Pacto de silencio


Pacto de silencio

Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus.

Virgilio, 70 a.C. – 19 a.C. Giorgicae III, 284[1]

Sicut nubes; quasi navit; velut umbra.

Job 7,9 – 9,26 – 14,2[2]

Sicut nubes (Job 7,9)

“Así como durante meses las nubes cubren los cielos de esta ciudad sin nunca descargar su lluvia; al modo en que empujadas por el Harkatán ―ese viento relampagueante, seco y frío― corren raudas permeando el ambiente de electricidad generada en su roce con las arenas saharianas, así me he sentido yo desde que le arrebaté el celular a Martín para enviar el whatsapp a mi hermana. Si hubiese sido una obscenidad todo sería simple. “Esta mañana fuimos con Javiera al parque”, decía, “¿cómo te fue ayer en la nieve?” La precisión quirúrgica en lo cotidiano es lo que me robó el sueño ―esas dos frases me bastaron para saber que la relación llevaba un buen tiempo. Apagar una pasión que comienza me hubiese parecido mucho más probable que romper con lo que viene después. Este texto sin afán de conquista, sin coqueteo, sin el fuego de una pasión desatada; mencionar así a su hija como si fuera parte del trato, de un nuevo proyecto familiar, todo esto simplemente me paralizó.

Ya antes de casarnos muchas veces discutimos por ese afán suyo de mostrarse atractivo; un pasatiempo inofensivo decía él, y siempre me ponía de mal humor. Con el tiempo me acostumbré, no sé si me resigné (que sería distinto) a que de vez en cuando mirara descaradamente a alguna mujer o a que dijera algo perversamente ingenioso para camuflar su trasfondo libidinoso. Alguna vez me dijo “soy completito”, y ni siquiera hoy soy capaz de comprender si la frase es arrogancia o esconde una gran inseguridad. Desde que leí el whatsapp vienen a mi memoria las tonteras que le he escuchado durante estos años, ¿será hora de unir los puntos o serán solo eso, puntos inconexos?

Luego de siglos de tormento una buena amiga se separó de su marido, eso será hace tres años. Decía que esto es como tener un accidente automovilístico: hay que repetir y repetir para superar el trauma. Ella se volvió experta en describir el fenómeno que fluye más o menos así: En toda pareja hay flancos débiles, fisuras que para el resto (para la familia y los cercanos) son relativamente evidentes pero que jamás se mencionan a los interesados mientras los hechos no se precipitan. Porque nadie quiere perder su amistad o causar dolor, pero también porque es imposible juzgar acerca de las tolerancias y cargas que puede resistir ese edificio que formamos con la vida en común. Una vez que la estructura colapsa, ¡ah! ahí la cosa cambia. La dinámica es simple ―un comentario arrastra otro; un recuerdo se vuelve evidencia y precedente obligado de lo que luego sucedió. “Lo dije, se lo comenté a mi marido, él te lo puede corroborar. Me impresionó siempre lo indiferente que era contigo antes de casarse, ¿qué se podía esperar para después?”

―¿Y por qué no me dijiste nada?, siempre preguntaba mi amiga. Según ella, terminó por estandarizar las respuestas que en algún momento dejó de escuchar. Por ejemplo, un clásico sería responder: “Por ese entonces yo tampoco tenía la madurez suficiente para calibrar su importancia, por eso no me atreví a decirte nada. Ese aplomo solo te lo dan los años.”

Una vez que el después ya es escombro y confusión, es cuestión de invitar a todos los conocidos a reunir las piezas para luego armar el rompecabezas y así explicarnos lo que pasó. Según mi amiga este es un ejercicio colectivo, por eso es tan bueno hablarlo y repetirlo hasta que todos tengan la oportunidad de colaborar.

Yo no estoy en esa etapa; no he dado pie para que los demás comiencen a hablar. Esto aun no es definitivo, ¿cómo podría serlo si usted es la primera persona con la que me desahogo? Estoy agradecida de poder conversar acá lejos y romper con el laberinto en el que llevo perdida desde hace tres meses. Sinceramente para mí todo estaba bien, incluso podría ser que aun esté bien. Lo que piensen nuestros amigos, pero especialmente mis hermanas, lo desconozco por la sencilla razón de que nunca me han dicho nada significativo. Si les preguntara y me respondieran que ya era hora de que despertara… bueno, ahí sería otra cosa.

