El Jardinero de Kipling, en el centenario de la Gran Guerra


El jardinero

A cien años de la Primera Guerra Mundial nos detenemos en el famoso cuento “El Jardinero” de Kipling.

Constatamos que el relato ha dado pie a extensas discusiones e interpretaciones,  señal de que se trata de un cuento memorable donde vale la pena detenerse. Antes de adentrarnos en el mismo hemos de observar que éste exige del lector un ejercicio poco usual: a nuestro juicio funciona solo cuando se relee, y se relee (con verdadero interés) porque en su ocaso nos entrega el secreto que hace que el cuento se cierre. Borges dice que es uno de los relatos que más lo han conmovido y que hay un milagro en sus páginas que el lector puede advertir ―no así su protagonista. En otras palabras, si un lector poco atento no captura el sutil o más bien mínimo mensaje entregado por el autor en el final del cuento, algunos párrafos del relato permanecen incomprensibles y por tanto poco amables con sus lectores. Sin esta clave su estructura carece de unidad y coherencia ―de esa flecha que subyace a todo buen cuento.

Sutiles mensajes se nos van entregando a lo largo de él, es cierto, pero todos se abren con la misma llave que se nos entrega al final. Para decirlo aun de otra manera, la relectura hace de éste un cuento memorable por su delicadeza para mostrarnos el interior de una mujer que (sin saberlo) está buscando su redención. Su lectura desprevenida se podría calificar como una suma de observaciones más o menos agudas cuya comprensión se ve facilitada por cierto conocimiento previo acerca de la Inglaterra rural de inicios del siglo pasado, algo de historia de la Gran Guerra y por último un somero perfil del escritor, orgulloso ciudadano del Imperio y de sus glorias bélicas. Pero en esta primera lectura no encontramos nada que capture al lector, nada que lo lleve a sostener que tiene en sus manos un cuento memorable, es decir un cuento que nos remueve en un nivel más profundo. Más bien nos preguntamos hasta el final si valdrá la pena, si se sostendrá con un grand finale que se hace esperar. Y es aquí donde radica, a nuestro juicio, lo más notable de este relato: su cierre valoriza y unifica cada párrafo precedente en un exquisito ejercicio de sutileza y balance.

La Inglaterra rural de inicios de siglo conservaba intacta la moral victoriana, donde casi por obligación los términos duty, propriety alcanzan su exacta significación cuando los mantenemos en el idioma original (¿en qué otra cultura han tenido ese peso específico?). La responsabilidad de encarnarlos, por otra parte, recaía con especial fuerza en las clases acomodadas (no nos referimos a los poderosos); no estar a la altura traía el estigma con mayor fuerza y sin posibilidad de remisión a estas mismas personas. Las formas, los tabúes sociales, las obligadas omisiones a la hora de hablar con candor y honestidad (¿cabía otra manera que fuese aceptable?) sobre los temas espinosos; pero sobre todo la convención social para encajar los casos inusuales, siempre que quedasen enmarcados dentro de ciertos límites y formas. Una situación “desafortunada” (un hijo nacido fuera del matrimonio) podía resolverse adecuadamente siempre que todo el caso se condujese comme-il-faut y, last but not least, que fuese hijo de un hombre ―una consecuencia de un desliz―, porque una madre soltera no tenía posibilidad de encajar. De esto trata este cuento. También de los límites aceptables a la necesaria curvatura de los hechos, un ejercicio colectivo que tenía por objeto dar a luz a la historia oficial y refrendada que un fin noble requería (por ejemplo, que dicho hijo natural pudiese asistir a un colegio privado y luego a una universidad de prestigio).

Imaginamos que un compatriota de Kipling pensaría que no hay otra forma civilizada de desarrollar el argumento (desechando con un sutil movimiento de ceja nuestro comentario inicial). Tal vez nosotros, desde nuestra época y cultura latinoamericana, somos capaces de apreciar con mayor certidumbre toda la sutileza de la historia que nos resulta, por ello, un tanto desconcertante ―porque no nos podemos escandalizar ni compartimos semejante pudor en el lenguaje, y porque algunas omisiones que escapan a nuestra comprensión nos pueden llevar a concluir (erróneamente) que no conocemos todos los códigos. Esto último restaría esa universalidad que es común a los cuentos memorables.

