Costa de lago


San Miguel 4

Les encanta la costa de lago. Dicen que terminarán retirando esa lona negra con la que nos tapan la vista todos los veranos. Que el motivo de cercar la playa es para asegurarles un sector islámico, para que sus mujeres y niños puedan jugar y retozar en el agua. Pero que no será necesaria cuando no haya dimmies viviendo sobre la costa. Cuando era una niña siempre bajaba a esta playa a jugar con mis amigas. Desde aquí podía ver cuando llegaban, y entonces mi mamá me daba permiso, porque nos podía vigilar si quería. No he podido acostumbrarme a este muro negro que esconde la edad de la inocencia, la época en que jugaba despreocupada, convencida que toda mi vida podría caminar por esa playa y que vería a mis nietos repetir la tradición. Pedro, ya sé que te lo he contado tantas veces, me regaló el anillo de compromiso en el atardecer de un día glorioso de otoño, ahí mismo, en algún lugar detrás del telón. De alguna manera esta vista mantuvo vivos mis recuerdos, la historia de mi familia y del amor de mi vida. Ese muro negro es como un altzheimer del alma, como si hubiesen arrancado páginas de mi libro, como si ya no pudiese leer en ellas. Sin mi playa, dime mi amor, si tiene sentido que siga viviendo aquí. Este velo negro seguirá ahí mientras yo siga sentada. Si me voy, al menos sabré que ya no está y tal vez, aunque sea en sueños, pueda volver a caminar su orilla y encontrarme con las personas que me acompañaron. Será como sacarme la burka del corazón.

Recuerdo hace tantos años en París, cuando aun vivía Pedro y podíamos caminar sin preocuparnos de la vestimenta. Era verano, cuando el calor aprieta ―cubrirse la cabeza debe resultar insoportable, pobres francesas. Ya en ese entonces las temperaturas estivales comenzaron a alcanzar records. Se puso de moda algo que llamaron calentamiento global, una idea más que reflejaba un vago pesimismo, algo así como la venganza de la naturaleza en contra del hombre depredador y consumista. Hubo millonarios que se dedicaron a comprar tierras en la Patagonia occidental, pero por sus bosques, para dejarlo todo igual y detener la acción del hombre. Supieron que el agua dulce valdría oro, pero no sé si se dieron cuenta de lo que hacían. Despoblaron esas tierras de gente, acelerando así el vacío demográfico que nos terminó jugando en contra.

La idea tomó fuerza porque en esa época muchos viejos morían solos en verano, encerrados en sus casas, víctimas del calor y del abandono mientras sus familias se instalaban en el sur de España. Lo que nadie calculó es que mientras los escépticos franceses tenían cada vez menos hijos y estaban preocupados del cambio climático, los musulmanes mantuvieron altas tasas de natalidad.  De esto hace tanto tiempo se dejó de hablar. Pensar que fueron el único país de Europa que prohibió la burka, junto con todas las manifestaciones públicas de cualquier fe. Las francesas que no se han convertido no la usan, es cierto, pero incluso ellas han terminado cubriéndose, luego de años de adoctrinamiento en la tolerancia cultural.

Al inicio, como sabes, intenté protestar contra la división en la playa. Pero el consejo falló a su favor porque se trataba solo de este sector, y la costa del Nahuel debía acoger a todos. No era mucho pedir me dijeron; a los ojos de todos yo aparecía como la vieja ricachona e intransigente que no quería que le bloquearan la vista. Tal vez por eso me puse en el centro de su atención, aunque fuera por un momento. Ojos invisibles nos observan, tú estás tan acostumbrada que no te percatas. Ojos que detectan discrepancias, que toman nota de aquello que podría chocar con sus normas de vida. Tal vez no te das cuenta porque no conoces otra cosa, pero lo viví en carne propia. Mira los colores, cómo se reflejan en el agua. No cederán hasta que este lago sea un reflejo de su forma de mirar el mundo.