Si, ya sé. ¿Por qué aun no le he preguntado a Martín de quién es este mensaje? Porque sería romper con un pacto de silencio, un pacto que firmamos hace tiempo y que en realidad fue una capitulación donde él me impuso los términos de esta paz. Términos crueles que le han dado toda la libertad para seguir comportándose como un adolescente mientras yo he tenido la obligación de callar, de sonreír y callar.

Hace años llegó un periodista a nuestra redacción; venía de trabajar en CNN y se había hecho relativamente conocido al cubrir la historia del USS Cole en Yemen. Me movió el piso, fue algo así como una avalancha que arrasó con mis defensas. Cuando él se sumaba al comité editorial de los jueves se me aceleraba el pulso; todo lo que decía me parecía ingenioso e inteligente. Me di cuenta que me gustaba más de lo prudente y opté por alejarme de él. Fue ahí cuando dejé el periodismo de crónica y pedí el traslado a la revista de cultura. Llevábamos seis años casados con Martín y pensé que nos vendría bien contar con más tiempo para nosotros. Cuando ya todo había pasado y me sentí con fuerzas ―fue un fin de semana romántico en Matanzas, un pueblo costero de Chile― ahí le conté todo a Martín. El me miró en silencio pero antes de volver a Santiago, el domingo por la mañana mientras desayunábamos, me dijo escuetamente que para él ya nada volvería a ser lo mismo.

Puede que yo misma sea culpable pero este es un tema tabú que le permití crear. Nunca más hablamos de lo que me pasó. Estoy segura de que a él se le hizo insoportable pensar que ya no era el ser más atractivo para mí, que podía haber espacio para otro, que luego de tantos años yo (su afortunada mujer) no estaba deslumbrada con su chispeante personalidad. Tal vez ahondé más sus inseguridades. Martín tiene un ego adolescente que se niega a perder y así es como lo he querido, porque también tengo mis defectos. A raíz de este episodio quedé prisionera del silencio; sin necesidad de palabras y para siempre, de los dos fui yo la que estuvo más cerca de romper la línea de la fidelidad ―trivializando así sus coqueteos y su afán de exhibirse en cuanta reunión nos han invitado. Pasé a ser culpable de las grietas que surgieron en la estructura de nuestra relación y que abarcan muchos otros temas que no hemos conversado.

De modo que ahora, si le pregunto por el whatsapp y las cosas no son como imagino, podría pasar que yo misma esté socavando el dique y todo se acabe. Una sabe cuanta presión hay acumulada, pero también miro a mi alrededor y me parece ingenuo pensar en un matrimonio sin fisuras. Martín es tan inseguro y orgulloso que se lo tomaría muy mal; no soy la única que cree que él es incapaz de perdonar que lo cuestionen.

Existen unos pocos casos que toman por sorpresa a todo el mundo. Yo quiero creer que el nuestro sería uno de esos donde tus amigos necesitan unas cuantas semanas para empezar a hilar fino, pasando por el cedazo los recuerdos que los ayudarán a explicarse algo tan inesperado. Además no quiero exponerme a la crueldad. Desde hace años arrastro una depresión que no es secreto para nadie. La doctora me dice que me debo querer más, que mi baja autoestima no tiene fundamento. Desde que leí el whatsapp me pregunto si mis bajones no serán el precio que he pagado por aceptar el pacto de silencio ―la certeza de saberme menospreciada cada vez que él, sin apenas disimulo, comienza a lanzar insinuaciones. A veces pienso que en su cabeza todo lo que hace en público es sin segundas intenciones, avalando así su permanente afán por ser el centro de las miradas. Alguna vez se lo comenté a mi amiga más cercana y ella me sorprendió cuando me dijo que su actuar es totalmente inofensivo. “De inmaduro y fatuo que es no más, no le des más vueltas”. Recuerdo que me llamó mucho la atención que usara la palabra fatuo ―me dolió y me costó entender por qué. Martín es un excelente hijo, atento siempre a las necesidades de sus padres. Un buen hermano, un amigo incondicional y qué decir de su labor profesional ―siempre actualizándose en congresos, estudiando y leyendo todos los papers que caen en sus manos. Nunca me hubiera imaginado que alguien, y menos mi amiga que nos conoce desde hace años, pudiera calificar a Martín como fatuo.

