El buen crédito


el buen credito

Evidentemente iba a ser uno de esos días para el olvido, pensó. Luego de alejarse de la ventana que daba al estacionamiento le sorprendió verla tan calmada, sentada en su escritorio de recepción. Tomando aire finalmente le respondió: “Está bien. Llámalo y dile que lo espero en mi oficina, pero no le des detalles. Prefiero decírselo yo antes que le llegue la noticia. Renato es temible cuando se pone de mal humor y esto queda entre nosotros. Adriana, una última cosa: Por favor llama a don Aristo de mi parte. Pregúntale si puedo pasar por su oficina más tarde.”

Parapetado detrás de su amplio escritorio, a través de la persiana lo vio dejar su auto frente al ventanal de su despacho, seguro de que (como siempre) entraría sin golpear la puerta.

―¿Cuántas vigas se llevó sin pagar?

“Veo que las malas noticias vuelan,” respondió, mientras anotaba algo en su cuaderno. “Cierra la puerta, por favor.”

Dejó el abrigo en el perchero. Tomó la silla de la izquierda frente al escritorio de Gonzalo. Este seguía con la vista baja, lápiz en mano, mientras con la mano derecha tecleaba números con increíble rapidez. La calculadora chasqueaba cifras sobre el papel y finalmente hizo el ruido característico al imprimir el total. Tirando de la cinta la arrancó y la puso al alcance de Renato, sobre la mesa.

―Ahí está el cálculo. Fueron 34 vigas de cuatro por ocho y 4,6 metros de largo. El total, al cambio de hoy, suma tres mil ochocientos dólares más IVA.

―Sin anticipo, sin un cheque, sin garantía. Increíble, ¿en qué mundo vives, Gonzalo? Con ese dinero pagábamos los sueldos… En el banco no nos pasarán ni un peso, no sin antes liberar garantías. Tú siempre crees que por tratarse de alguien con apellido, con buen auto, amigo de un amigo o socio del club de golf, puedes entregar todo sin documentar el pago. Te lo advertí. Tarde o temprano algo así te iba a pasar.

―Es verdad. Me equivoqué y asumiré mi error, si es que no logro cobrarle. Le pediré a Adriana que coordine una reunión con Felipe, nuestro abogado. En esto iremos con todo.

―No pierdas tu tiempo. ¿Cómo andamos de caja?

Sin responder, Gonzalo le acercó el documento con los saldos de caja y la proyección.

―Nos quedaremos cortos. Habla con don Aristo y sondea si nos puede adelantar algo más. ¿Dónde entregaron las vigas?

―En el Paseo del Huemul esquina Clarisas. Ya sabes, la mansión que diseñó Van Brienen.

―Perfecto, dile a José que lo espero en el auto. Y que Tito nos siga con dos personas. Veré qué puedo hacer. Pronto será medio día y la obra se detendrá para el almuerzo. Seguro habrá menos gente.

―Renato, ¿quieres que te acompañe?

―Tú encárgate de conseguir el dinero. La cosa se puede complicar y tal vez haya que  presionar un poco. No vuelvas a entregar nada sin cobrar antes, ¿de acuerdo?

Se levantó con energía, se despidió de Adriana en la recepción y dando un portazo salió al estacionamiento, ubicado frente a la barraca. Se subió a su BMW, como siempre sin una mota de polvo, donde ya lo esperaba José.

Gonzalo, luego de visitar a don Aristo, de cambiar los dólares y hacer el depósito en el banco, emboscado detrás de su persiana de celosía se sentó a esperar. “No me pases llamados”, le pidió a Adriana antes de cerrar la puerta que comunicaba con recepción. A las cinco y media sintió el frenazo característico del BMW color plata, que se detuvo ronroneando frente a su ventana. Se levantó y alcanzó a ver cuando se abría la puerta del copiloto. Tomando su abrigo salió rápido a la recepción, pero para cuando alcanzó la puerta principal Renato ya había arrancado, dejando a José de pie en el estacionamiento. Luego vio que José tomaba el camino largo, perdiéndose detrás del edificio de oficinas. Giró en redondo y tomó a la derecha, por el pasillo que conectaba la barraca con la recepción. Una vez en la puerta se detuvo buscándolo con la vista. No tardó mucho en aparecer por el portón del fondo. El ruido ensordecedor, como siempre, lo obligó a señalar a José para que (por medio de señas) le indicaran que lo esperaba en la oficina.

―José, ¿cómo anduvo la cosa?

―Tito debe estar por llegar con todas las vigas, don Gonzalo.

