿verdad? Entonces no querrá sacar a flote el asunto porque tampoco él siguió el protocolo.”

 Lo vuelve a observar, respira hondo y prosigue:

“Te noto indignado, doctor. Las enfermeras no son tus hijas, tú no eres el Mío Cid y Juan Carlos no es uno de los infantes de Carrión, de modo que es ridículo que te sientas afrentado. ¿Quieres además complicar al supervisor de Puerto Montt, que dejó que esto pasara bajo sus narices?”

Lo mira resignado. Bajando la voz agrega con suavidad:

“Me pareces (no te enojes conmigo) un pequeño talibán que ha emprendido una cruzada épica para matar a la bestia que acecha en el pasillo de su casa, donde a lo más hay una cucaracha. Si de verdad quieres llegar a ser jefe de la unidad sería bueno que no te des tanta importancia.”

Jorge mira el reloj y abruptamente comenta que ya es la hora, como si hubiesen completado la sesión de terapia. Se siente descolocado y expuesto, percibe el aguijón de su vanidad herida y necesita tomar distancia. “Este paciente reticente y depresivo no solo dedujo quiénes son los protagonistas de la historia. Se da el lujo de interpretar mis sentimientos.” En estos minutos ha estado prendido de sus palabras y de su magnetismo. Todo eso, piensa, es materia para la consulta, y mentalmente comienza a redactar la ficha del paciente. “Andrés es desconcertante. La agudeza que muestra lo hace un aliado invaluable, pero esa capacidad es tal vez la clave para entender cómo logró llegar tan lejos con sus castillos de naipes. Esto lo hace peligroso. Quién sabe si este es el motivo por el que sus cercanos han tomado distancia. Su lucidez le puede jugar en contra”, concluye.

Se levanta y se sorprende al observar que la mirada de Andrés se ha apagado ―él ha vuelto a su mundo de sombras. Hoy no le pedirá un escrito, mañana tampoco. En la próxima entrevista con el hijo de Andrés ya no volverá a insistir en cobrar sus honorarios. El papel en su bolsillo se le antoja más liviano. Por primera vez desde que comenzó con estas visitas prima en él la impaciencia por tener la próxima sesión de terapia. “Verdaderamente Andrés es un paciente especial”, se dice mientras camina hacia el estacionamiento.

Jueves, 3.30 pm

“Hace calor, Andrés. ¿Te parece bien si hacemos la sesión en la terraza, debajo del pimiento? Me gustan al aire libre y me parece que a ti también te acomoda. ¿Has tomado notas desde la última sesión? ¿Quieres comenzar por comentarme algo?”

Mientras se dirigen al exterior Andrés se nota relajado y comenta con humor que la sombra del pimiento es su consulta particular. El sitio perfecto para una terapia que no es obligatoria ni pagada, repite como alumno aventajado, y agrega con cierta malicia: “También es perfecto para escuchar la confidencia de un amigo.” A Jorge no le queda otra que sonreír.

Una vez acomodados en los asientos debajo del árbol, Andrés prosigue ensimismado.

“Si seguimos hablado sobre mis sueños, sobre la relación con mi hijo y con mi mujer; si intentamos entender a mi padre y mi relación con él… ―exhalando, deja escapar un bufido mientras sus hombros y sus brazos caen inermes, impotentes. Toma aire y continúa con más brío. ―Si buscamos una explicación a porqué terminé perdiéndolo todo, internado en una clínica psiquiátrica en calidad de huésped, vamos a necesitar el resto del siglo que comienza y a ti con dedicación exclusiva. No, no estoy exagerando. Si no pensaras lo mismo no estarías planteando esta terapia como algo que tomará años.

Hay cosas que no tienen remedio por mucho que las conversemos. Así y todo yo he sabido vivir, y estoy convencido que he dado mucho más de lo que he recibido. Además soy un tipo práctico y se me hace cuesta arriba seguirte en tus elucubraciones. Sin ánimo de ofender, porque tampoco es que hables tanto.”