Tal vez (quien sabe) ha tenido más de un desliz con alguna enfermera ―fueron años haciendo turnos de noche y si así fuera no creo que valga la pena indagar. Pero esto es distinto. Nada me consta; devolví su celular al bolsillo de su chaqueta y nunca le he preguntado. ¿Se da cuenta? Tantos años pensando que todo está bien, que el problema soy yo, pero ya no. Estoy entrampada en esta vorágine de recuerdos, pensamientos y cosas que imagino y que me taladran la cabeza desde que amanezco hasta que logro conciliar el sueño.”

Miro a esta señora que hasta ayer era una desconocida, le tomo ligeramente el antebrazo y le ruego me disculpe un momento. Me levanto y me dirijo al baño que mira hacia el norte, hacia la parte más densamente poblada de esta ciudad. Abajo ―me tengo que arrimar al vidrio y pegar mi frente a él― miro las calles como hormigueros llenos de colectivos amarillos atiborradas de gente y me pregunto si llegarán a algún lado. Pienso en la alegría de los africanos y cómo han hecho para conservarla después de una devastación tras otra, da lo mismo si es política o de la naturaleza. En la poesía de sus nombres, en el ritmo de sus movimientos, en sus cuerpos perfectos.

Quasi navit (Job 9,26)

Aunque ya no tengo ganas de contarle más, me acerco nuevamente a la mujer con la que he conversado toda la tarde. Tal vez la estoy aburriendo más de lo prudente y me parece que su trago ha surtido efecto o quizá sea el jet-lag, no sé. Le pregunto qué la trae por Lagos y me responde que viene a visitar a su hija. Comenta que me ha visto con un equipo de camarógrafos y me pregunta a su vez qué hago sentada en este bar en penumbra. Prefiero no pensar por ahora en el desafío y el peligro que representa haber venido hasta aquí con mi equipo de filmación. Así como las naves que veo entrar y salir del puerto desde estos magníficos ventanales, yo también me veo urgida a cumplir con un programa que se debe enmarcar dentro de los tiempos asignados por el jefe de mi jefe.

―Vinimos para reportear el horror de Boko Haram que se vive en Chibok, una ciudad en la provincia de Borno, en el noreste de este país. Ya tenemos las entrevistas coordinadas desde hace semanas para cubrir las aristas más obvias de esta historia. Nos espera (si es que logramos sortear la vorágine de este tráfico indescriptible) el asesor de la presidencia, la reunión con Chief Ikimi, un líder opositor. La entrevista con el cardenal Okogie y con el imán más influyente de Nigeria. Esperamos concretar una reunión con alguna de las madres de las niñas secuestradas, pero eso aun no lo podemos confirmar. Todos nos han advertido que si comienza la temporada de lluvias los caminos colapsan, los puentes se cortan; ya no podremos  salir por tierra y en ese caso cualquier intento por viajar a Chibok será inútil. Por otra parte, no hemos sido capaces de determinar si buscaremos recoger la voz de Bocko Haram. ¿Por qué habrían de reunirse con un medio que representa las antípodas de su pensamiento fundamentalista? ¿darle una entrevista a una mujer occidental, una perra cristiana? Este fue el punto más discutido en Atlanta, donde son amigos de lo que llaman cobertura 360.

Si no fuese por el whatsapp y mi deseo de alejarme de Martín dudo mucho si mi jefe me habría asignado, para sorpresa de todos, un encargo que nuevamente me pone en la trinchera. Creo que él siempre esperó verme regresar del segundo piso. Me dijo: “ya era hora que descubrieras que no sirves para ratón de biblioteca, María. Sin medias tintas ahora quieres meterte en la boca del lobo. Bien por ti. Haré lo que pueda.” Pero por favor, no hablemos de lo que me espera allá afuera. Si sigue por aquí ya le contaré cómo sale todo esto.