―Pero, ¿cómo lo hicieron? ¿los dejaron llevárselas así como así, sin forcejeos?

―Ya sabe cómo es don Renato. Entró a la obra sin pedir permiso y le dijo al encargado que venía a retirar las vigas. Se lo dijo una vez, como usted sabe. Luego él mismo descolgó las llaves del tablero, probó hasta que dio con la del candado y abrió el portón. Entraron Tito y su gente con el camión y cargaron todas las vigas. Don Renato se quedó mirando, ahí mismo, hasta que terminaron. Al final escribió algo por detrás de una tarjeta y se la pasó al encargado. “Dale esto a tu jefe y dile que ahora le van a salir más caras y tendrá que pagarlas por adelantado.” Eso fue todo. Nos subimos al auto y aquí me tiene.

―Gracias José. ¿Te dijo Renato dónde iba?

―No. Me dejó al frente y salió a las corridas. Ya sabe cómo es.

Problema resuelto, pensó. Apagando la luz y la calculadora, cerró su puerta con llave, se despidió de Adriana con un “basta por hoy. Nos vemos mañana” y salió al estacionamiento.

Días después, al ingresar a la recepción Adriana lo esperaba de pie, junto a la puerta. “Gonzalo, don Renato te espera en lo de don Aristo. Dice que es urgente, que están reunidos desde las ocho y media.”

Luego de enfilar por la autopista y de estacionar en Providencia, miró la hora antes de entrar en el edificio de oficinas. Piso diez a las diez, pensó.

Con deliberada parsimonia dejó el portafolio sobre el sillón. Observó cómo Renato y don Aristo miraban sin disimulo sus relojes de pulsera. Acercó una silla que acomodó a la derecha y los saludó con un gesto, mientras ellos seguían hablando. Sacando su cuaderno de apuntes se dispuso a escuchar.

―Contigo las cifras quedan en una nebulosa, Renato. Ahora que Gonzalo ya está aquí podremos cerrar el negocio ―agregó sonriendo, mientras le acercaba su calculadora de escritorio.

―Don Aristo, ya sé que son otros trescientos mil dólares que le deberemos, pero esto es una oportunidad única. Esta demolición es lo mejor que ha salido al mercado en años, y nos haremos con puertas y ventanas de excelente calidad, ahora que se vuelven a usar estos formatos altos. Además de todas las vigas de roble y de pino oregón. No sabemos cuántas casonas más podremos demoler en Valparaíso. Se rumorea que cuando el Congreso se instale en el puerto, el borde costero será declarado monumento nacional y demoler se volverá imposible. La demanda está fuerte y podremos venderlo todo en seis meses.

―Esto es mucha plata, Renato. Gonzalo, ¿pueden pagarme un 1% mensual y un 10% del margen bruto? Haz tus cálculos. Espero que me devuelvan el capital antes de que asuma el nuevo gobierno, ¿de acuerdo? Tienen más de un año de plazo. Si necesitan más tiempo no me interesa, ¿soy claro?

 ―El banco nos exige bastante menos que usted, don Aristo.

―¿Cuándo podremos contar con los fondos? Por supuesto que pagaremos antes de un año. ―Volviéndose a Gonzalo, añadió: “no es momento de regatear. Don Aristo no nos ha puesto problemas y el remate de la propiedad es mañana. Y puede que gane el viejo ladino,” dijo sonriendo.

―Déjate de payasear, Renato. Todos sabemos que no puede ganar. Mándame ese pagaré esta tarde, Gonzalo. Ahora mismo te extiendo el cheque. Lo puedes cambiar en Rosenberg, el de la calle Noruega. Ahí mi nombre es bueno. Ojo con salir tu solo con todo ese dinero a la calle. Te metes en el Banco que funciona ahí mismo a la salida y depositas de inmediato.

Por la tarde ese mismo día, Renato irrumpió en la oficina de Gonzalo con otro cheque en la mano y con la llave de su auto en la otra. Lo depositó sobre la cubierta e inclinándose, apoyó ambas manos sobre la mesa. Esperó a que dejara de escribir y a que mirara el documento con la cifra en blanco. Una vez que levantó la vista le dijo: “Internaron a la hija de Pascual y la tienen que operar de urgencia. No tienen previsión social y le exigen una garantía, un cheque de alguien sin antecedentes comerciales. No tengo alternativa más que ponerlo yo y llevarlo de inmediato. Me está esperando, necesito tu firma ahora.”