En ese viaje visitamos la Saint Chapelle y quedamos maravillados. Pedro se comportó de modo extraño. Puso una mano sobre una columna y me dijo que esas piedras sufrían dolores de parto. En ese momento no lo entendí, pero sus palabras ahora vuelven con fuerza: “Este edificio no se construyó para estar enclaustrado. Estas piedras quieren adorar, no que las fotografiemos.” Pedro quedó arrobado, jamás lo había visto tan impresionado con una estructura. Me dijo en voz baja: “¡Quien encargó esto fue un visionario! Me sobran las crónicas, esta capilla habla por sí misma. ¿Cómo alguien puede seguir hablando de la oscuridad de la Edad Media? Nunca imaginé que con piedras y vidrio se podría representar la Jerusalén celestial.” Es difícil imaginar un edificio más luminoso ―la estructura se esfuma y todo es luz. Ya la verás por ti misma, si las cosas vuelven a la normalidad.

La inteligencia, hasta hace poco, se consideraba la máxima virtud. Es cuestión de leer cualquier novelucha de esas intrascendentes, con esos personajes que vagan sin destino, que viven o mueren sin haberse preguntado nada fundamental. Leerse por dentro y asomarse a la nada, a la desolación. Luego del expresionismo me parece que el arte ya no fue capaz tampoco de delatar este drama. ¡Si hasta de lo feo se hizo arte! De la angustia un largo e inútil lamento, en ocasiones premiado con un Nobel igual de intrascendente y olvidado.

A Pedro lo entristeció el encapsulamiento de la capilla al interior del palacio de Justicia, de estructura neoclásica. Dijo que la Sainte Chapelle parece prisionera del triunfo de la razón, pero ―auguró― un edificio así puede sobrevivir muchos siglos más que ese adefesio. Se salvó de ser destruida durante la Revolución, es verdad, y eso es un milagro. Pero su mayor tesoro, las reliquias que guardaba, se perdieron en un día de furia que se tragó la historia. Su destino original primero fue remplazado por el de oficinas del servicio civil de la época, y desde el siglo XIX hasta ahora por el turismo. Gracias a eso se han salvado sus vitrail. La capilla, comentó varios meses después, es una parábola viviente del modo en que el cristianismo se encarnó en la civilización occidental. Es bella y es frágil, sumamente frágil; pareciera que está deseosa de liberarse del pesado edificio que la envuelve, pero no puede. Habló de la razón luminosa que quedó esculpida en piedra, y del Iluminismo, cuya razón es pesada y ha arrastrado a pueblos enteros al pesimismo, a la angustia de la falta de sentido y de la orfandad. Del contraste entre el palacio de justicia, que representa el orden de la razón, y esa capilla que desafía las leyes de la física. Lo recuerdo semanas más tarde señalando, en el Museo del Prado, las pinturas de Goya. “¿Ves? El también se dio cuenta, él supo retratar la locura de la razón.”

Aquí aprendí a nadar, era muy chica y pocos eran los que se atrevían a sumergirse de cabeza. El agua de deshielo es así: la toleras o te resignas a ser un cobarde espectador desde la orilla. Como yo, una vieja contemplativa y temerosa. En mi adolescencia disfruté las ociosas tardes en Playa Bonita ―esa parte del lago a la que íbamos porque pocos tenían embarcaciones y nos quedaba cerca. Cuando aún no manejábamos hacíamos dedo o nos tomábamos el bus de la línea 25 de Mayo, aunque casi siempre nos traía mamá. ¿Te asombras? Sí, antes íbamos solas y, una vez cumplidos los dieciocho años, todas las mujeres conducíamos.