Andrés mira con atención a su doctor esperando una respuesta que no llega. Se inclina un poco hacia adelante y continúa:

“Te diré lo que he pensado. Necesito tiempo y calma para dar con la combinación exacta de canciones para Gaspar. El necesita que tú le digas que puedo salir de acá para que se anime a pedirme perdón. Creo que si vuelvo a trabajar todo lo mío se arreglará sin terapias eternas. No habrá motivo para tenerme aislado como a un leproso. Mi problema no es de tiempos, de terapia ni de pastillas más o pastillas menos. Para recuperar a mi familia necesito sentirme útil, volver a ser autosuficiente.

La única manera de salir de aquí, la más obvia, es que Gaspar se haga cargo de darme un nuevo trabajo. Para convencerlo tengo que hacerle ver lo importante, lo que nos une, y que deje atrás lo que pasó. ¿Te acuerdas del perfumista, el hombre que era capaz de fabricar perfumes irresistibles? A mí siempre me ha gustado la música y sabré cómo recrear este lazo que nos une.

Necesito tu ayuda con Margarita para que me permita usar el computador con acceso a internet, y si no es molestia quiero pedirte que me traigas algunos discos para grabar. Tú sabes que siempre hay maneras de obtener lo que necesito y tal vez prefieres ayudarme con este pasatiempo inofensivo. Me llevo bien con Margarita, la estoy ayudando a disfrutar un poco su vida. Aunque aquí es la jefa que impone respecto, su casa es un infierno.  Aún no tengo claro porqué sigue viviendo con su pareja ―comenta hablando para sí mismo. Mirando a Jorge continúa:

“Margarita puede darme todo lo que necesito pero sería mejor si se lo pides tú. No me perdonaría si ella tuviera problemas en la Fundación por permitirle el acceso a internet a uno de los pacientes. Me comentaron que en el informe inicial me calificaste como ludópata, ¿o me equivoco?”

Jorge prefiere ignorar el último comentario y omite preguntar cómo podría Andrés estar ayudando a Margarita. Es hora de retomar el control, piensa.

―Gaspar, supongo que hablas del único Gaspar importante que conocemos. Tu primo, el que te consiguió la plaza cuando tu hijo no supo donde internarte. Creo que estás olvidando el propósito de nuestro trabajo, de esta terapia. Gaspar es director de la Fundación y yo soy tu doctor.

Andrés con mano indolente le señala que baje las revoluciones y responde:

“Gaspar, mi primo importante y ocupado, así como lo ves, tarde o temprano necesitará mi consejo. Cuando escuche la música él sabrá que lo he perdonado y querrá olvidar todo este episodio, ya verás. Tu cara de incredulidad me muestra cuánto nos falta por conversar. No tienes porqué conocer el lado B de su vida, pero puedes imaginar que su problema conmigo no es de plata, que le sobra. El sufre de una sed atroz y yo le doy la bebida que lo calma en cantidades ilimitadas, sin condiciones ni horarios. Soy la única persona con la que baja sus defensas y se suelta la corbata. Si supieras las noches de karaoke, las fiestas que le he organizado. Si supieras la cantidad de veces en que lo he tenido que rescatar de relaciones imposibles. Gaspar es brillante en los negocios, puede ser, pero es un desastre con su vida personal, con las mujeres. Desde que se separó de Isabel, que lo vuelve loco con demandas, si no fuera por mí habría multiplicado sus errores. Pero no llevo una cuenta, nunca le he exigido nada a cambio. El tendrá que reconsiderar lo que pasó y decidir cuándo puede darme una oportunidad.

Pero tienes razón. Tu opinión también es necesaria, no es solo mi música. ¿Cómo ves esta terapia? ¿Estamos avanzando?”

―Andrés, tal vez lo del lunes te dejó una impresión equivocada. Para que esto funcione yo haré las preguntas. Me comprometo a hablar con Margarita si tú me aseguras que la dejarás tranquila, tú me entiendes. Y debes comprometerte a tomar en serio estas sesiones. Cuenta con los discos, pero por favor dame una copia del que prepares para Gaspar, ¿de acuerdo?