Luego de tomarlo y observarlo con atención le respondió: “Pero Renato, si Pascual no paga la cuenta de la clínica estaremos en serios problemas de caja. Esto es una empresa, no una sociedad de socorro mutuo.”

―Hay situaciones en la vida que no se planifican ni se discuten. Es mi amigo y él haría lo mismo por ti. Deja el negocio de lado y firma el cheque. Ya veremos cómo nos arreglamos. Además, si Pascual no paga me lo cargarás en mi cuenta personal.

Los camiones cargados con madera, con puertas y ventanas, comenzaron su ir y venir desde el puerto hasta que la bodega, antes casi vacía, se comenzó a llenar de vigas, de clientes y pedidos, de máquinas operando sin interrupción, de aire saturado con virutas en suspensión e impregnado de ese olor inconfundible de madera aserrada. Fueron días de trabajo intenso en que todos tuvieron que poner horas extraordinarias. Gonzalo se dedicó a llamar a todos los arquitectos y constructoras para que aprovechasen de elegir lo mejor para sus clientes.

Dos semanas más tarde Gonzalo recibió un llamado en su casa. La voz de Renato sonó plana y baja: “Te necesito urgente aquí. Vente lo antes posible.” Gonzalo miró el reloj de la cocina: 8.15, y dejando su desayuno sobre el mesón salió corriendo al auto.

Adriana lo esperaba en la puerta, con cara de circunstancias. “¿Por qué tardaste tanto?”

―Una caravana del NO me retrasó. Ya sabes cómo es eso. Me dicen que, a pesar de toda la propaganda, se acerca el final de mi General. Yo creo que no va a dejar la Moneda tan fácilmente. Pero dime, ¿qué haces aquí parada en la puerta? ¿por qué la voz de Renato sonaba tan rara?

―José desapareció con la madera. Esta mañana Tito pasó a despertarlo y no lo encontró. Su cama estaba hecha pero no le dio importancia. Luego abrió la barraca y descubrió el robo. Gran parte de las vigas de selección, las de roble y las de oregón, se esfumaron. Solo quedaron las huellas de un camión. Se llevaron las mejores, las que habías reservado con la gente de Silva y Besa para el proyecto de Radic. Tito fue a la casa del cuñado de José y dice que nadie sabe dónde se metió y que anoche no pasó a comer por allá.

Caminando lentamente, Gonzalo atravesó el pasillo extremando su serenidad. Cuando abrió la puerta de la barraca el silencio imperante lo golpeó con fuerza. Renato de pie, al fondo, detrás de la sierra huincha y a un costado de la cepilladora (ahora detenidas), miraba el espacio que hasta ayer estaba lleno y que prometía tan buen retorno. Manteniendo el mismo ritmo, dueño de sus tiempos, Gonzalo caminó hacia él evitando cruzar miradas con la gente, que deambulaba en grupos y hablaba en murmullos.

―No sé por qué siempre que no te encuentro ocurre algo raro. ¿Mantienes los contactos en la policía de investigaciones?

―Si claro. Al  comisario Estévez le pasamos las vigas que instalaron en el salón de oficiales, ¿recuerdas? Ahora mismo lo llamo. ¿Ya pusiste la denuncia por robo o dejamos que ellos se hagan cargo?

―Mejor déjalos a ellos hacer su trabajo. José es un tipo hábil. Confié en él, es el único al que le he dado llaves de la bodega. Era mi hombre de confianza y el mejor amigo de Tito. Mejor nos damos prisa porque reducir madera es muy fácil para alguien con los contactos adecuados. Siempre habrá interesados para comprar, hasta donde uno menos lo imagina.

―Es difícil que el seguro nos cubra el robo. Estaba esperando que terminaras con la demolición para solicitar una inspección con el inventario completo. Con el listado a lápiz del cuaderno de José será complicado acreditar el siniestro. Llamaré a Oliveira a ver si puede ayudarnos. Es el mejor liquidador que conozco y nos debe un favor. Si él no puede obtener la cobertura, nadie podrá.

―Cuando te llame esta tarde no le digas nada a don Aristo, ¿de acuerdo? Necesitaremos tiempo para ver cómo le informamos sobre lo que pasó. Tendremos que tener una buena explicación preparada.

Al día siguiente desde muy temprano se encerraron en la oficina de Gonzalo, sin llamados, a planificar las alternativas. A mediodía Adriana golpeó suavemente la puerta. Abriéndola, se asomó mostrando una sonrisa de alivio.  Esperó a que Renato se volteara y fijó la vista en él. “Me dicen que ya lo tienen en Estación Blanco, el centro de detención que mantienen al otro lado del río.”

