Casa ficción


casa ficcion jaguar 2
Lo único seguro son los hechos, la realidad… Todas nuestras explicaciones de los acontecimientos están viciadas por un irremediable halo literario. (“La mujer justa”, novela de Sándor Márai).

El domingo se presentó soleado y primaveral luego de un sábado frio y lluvioso. “Hagamos casa ficción.” Había olvidado este juego que representaba nuestra forma de distraernos cuando (recién casados) se restringían las posibilidades de salir. Es decir, cuando nadie nos había invitado y nuestro presupuesto estaba reducido a las necesidades básicas, que era casi siempre excepto el primer fin de semana de cada mes. Nuestro pasatiempo tomó forma cuando nos fuimos a vivir a New Jersey y el domingo tomábamos el tren desde Penn Station a Connecticut. Caminábamos por uno de esos pueblitos maravillosos, recuerdo Greenwich, Mamaroneck y especialmente Stamford, que era nuestro límite porque para ir más allá había que pagar un diferencial. Al llegar al lugar elegido nos dedicábamos a imaginar cómo sería nuestra vida en alguna de esas casas-mansión que abundan en New England. Era nuestra manera de oxigenarnos y de obviar las estrecheces del departamento y del presupuesto y de las escasas amistades de ese primer año en NYU. El juego consistía en remodelar la casa y rediseñar el jardín, pero sobre todo en imaginarnos como dueños de casa, incluyendo cuanta gente podríamos invitar y todos los parientes y amigos que repentinamente se acordarían de nosotros y vendrían a visitarnos. Almorzábamos algo liviano en cualquier sitio y antes de que oscureciera tomábamos el tren de vuelta a la ciudad. A bordo, comparábamos alternativas y ubicaciones de una y otra casa y los tiempos que tomaría viajar a Manhattan.  En algún momento el juego languidecía hasta que una nueva excursión y otra casa lo reactivaba.

De modo que hacer casa-ficción no estaba exento de recuerdos de escasez y relativa aunque feliz soledad. Cuando Franco me propuso volver a nuestro antiguo pasatiempo, sospeché que la liquidación de la editorial no había sido tan buena como alguna vez esperamos. Nuevamente deberíamos ponerle humor e ingenio a la vida, pensé, y desde luego seguiríamos dependiendo de mi sueldo para asegurarnos un techo. Al menos Martín, nuestro hijo menor, para entonces se había graduado y ya no teníamos que pagar universidad. El año anterior nos mudamos al nuevo departamento con los espacios justos para nosotros dos y alguna visita, ahora que Martín se había ido a hacer un posgrado a Australia. Recuerdo que la idea fue reducirnos hacia adentro para poder crecer hacia afuera. Es decir, menos gastos fijos para permitirnos salir a comer e incluso (quien sabe) volver a viajar. La realidad ―fue su forma de decírmelo― era que habría que esperar mejores tiempos. Pero nada nos impedía soñar. Los años me han enseñado que viviendo con Franco los sueños pesan tanto como la vida cotidiana. Me atrevo a pensar que, desde que publicó su primera novela, la ficción comenzó a gravitar aun más en nuestra vida, especialmente desde que dejó de lado gran parte de sus asesorías jurídicas. Según dijo, para tener más tiempo.

Debo advertirle al lector que, a partir de ahora, no daré direcciones ni calles específicas (mis razones creo que se harán evidentes), aunque intentaré hacer un recuento detallado de los hechos que se desataron. Si alguien ha leído la última novela de Franco, tal vez dirá en algunos pasajes de esta crónica: “pero qué parecido me resulta esto”. Es que el escritor se nutre también de la realidad que va trenzando con la ficción. Escribir sobre lo que pasó es mi manera de no perderme yo con mi historia, ya que viviendo con Franco tarde o temprano es fácil terminar confundiendo fechas y lugares y hechos. Por ejemplo, es perfectamente posible que se le ocurriera terminar diciendo que esto pasó en Mamaroneck, o que incluso no pasó, lo que resultaría aun peor. Soy periodista, cronista de la realidad, y esta historia es material de crónica, qué duda cabe. Pero decir eso es una pequeña parte de la verdad, porque o bien el dueño de la historia se ve expuesto y forzado a contar su versión, o en ocasiones lo hace con otros fines (por ejemplo, rescatar sus motivaciones para amortiguar los efectos colaterales por los que ha hecho noticia). Se podría decir que somos involuntarios dueños de una fracción de una historia que nos excede, que nos precede y (hasta donde puedo saberlo) permanece.