―Haremos como dices si a cambio me permites hacerte una pregunta al final de cada sesión. Las reglas ya las conoces, las mismas del lunes. Me quedé preocupado contigo porque creo que lo del papel firmado es la punta del iceberg. ¿Está bien?

“Bien, de acuerdo.”  Con una sonrisa, Andrés comenta: ―No suenas muy convencido doctor, pero por favor continúa.

“La semana pasada hablaste de la conveniencia de que yo fuera el guardián de Juan Carlos. Me quedé pensando en la palabra que usaste, la busqué en internet y di con este pasaje del Génesis. ‹Entonces el Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?›

En el relato Abel es el cumplidor, el bueno que ofrece lo mejor de su ganado a Dios, mientras éste mira con desagrado la ofrenda de Caín, y a raíz de esto termina matando a su hermano. Olvidemos por un momento que soy uno de los protagonistas. En la historia de Juan Carlos, ¿consideras que yo soy Caín, el malo de la historia, y por eso debo ser su guardián?”

“Sé perfectamente para dónde vas, mi querido doctor. Vamos al grano. Gaspar necesita tu aval para animarse a dejarme salir, aunque todos sabemos que eso no es tan así porque puedo irme cuando quiera. Bueno, cuando pueda. Entonces tú necesitas testear si soy capaz de distinguir el bien del mal, porque en caso contrario dejarme salir sería como soltar un perro con rabia en una plaza llena de niños jugando.

Déjame adivinar un poco. Juan Carlos resulta un gran motivador, logra lo que tú no consigues cuando se reúne con la gente, con las enfermeras, auxiliares y doctores. A pesar de sus aventurillas ha hecho un buen trabajo, incluso en el Sur. ¿Es así? ―Jorge asiente ligeramente. ―Entonces deberías confiar en que con su ayuda podrás cumplir con los objetivos de tu departamento. En caso contrario habrías rebatido mis sugerencias del pasado lunes. El silencio otorga, doctor.

―Sigue hablando Andrés, porque aún no respondes mi pregunta.

“Juan Carlos es encantador, tiene el apoyo de la Señora Isidora, que no siendo miembro del Consejo es la matriarca de los Urrutia. Pero no necesitó nada de eso para labrarse la confianza de tu jefe, de quien me dicen que es íntimo amigo. La tuya también, hasta antes del incidente.

Debo deducir, por la forma en que lo relatas, que tú no has logrado ese nivel de amistad con tu jefe. ¿Tal vez aún no confía del todo en ti? Por algo no quiere dejar el cargo a pesar de que dicen por ahí que tiene asegurado el puesto de Director. ¿Me equivoco en algo o esto es lo que te separa de la jefatura?” ―Silencio. Andrés insiste:

“¿Has pensado porqué firmaste ese papel? No soy profesional de la psiquis pero tengo una hipótesis. Tal vez te dolió que te dejaran fuera del equipo de dirección. Es extraño, si consideramos que desde hace tiempo eres el número dos dentro del departamento de psiquiatría. Me atrevo a sugerir que por eso pusiste tu firma ahí, como una manera de darte importancia y señalarle a Juan Carlos quién es su jefe.” ―Jorge se incorpora para responder. Andrés le hace un gesto con la mano pidiendo que lo deje terminar.

“Abel, el hijo amado y querido. Caín, el hijo rebelde y dolido, el hijo que se niega a darle los mejores dones a Dios, el que se siente acusado con la pregunta que le hacen. ‹¿Sabes dónde está tu hermano?› Algo sé de la historia, aunque no soy demasiado religioso. Dime doctor, ¿eres Caín o Abel?”

Observa divertido el silencio de Jorge, las luces y sombras que el pimiento arroja sobre la bata blanca, y prosigue.

