“El hombre en el umbral”, de Jorge Luis Borges. Un comentario.


umbral de borges

El cuento fantástico “El hombre en el umbral” fue publicado en 1949 en su libro El Aleph. Comentar un cuento de Borges es una aventura reduccionista ―ya Cortázar nos advierte que es mejor leerlo a citarlo, porque con certeza el resultado será empobrecedor. Bien podemos servirnos en este intento de las claves que el mismo Borges nos regaló en entrevistas y conferencias. También podemos contrastar su estilo y técnica con los mismos autores que nos declaró como sus favoritos. En este caso particular nos señala además algunas de sus fuentes de inspiración literaria.

Ya en la introducción realiza un pequeño juego con sus lectores. En sus cuentos de género fantástico por lo general nos toma de la mano y nos regala los fundamentos que hacen de ésta una historia cierta (o verosímil). La técnica es simple pero poderosa: comienza por enmarcar el punto de vista del relator a partir de ciertos hechos ciertos, en este caso que su amigo “Bioy Casares trajo de Londres un curioso puñal de hoja triangular y empuñadura en forma de H”. Aunque no fuimos testigos muy probablemente esta anécdota es real. El cuento, no la crónica, comienza a continuación: “Mi texto será fiel: líbreme Alá de la tentación de añadir breves rasgos circunstanciales o de agravar, con interpolaciones de Kipling, el cariz exótico del relato. Este, por lo demás, tiene un antiguo y simple sabor que sería una lástima perder, acaso el de las Mil y una Noches.”

Kipling, hijo del Imperio Británico y de la India, estructura sus historias a partir de la crónica precisa y certera de los hechos para luego esconder el cuento (aquello que lo hace un autor querido y recordado) bajo la estructura de la realidad que le viene de afuera. Borges nos advierte que no hará eso, es decir la estructura del cuento no se sostiene en alguna referencia histórica o geográfica. Pero además nos declara con su característica modestia que desea dotar a su cuento de la magia que proviene de las Mil y una Noches. La estructura de Borges siempre proviene de la literatura universal y de alguno de los temas que ocuparon su vastísima cultura filosófica, en este caso la relatividad del tiempo.

Borges, al igual que otros autores, nos explicó que cuando escribía un cuento siempre partía “por una suerte de revelación. (…) de pronto sé que va a ocurrir algo, y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin.” “La vuelta de la calle Paraná, en Buenos Aires, me deparó la historia que se titula “El hombre en el umbral”; la situé en la India para que su inverosimilitud fuera tolerable”. Su inspiración proviene de Buenos Aires, el inicio y el fin, aunque sus lectores no sabremos exactamente cómo cuajó de esta manera. El desarrollo de la historia, como veremos, cubre muchas referencias literarias. Ya estamos de lleno en el mundo de Borges.

“La exacta geografía de los hechos que voy a referir importa muy poco. Además, ¿qué precisión guardan en Buenos Aires los nombres de Amristar o de Adh?” Una de las herramientas preferidas de Borges es la ambigüedad geográfica y de épocas, ya que le otorgan una mayor libertad salvándolo de incurrir en imprecisiones o errores que pudieran delatar al cronista (¿a Kipling?)

Cortázar comenta con admiración que en “El tonel de amontillado” de Poe ya en la primera frase estamos adentro de la historia.  Por su parte, en el segundo párrafo de El hombre en el umbral Borges ya nos atrapó. “Básteme, pues, decir que en aquellos años hubo disturbios en una ciudad musulmana y que el gobierno central envió un hombre fuerte para imponer el orden.” Un poco más adelante, en el mismo párrafo, nos entrega la clave dramática que nos conducirá (como una flecha) hasta el final del cuento: “de pronto Glencairn desapareció. Naturalmente, no faltaron rumores de que lo habían secuestrado o matado.” Cómo se llega al desenlace es fruto de la genial imaginación del autor unido a sus temas preferidos, algunas referencias literarias y a sus magistrales metáforas y sentencias memorables. Nos quedamos en esta ocasión con las siguientes: “Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”. “Alguien entonces discurrió que si el destino nos vedaba a los sabios, había que buscar a los insensatos.” “Murió sin miedo; en los más viles hay alguna virtud.” “Una casa no puede diferir de otra: lo que importa es saber si está edificada en el infierno o en el cielo.”

Es difícil abarcar todo el mundo literario de Borges. Además de las declaradas por su autor, encontramos un par de referencias al Salmo 2 en boca de un musulmán (“gobernaron con un cetro de hierro” y “Dios había permitido, en su cólera, que la gente se corrompiera”); también Sófocles asoma cuando dice “yo fatigaba sin mayor esperanza las calles de la opaca ciudad”. Su pasión por los vikings se asocia a la descripción del desaparecido gobernador.

Uno de los temas favoritos de Borges es el tiempo: la irrelevancia de lo presente por sobre lo pasado; el vigor de la memoria por encima de la crónica; el tiempo interior. El cuento pertenece al género fantástico porque lo que es historia antigua está ocurriendo frente al protagonista sin que éste se percate. Aunque menos probable, “Hasta que tengamos rostros” de C. S. Lewis pudiese ser otra fuente de inspiración de esta sincronía fantástica.

El autor irrumpe con el presente en tres ocasiones dentro del relato antiguo del viejo, en cada una respondiendo a una pauta concreta. La vacilación final del viejo se explica porque el desenlace está por ocurrir y él no se puede adelantar (él es puro pasado). Ocurrido el hecho fatal el narrador “había cesado para él” ―ya no comparten el mismo espacio temporal.

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