―Cuéntame más de Martín. Hablar con una desconocida en las alturas de un hotel, donde todo está pensado para borrar cualquier rastro del tiempo, es una buena manera de detenerse y tomar distancia. Creo que eso es lo mejor para ti en este momento.

“La primera vez que estuve en África con Martín (en aquel entonces todo era diferente) él no había viajado mucho. Solo conocía Estados Unidos y muy bien América del Sur; jamás había estado en Europa, cosa que me parecía inconcebible, pero se le ocurrió que en lugar de cumplir con esta Meca teníamos que hacer un safari fotográfico. El viaje era carísimo, mucho más que darse un baño cultural por las mejores capitales europeas, pero bueno… era lo que él quería: Mirar animales, gozar de atardeceres poéticos tomando un trago en una carpa de lujo y, en más de una ocasión, escuchar bufidos aterradores por la noche. Ahora pienso que fue el momento más feliz de nuestras vidas, nada que ver con el desgarro de este momento. El cielo está gris y seguirá así por unos días más, me dijo Gbenga. Son nubes sin agua, llevadas de aquí para allá por los vientos.”

Velut umbra (Job 14, 2)

“Por decirlo de alguna manera, una sombra avanza implacable sobre esta aventura periodística.

Llevamos ya diez días en Lagos con una agenda recargada. Si no fuera por Gbenga, nuestro chofer e intérprete, habríamos logrado muy poco. Sortear las calles, llegar con tiempo y con nuestro equipo de filmación completo y con las baterías cargadas es una proeza que deja las energías justas para realizar las notas y entrevistas. Pero no quiero cansar al lector con detalles que son de público conocimiento y que escapan a la misión que nos convoca: dar a conocer el horror de Bocko Haram, constatar de primera mano la desesperación de unas madres que claman y lloran por sus secuestradas hijas en un trasfondo político complejo, donde las partes deben moverse con extrema cautela.

Digamos que la ciudad más poblada del país más populoso de Africa es un desafío logístico de proporciones. El tiempo se nos acababa. Seamos más precisos: el buen tiempo se nos acaba porque las primeras lluvias han empezado a azotar, como todos los años, las provincias del norte. Pronto Lagos será un lodazal y luego una inundación intransitable. Por otra parte el gobierno declaró el estado de emergencia en Borno; además de suspender todos los vuelos a Chibok, hace una semana se restringió el ingreso de medios extranjeros en la zona ―es evidente que no pueden garantizar nuestra seguridad. En estas circunstancias intentar el viaje por tierra sería una imprudencia.

Por otra parte el ébola amenaza con mostrarnos su rostro letal. El gobierno está haciendo grandes esfuerzos por mantener la normalidad administrativa, mientras nuestras fuentes en el consulado americano nos advierten que éste será incapaz de contener la epidemia que avanza, como una sombra, sobre esta ciudad. Son muchas las empresas y agencias periodísticas que han dado órdenes de embarcar en el primer avión que esté disponible. Nuestro hotel es un refugio donde la peste no se menciona, pero está presente en cada una de las obsesivas medidas de higiene. Al igual que en el cuento de Poe, cada noche vemos reunirse en el bar al príncipe Próspero y su séquito bebiendo y alternándose en el karaoke hasta altas horas. ‹Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres.›[3] Si, el tiempo se nos agota mientras la sombra avanza.”

Levanto la vista del teclado y le pregunto a Gbenga si estamos lejos del hostal donde nos espera Patience Omoruyi, la madre de Faith, una de las niñas secuestradas. Responde con su gesto característico, como lo haría con un niño pequeño que pregunta ¿cuánto falta? cuando apenas hemos enfilado la carretera. Aislada del exterior por el aire acondicionado y los cristales oscuros, sigo escribiendo mientras navegamos por estas calles que apenas fluyen.