La dulce Francia. Jugó con fuego por tanto tiempo, incapaz de comprender lo que arriesgaba. Pensaron que con un laicismo militante podrían contener los movimientos radicales. San Miguel Arcángel creo que sigue vigilando en la cumbre de la Sainte Chapelle, porque nadie se ha fijado en él, pero más abajo se ha instalado la abominación de la desolación. Voltaire se rebelaría incrédulo, estaría de acuerdo conmigo. ¿Para qué tantos muertos, tanta destrucción? Para instaurar la liberte, egalite, fraternite. Hoy parece una ironía. Pedro no alcanzó a ver esto, incluso él no imaginó que algo así pasaría. El soberbio Palais de Justice finalmente ha debido ceder a la demanda de la Sexta República. Dos culturas, dos justicias. El viejo código napoleónico se reserva solo para aquellas demandas civiles en que las dos partes se declaren agnósticas y hayan pactado regirse por él. Para el resto aplica ese engendro tan francés, la sharía en la elegante versión de la Ecole de Droit de la Sorbonne. Incluso en el califato de Córdoba enmudecieron ante ese postrer ejercicio de lógica francesa.

En esos tiempos una podía asistir a maravillosos conciertos. Recuerdo que agotados, luego de caminar de acá para allá intentando abarcar la ciudad Luz, comimos algo rápido en la Rive Gauche. Volvimos a la capilla cautiva en la Íle de la Cité a escuchar el Requiem de Mozart.  Fue el día perfecto de Pedro. Logró reunir la que consideraba la música más sublime que se ha compuesto, con la obra cumbre de la arquitectura occidental.

Los franceses no son tontos. Después de la Gran Guerra, a inicios del siglo XX, se desarrolló la industria del turismo. Una industria que movía masas de gente que visitaba catedrales y se doraba en las playas de la costa del Sol española. Por eso Pedro siempre comentaba que los europeos descreídos supieron sacarle partido a esa impresionante herencia de sus antepasados. Esos edificios de una belleza que nunca ha sido igualada, y que ya pasaron tranquilamente los mil años de existencia.  La verdad es que superaron a los romanos, que fueron grandes ingenieros pero jamás rozaron la belleza y el colorido de la Edad Media. Una tenía que hacer colas eternas para ingresar, luego de pagar entradas, a estos grandes monumentos. Una tremenda fuente de ingresos permanente, considerando todo lo que dejaba el turismo. Pedro a veces comentaba que le parecía hipócrita cuando escuchaba comentarios acerca de la riqueza de la Iglesia. Decía que si alguien le había sacado una renta eran los gobiernos de la razón. Las catedrales, alguna vez le escuché comentar, eran la riqueza al aire libre, la belleza expuesta a todos, hasta al más pobre entre los miserables. La liturgia y la música sacra fueron la mejor muestra de cultura que produjo occidente. Y todo gratis y para el que quisiera entrar, tan distinto a la cultura de elites y esas obras de arte desechables que produjo la era de la razón. Dime si no, cuantas obras de Picasso terminaron descomponiéndose. Incluso los libros que no fueron digitalizados, todos perdidos. Alguien predijo, creo que fue una historiadora francesa, que sus colegas del futuro lo pasarían muy mal con el siglo XX ―ella advirtió que el soporte de los archivos no resistiría el paso del tiempo.  Y mira las vueltas de la historia, los pergaminos medievales mantienen todo su esplendor. Me pregunto cuál tecnología resultó superior.