Después de almuerzo nos vestimos y salimos a caminar por nuestras calles de Vitacura. Nunca se sabe cómo será el resultado. Las casas que tienen muros perimetrales bajos o con reja siempre se prestan al juego, pero como no presentan novedad, con el tiempo las posibilidades de hacer casa-ficción se van agotando (a menos que alguien haga alguna modificación). Aquellas que prometen son las que se antojan impenetrables y que por su cierre perimetral dan para imaginar cualquier cosa. Franco, luego de una mañana que me resultó agotadora porque estuve haciendo limpieza general, antes de salir y para animarme abrió Google Maps y me señaló las vistas aéreas de las casas mejor resguardadas del barrio. Sin yo saberlo, se había vuelto un experto y por este medio tenía identificadas las mansiones de la zona que aun no conocíamos. “Mira esta, con cancha de tenis, piscina y una casa separada tal vez de servicio o quizá un quincho. No está mal, ¿verdad?” ¿Cómo podíamos imaginar todo lo que iba a ocurrir a partir de ese día?

No habíamos llegado a Genoveva Goyenechea (le recuerdo al lector que las calles son ficticias) cuando vimos abrirse el portón eléctrico de una de esas casas-misterio donde nunca habíamos podido pispear. Era un momento en verdad especial y había que aprovecharlo. Un acceso adoquinado, una casa impresionante de dos pisos estilo tudor que abarcaba toda nuestra visión, y un haya europeo precioso y de grandes dimensiones, enmarcaban la rotonda del patio de acceso. Todo prometía una larga y discutida ficción. Sentimos el ruido irregular de un motor al que le costó arrancar y que luego apareció desde el costado, probablemente de un garaje o cobertizo que no alcanzábamos a ver. Se trataba de un Jaguar Mark 2 modelo 1962 color verde inglés, manejado por una señora de edad que nos sonrió antes de salir. Desde luego el auto y esta señora completaban la escena. “Podría acostumbrarme a manejarlo”, dijo Franco, quien reconoció de inmediato el modelo (a mí me pareció precioso, nada más) y realmente parecían pertenecer a la casa.

Cuando se abre el portón de una de estas grandes casas por lo general sus ocupantes se sienten incómodos si se ven descaradamente observados, lo que a su vez modera las posibilidades de hacer casa-ficción si uno tiene algún sentido del pudor. Pero esta señora casi invitaba a detenerse a observar todo sin apuro. Ella salió, nos hizo un leve gesto con la cabeza, le dio al botón del portón y  desapareció sin esperar a que éste se cerrara. Todo muy atípico, comentamos con Franco, ya que en nuestra opinión a las personas que viven en mansiones no les gusta que las miren cuando emergen de éstas.

Seguimos caminando enfrascados en nuestro juego, aunque esta vez no remodelamos nada de lo que vimos. Tantas posibilidades nos sacaron de la modorra en que nos había sumido ese sábado plano y gris en que ni siquiera encontramos una buena película para ver. Luego de tomar algo en nuestra cafetería de siempre, volvimos caminando por la misma calle a ver si lográbamos divisar ―por encima del muro perimetral― la alta chimenea de la mansión. No poder ver nada desde afuera, según nuestras reglas, le agregaría unos puntos más a la que consideramos desde esa tarde como la mejor casa-ficción de todo el barrio. A media cuadra de nuestro objetivo sentimos el ruido de un motor clásico acercándose por detrás. Se detuvo el Jaguar, y para nuestra sorpresa la misma señora abrió la puerta del copiloto y con los ojos chispeantes dijo: “No los quiero interrumpir. A veces me siento muy sola en ese caserón.” Luego de un momento de silencio en que su vista pareció perderse, apretó el volante de madera de raíz y añadió: “¿Puedo invitarlos a tomar té? Creo que les va a gustar el jardín en esta época.” Nos miramos sorprendidos y sin pensarlo dos veces me subí en el asiento delantero mientras Franco se sentó atrás.

