Casa Tomada, a cien años del nacimiento de Cortazar


Casa Tomada revisitada

Casa Tomada, el primer cuento publicado por Julio Cortazar y que en opinión de Borges hacen de éste un literato, ha sido extensamente analizado por la crítica. En el centenario de su nacimiento comentamos algunos aspectos con la audaz intención de aportar otra chispa al análisis de una obra sorprendente.

Es un cuento narrado en primera persona por uno de los protagonistas, el hermano de Irene. Este rememora desde su presente todo lo ocurrido en un tiempo remoto y desconocido para el lector: “Cómo no acordarme de la distribución de la casa…” El hecho mismo de la narración apunta al logro de un espacio estable desde donde el narrador puede revisitar el pasado, que parece estar ―por otra parte― perdido irremisiblemente. Pero no sabemos si este nuevo espacio es también un legado: “No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba.” ¿Tuvo que salir adelante por sus medios luego de verse expulsado de la casa?

La identidad del narrador y protagonista permanece inmutable y casi inaccesible. El es un observador: “Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia.” Ser-observador: ser un yo-mineral, es decir una persona que no pide nada, no exige ni espera nada; lo sacrifica todo para observar y luego hablar. Un hablar donde no cabe expresar un sentimiento propio. Completamente indefenso para salir al mundo, para establecer lo propio y autónomo, para rechazar una amenaza. A primera vista podríamos pensar que este narrador-protagonista es una exigencia técnica del escritor para que el cuento se cierre y funcione. Nos resulta inquietante porque éste ha reducido su humanidad a un núcleo pétreo:  observa para luego hablar; es incapaz de conectarse con sus propios sentimientos. Reacciona frente al temor; resuena en él la belleza de Irene, la indefensión de Irene. No sabemos si ama o no la casa, o tal vez lo sabemos porque juega con la idea de destruirla. ¿Qué abismo de sufrimiento se asoma en el alma de este narrador, que ha renunciado a ser protagonista de su vida? El temor lo ha llevado a una total negación de cualquier posibilidad de ejercer sus talentos y de escuchar sus sentimientos. No resulta difícil intuir que la identidad de este narrador es falsa, es más bien una máscara que oculta al niño maltratado en lo más sagrado de un ser humano: la necesidad de ser amado para desde ahí descubrir quien es, y aun más fundamental: Ha reprimido preguntarse quien podría llegar a ser, porque todo hombre es pero también se hace. Por eso él protege el residuo de humanidad que le queda: ser observador y desde ahí hablar.

Cortázar se mueve inicialmente bajo la lógica de interioridad ―estar en la casa es igual a seguridad; más adelante transgrede esta ecuación siendo la clave dramática del cuento: La casa los termina expulsando al exterior. Al comienzo del cuento hablando de la casa nos dice: “nosotros la voltearíamos justicieramente antes de que fuera demasiado tarde.” Hacer justicia demoliendo la casa y dentro de un plazo, pero justicia  ¿para quien? ¿para ellos, para la casa, para los demás? Hay un plazo para la justicia pasado el cual deja de serlo. La casa parece personificada, los protagonistas no ven en ella algo material; desconectados del mundo, ésta representa a todos sus antepasados quienes siguen rigéndolos. Ellos se saben el último eslabón de una cadena, y por ello tal vez resulta justo que la casa desaparezca con ellos, antes de ellos.

La casa da y es estabilidad también porque impone deberes que marcan una rutina incluso en el elemento de vida que permite conocer el transcurso del tiempo: el tejido de Irene. El narrador busca a su vez algo propio que le permita también ese elemento de novedad, de horizontes, pero que no lo saca de la burbuja en la que vive. Busca novelas francesas, pero ―y esta es la única referencia temporal y de entorno― “desde 1939 no llega nada valioso a la Argentina” (¿en opinión de quien lo que llega no es bueno?).  A todo se acomoda y también en esto termina conformándose con la relectura de la biblioteca, más tarde con las estampillas heredadas.

La casa, los antepasados, la anormalidad de tener una vida con un propósito ajeno, legado, pasivo. Todo ello habla de padres que no supieron educar en la libertad, que necesariamente supone orientar la vida de los hijos hacia adelante y al exterior, es decir hacia lo desconocido. Ellos, especialmente él, rinden tributo al pasado y a la herencia: “se puede vivir sin pensar”, sin chispa propia. De los dos personajes, Irene es la que muestra dinamismo, productividad, creatividad, y así  es como la ve su hermano: “mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.” Esa admiración que siente al ver a Irene tejer no podría venir sino de la feminidad que conlleva ese acto. El narrador, por otra parte, no sale al mundo más que para proveer a Irene de sus madejas y a él (frustradamente) de libros. Así el autor lo dota de un mínimo de masculinidad que da al relato un necesario balance.

De alguna manera los ruidos son la manifestación en la casa del inconsciente amenazado, angustiado y temeroso que aflora en los ruidosos sueños de los hermanos y que contrasta con su serena cotidianidad. Reforzando así nuestra visión sobre su niñez compartida. El ruido es así el elemento dramático del cuento, pero el relato no nos dice quien o qué lo causa. El lector puede optar por cualquier  hipótesis y el cuento mantiene su coherencia interna. De ahí las múltiples interpretaciones que pueden coexistir y que hacen de éste un cuento memorable.