Luego vino la crisis. El invierno demográfico y los déficits que trajeron una deuda pública que se convirtió en algo permanente. Por años llegamos a pensar que Europa podría seguir igual, con sus programas sociales a toda prueba. Que la deuda era una abstracción para banqueros. La verdad es que fueron muchos años en que se repitieron las crisis, tan parecidas a la de nuestra Patagonia. Siempre con programas de ajuste que en esos años pasaban por Bruselas. Es mejor que estudies historia, aunque sinceramente no sé lo que les enseñan en estos días. Me pregunto ahora si a nadie le pareció extraño que nunca salieran de las crisis. Se lo escuché a mi bisabuela, me contaba el impacto que tuvo el crash de 1929 que se extendió por todo el mundo y llegó para quedarse. Siempre contra las cuerdas, salvo tal vez el período de post-guerra después de 1945. Los gobiernos de ese entonces se parecían. Era una herencia del pasado, eran hijos de la razón que terminó simplificándolo todo. Dividían el mundo en dos: izquierda y derecha. Cuando la crisis se agudizaba elegían la alternativa, derecha o izquierda, según fuera el caso. Que se presentaba como la opción del cambio, pero la verdad es que se parecían mucho porque eran los mismos votantes que no estaban dispuestos a cambiar, cada vez más aislados en su mundo virtual. No sé, me pregunto qué nos pasó, por qué nos parecía normal vivir en crisis. Al principio fueron los viejos los que quedaron aislados; con el tiempo la soledad se extendió hasta los más jóvenes, metidos en sus redes, en sus amigos de mentira bajados de una nube, con pánico a comprometerse con alguien de carne y hueso. Pero lo raro, mi amor, lo raro fue que a nadie le llamó la atención.

Hubo un autor que ahora no se lee, George Orwell, que escribió algo profético justo cuando el mundo resurgía de la segunda guerra mundial. El imaginó que la guerra y la amenaza de la guerra sería lo permanente, la herramienta de política para mantener alineada a la gente en un mundo descreído. No me extraña que pensara así. Yo pienso que fueron las crisis y los permanentes programas de ajuste lo que llevó a los europeos a no tener hijos, a no esperar nada bueno. A vivir con un pesimismo muy parecido al de Bizancio, cuyos emperadores supieron con siglos de anticipación que lo mejor que podían lograr era postergar lo inevitable. Sucumbieron ante el Islam, pero no porque éste se instalara adentro, sino peleando una guerra que sabían perdida. Ellos, que representaban la cultura, el derecho y la civilización, frente a un imperio que supo administrar con pragmatismo y que competía en esplendor oriental y desarrollo cultural. Ellos representando a un cristianismo que en ese entonces y en oriente se inclinó siempre por la paz, contra esa religión nueva que simplificaba la vida glorificando la guerra y la conquista. Ellos sumidos en un sistema político lleno de intrigas y luchas de poder, contra pueblos que adoptaban el Islam y no dudaban en arrasar con los líderes más corruptos matándose entre sí. No es extraño que Bizancio terminara dependiendo de mercenarios venidos de Europa occidental, un mundo de bárbaros que les resultaba mucho más ajeno que el de los sultanes y califas. Fue una crisis demográfica, una crisis de convicción. Luego de años de buena administración, también arrastraron por siglos una crisis de deuda ―por eso su imperio resultaba asfixiante para sus súbditos. La única buena moneda que por siete siglos se usó en el comercio del mediterráneo, degradada por la presión fiscal. Ellos lo supieron, fueron los conductores de una profecía autocumplida. A veces me pregunto si los europeos, que construyeron su unión como una expresión del triunfo de una visión homogénea, se dieron cuenta de lo que venía. Pero no, eran incapaces de dialogar con su pasado. Se creían únicos, se creían originales. Narcisos encandilados con su propia imagen que alcanzó a reverberar por unas cuantas décadas.

Mira las montañas replicadas en este espejo gigante, los pequeños manchones de nieve que aun quedan, los árboles… no puede ser más bonito, ¿verdad? Este paisaje me constituye, este pueblo es parte de mi identidad. En donde la playa se hace sombría más temprano, justo en la curva de la pequeña bahía, había un poco más arriba un restaurante con un bar y una terraza. Los atardeceres eran divertidísimos porque nos íbamos ahí ―la música se escuchaba fuerte y hacían el clericó más rico que he tomado… no sé si me estarán engañando los recuerdos, pero esa imagen feliz de mi primera juventud me endulza el cuerpo.  Apenas un reflejo que desapareció sin dejar rastro, podrías responder. Pero al final, cuando tengas mi edad, tal vez coincidas conmigo que eso es la vida, lo que nos queda de ésta. Me hace reír tu cara de incredulidad; la memoria de tu abuela no es tan frágil, y sus insignificantes aventuras te chocan porque son más que cualquier andanza que pudieras emprender. ¡El mundo al revés! ¡Las jóvenes envidiando la libertad que gozaron sus abuelas!