―¡Pero eso es para extremistas! ¿Algún recado?

―El comisario dice que venga uno de ustedes porque lo van a interrogar.

―Gonzalo, voy yo ―dijo volteando, mientras tomaba los cigarrillos y la llave del auto. ―Adriana, pregunta hasta qué hora me esperan. Y tú atiende a Oliveira, a ver si podemos cobrar el seguro.

Dieron las cuatro y media. Gonzalo seguía paseando a lo largo del ventanal con las persianas arriba, mirando una y otra vez hacia el estacionamiento. Desde su izquierda apareció raudo el BMW plateado.

Abrió la puerta y asomándose a la recepción lo esperó de pie. Renato entró lentamente y evitó mirar a Adriana. Señalando con la cabeza el despacho, ambos entraron cerrando la puerta tras de sí. Gonzalo lo dejó hacer, de pie junto  la ventana, esperando a que se sentara. “Mejor te sientas también, Gonzalo, porque no hay nada más que hacer,” le dijo mirándolo fijamente.

―¿Cómo? ¿Sabes cuánta plata nos robaron? ¿cuánto nos costará recuperarnos? No te entiendo, lo tienen detenido. ¡Es imposible que haya vendido todo!

―A esta hora ya debe estar libre. Yo mismo firmé para que lo soltaran y no sé a dónde habrá ido, si es que está en condiciones de hacerlo.

―Pero Renato… son trescientos mil dólares, trescientos mil dólares…

Finalmente se sentó y encendió la calculadora.

―Lo dejaron muy aporreado. No se podía mantener sentado. Cuando bajé al subterráneo para el careo lo tuvieron que sostener entre dos. ¿Quieres más detalles? ¿o prefieres ir tú mismo a sacarle la información? A lo mejor aun estás a tiempo. El comisario me dijo que llamarían al médico y que luego lo dejarían libre. Le pedí que me mande la cuenta. Adriana aun puede llamar a Estévez, puede que estés a tiempo.

Levantándose, se acercó a la puerta con ademán de abrirla. Gonzalo, con la cabeza baja, le hizo un gesto con la mano para detenerlo. Luego de un largo silencio y de varias sumas en la calculadora, levantó la vista.

―Esta vez déjame a mí hablar con don Aristo. No podemos improvisar, habrá que pedir más plata. El remate en Valparaíso es el próximo jueves, aun estamos a tiempo. Podremos salvar este bache con otro crédito del banco, sobre todo para cumplir con los pedidos. Pero Renato, ¿estás seguro? ¿no hay opción?

―No sabes cómo lo dejaron. Por favor, nunca más hablemos de esto… ¿Cómo te fue con Oliveira?

―Dice que el cuaderno con anotaciones es válido como inventario. Es optimista. Pero necesitaremos denunciar el robo en Carabineros.

―Ojalá estés en lo cierto. Haz la denuncia mañana y no seas demasiado específico con el inventario de lo que se llevaron. Deja que ellos hagan las preguntas. No supongas nada, no señales a nadie con el dedo, solo responde con los hechos.

―Pero José…

―A José déjalo tranquilo. A la compañía le basta con el volumen de lo robado para liquidar el siniestro y pagarnos cuando venza el plazo de la investigación. Pregúntale a Oliveira cómo es el procedimiento. Ayer autoricé las vacaciones de José, pídele a Adriana el papel para que lo dejes firmado. Explícale a Tito y dile que nos busque un nochero de su confianza. Que no le dé llaves de la bodega, solo de la barraca. ¿Te queda claro?

Hacía bastantes horas que afuera había oscurecido. Miró su reloj. 9.45. Solo, sin un ruido procedente de la barraca o de la oficina, Renato seguía sentado en la penumbra de su despacho ubicado al lado izquierdo de la recepción. De vez en cuando los autos pasaban iluminando fugazmente la persiana. El teléfono alcanzó a sonar una sola vez. Levantó el auricular, escuchó atentamente. Luego de unos segundos contestó: “José, tranquilízate. Nadie te está buscando. Toma el bus de las diez a Puerto Montt esta misma noche, aún estás a tiempo de alcanzarlo. Y no te aparezcas por Santiago hasta después del plebiscito.”

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Una respuesta a “El buen crédito

  1. Cecilia y Daniel, he leído casi todos los “cuentos”,. Felicitaciones ! Realmente te atrapan… Tuve la sensación que Andrés salió de la clínica para dedicarse a la madera.. Parece una saga.
    Sigan!!!

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