Como buen auto clásico éste arrancó lentamente. Siempre es así: por fuera impecable, precioso. Por dentro los asientos de cuero mostraban el desgaste de los años, la carrocería crujía y mi ventana vibraba. “Me presento. Me llamo Elsa Blanlot”, dijo solemnemente. Luego de intercambiar nombres nos advirtió que si el jardinero se cruzaba con nosotros, ella me presentaría como su sobrina. La miré algo desconcertada, y tomándome levemente el antebrazo, rio y me dijo: “él es mayor y se preocupa cuando ve gente que no conoce. Es mejor no asustarlo, de modo que (si no te importa) serás mi sobrina Elsita querida que ha llegado de un largo viaje.” Nos miramos con Franco y estuvimos de acuerdo en que esto le agregaba una nueva dimensión a nuestro juego.

El núcleo de esta crónica es mostrar cómo la vida de cualquiera puede caer en un abismo de ficción, y mi objetivo es emerger del mito urbano y así aspirar a reincorporarnos a nuestra vida. Porque creo inevitable que esta historia corra de boca en boca, y es improbable que mi nombre no se mencione. Por ello intentaré controlar un relato que amenaza con salirse de cauce. Pero aquí (me anticipo a lo que usted está pensando) narrador y protagonista coinciden, y entonces todo se vuelve más inverosímil para el lector. Algo así como Velásquez retratándose a sí mismo en Las Meninas, pero reflejado en un espejo. ¿Qué nos está diciendo? Que él, el pintor, es un reflejo pasajero en la Corte; que cuando termine el retrato él desaparecerá del espejo, y por tanto no pertenece al mundo de las Meninas. Que para ellas él solo volverá a tener alguna entidad cuando vean el cuadro terminado.  Algunos verán su reflejo en esta crónica y nos verán (a Franco y a mí) en su mundo, pero mi objetivo no es desaparecer del espejo cuando terminen de leerla. Quisiera volver a ser parte de su realidad, quisiera que me reincorporaran a sus vidas tal como era antes. No quisiera, como le ocurrió a Velásquez, sobrevivir en el mito, en este cuento (o en las páginas de una novela) pero exiliada de su mundo, de mi modesto mundo.

Serían las seis de la tarde de ese domingo de finales de septiembre cuando entramos por primera vez a la casa. Elsa estacionó el Jaguar en el cobertizo que quedaba a mano izquierda y nos pidió que la esperásemos en el adoquinado que conducía a la entrada (parcialmente oculta por el haya). No es necesario en este momento extenderme en el impacto que nos produjo ese primer paseo. Elsa, luego de hacernos pasar al hall de doble altura, sin apenas detenerse caminó delante nuestro atravesando el living y el comedor. Las vistas de la terraza en altura sobre el jardín, a través de los clásicos ventanales de paneles, correspondían a la panorámica aérea de Google Maps, pero a ras de suelo definitivamente todo se veía más grande y algo descuidado. Elsa nos pidió que la esperáramos en la terraza frente al estar mientras ella preparaba algo en la cocina, ya que el domingo no contaba con servicio. Franco me preguntó, en cuanto estuvimos solos, si había tomado nota del único cuadro que en el living se ubicaba frente a la gran chimenea. “Estoy seguro que es un Utrillo de la época blanca. Vale una fortuna”, agregó bajando la voz. “¿Viste el panneau de cuadros cubistas de pequeño formato?” Cómo no verlos, sobre el muro entelado en un brocato rabiosamente rojo al lado derecho del hall de entrada. Era un contraste evidente en esta casa que se nos antojaba clásica, una sorpresa que le agregaba puntos a nuestro juego. Yo por mi parte aun estaba intentando retener la disposición y calidad de los muebles, tapices y cortinas que constituían un todo armonioso y donde jugaba con ventaja sobre Franco. Un hombre mayor trabajaba en el jardín removiendo la tierra de los partierre a un costado de la cancha de tenis. Tal como nos advirtió Elsa, desde que nos sentamos no dejó de mirarnos con evidente curiosidad.