Me parece que en algún momento se hizo evidente ese acomodo que ahora vemos entre dos civilizaciones que por siglos fueron como el agua y el aceite. Una o la otra. Cruz o media luna. Pero no, en Europa no fue así. No creas en la propaganda, en la historia que escribieron los hijos del sistema, los últimos representantes de la razón antes de apagar la luz. Ellos quisieron construir una civilización superior. La cruz representaba la oscuridad, el fanatismo, la inquisición, las hogueras. El culmen de la era de la razón fue despreciar las creencias y cerrarle la puerta a gente como Pedro, que clamaba por la objeción de conciencia y la vida de los no-natos. Me parece que pensaron que su sistema terminaría imponiéndose por peso y lógica interna, porque por primera vez el hombre se gobernaba por las leyes de la razón. Libre del peso de la tradición e incluso de la naturaleza. Algún historiador del que ya nadie se acuerda habló del fin de la historia, y eso en medio de los acontecimientos que estaban a punto de precipitar. No te estoy hablando de la gente común sino de la elite intelectual: Ciegos que guiaron al precipicio, tecnócratas convencidos de estar por fin en el camino correcto, a pesar de su evidente fracaso. Mira, recuerdo que incluso se puso de moda hablar de la aceleración de la historia. Veían períodos cada vez más cortos a los que les ponían nombres, como si se quemaran etapas históricas, y la verdad (como la vemos ahora) es que se aceleraba el fin. La edad de la razón, la edad menos razonable ―la del hombre adulto y liberado.

Por eso abrieron las puertas de Europa y permitieron entrar a tantos musulmanes pobres, que llegaron en busca de una mejor vida. Pensaron que tarde o temprano se fundirían con ellos.  Me parece ahora que de verdad se creyeron más inteligentes que sus abuelos. Orwell acertó cuando predijo que el lenguaje se simplificaría, pero creo que no supo ver cómo generaciones completas perdieron la capacidad de dialogar con sus antepasados. A ver, ¿cómo te lo explico? El gran Borges, nuestro Borges, fue criticado por vivir en el pasado. ¿Tú lo entiendes cuando lo lees? ¿sabes de qué habla su poesía?  Ellos no lo comprendieron. Lo tacharon de anticuado porque él conversó de tú a tú con Virgilio, con Dante, con Quevedo, con Milton. A él jamás se le ocurrió menospreciar a esos gigantes solo por el accidente de haber nacido antes. Borges entendía su idioma, se hermanó con muchas generaciones de hombres, incluyendo la suya.

Compadecerse del pasado, de generaciones de gente crédula o fanática, o bien mostrarse incapaces de entender su mundo conceptual; hacer historia juzgando y aplicando sus criterios y puntos de vista racionales a todos los que nos precedieron. Ahora ya no parece demasiado serio ni razonable esa forma de mirar la historia. Mi generación perdió la capacidad de entender lo que leía, pero también los europeos, con ese museo al aire libre. Insensibles ante la capacidad y audacia de los arquitectos y constructores del medioevo. Incapaces de ver lo contradictorio que resultaba tachar de oscurantista ese pasado; de apreciar esas obras maestras sin valorar a sus autores. A ver, dime, ¿qué quedó de la arquitectura del siglo XX? La mayor parte son ruinas, edificios inservibles que requieren reciclajes periódicos, salvo tal vez algunas obras de los años 30. Y se creyeron superiores.