―Antes de que declares a Juan Carlos como el malo de tu historia, ¿no habrías actuado como él si hubieses tenido la oportunidad y su encanto? ¿No será que le tienes un poco de envidia?

―Eso no significa que deba ser su guardián. Un terapeuta no pregunta derechamente algo así, y recurre a algún test o una imagen, pero tú insistes en hacer de esto un juego. Respóndeme: ¿Crees que Juan Carlos actuó mal, que abusó de mi confianza, o te parece que todo lo que hizo es perfectamente normal y aceptable?

“Creo que Juan Carlos es un gran tipo que merece una oportunidad y que si cuenta con tu ayuda, con tu labor de guardián, será un aporte al equipo y tú no te arrepentirás de apostar por él. Creo que superar una crisis es la mejor manera de forjar una verdadera amistad y por eso es muy improbable que él vuelva a traicionar tu confianza. Aunque no me creas, él es quien te ha hecho un favor con su travesura, cuando agregó ese párrafo sobre tu firma. Por otra parte te aseguro que si hubieses seguido con tu línea de pensamiento original, habrías terminado más temprano que tarde denunciándolo frente a la dirección de la Clínica y poco tiempo después habrías perdido tu trabajo y tu prestigio.

No hay una sola manera de matar a alguien, doctor, también se mata destruyendo la fama. Si de una buena vez aceptas ser su guardián tal vez también estés salvando tu vida. No solo la vida laboral, espero darme a entender. Me parece que te he respondido.”

Luego de un breve silencio Jorge se endereza en su silla. ―Bien, se nos terminó el tiempo por hoy. ¿Qué pregunta querías hacerme?

―La pregunta, doctor, ya te la has hecho tú mismo muchas veces. ¿Por qué tu jefe no confía en ti? ¿Por qué las personas prefieren confiar en Juan Carlos? ¿Por qué, si fuera su palabra contra la tuya, estarías completamente perdido?

Jorge mira su reloj, pone una mano en el hombro de Andrés y se levanta apresurado. Le dice que hablará con Margarita y que el lunes se verán nuevamente. Antes de abandonar la terraza vuelve la vista y lo observa. Encorvado, con su mirada ausente, apretando en su mano los cigarrillos que le dejó sobre la mesa.

Lunes, 3.30 pm, en la terraza, bajo el pimiento.

―Te veo bien, Andrés. Parece que han pasado muchas cosas desde el jueves. ¿Por qué no me cuentas cómo fue tu conversación con doña Isidora? Me dicen que se quedó largo y tendido contigo aquí mismo y que desde adentro escuchaban sus carcajadas.

―¿Ella te llamó para contarte o es lo que te ha dicho Margarita?

―Las dos cosas. Ella llamó a mi jefe y me pidió que la llamara. Es lógico, quiere proteger a Gaspar y a la familia.

―Jorge, contigo no tengo secretos. Estoy agradecido porque has confiado en mí y me he sentido útil al permitirme darte algún consejo. De todas maneras tarde o temprano sabré lo que conversaron y… ―el doctor lo interrumpe con un gesto, dando a entender que no necesita desgastarse.

―Están pensando ofrecerte un trabajo, Andrés, ¡una nueva oportunidad para ti! Le dije a doña Isidora que con la ayuda de tu primo, si no te dejan echar mano de la chequera, podrías hacer una buena labor. Considéralo una confidencia que te hago porque te aprecio. Al parecer sería aquí mismo, en la Fundación. Se necesita alguien que pueda velar por la relación con los proveedores, que pueda coordinar los turnos del personal y las visitas médicas. Tendrías alojamiento en el departamento independiente y comerías en el comedor del personal, además de tu sueldo. Incluso podrías usar la camioneta. Todo esto no depende solo de mí. Creo que esperan que les digas que quieres seguir adelante con la terapia, pero como cosa tuya, porque sospecho que querrán mantener una opinión profesional sobre tu evolución, espero ser claro en esto. Yo con gusto te apoyaré. Los dos sabemos que Gaspar tendrá que avalarte pero no he vuelto a hablar con él. Tal vez es hora de que lo llames tú.