Otro aspecto notable de la historia es la naturalidad con que el autor nos describe el impacto de la Gran Guerra. Tal vez el método adoptado para lidiar con este horror se resume cuando dice que “para entonces el pueblo ya tenía mucha experiencia de la guerra y, en plan típicamente inglés, había ido elaborando un ritual para adaptarse a ella.” Ritual que en este nuevo contexto hace sentir a la protagonista como parte de una maquinaria impersonal, cuando se ve obligada a procesar y enviar todos los documentos que corresponden al estatus de “desaparecido en acción” de su sobrino. “Michael la había llevado a una fábrica de municiones, donde vio cómo iba pasando una granada por todas sus fases (…) Entonces le había asombrado que no dejaran de manosear en un solo momento aquel objeto horrible, y ahora, al preparar sus documentos, pensaba: ‹I’m being manufactured into a bereaved next of kin.›” Manufacturada, transformada en una afligida pariente.

El impacto de la Gran Guerra en 1926, año en que Kipling escribió esta historia, comenzaba a alterar para siempre ciertas convicciones de raíces profundas. Esta sensación de ser tratado como parte de una línea de producción de “cosas horribles” (una especie de industrialización del duelo); el sinsentido de la matanza a una escala y con una tecnología desconocida hasta ahora, sin distinción de clases sociales; es muy significativo (por el orgullo profundamente imperial del autor) su abierta crítica a los generales que condujeron las operaciones: “lanzaron al batallón al combate, a raíz de la matanza de Loos”; “mientras se preparaba la batalla del Somme”. Hasta hoy los historiadores debaten acerca de esta batalla, una de las más costosas para el ejército británico en términos de vidas humanas (solo en su primer día más de 58000 muertos, heridos o desaparecidos), con magros y muy discutibles resultados. Batalla que efectivamente fue planificada por el alto mando inglés bajo la necesidad de mostrar resultados.

La descripción del cementerio como “un mar implacable de cruces negras, en cuyos frontis había tiritas de estaño grabado que formaban ángulo de todo tipo. No se podía distinguir ningún tipo de orden ni colocación en aquella masa; nada más que una maleza hasta la cintura, como de hierbas golpeadas por la muerte, que se abalanzaban hacia ella.” El incipiente pero efectivo turismo de masas organizado para facilitar las visitas a las tumbas. Por último la somera descripción de la muerte de Michael, el sobrino, “a shell-splinter dropping out of a wet dawn killed him at once” ―un fragmento o esquirla derramado en un amanecer mojado lo mató al instante. El absurdo de lo inesperado, de una muerta anónima y sin rasgo alguno de bélico heroísmo.

Se asoma en la historia otro rasgo significativo. Uno de los personajes, una mujer, invade la sagrada privacy de Helen (nuestra protagonista que se ha retirado a su habitación) para confesar, con medias palabras y nunca derechamente, que necesita decirle a alguien la verdad: “porque estoy harta de mentir. Harta de mentir… siempre mentiras… año tras año (…) No puedo aguantar más. ¡No puedo, de verdad!” Confiesa que ha tenido un amante, que visita la tumba de su amante y oculta esta verdad aparentando visitar (ritualmente) las tumbas de terceros quienes la comisionan para sacar una fotografía. El sorprendente giro de la historia se produce cuando Helen la consuela tomándole las manos. La mujer retrocede escandalizada: “¡Dios mío! ¿Así es como lo toma usted?” A Helen le costará conciliar el sueño, lo que debemos interpretar como un grito de su conciencia.

El final del cuento contiene la clave que nos empuja a su relectura, ahora cristalina. Menos pudorosos que Borges, nos atrevemos a afirmar que el jardinero es Michael resucitado y glorioso, pues repite los gestos y palabras de su Maestro cuando se revela a María Magdalena, quien lo confunde con el hortelano (o jardinero). Su mirada de “compasión infinita” le permite mostrar a Helen, finalmente, el camino de la verdad sanadora. Que tome la figura de un jardinero es también un homenaje del autor a uno de los mayores orgullos de su patria, y que en tierras foráneas convirtieron esa marea de muerte en los ordenados y verdes camposantos que perduran hasta hoy.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s