“Esa mujer”, de Rodolfo Walsch. Un comentario.


Evita

Escritor argentino (1927-1977) y militante de trinchera, su relación con la literatura se puede calificar de tortuosa. “Las cosas cambiaron realmente en 1968, cuando la política lo ocupó todo. Entonces empecé a ser un escritor político. Mis ideas sobre la novela han cambiado”. Es por ello que Walsch se resiste a auto-definirse como escritor: “Fui lavacopas, limpiavidrios, comerciante de antigüedades y criptógrafo.”

Nos interesa comentar su cuento “Esa mujer” ―un cuento icónico de la historia argentina― en su calidad de obra literaria y desde la relativa lejanía ideológica y del tiempo. Lo hacemos desde el otro lado de la cordillera, donde no compartimos ese sentimiento tan propio de los argentinos: esa tendencia a idolatrar a sus grandes personajes hasta difuminar y luego olvidar todos sus yerros.

Otra variante que he pensado es que la novela es la última forma del arte burgués, y por eso ya no me satisface”. Walsch intentó desprenderse de sus raíces, de sus ancestros irlandeses de raigambre conservadora, incluso de su evidente vocación literaria. Pero, afortunadamente para sus lectores, no lo logró: “No le entiendo nada -dijo Ongaro luego de leer unos escritos suyos- ¿Escribe para los burgueses?” “Me molestó porque sé que tiene razón”, escribió Walsh. Ongaro fue secretario general y fundador de la CGT por expreso deseo y mandato de Perón.

Como buenos burgueses nos sumergimos gustosamente en la lectura de “Esa mujer”, mientras lamentamos la temprana partida de un excelente cuentista.

Si un cuento relata hechos que han conmocionado la opinión pública ―más aun cuando tocan el alma de un pueblo que no olvida a sus héroes, entre los que reina solitaria esa mujer― corre un riesgo muy difícil de soslayar: Lo que por sabido no se cuenta, con el correr de los años puede corroer el valor literario de la obra. Una vez olvidado el contexto se perderá la intensidad dramática del relato; llegará el día en que la historia popular dejará de ser una brújula para el lector de a pie. Nosotros los trasandinos (tal vez) podemos leer hoy esta historia como lo harán los argentinos de unas cuantas generaciones futuras. El tiempo pasa y desgasta hasta los mármoles grabados, diría Borges.

En las primeras líneas ya sabemos que se trata de una transacción: “El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga. Yo busco una mujer, un lugar en el mapa”. En un puñado de líneas escuetas ya está definido el escenario (una casa) y sus personajes, que quedan suficientemente dibujados: alemán e inglés; coronel y escritor. También la ubicación en Buenos Aires y “el terreno en el que podemos operar, una zona vagamente común” donde sustentar el diálogo.

Una economía y eficacia que recuerda los mejores relatos de Poe.

El hecho dramático ―que nos conduce como una flecha hasta el cierre― viene inmediatamente a continuación: “Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí”. Pero si el escritor la encontrara ―y este contrapunto permite al cuento cerrarse― la hará suya, encontrará un sentido para su vida. “Ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra”.

Pocas veces un cuento logra, en menos de media página, establecer todo lo que requiere para funcionar. Con estos elementos sobre la mesa el relato puede sostenerse sin necesidad del contexto histórico. Envejecer y permanecer como un cuento memorable.

Es un diálogo en tiempo presente, lo que nos vuelve espectadores de la escena. Walsch maneja dos historias que se trenzan con naturalidad. Nosotros romperemos la trenza y seguiremos ambas historias por separado:

Por una parte, el coronel es observado y descrito a través de sus manos y de su cara y de su relación con el vaso de whisky. Solo eso, exclusivamente eso. Estos elementos son matizados (como si se tratara de una escena teatral) por medio de la luz y de los colores. Así sabemos que en el coronel se suceden la superioridad y la alegría; el miedo y el remordimiento; el orgullo y la fiereza; la dureza de carácter. “Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Solo el whisky brilla en su mano, como un fuego que se apaga despacio.” El coronel cambia de colores: “su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.” “El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa”. “El coronel es de plata, ahora.” “La mano se vuelve roja”. El coronel “recortado y negro, rojo y plata”; “la pupila roja”. “Cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.”

Y por la otra, fluye el diálogo del escritor con esta historia secreta cuyo único dueño es este coronel oscuro como los hechos que relata. En algún momento la moneda de cambio propuesta al inicio del relato se permuta: Ya no son los papeles, sino un lugar en la historia asegurado por medio de su oficio de escritor. Un relato oficial que lo exima de culpa.

Se produce además otra metamorfosis: El coronel, desde la relación fría y luego apasionada de los hechos, desde la tajante separación entre él y “esos roñosos” (los montoneros), termina por identificarse con esa “pobre gente (…) Yo también soy argentino.”

“Yo también, coronel, yo también. Todos somos argentinos.”

¿Cómo ser argentino y no idolatrar a esa mujer? El coronel le reprocha al puñado de colegas que han profanado su cuerpo: “Esa mujer hizo mucho por ustedes”. Luego define su rol de héroe que lo diferencia de esa chusma y que lo une a sus compatriotas: “siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola”.

En el cierre del cuento este diálogo se vuelve imposible: “Se para despacio, no me conoce.” El escritor, ya sin esperanzas de encontrarla, ve desvanecerse ese eventual vínculo emotivo, aquello que lo hubiese redimido, ese obstáculo que le impide unirse al sentimiento de los argentinos y que amenaza con volverlo sombra. Volverse sombra, ¿y fundirse con el coronel? ―tal vez asoman las contradicciones vitales de Walsch, incapaz de encontrar su lugar en la historia, de desprenderse de un oficio y unos modos que sintió incompatibles con su militancia política.

“Mientras sé que ya no me interesa (…) la voz del coronel me alcanza como una revelación.

―Es mía ―dice simplemente―. Esa mujer es mía.”

El autor-narrador-escritor se niega a redimir al coronel dándole un nombre, una fisonomía que acaso nos permitiría reconocerlo y rescatarlo para la historia. Solo nos deja los colores, unas manos, su whisky, una cara que cambia permanentemente. Porque el coronel no quiso cerrar el trato.

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