“Doctor, el otro día te hice una pregunta y tú no respondiste. Tú mismo rompiste las reglas de nuestro juego. Ahora sales con esta noticia y quieres saber si yo estoy disponible para colaborar a resolver mi problema y de paso extender al infinito tu aval terapéutico. ¿Te acuerdas cuando te dije que tu historia del papel firmado es la punta del iceberg? No confías en mí, doctor, y puedo entenderte. Tienes miedo que yo me vaya de lengua con tu asunto y estás ofreciéndome un trato. ¿Quieres comprar mi silencio con tu aval? Por favor, no me interrumpas ahora porque perderé el hilo de lo que te quiero decir.

Todos andan preocupados del dinero, de que yo no vuelva a meter la mano en la lata, y puedo vivir con eso porque es lógico. Me estás insinuando que yo llame a Gaspar para demostrarle mi agradecimiento, mi reconocimiento al bien que me ha hecho. Sobra decir que él y mi padre pagaron mis deudas, ya que si no fuera así mi hijo seguiría exigiéndome una solución. ¿Crees que no lo llamaré porque tengo miedo a no recibir su perdón, a que me cierre las puertas?

Como si el amor tuviera que pagarse o merecerse. Como si las confianzas tuvieran que comprarse o demostrarse. Sí, también la tuya con tu jefe, con Juan Carlos y el personal de la clínica. La tuya conmigo, ahora que conozco tu historia con ese papel.

¿Crees que Gaspar es tan libre de no ayudarme? ¿De olvidarme como un mueble en desuso? El perdonar setenta veces siete pesa en él como una obligación porque antes me permitió llegar demasiado lejos. ¿O piensas que Gaspar no sabía hace tiempo que yo retiraba a mi criterio dineros del negocio?

Si Gaspar me da otra oportunidad no será un acto de virtud sino una necesidad para seguir perteneciendo, para mantener su imagen con los Urrutia. Te noto sorprendido, Jorge. Tal vez porque hasta ahora nunca me preguntaste cómo veo yo el asunto.

Te diré lo que opinaron nuestros amigos y conocidos. Cuando me sacaron de la sociedad, cuando me obligaron a vender mi parte, ¿sabes que dijeron? Que Gaspar y mi hijo no tenían derecho a actuar de esa manera. “Mientras Casanova  jamás ocultó  los retiros Gaspar actuó en forma taimada, a sus espaldas.” Doctor, no tienes porqué saber que en el club me decían Casanova. Eso es lo que dijeron, más o menos. Todos saben que yo no engañé a nadie, que cada peso que me llevé quedó registrado en la contabilidad. No hay motivo para tanto escándalo.

A Gaspar le conviene ser el guardián de su hermano, en este caso de su primo, como prefieras llamarme. Pero el cargo de guardián que le presentan no es voluntario. No es una consecuencia asumida gustosamente sino más bien una necesidad impuesta por mi familia, por los Urrutia, por nuestros amigos. Por ti también, me parece, luego de tu conversación con doña Isidora.

¿Sabías que Gaspar se vino a mi casa mientras vivimos en Inglaterra? ¿Y que mi padre se hizo cargo de pagar todos sus estudios, incluyendo su posgrado? El se ve obligado a saldar mis deudas porque los demás no pueden, razonablemente, estar atentos a lo que pueda hacer un animal salvaje. Así es como me calificó mi hijo, ¿verdad? Mi padre ya no tiene fuerzas y a mi hijo no lo puedo obligar a cargar conmigo. Si Gaspar no interviene mi familia seguirá herida, desgarrada. De modo que no necesito llamar a Gaspar para que me avale. ¿Crees que no sé que doña Isidora ya le debe haber preguntado por mi salud?