Alguna vez escuché en la Cámara de Turismo a quien opinaba que Bariloche siempre se ha adaptado a los visitantes; que son la savia de la que se alimenta, y si ahora eran musulmanes habría que hacer un esfuerzo adicional. Pero dime, ¿hasta dónde se puede acomodar lo ajeno a costa de lo propio? Si perdemos la identidad, ¿qué nos queda? Y todo por unos pesos más. Algunos dicen que nuestra tierra tiene memoria, que el borde costero y el cerro y tantos años acá se notan; yo creo que no es así, que no pasamos de ser arrendatarios de una herencia que recibimos de los pioneros. Tal vez por algún tiempo dejamos una huella en el paisaje, pero creer que los territorios tienen querencia es una idea nacionalista que se esfumó. Las piedras de Bustillo que conforman el centro de las culturas, ¿crees que aun recuerdan cuando eran Centro Cívico? Ese fue otro eufemismo para empaparnos de sus costumbres, a cambio de una estupenda remodelación donada por el Califato de Córdoba.

La era de la razón produjo aberraciones políticas inolvidables. Me quedo con los últimos años en que Europa aun respiraba libre e independiente. La relación de lo que se llamaba occidente con el mundo árabe ralla la esquizofrenia. Desde la caída del imperio otomano se dedicaron por largo tiempo a alentar diversos experimentos occidentales. Una constitución, un sistema judicial, elecciones, y creyeron que la obra estaba concluida. Cuando uno tras otro los países árabes implosionaron, alentaron en su lugar alianzas frágiles con personajillos siniestros, dictadores orientales, inescrutables como su teología del absoluto trascendente.  Cuando estos mismos personajes, armados hasta los dientes por occidente, se volvieron en contra de su pueblo, los atacaron y derrocaron. Y así en un proceso sin destino, los que ayer eran aliados se volvían enemigos en una sucesión que demostraba ―para el que lo quisiera ver― una asombrosa falta de memoria por parte de los electores del occidente democrático, o bien una completa indiferencia en lo que se volvió un ruido lejano: esas guerras regionales que estallaban a un ritmo regular en la periferia de su ordenado y aséptico mundo. Con razón a nadie le preocupó que el soporte de la información fuese frágil, ese papel que a los pocos años se volvió amarillento, quebradizo, finalmente polvo. Símbolo de esta fragmentación como no se conocía desde la alta edad media, del cementerio de siglas (UE, ONU, FMI, OTAN) que deambulan fantasmales en los thriller que por un tiempo remplazaron la literatura.

No supieron ver el proceso que ellos mismos desataron. Fueron décadas de inmigraciones masivas alentadas por sus políticas suicidas y su demografía decrépita. A Europa llegó, como siempre en la historia, aquellos que prefirieron emigrar hacia la incertidumbre más total, hacia una cultura ajena donde eran mal vistos y mal recibidos. Luego, cuando algunos quisieron reaccionar, ya era demasiado tarde porque se habían vuelto ciudadanos y además mayoría. Es como un pedazo de poesía de la política de la edad de la razón: ellos tejiendo su destino, que los alcanzó inexorable porque los hijos del Islam vieron de primera mano el hastío y el pesimismo de los hijos de la razón, de la superioridad tecnológica de una vida sin norte ni sentido, de familias que no alcanzaban a ser cuando ya se habían desintegrado. Niños que crecieron solos, productos diseñados por un mercado que supo hacer de todo un negocio, criados en muchos casos por madres que ya carecían de las energías prodigiosas que sigue demandando cualquier crío.