 Apareció a nuestra espalda empujando un carrito de té bien equipado con una típica vajilla inglesa, pero sobre todo con cosas exquisitas que no correspondían a una cocina sin servicio, justificando plenamente la tardanza que nos había comenzado a inquietar. Mientras nos servíamos algo, Elsa nos preguntó si teníamos hijos y por lo que hacíamos. Recuerdo que repitió en voz baja, hablando para sí misma: “escritor y periodista, mmm… puede ser, puede ser.” Luego se quedó mirándonos y cambiando el tono nos dijo: “¿Les cuesta mucho imaginarse viviendo en esta casa?” Nos miramos y no pudimos evitar reírnos. Franco le respondió: “Espero que no lo considere una impertinencia, pero no se imagina lo rápido que podríamos acostumbrarnos a su casa.” Estoy segura que no le dijo, ahí mismo, que era absurdo arrendar semejante mansión y asumir, por ejemplo, las cuentas de agua en verano. Era parte de nuestro juego y esta era la mejor ficción que recordáramos.

―No es mi casa, llevo acá siete años y siento que ya he cumplido este encargo. Espero tomarme un sabático y me pregunto si les costaría mucho dejar su casa y venirse a vivir acá.

Nos quedamos mudos. Evidentemente esto excedía cualquier juego. Elsa nos observó y sin darnos tiempo a responder agregó: “¿Hay algo que los ate al lugar donde viven hoy?”

―De hecho nada. Nos quieren subir la renta y el contrato vence ahora ―respondió Franco sin pensarlo demasiado porque estaba molesto con el dueño. “Pero Señora Elsa, hablando en serio, es impensable que podamos arrendar esta mansión.”

―Yo nunca he hablado de un arriendo, sino de un encargo. El mandato es cuidar este lugar, pagar las cuentas, usar el criterio y estar preparados para el día en que su dueño vuelva. Solo sé que ya van treinta años desde que se fue de Chile. Esteban, el jardinero, les podrá contar más detalles. Yo nunca he querido averiguar demasiado porque no hace falta, pero les diré lo que sé: Luego de verse envuelto en un escándalo financiero a inicios de los ochenta, y que obligó a otro vecino a vender su mansión ubicada no muy lejos de aquí, se fue a (digamos para mantener el anonimato) Lisboa. El no quebró, no fue eso. Simplemente perdió el interés en residir acá. Dejó un fondo con el que se pagan puntualmente los impuestos de la propiedad. No sé más. Si sigue vivo o si tiene herederos no lo sé y nunca me interesó.

―Pero, ¿y el papeleo? ―dije yo, pensando en un aval y garantías.

―No habrá papeles. Solo su palabra y su compromiso y buen criterio. Así recibí yo esta casa y así se las quiero entregar.

―Pero, Señora Elsa, ¿y si alguien pregunta? ―agregó Franco.

―Nadie preguntará si ustedes no dan motivos para ello. Es suficiente con que paguen las cuentas.

―¿Y si hay algún robo, algo que atraiga a la policía? ¿qué explicación daremos?

―La misma que di yo cuando un inspector municipal me pidió cortar algunas ramas que asomaban sobre la vereda. Son amigos de la familia, quedaron al cuidado de la casa. No saben cuándo volverá el dueño, y todo eso es verdad.

La mente de novelista de Franco para entonces se debe haber activado. Siete años, dijo pensando en voz alta. Siete años, repitió. “Es decir, antes de usted hubo alguien más.”

―El señor Gulbenkian (usaré este nombre, porque él también es armenio y coleccionista) le dejó la casa en comodato a Laura Reynolds (esta es una humorada mía). Ante notario, como corresponde. En algún momento Laura intentó contactar a su amigo y benefactor porque ella enfermó y no podía seguir adelante con su encargo. Ante la falta de respuesta, terminó por traspasarle el mandato a alguien de confianza. Eso fue, estimo, hace unos veinticinco años. No sé cuántas personas nos hemos sucedido desde entonces, y no creo que tenga importancia. El documento del comodato y el inventario con las obras de arte está ahí, en uno de los cajones del escritorio de la biblioteca. Laura lo dejó endosado, pero nadie lo ha firmado desde entonces. No ha sido necesario. Úsenlo en caso de verdadera necesidad, pero recuerden que si lo firman quedarán legalmente atados hasta que el dueño (o sus herederos, no lo sé) los liberen de esta responsabilidad, porque solo Laura podía traspasarlo.

