Casa de Muñecas, de Katherine Mansfield. Un comentario.


Casa de muñecas

Katherine Mansfield (1888 – 1923) nació y creció en Nueva Zelanda en una sociedad marcada por la distinción de clases sociales y la discriminación del pueblo maorí. De familia acomodada, hija de un banquero prominente y nieta de parlamentario, se educó en Londres en el Queen’s College. Fue amiga de D. H. Lawrence y de Virginia Woolf y su marido, con quienes publicó algunas obras. Su obra literaria es fuertemente autobiográfica y su vida sentimental llena de eventos, con relaciones lesbianas y heterosexuales traslapadas y conflictivas. Perdió un hijo fruto de una aventura; se casó en dos ocasiones. Murió muy joven de tuberculosis. En los últimos años escribió el grueso de su obra literaria.

Casa de Muñecas es una historia sencilla llena de simbolismos. El narrador (o narradora) asume alternativamente el punto de vista de un adulto y de un niño. A pesar de los escasos elementos geográficos, temporales y topológicos de la historia, es posible deducir que se desarrolla en Nueva Zelandia (por una referencia a Pulman’s Bush y porque las niñas almuerzan sándwich de cordero); transcurre antes de 1910 (por la presencia de coches y cocheros y la ausencia de electricidad) y en una comunidad rural donde conviven los niños procedentes de las diversas clases sociales. “La querida anciana señora de Hay volvió a la ciudad después de pasar un tiempo en casa de los Burnell.”

Los personajes adultos son la madre (que apenas figura en forma directa); tía Berly, quien está detrás de todas las reglas, normas y comportamientos más odiosos que atraviesan el cuento ―se trata de una mujer autoritaria que tiene la última palabra en una casa que no es suya (y que en nuestra opinión esconde un secreto vergonzante). Pat, quien no teniendo un cargo, sabemos que es un sirviente porque también hace las veces de cochero. El resto de los adultos no tienen nombre y colaboran en la estructura: Mansfield quiere mostrarnos cómo la discriminación social refuerza la crueldad en los niños.

El punto focal evidente de esta historia es la casa de muñecas que las niñas Burnell reciben de regalo. La “casita es ¡perfecta, perfecta!” Tía Berly, sin embargo, opina que “el olor de la pintura bastaba como para enfermar seriamente a cualquiera”, y determina que la casa debe permanecer en el patio a la intemperie. El olor en un regalo perfecto y en una autora aficionada a los simbolismos. La casita es un regalo para niños ricos y se usará para escalonar y discriminar a las otras niñas ―el olor bien podría ser la opinión de la autora sobre el uso que se le dará a este objeto.

El interior de la casa no tiene defectos, pero es evidente que la lámpara es clave para desentrañar esta narración. Es un objeto precioso apreciado especialmente por Kezia, la menor de las tres hermanas Burnell. La autora se detiene a describir “una exquisita lámpara ambarina con un globo blanco”, un objeto demasiado perfecto incluso para esta casita perfecta, y la personal relación del objeto con la niña: “parecía sonreírle a Kezia, decir: “Aquí vivo”. La lámpara era real”.

La lámpara tal vez representa ese sueño, ese deseo que nos hace humanos y que en ocasiones se satisface contemplando el objeto (la forma más alta del gozo). La casa, por otra parte, pareciera estar destinada a no ser habitada ni usada en un juego, ya que los muñecos “eran en realidad demasiado grandes para la casa de muñecas.” Así las niñas no juegan con la casa, no tocan los objetos. Los contemplan. Todo ello nos habla de algo característico de las clases acomodadas que pueden permitirse tener cosas para su disfrute estético, no por su utilidad.

“Las hijas del médico, las chicas del almacenero, las del lechero, estaban obligadas a estar juntas (…) Pero en algún punto había que establecer la separación. Ese punto eran las Kelvey.” De modo que habían categorías: las niñas Burnell en la punta de la pirámide, luego la niña Cole (probablemente hija del médico), a continuación la niña Logan, hija de un granjero y lechero; luego el resto. Pero la convivencia se rompe, por mandato de la madre, en las Kelvey. Con ellas no pueden ni siquiera hablar. La autora describe la discriminación a que éstas son sometidas y la euforia que les produce cuando llevan la crueldad a nuevos límites: “las niñas se alejaron corriendo en bandada, muy, muy excitadas, enloquecidas de alegría”. Todos sabemos, por experiencia, cuan crueles pueden ser los niños.

La autora muestra especial ternura por la madre de las Kelvey, “una pequeña lavandera muy trabajadora”, probablemente madre soltera a quien la une esta experiencia y el haber sido desheredada por su madre. El drama se desata cuando Kezia, desobedeciendo a su madre, invita a las Kelvey a contemplar la casita ―porque tía Berly las hace huir despavoridas.

El cuento se cierra en forma muy delicada: Else, la menor y más lista de las hermanas Kelsey, ha visto la lamparita. Ha apreciado por un instante el objeto más exquisito, lo ha contemplado y hecho suyo, uniéndose así a Kezia ―el personaje más noble en esta historia. Pobres y ricos, parece decirnos su autora, compartimos sueños que en ocasiones podemos alcanzar, aunque sea en un breve vistazo.

Por último nos detenemos en un detalle que (hasta donde hemos podido averiguar) permanece inexplicado, para aventurar una interpretación:

 “Había llegado una carta de Willie Brent (de quien solo sabemos que es un apellido común en Nueva Zelanda), una carta aterradora, amenazadora, diciendo que, si (tía Berly) no se encontraba con él esa tarde en Pulman’s Bush, vendría hasta la puerta de la casa para preguntarle por qué.” Un amante despechado, un compromiso roto, pueden explicar la demanda de una explicación. Pero la perspectiva se vuelve aterradora porque puede venir a la casa. Algo más se esconde en esta casa que hacen de esta perspectiva algo explosivo para ella.

La catarsis de violencia de la tía Berly nos habla de una mujer empoderada que disfruta con la crueldad: “ahora que había asustado a esas dos ratitas Kelvey y que le había dado un buen reto a Kezia, se sentía más tranquila.  La horrible opresión había desaparecido. Volvió a casa canturreando.” Una mujer con conflictos internos no resueltos que se desahoga también en su sobrina, la menor, sin temor a represalias.

La completa ausencia de una figura paterna que muestre alguna autoridad, unida a la casi completa desconexión del Sr. Brendt y su carta con el hilo de la  historia, nos lleva a intuir una relación secreta, tormentosa e inestable entre la madre y esta tía, cuya naturaleza la autora no puede declarar abiertamente. Hipótesis que queda reforzada por su propia biografía y principal fuente de inspiración. ¿Porqué una explosión de ira y crueldad le devuelven la calma? Sabemos que ahora Kezia (quien representa la luz en este cuento) tendrá buenos motivos para mantenerse fuera de su camino, pero no podemos aventurar una respuesta.

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