Los ingleses fueron incorporando gradualmente la sharía a su common law. Unos porque fieles a la mentalidad de Tomás Moro, el gran jurista, le darían al mismo demonio el beneficio de la ley. Otros, porque fue cuestión de tiempo para alcanzar la masa crítica de musulmanes en la magistratura. Muchos dicen que, después de todo, este ajuste no ha sido traumático; que los profetas del apocalipsis se equivocaron. Y no podría ser de otro modo, ya que no hay nada en la sharía que sea copy-paste. La taqiyya, el acomodo del musulmán al terreno de juego ―con la esperanza de manifestarse en plenitud cuando se vea empoderado― admite una segunda lectura. El Islam permite todas las expresiones, desde las más radicales hasta las moderadas, esas que han adoptado algunos países europeos. Porque se adapta como el guante a la mano de quien debe encauzar la historia. Se radicaliza cuando el descontento aumenta, y da lo mismo si es o no en tierra de infieles (porque entre sus sectas y clanes nunca han mostrado remilgos para aniquilarse). Y se modera cuando la masa de la población se siente cómoda con su liderazgo político. La verdad es que no hay absolutos en el derecho musulmán, salvo la necesidad de gozar de hegemonía sobre cualquier otra fe. Porque el agnosticismo los trae sin cuidado. La interpretación misma del Islam (radical o moderada) no es un juicio de valor inherente a su fe, sino que es una materia de pragmatismo político. Así, si los ves apoyar la represión a los residuos extremistas que permanecen en Africa occidental, no lo hacen porque les resulte especialmente repugnante el abuso y matanzas de población civil cristiana (la poca que aun queda en esa región), sino porque no les interesa que estos elementos jueguen un rol desestabilizador en su nuevo hábitat, ahora que han logrado legitimarse en Europa. Las ironías de la historia, los fundamentalistas son algunos grupos cristianos que siguen dando dolores de cabeza. Ojalá aprendas esta lección: el Islam, cuando siente la presión demográfica, cuando comienza con sus feroces luchas intestinas, termina poniendo los ojos sobre regiones menos pobladas. Porque no sufre esa querencia geográfica que encarnaron los nacionalismos.

No hace tanto las mujeres podíamos salir solas o reírnos fuerte; nadie se preocupaba por la forma en que nos vestíamos o si ocupábamos bikini en la playa. Recuerdo que me encontraba con amigas en el café de la esquina de Mitre y Villegas, todos los días a las doce, cuando fumar afuera o conversar con un amigo en público daba lo mismo. Alcancé a vivir ese tiempo que se ha ido desdibujando sin casi darnos cuenta, y créeme, a este lado del Atlántico veíamos el problema como algo lejano.

Algunos alcanzaron a creer que China, con su materialismo y su pragmatismo comercial, dominarían el mundo ―se creyeron el  discurso de sus líderes que despreciaban las democracias occidentales. Pero no alcanzaron a darse cuenta de que también ellos eran hijos de la razón. Sus políticas de control demográfico y su  mercado cada vez más demandante de bienes de consumo, terminaron por socavar la fórmula que parecía imbatible. La gente, luego de sufrir las primeras recesiones a las que todos estábamos habituados, perdió la fe en sus líderes, y así el Partido tuvo que ceder para que su gente pudiese permanecer. Siempre me llamó la atención que en occidente creyeron que Mao había creado una sociedad nueva, con gente nueva. La verdad es que las familias de las que se nutrió el sistema fueron las mismas que sostuvieron el ocaso del imperio. Las mismas que, luego de terminar con el unipartidismo, formaron parte de la democracia china. Pero no alcanzaron a gobernar por mucho tiempo. Nuevamente, la presión demográfica sembrada por ellos mismos y la necesidad de abrirse a los países de la región, alteró la balanza. Cada país es único en algún sentido, pero la conclusión fue la misma. Una nación que cultivó el ateísmo oficial y que destruyó a sus mujeres, terminó con su propia versión, más aguada y materialista, de sharía confucionista nutrida por los pechos de las mujeres que se vieron forzados a importar, compradas en los países donde sus vidas eran baratas.