Las mujeres vemos el lado práctico de las cosas. La casa era fascinante, sin duda, pero esto dejaba de ser un juego. De modo que tomé la palabra: “Elsa, a lo mejor usted piensa que podemos hacernos cargo de la mantención, pero imagino que las cuentas deben ser elevadas. Nosotros no podemos tomar esta responsabilidad. Nos honra con su confianza, pero no podemos.”

―Deben aplicar su criterio. Ustedes pueden hacer lo que quieran para cumplir su encargo. Es mejor si al inicio dejan que las cosas fluyan y descubrirán que el dinero alcanza para todo. Por ejemplo, yo hace dos años acordé con una amiga que podía hacer sus clases de pilates en el gimnasio, y siempre me paga en efectivo. Pero hay otros tratos que vienen de antes. Y todos saben que deben pagar en efectivo y a la guardiana. Franco, se me olvidaba decirte: el encargo fue hecho a Laura, y desde entonces siempre ha recaído en una mujer. Dejen que las cosas fluyan, si algo no les gusta pueden modificar o terminar ese acuerdo. También pueden inventar nuevos ingresos. Pero apliquen su criterio: no pueden hacer publicidad, no pueden terminar convirtiendo esta casa en una empresa visible porque necesitarán patente municipal; no conviene que salga en la televisión o en el diario porque alguien podría hacer preguntas. Además, esta zona no es comercial y sus vecinos no lo perdonarían. No se preocupen por ellos, jamás en siete años nos hemos saludado. Pero no llamen la atención, no hagan ruido.

―¿Podemos invitar amigos? ¿Tomar la habitación que queramos?

―Todo lo que les plazca y crean conveniente. Insisto: apliquen su criterio. Les sugiero dejar el ala este para los foráneos, ya verán por qué lo digo.

La conversación se alargó. A las ocho Elsa me presentó al jardinero como su sobrina Elsita querida, y luego de darle un afectuoso y largo abrazo le explicó que ella debía partir, que había terminado su misión en la casa. Esteban ya era un hombre mayor, creo que nos caímos bien de inmediato y que esta no era su primera despedida. Para él (esto lo deduje tiempo después) lo más importante era saber que la casa estaría en buenas manos. Se despidió de mi con un “hasta mañana señora Elsita”. Franco, con humor, me dijo al oído aquello de “donde manda capitán…”

Luego de entregarme las llaves y un cuaderno con instrucciones, Elsa nos sugirió ocupar uno de los dormitorios más soleados, con baño incluido, al menos hasta que tuviéramos claro cómo preferíamos organizarnos. También nos dijo que todos los días, a esta hora, debíamos soltar los perros. Lo dijo en forma casual, sin darle importancia, y señaló con la mano la dirección en que se ubicaba el canil. Era evidente que quería marcharse, me pareció que se sentía invadiendo nuestro espacio. Cuando tomó su propio auto y partió, Franco y yo nos sentimos por fin investidos en plenitud de este mandato. Sería como las diez de la noche porque ya había oscurecido. Hace un par de años divisé a Elsa a la salida de misa en Frutillar. Evitamos saludarnos porque para ese entonces ya éramos compañeras de armas, un lazo que nos unirá para siempre. Ella estaba veraneando (eso creo) con alguno de sus hijos y nietos. Se la veía feliz, para qué molestarla.

Mi crónica es necesariamente parcial y subjetiva. Habrán tantos hechos que quedarán en el tintero, pero creo importante relatar esos primeros momentos a cargo de esta casa. Este es mi recuento y espero que así (en blanco y negro) sea también el de él, si algún día lo llegáramos a comentar en alguna comida. Esta será la historia que compartiremos con nuestros amigos y con mis amigas. Aunque soñar de a dos con el futuro es sano y no requiere una perfecta sincronización, para mantener la convivencia en un matrimonio se debe evitar el pasado-ficción y la vida-ficción. Sé por qué lo digo.

