La Cuesta de las Comadres de Juan Rulfo


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La Cuesta de las Comadres de Juan Rulfo.

La Cuesta de las Comadres es uno de los cuentos más memorables de Rulfo. Para los lectores del cono sur ―acostumbrados como estamos a una prosa pulida y a la sutileza de Borges o Cortázar― aunque podemos identificarnos con la cultura latinoamericana del autor de inmediato nos choca su lenguaje: el uso de palabras que desconocemos pero sobre todo la reiteración de prácticamente todos los recuerdos del narrador. Evidentemente el cuento requiere la repetición para funcionar, para introducirnos en el mundo del protagonista de la historia. En realidad no es simple reiteración porque eventualmente y siempre agrega algo más. Ese algo más es lo que hace de éste un cuento memorable, un cuento que en su sencillez nos va atrapando porque nos abre ―con aparente torpeza― al mundo de este México rural, lento y perezoso como una siesta; violento como su historia. De esta manera, sin nunca darle voz a los que en esa sociedad no la tienen, terminamos por comprender que el protagonista es también causante de la soledad, pobreza y abandono desde la que nos relata sus recuerdos. Porque también los bandidos (a falta de un mejor nombre) necesitan vivir en sociedad para ejercer su oficio.

Una dificultad adicional para sus lectores del sur del continente es el contexto histórico y social del relato y que no necesariamente conocemos. Es por ello que nos puede resultar más arduo ponderar lo que por conocido se omite, y que también sostiene la estructura. Sin embargo, un rasgo notable de la historia es que ―por medio de las reiteraciones del viejo― termina por darnos un cuadro lo suficientemente objetivo y diáfano como para visualizar las relaciones de poder, de autoridad, económicas y sociales en que conviven las familias que componen la comarca. Una visión esférica a partir del menos confiable de los posibles historiadores.

Tal vez podemos agregar un último obstáculo cultural. Es particular del alma mexicana tratar con la muerte en forma jocosa, irónica, de tú a tú. De ahí que se relativice el comercio con la muerte. Este es tal vez una característica propia que nos diferencia sin distinción de clases sociales con el país del norte. Tan cercano en lenguaje y cultura y tan distante en este rasgo esencial. “Está bien muerto ―les volví a decir.

―No, no te creas, nomás está tantito atarantado porque Odilón le dio con un leño en la cabeza, pero después se levantará. Ya verás que en cuanto salga el sol y sienta el calorcito, se levantará muy aprisa  y se irá en seguida para su casa. (…)

Ya por último le di una patada al muertito y sonó igual que si se la hubiera dado a un tronco seco.”

Esta visión contribuye a configurar una muy peculiar ética que va permeando el relato del viejo. Con la mayor naturalidad, sin mala conciencia, nos relata sus fechorías pero también los códigos que los rigen, recordándonos al Padrino de Puzo y de Coppola. “Odilón y yo éramos sinvergüenzas y lo que tú quieras, y no digo que no llegamos a matar a nadie; pero nunca lo hicimos por tan poco. Eso sí te lo digo a ti”. No es matar a su hermano el hecho reprobable, sino matarlo para robarle unos pocos pesos, apenas el valor de una frazada. En el lenguaje del Padrino sería la diferencia entre it’s strictly business y una vulgaridad personal (una antipatía, un robo insignificante o un castigo excesivo). Es toda la diferencia.

Decíamos antes que en esta historia los sin voz no tienen voz. Nos referimos a esas sesenta familias que recibieron una parcela en forma equitativa. “A pesar de eso, la Cuesta de las Comadres era de los Torricos (…) No había porqué averiguar nada. Todo el mundo sabía que así era.” La autoridad que repartió las tierras evidentemente está ausente, y el hecho de que los Torricos no sean un familión (más los clásicos mercenarios de un Western) sino solo dos hermanos, nos habla de la extrema indefensión de esta comunidad rural. Todos son muy pobres, incluyendo a los Torricos. “La gente sacaba de las cuevas del monte sus animalitos y los traía a amarrar a los corrales. Entonces se sabía que había borregos y guajolotes. Y era fácil ver cuántos montones de maíz y de calabazas amarillas amanecían asoleándose en los patios.”

El narrador parece tomar partido con sus vecinos en contra de la tiranía de los Torricos, pero la historia nos va develando que éste es incluso más temido que los difuntos bandidos. Siendo tal vez la mayor sutileza del autor en un relato que aparenta pura tosquedad verbal y moral: el viejo no es en absoluto consciente de su fama, del efecto que produce en su comarca. “La cosa es que todavía después de que murieron los Torricos nadie volvió más por aquí.” No es extraño, ya que incluso cuando Remigio lo encara “yo traté de verle la cara para saber el tamaño de su coraje y me quedé mirando como preguntándole a qué había venido.

Eso sirvió. Ya más calmado se soltó diciendo que a la gente como yo había que agarrarla desprevenida.”

La tiranía de los Torricos (y del protagonista) sumado a tierras relativamente inhóspitas llevaron a migraciones y nuevos asentamientos de campesinos. Fenómeno que queda al margen de este relato pero que probablemente es un factor gravitante en la historia mexicana. Si no conociéramos nada de México este cuento ―que fluye de los labios de un viejo repetitivo y de frágil memoria― sería suficiente para darnos algunas claves sobre su historia y su cultura.

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