Lo que podrían haber imaginado, porque todas las señales estaban ahí, es la conclusión. España, esta vez, parece cosa del pasado. Los reyes católicos lanzaron a su país desde el medievo a la modernidad, y a poco andar abrazaron con pasión la era de la razón. Algunos quijotes cargaron contra lo que juzgaron como molinos de viento, pero nadie los tomó en serio. Cataluña se mantiene orgullosa como una nación laica e independiente. En nuestra Bariloche, mi amor, debemos tomar nota porque esto ya es historia. El partido socialista andaluz terminó pactando con el PRUNE, el primer partido musulmán español fundado en 2009. Pero lo que realmente desestabilizó y produjo la secesión, fue cuando la monarquía Al Saud decidió asumir la deuda del gobierno autonómico de Andalucía a cambio de un espacio para instalarse en Granada y Córdoba. Terminaron controlando todo, pero especialmente la costa del Sol. Es verdad que no impusieron la dhimmah, el estatus especial para cristianos y judíos, pero mira lo que hicieron con los impuestos, con la yizia y la jaray. Claro, los musulmanes enrolados reciben un crédito de la familia real, y así en la práctica están exentos de pagar el impuesto territorial que ha forzado el traspaso de todo el borde costero a sus manos. Los hijos de la razón, como me gusta llamarlos, no tuvieron inconveniente en devolverles la mezquita de Córdoba a sus dueños. Pero luego accedieron a convertir la catedral de Sevilla en un museo, al estilo de la Hagia Sophia, como muestra de tolerancia religiosa y para cortar de raíz los conatos de rebelión que se vuelven especialmente intensos en semana santa. Eso, muchos hasta hoy lo consideran una traición. Los huéspedes reales, en contraste, no tuvieron inconveniente en tomar el alcázar de Sevilla como sede de gobierno, como si nunca se hubiesen ido, y nadie levantó la voz para impedirlo. Creo que el día que el Imán usó la Giralda para llamar a la oración hubo revueltas en la calle. Nadie sabe la cifra real de muertos, y tal vez por eso nunca más lo han intentado. Mostrar moderación es la única manera de legitimarse frente al extremismo de Mío Cid Reconquista, el temido MCR, que ha secuestrado a varios dirigentes socialistas. Antes de pasar a la clandestinidad su líder se hizo famoso, cuando desde el Congreso proclamó: “¡La muerte de la Patria nos ha llevado a perder el país! ¡Santiago, cierra España!”

Segregar una playa en la temporada de verano para recibir turistas puede tener sentido, pero ahora que el sultán compró y remodeló Inalco, esa mansión en Villa La Angostura habitada por el espectro de Hitler, su séquito se instalará acá todo el año, y entonces, ¿qué me dirán mis amigos de la Cámara? Cada vez será mayor la presión por ajustarnos a su forma de vida, y por eso es importante que puedas respirar un ambiente que aun no esté tan contaminado. Dime, ¿has podido avanzar con la visa, ahora que …”

En ese momento sienten el ruido del ventanal abriéndose a sus espaldas, y volteando le sonríen aliviadas al recién llegado.

― Mamá, ya es tarde para que sigas desabrigada aquí afuera. ¿Cómo han pasado el día?

― ¡Por fin llegaste! Ven acá y dame un beso primero antes de retarme. La verdad es que el tiempo voló y ni siquiera escuchamos a los de la mudanza. Tu hija es un amor, con ella hemos podido recordar tantas cosas que tú también conociste. Me iba a contar sobre su proyecto en Arizona. Me puedo imaginar los requisitos de afinidad cultural que ahora le piden a cualquiera que quiera una visa. Forma parte de ese laberinto en que se han encerrado desde que le dieron la espalda a Europa.

―Mamá, conversemos en el auto. Ahora hay que salir de acá.

Entre ambos la ayudan a levantarse; padre e hija se miran con complicidad. Incorporándose, ella comenta que la reposera se queda porque a donde va ya no la necesitará. “Ahora que sacarán el velo de la playa, prefiero dejarla donde está. Será mi silencioso testimonio.”

Mientras recorren lentamente el salón vacío, conversan de nimiedades para amortiguar el eco de sus pasos; quieren restarle dramatismo al desarraigo de una anciana que no conoce otra forma de vida. Cuando suben al auto, ella observa que han agregado un cartel de “Vendido” sobre la pancarta de Propiedades Al-Qarni que plantaron en su frontis hace apenas dos semanas.

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