Llegar al canil no fue fácil, y desde luego la idea de “soltar a los perros” no resultaba demasiado tranquilizadora. El camino adoquinado que nos conducía a él era disparejo y tuvimos que sortear macetas y ramas de añosos arbustos que impedían transitar con facilidad ―digo “tuvimos” porque le pedí a Franco que me acompañara. La oscuridad era casi total, apenas unos reflejos de las luminarias públicas de la lejana vereda permitían ver algo. No tuvimos dificultad para ubicarlo. Vimos cinco enormes siluetas que se movían de un lado a otro con sus fauces abiertas, mostrando los dientes y ladrando sin parar, con la excitación propia de ver a alguien por primera vez. Fue derechamente aterrador y francamente a esas alturas me preguntaba qué hacíamos en esta casa desconocida en lugar de estar mirando la televisión en nuestro departamento. Nos costó dar con los platos del alimento que sacamos del galponcito de jardín que nos había dicho Elsa, a la derecha del canil. Una vez que pusimos cada plato en uno de los vanos de la reja, se apoderó de mí el pánico al no saber cómo reaccionarían las bestias al abrirles la puerta. Eran tres rottweiler y dos mastines napolitanos. (Semanas después supimos que todos los perros eran hembras, cuando se presentó el entrenador que cruzaba a las perras). Los miramos mientras se alimentaban, y en un santiamén —al menos así me pareció a mí— los platos estuvieron limpios. Se me debe haber notado en la cara porque Franco me tomó de la mano y me dijo que no corriera hacia la casa, que los tratara con indiferencia y los dejara olfatearnos, ignorándolos pero también dejando sentado que nosotros éramos los nuevos amos. Fue lo que hicimos: caminar lentamente hacia la puerta de la cocina que habíamos dejado entreabierta, y que brillaba como esos túneles que se abren al más allá, al decir de los que han sentido una experiencia cercana de la muerte. Las bestias corrían salvajemente siguiendo el perímetro del terreno y no se mostraron especialmente interesadas en acompañarnos. Era un alivio perderlas de vista y deben haber completado tres o cuatro vueltas cuando me sentí a salvo dentro de la cocina. “Esteban al llegar por la mañana los mete en el canil y los alimenta”, decía la instrucción del cuaderno que volví a revisar con mano temblorosa. Necesitaba un trago, uno fuerte. Observar la chimenea, el Utrillo, sentarnos en el living en silencio, apenas compensaban el susto que había pasado. Por otra parte me daba risa imaginar la sorpresa del incauto que osara saltar el muro de noche. Franco me comentó que prefería los perros a uno de esos sistemas de alarma perimetrales. “Para cuando llega la ayuda, si es que llega, ya te han desvalijado.”

Ya más tranquilos, no podíamos creer que nuestro juego se había vuelto una realidad. Nos propusimos descubrir la casa al día siguiente. Esa noche recuerdo que Franco me dijo que aquí podría terminar su novela. Hablamos de los planes con amigos, del impacto que les haría vernos viviendo aquí, de la oportunidad para convidar y compartir con nuestros hermanos y sobrinos. De la necesaria prudencia que tendríamos que guardar, para que no creyeran que éramos ricos nuevos. Pero también del posible uso que le podíamos dar a la casa para avanzar ciertos objetivos profesionales, por qué no.

Se me ocurren dos formas de seguir con este relato: quedarme con algunas historias (como dicen ahora) “emblemáticas” (perdón por usar semejante palabra…) y dejar a cada uno deducir las conclusiones, o bien interpretar los hechos y develar así el impensado efecto de vivir en una casa-ficción. Franco busca el impacto literario y retiene lo que le resulta más atípico; su técnica es omitir gran parte del mundo interior de sus personajes y dejar que —a través de la trama, de la acción y las palabras— afloren las tensiones. Yo no pretendo una obra literaria ni una bitácora de sucedidos. Estoy intentando interpretar nuestra experiencia en primer lugar para nosotros mismos, porque ¿cómo esperar que nuestros amigos y mi familia por fin comprendan porqué esta casa no resultó como ellos esperaban?