“Calculo que a estas horas estaría aterrizando en Santiago si no fuera por este chofer que ha demostrado una iniciativa y persistencia sorprendentes. El resto del equipo se embarcó hace dos días siguiendo las recomendaciones del consulado americano, pero mi amigo Gbenga ya había agendado una reunión con esta desdichada mujer y me convenció para que me quedara. Me contó en su endiablado inglés que le tomó varios días ubicarla a través de una pariente que vive en el norte del país. Me terminé de convencer cuando añadió que era nuestra oportunidad porque ella había viajado a Lagos en esos días. Ya le preguntaré qué la trae a esta ciudad.”

Miro por la ventanilla mientras intento prepararme para la entrevista, la última que haré en este país. Gbenga me señala que hemos llegado. Su certeza me desconcierta porque en este laberinto de polvorientas calles estrechas todas las casas se me antojan iguales. Rememorando a Borges anoto: “Una casa no puede diferir de otra: lo que importa es saber si está edificada en el infierno o en el cielo.”[4] Cierro mi notebook. Al igual que el Dante, bajo del auto acompañada de mi Virgilio ―de mi guía y protector en este viaje a lo inimaginable.

El recinto es pobre, despojado. Con un abrazo nos saludamos en un francés al que cualquiera de las dos hacemos poco honor. Inclina hacia adelante la cabeza, tiene una sonrisa que parece un manantial aunque a través de sus ojos se transluce el infierno que está viviendo desde abril. Nos encaminamos a unos asientos que hay al fondo, en un patio al aire libre con suelo de tierra; sobre nuestras cabezas hay un toldo de colores chillones que no detendrá el agua que llegará implacable ni los rayos de sol, si es que despejara (esto no sucederá).

Gbenga traduce al inglés sus primeras palabras en fulfulde: nos cuenta que está vestida de blanco porque ese es el color de la buena suerte. Levantando la vista me dice que a pesar de que muchas veces sus fuerzas flaquean, no pierde la esperanza de que su hija esté viva y puedan estar juntas nuevamente. Me da la sensación que esto de la vestimenta es un recurso que tenía pensado. Tiene razón al hablar de cualquier cosa porque este es un tema intratable ―hago lo mismo cuando quiero que las sombras no me embarguen. Hay un estoicismo muy digno al no querer exponer su pena tan abiertamente. Aunque no se lo diré a mi jefe, hoy me sobra el ojo intruso de una cámara de filmación.

Ella nos ofrece un té y reparo en la bandeja que ha estado ahí sobre la única mesa de la estancia, perfectamente ordenada con un mantelito blanco en la base, con galletas dulces en un mimbre. Me asombra que haya pensado en este signo de hospitalidad. La miro mientras se levanta y se inclina sobre la bandeja. Gbenga la deja hacer.

Recuerdo las palabras del profeta: ‹Tu quebranto es irremediable e incurables tus heridas. Estás desahuciada. Hay heridas que tienen curación, pero las tuyas no tienen remedio.›[5] La pena, la soledad, la espera de lo improbable son cosas que nos llevan a lo más negro de la noche; sus sombras avanzan, luego todo se transformará en oscuridad. La mirada, su postura corporal, los pensamientos que no la dejan en paz. Me avergüenza pensar en que he venido a hacer preguntas porque cada palabra suya se me antoja como un desgarro. Pienso en mi hija. Quisiéramos estar muertos antes de ya no estar con esa persona que nos hizo sentir lo que nadie más. Es que la vida no puede ser concebida sin su hija. Lloro. Me avergüenza llorar ante Patience. El aire es agobiante, la humedad me pega la blusa al cuerpo y me impide respirar con soltura. Patience se toma todo el tiempo sobre la bandeja como si adivinara mis pensamientos; tal vez no quiere avergonzarme o no quiere caer quebrada por el dolor.