La primera vez que se ven amenazados solo él siente el ruido; Irene pregunta ¿estás seguro? Y da por buena su respuesta. En la segunda y definitiva ocasión ambos escuchan el ruido, dándonos así la certeza de su realidad sonora (porque nunca sabremos qué representa éste objetivamente). Sin embargo la narración tiene una trampa: la puerta que antes cerró el narrador (luego del primer ruido) es de roble macizo y la llave está echada y por su lado. La solidez de la puerta es reiterada en el relato. Sin embargo, el segundo ruido proviene de la cocina, que está (como sabemos) de este lado, del lado aun no tomado, del lado seguro de la casa. Entonces la pregunta lógica es ¿por qué no escucharon (en esta casa donde todo se escucha) cómo se abría, cómo cedía esta última puerta que era ―hasta ese preciso momento― bastión y garantía? Esa falta de lógica nos devuelve sutilmente al terreno de lo fantástico, pero también de los subjetivo. Ya no sabremos si ambos imaginaron el ruido, o bien si esa fuerza misteriosa no estaba contenida ni podía estarlo por una puerta que, evidentemente, era suficiente para repeler una amenaza de carne y hueso. Esto último queda explícito al final: tira la llave para evitarle a un ladrón, un “pobre diablo”, entrar en esta casa tomada (¿por qué cosa o fuerza desconocida y sobrehumana?). La hipótesis de una ventana forzada no parece entrar dentro de las posibilidades del narrador; el relato ―sin decirlo expresamente― pareciera describir una casa sin ventanas. El arte de Cortazar comunica con igual fuerza por medio de la omisión, sin incurrir en un forzado encierro que le restaría naturalidad.

Decíamos arriba que la segunda vez es cuando por vez primera ambos escuchan los ruidos. Debido a lo que denominamos la trampa del cuento, tal vez son los ruidos de un mandato interior: liberarse de ese lugar que les ha impedido elegir sus caminos en la vida. Símbolo también de sus insatisfacciones ante las cosas dadas y legadas. El toma la decisión de abandonar la casa y su hermana lo sigue. ¿Quiere salir al mundo o bien se siente incapaz de enfrentar la amenaza? Irene no espera ni le exige que por lo menos averigüe la naturaleza del fenómeno, y como es característico en los cuentos de Cortázar los personajes no acuden a la ayuda externa (la policía) para resolver su dilema. Todo ello contribuye a mantener el equilibrio que sostiene el relato: nunca sabremos si es un fenómeno preternatural o bien psicológico, pero esto da lo mismo porque en cualquier caso los personajes están atados con igual fuerza a este destino.

El cuento es un arquetipo universal que nos interpela a todos contribuyendo así a hacerlo memorable. Son nuestros temores, nuestras convicciones íntimas sobre lo que “no se puede” o “no podemos” lo que nos ata a un destino truncado.  En ocasiones solo cuando las cosas “ya no tienen remedio” alcanzamos una liberación: finalmente (acompañado de los naturales temores) abrimos una puerta antes cerrada, un nuevo potencial. En esta apertura necesariamente entran los demás, el mundo, sin cuyo concurso sería imposible alcanzar esta nueva conciencia de nuestra identidad. Por eso el protagonista toma nota, una vez en la calle, que no se trajo el dinero que quedó en el armario. Sin la irrupción de los ruidos los personajes seguirían atados.

Los seres humanos necesitamos salir del ensimismamiento; la llamada que nos remueve se produce por el sonido. Ser persona etimológicamente significa ser por-el-sonido. Nuestra libertad y plenitud requiere una llamada y una respuesta. En ocasiones será una amenaza que nos empujará a pisar territorio desconocido. Romper con el “no se puede” es una forma de salir de la “cárcel de lo posible”: una cárcel sin ventanas en la que nos hemos encerrado por propia voluntad. De esto también nos habla Cortazar.

El cuento resuelve otro aspecto que hasta el instante en que se ven en la calle es ambiguo: el narrador asume su hombría y sus limitaciones resueltamente: arroja la llave, mira la hora, calcula sus medios; abraza a Irene y en ese abrazo manifiesta un propósito. Aunque no lo diga toman un camino, una dirección ignota desde cuyo destino nos relata la historia. Por eso habla del pasado con la serenidad de lo que ya no condiciona.

Este salir al mundo es una reminiscencia del final del Paraíso Perdido de Milton. La vuelta al Paraíso es vedada por un Angel de aspecto terrible, así como la expulsión de la casa y la imposibilidad de retorno puede ser atribuible a una fuerza preternatural. Ambas incontestables, pero no por eso menos benignas en su propósito. Ahí no termina el paralelismo. La expulsión del Paraíso contiene también una promesa de conquista: ‹The World was all before them, where to choose / their place to rest, and Providence their guide; / They hand in hand with wand’ring steps and slow.› (Milton. Paradise Lost. Libro XII. 1667). Adán y Eva deben abandonar el Paraíso porque éste ya no puede ser su hogar. En la salida al ancho mundo sienten temor, al igual que los protagonistas, pero también la esperanza, la posibilidad de desprenderse del pasado y de elegir el lugar de su descanso definitivo (antes de que sea “demasiado tarde”, porque morir en la casa sería como una prolongación de sus pesadillas). Sosteniéndose el uno al otro, en ambas historias sus pasos vacilantes marcan el inicio de un nuevo camino.

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