Intentaré explicarme de otra manera. ¿Cómo se emerge de una ficción? Digamos, por ejemplo, esa película de Woody Allen, “La rosa púrpura del Cairo”, ¿cómo emergen en la realidad-real (la R-R, como le gustaba decir a una amiga inmersa en el vaporoso mundo de la publicidad de intangibles), cómo emergen los personajes del rosado mundo de musical de Fred Astaire? La película funciona precisamente porque éstos no se funden, porque permanecen adheridos, superpuestos a la realidad —como esos collages de Matisse que dejan la impresión de estar flotando sobre la pintura, volviéndose un elemento que le da esa profundidad que no tiene ese cuadro sin perspectiva ni sombras, y sin embargo funciona. Soy un personaje de ficción que escribe una crónica para emerger de su mundo ficticio, porque necesita huir del mismo. Y para huir, para desprenderse de esa ficción, usa la crónica para encontrar un relato que lo una a los demás, a quienes no pueden distinguir dónde termina la ficción y qué de realidad permaneció en esa otra dimensión en que nos perdimos por un tiempo.

Ahora podemos precisar un poco mejor mi objetivo: la cronista, yo misma, soy dueña del relato que necesito contar para reincorporarme al mundo, a mi vida antes de la ficción. En mi caso, un círculo pequeño de amistades, de familia, de unas pocas relaciones profesionales determinantes. Pero si el público es tan acotado, pareciera mejor simplemente hablarlo en el momento adecuado y con cada uno, ¿verdad? No tanto, si consideramos que necesitamos salir de una especie de agujero negro, una ficción que no solo nos encandiló lo suficiente como para atraparnos, sino que —en un proceso inseparable— diluyó los límites de nuestro mundo privado (como verá el lector) ampliándolos hasta que el significado mismo de la palabra perdió su sentido. Agujero negro que también atrajo a nuestros cercanos, pero no al punto de desaparecer de su mundo, porque supieron mantener una distancia suficiente para gozar de esa casa brillante y atractiva, pero ficticia.

De modo que no seguiré un orden cronológico porque esto no es un reportaje. Recuerdo que teníamos reservada la suite principal para los duques de “Anjoux” (se presentaron como los señores de Cualquiercosa, sin hacer alardes, pero eran duques de los de antes de Napoleón). La casa generaba un flujo de visitas, gente que se había pasado el dato no sé cómo, y que pagaban sumamente bien su estadía. Reservaban en una dirección de mail que alguien (Elsa posiblemente) tuvo el buen tino de crear, y cuya contraseña quedó anotada en el cuaderno. (Sin ese cuaderno creo que habríamos salido a escape en un momento de distracción de Esteban, para no volver). Había que hacer algo de show, ir a recibir a los huéspedes al aeropuerto con el Jaguar en jeans Seven y pañuelo Hermés; en fin, sacarle brillo a toda la parafernalia que se podía desplegar en la casa. Por ejemplo, muchos de ellos se lucían frente a sus amistades; algunos venían por negocios, ofreciendo una cena de gala íntima y a la vez con toda la prestancia del comedor. No vale la pena describir los detalles  —basta decir que aquello del “criterio” empezó a tomar forma y contenido a nuestros ojos. Un convenio con una escuela de hotelería nos permitía contar con un chef y con estudiantes en práctica que mantenían todo impecable y atendían la mesa con una mezcla de juventud y formalidad. Nosotros les extendíamos un certificado que les servía como práctica, además de pagarles algo por el lado.

Al principio nos poníamos muy nerviosos. Por ejemplo, cuando leímos en el cuaderno esto de la dirección de mail (que espero permanezca como un secreto para iniciados) la corroboramos por curiosidad. Llegaba un matrimonio ese viernes en el Air France de las 8.00 de la mañana, y estábamos a martes. Pero también recordamos el comentario de Elsa: descubrirán cómo funciona todo en el camino. Resulta que nuestro contacto en la escuela de hotelería también recibía copia del mail, de modo que no alcanzamos a colapsar. Al día siguiente se presentó el chef con un plan y una lista de cosas para comprar, un chico joven muy divertido y con ideas novedosas que preguntó por la señora Elsa. Recuerdo que esto nos sorprendió y comentamos con Franco que el sistema de la casa era genial, de verdad, y que si todos los convenios estaban así de bien pensados podríamos tomarnos vacaciones con el ahorro del arriendo.