Te han dicho que mi hijo perdió plata, ¿verdad? Tal vez no te han dicho que mi hijo, la víctima, también se benefició con las utilidades del negocio, y él participó de una sociedad donde omitió señalar las historias que yo construí para atraer a nuevos clientes. Historias que no suponen un engaño; más bien fueron mi manera de pintar la realidad. Así al menos en parte es cómplice y por eso estaba condenado a asumir su pérdida para que todo siguiera adelante. Espero que tengan éxito ahora que me hicieron a un lado, no soy rencoroso.

¿Crees que no sé que el pudor los lleva a silenciar, y casi a defender, el honor del primo y del padre que les tocó en suerte? Porque al final el estigma es familiar. Es decir, si los afectados hubiesen sido los amigos de mi hijo o de Gaspar, para qué decir los Urrutia, la sospecha recaería sobre ellos mismos. “Por algo trabajaste tantos años con él,” etcétera. Sería imperdonable. Por eso les conviene que yo vuelva a una normalidad controlada. Sobre todo, que no vuelva a salir por mi cuenta dejando tirada esta terapia.

Si me animara a largarme de aquí mi padre finalmente me recogería, me recibiría nuevamente en su casa, pero por obligación. Ya debe haber presionado a Gaspar para que me ayude porque lo asfixia la sola idea de que toque el timbre de su puerta. Y no querrá escuchar las razones de Gaspar o de su nieto porque ellos, a diferencia de mí, son capaces de valerse por sí mismos. ¿O crees que mi padre llama todos los días a Margarita solo para interesarse por mi salud? El compra su dosis diaria de tranquilidad al saber que sigo aquí, bajo custodia.

De modo que no necesito justificar mis actos para asegurarme la ayuda de Gaspar. Lo que hice en su momento lo consideré necesario para sostener a mi familia y punto. Sé que actué mal, pero no fue a espaldas de nadie y ya pagué por lo que hice.

Espero que ahora puedas entender por qué no pienso llamar a Gaspar. Te ruego entregarle de mi parte este disco. La copia es para ti. Si él quiere venir a pedirme perdón nos abrazaremos y haremos las paces. Lo estimo demasiado para obligarlo a asumir el papel de guardián solo porque no tiene otro remedio.” Hace una pausa e inclinándose un poco sobre la mesa prosigue:

“No te preocupes, Jorge. No soy ningún bocón. Si se presenta la ocasión le diré a Gaspar que con gusto seguiré con nuestra terapia, ahora que tenemos nuestras propias reglas para conducirla. Hace unos días buscabas testear si sé distinguir el mal. Sé que dejar sin su salario a todo el personal no estuvo bien, pero ahora están mejor que antes porque la empresa tiene por fin una oportunidad real de funcionar. Gaspar no dejará que se hunda porque todos los ojos están puestos sobre él. Sabrá ayudar a mi hijo que puede aprender mucho a su lado.

Si Gaspar quisiera venir a verme, si de verdad quiere darme otra oportunidad luego que ¿cómo dijeron? Sí, luego que rompí con todos los límites imaginables. Si él viene libremente entonces ya no tendré que preocuparme por mi primo en el futuro.

Gaspar fue como un hijo perfecto para mi padre, pero no un hijo querido. De nosotros dos él jamás fue el dolor de cabeza, siempre obediente pero distante. Mi padre le dio educación, es verdad, pero no te imaginas la espina que ha acarreado consigo. Con mi padre hablan de negocios pero él se cuida mucho de mostrarle sus sentimientos. Creo que le haría un gran bien si quisiera venir, pero no forzado. Si se anima estará haciendo el camino que mi papá es incapaz de recorrer, tomando sobre sus espaldas toda la responsabilidad de ayudarme a salir de este hoyo. Te lo diré de otra forma: Si me abraza y me pide perdón se derretirá el corazón de mi padre.

En estos catorce meses que llevo internado ninguno de los dos ha querido verme, ¿te has preguntado por el motivo? Mi viejo porque no puede sacarme de aquí para llevarme a su casa. Pero si Gaspar asume su papel será una gran liberación para ellos dos, un gran alivio.”