La miro hacer y me evado recordando los problemas crónicos de mi amiga, también mis pequeños dramas. Pienso en Martín. Los silencios boicotean cualquier intención de salir de ese estado que nos paraliza ennegreciendo el alma. Somos hipocondríacas del dolor. Así “huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo”[6]. Cronos devorando cada una de las buenas intenciones que en los momentos de lucidez podrían ayudarnos a revertir la situación[7]. Volvemos a caer en el círculo infernal del apego al dolor que atesoramos como arma arrojadiza contra el culpable. Tal vez no queremos prescindir de ese afán de creernos víctimas ―nuestra vida es así camino que termina en el desierto: en la desertificación del yo o en la soledad de quien vive para sí mismo. Recuerdo a Cronos devorando a sus hijos y me siento consumida por la ansiedad de quien sabe que su tiempo se ha agotado.

Patience me ofrece una taza de té. Ella está aquí por la entrevista; yo debo hacer mi trabajo.

Lleva colgada al cuello una foto de su hija y en su mano izquierda apenas asoman las cuentas de un rosario. Me conmueve la serenidad de cada uno de sus gestos. Se sienta nuevamente y me mira en silencio. Le pregunto por qué no está en el norte esperando alguna novedad de Faith junto a su marido. Sus ojos me traspasan, es como si intentara tocar un pedacito de mi alma. Cuando comienza a hablar fluye su voz sin estridencias: “Mi marido murió degollado cuando intentó proteger a alguna de las niñas secuestradas y a nuestra hija.”

No quiero ahondar por ahora en la muerte de su marido. Le pregunto qué es lo que está haciendo en Lagos. Veo en sus ojos una sombra de duda, un destello de sorpresa; se recompone y me responde: “Vine por esta entrevista, vine porque usted me buscó. Me puse en marcha porque eso es lo que podía hacer por Faith para que el mundo no nos olvide. Sabía que sería un viaje difícil, que encontraríamos vientos y tempestades. Mi deber era venir por mi hija.”

Pienso en lo que puedo aportar yo con un reportaje sin cámara en un medio sin prensa escrita y en un país pequeño y sin importancia en este juego de política internacional, un país donde apenas se reservan tres minutos en televisión para comprimir las noticias foráneas. Miro a Gbenga y no me atrevo a verbalizar mis pensamientos. Patience agrega: “Cuando ya nada tiene remedio debemos unirnos a los demás. Me puse en marcha no porque creyera que usted me daría una solución sino porque no tenía alternativa. Quedarme en Chibok no ayudará a Faith. Si usted y yo hoy hacemos lo que debemos eso será suficiente para ambas.”

“Encendí la grabadora y me dispuse a darle una voz a Patience. Las sombras del atardecer avanzaron sobre nosotros. Luego de una hora de conversación llegó el momento de despedirnos. Patience me pidió que no la olvidara. Apenas con un murmullo le di las gracias y en un arranque le besé las manos.

Lagos, Nigeria. 20 de agosto de 2014.

Por María Benedetti.”

Cierro mi notebook mientras espero la llamada en la sala de embarque. Afuera la lluvia cae torrencial sobre esta tierra sedienta. Tengo varias horas de vuelo para redactar y terminar mi reportaje ―no quiero disculpas que puedan postergar mi conversación con Martín. Mi hija, nunca más devorar el tiempo de mi hija.

[1] Pero huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo.

[2] Tal como las nubes; en cierta manera como las naves; por decirlo así como la sombra.

Como las nubes; como las naves; como la sombra.

[3] “La máscara de la muerte roja”, cuento de Edgar Allan Poe.

[4] “El hombre en el umbral”, de Jorge Luis Borges. Publicado en El Aleph (1949)

[5] Jeremías 30, 12-13

[6] Virgilio, Giorgicae III, 284

[7] “Saturno devorando a sus hijos”. Francisco de Goya, óleo (Museo del Prado).

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Una respuesta a “Pacto de silencio

  1. Hay una anécdota muy interesante , acerca de las pestes afrikanas, siemrpe tan atemorizantees. El maestro Ohsawa se contagió voluntariamente mpara demostrar a su amigo Schweizer ( Nobel ) que se podía curar naturalmente yanguisando sus comidas. Lo logró. Pero Sschweizzer nunca se lo perdionó. Giros quew tiene la vida de los virus , las bacterias, la humedad, la realidad africana, tan lejana, tan inconmprendida. Exelente Cecilia ! Gracias por el relato !

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