Esta vez Jorge no hace ademán de ir tarde ni consulta su reloj. Mira a Andrés nuevamente sumido en su ostracismo y se levanta suavemente de la silla. Más tarde se lo puede ver en su auto, a la sombra generosa y densa de un plátano oriental ubicado en el estacionamiento de la fundación, con las ventanas arriba y el aire acondicionado al máximo. Está escuchando música con los ojos cerrados.

Now the sun’s gone to hell and
The moon’s riding high
Let me bid you farewell
Every man has to die
But it’s written in the starlight
And every line in your palm
We are fools to make war
On our brothers in arms ― Dire Straits, 1985.

Viernes

En un edificio de buena factura, en otro lugar de la ciudad, don Andrés se levanta de buen humor. Ya mayor, a sus ochenta y cinco años sus pasos se han vuelto vacilantes. Conserva un apetito excelente y como de costumbre se dirige al comedor donde lo espera su desayuno. La empleada lo ha acompañado por más de 35 años. Aunque no se hablan demasiado, en lugar de enfrascarse en la lectura del periódico don Andrés le comenta risueño.

“¿Sabes niña? Parece que cuando nos hacemos mayores nos da con soñar chiquilladas. Soñé que era un chico rebelde, siempre escapando de mi papá. Pero no mi papá de verdad, otro papá. Como la cosa más divertida llegamos corriendo a la orilla de un lago con aguas oscuras, frías, rodeado de una alta pared rocosa. Yo salté desde bien alto y me sumergí en las aguas. Luego buceando me metí en una cueva que había en la roca de la orilla, donde mi papá no me podía ver desde arriba, donde se había quedado. En el sueño la cueva era oscura pero yo no sentía miedo ni frío. Oía cómo mi papá me llamaba desde lo alto, pero yo ahí abajo no tenía ninguna intención de responderle. Parece que me gustaba eso de hacerlo rabiar. Quería probar su valor, ver si finalmente se atrevería a saltar si es que tanto me quería.

Pero bueno, estoy hablando tonterías y te espera mucho trabajo en la cocina.

Niña, ¿qué tienes pensado para el tentempié de la tarde? Hoy viene mi grupo de bridge. No te olvides de poner el té de la caja azul, el Lady Gray en hebras, ese que tenemos reservado para cuando nos visita su alteza Lady Isidora,” le dice con una sonrisa algo pícara.

Más tarde don Andrés toma el teléfono, llama a su secretario y le indica que deposite la mitad de lo que pidió Gaspar. Que a continuación se comunique con él y le señale que con esto la cuenta está saldada y que lo espera el miércoles a comer en su casa. “Sería bueno saber cómo esperan enfrentar las regulaciones que el nuevo Gobierno piensa poner a las clínicas,” comenta hablando para sí mismo antes de colgar.

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2 Respuestas a “Negocio de Familia

  1. Ex3lente cuento Cecilia ! Tiene varios giros sicologicos… casi una puesta en escena para una obra de teatro. Los consejos que le da el paciente a su médico por momentos me recuerda al diálogo entre Ellsworth Moonkton Toohey y Peter, cuando este último está algo triste por haber perdio clientes. El manejo de la mente de otra persona. Me encantó ! Muy bueno ! Felciitaciones !

    • Muchas gracias Antón por tu comentario!
      El huésped está atrapado pero es libre. El psiquiatra es libre pero está aprisionado.
      El paciente podría lograr su objetivo porque no depende de que el otro haga lo que él espera. Además tiene muy poco que perder. Así envuelve en su red a todos los otros personajes de la historia (en forma directa o a la distancia). El doctor, sin embargo, está atado por sus ambiciones. El paciente puede ser ludópata y ladrón, pero sus relaciones solo se anclan en la confianza y el cariño. El doctor, puntilloso y cumplidor, cede al cálculo del propio beneficio y queda ciego para ver su entorno. El enfermo es libre y confiable, y por eso es tan peligroso. Al psiquiatra se le podría firmar un talonario de cheques en blanco, pero eso no lo hace confiable.

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