Esta gente que llegaba de cualquier parte como huéspedes (siempre por recomendación) disfrutaba horrores con esta casa donde el servicio era completamente personal, hecho para ellos. Nunca dijimos cual sería la tarifa de una comida, no se nos ocurrió hablar de check-out. Tuvimos el buen tino de crear una sociedad de servicios con cuenta corriente en dólares, y ahí recibíamos la transferencia por la estadía. Franco se encargaba de preparar un total por servicios rendidos que mandaba días después de que se habían marchado, y esperábamos la transferencia. Sí, así como suena. Parte de nuestra curiosa fama era que no cobrábamos por adelantado ni le poníamos precio a lo que nos pedían. Eso se arreglaba después y funcionaba perfectamente. Sobra decir que entendimos rápidamente que no nos convenía ocupar la habitación principal, con su balcón sobre el jardín. Y que la habitación que nos sugirió Elsa para nosotros, a la que se podía llegar por la escalera del ala oriente, demostró ser la más adecuada para separar nuestra vida del resto de la casa, que tenía sus propios ritmos.

Hay cosas que hay que contar para que esto se entienda. Un recordatorio: Elsa dijo antes de irse que dejáramos el ala poniente para los foráneos, y no explicó más. Por otra parte caía de cajón que las habitaciones que daban al norte, la principal con su salita y las dos laterales, eran para los huéspedes (así decía en el cuaderno: “Mail de los huéspedes”). De modo que no entendimos a qué se refería Elsa con esta categoría que figuraba con un “se contactan al celular”. Nuevamente, calculamos que fue ella a quien se le ocurrió comprar un teléfono móvil donde canalizar ciertos acuerdos. A los pocos días de estar adaptándonos a nuestro nuevo entorno sonó el aparato por primera vez. Sería como las 4 de la tarde de un miércoles (siempre los miércoles, decía el cuaderno). Contesté yo. ¿Elsa? Si… su sobrina, respondí. Elsita entonces, me dijo una voz de mujer. No me sentí con deseos de corregirla y creo que entonces se me ocurrió adoptar mi nombre artístico, como bromeó Franco a partir de ahí. ¿Quién habla?, respondí para contrarrestar mi ignorancia e incomodidad. Soy Consuelo; estaré por allá de cinco a ocho y media, como siempre. Yo me hago cargo de recibir a mis visitas, ¿está bien? Qué podía responder sino dejarme llevar. Miré a Franco y le señalé en el cuaderno la palabra “foráneos”.

Mis lectores me perdonarán si no doy datos personales, si lo que sigue parece un cuento, si publico este relato bajo otro nombre pero en un canal cuyas aguas pasarán (eso espero) reverdeciendo lo que se secó. Es lo mejor que puedo hacer: sembrar una semilla, una idea que ayude a las personas que me importan a entender nuestros motivos. Esperar que ésta brote y eche raíces con objeto de aspirar, algún día, a volver a ocupar mi espacio en su realidad,  la que quiero para mi familia. Esperar también que quienes se vean retratados en esta crónica respeten el secreto de la casa-ficción. Esto es una apuesta y no está exenta de riesgos. Si terminamos aun más expuestos es porque no convencí a quienes me interesa. Pero si pasa el tiempo y esta crónica permanece como mito urbano, será como un mensaje en la botella que tal vez llegó a destino. Si tengo éxito, Franco podrá novelar todo lo que quiera y lo que piensen los cercanos no pasará de ser (en el peor de los casos) una consecuencia necesaria de su oficio.

Consuelo nos pareció un encanto. Llegó puntual y montada en una de esas bicicletas con aspecto retro, con canastillo adelante y reflector cromado. No tenía más de treinta años; su aspecto era atlético, de cautivadora belleza sus ojos verdosos impactaban contrastando con la azabache cabellera. Su sonrisa franca mostraba la hilera de dientes perfectos que en su adolescencia seguramente fueron sometidos a la ortodoncia. Pero su andar felino y su leve contoneo tenían algo poco distinguido, eso me pareció.  “Elsita, qué gusto conocerte” me dijo con la seguridad de quien llega a su casa.  Nada más dejar su bici apoyada en un pilar del porche, me dio un beso y me pasó un sobre con un buen fajo de billetes. Tomándome del brazo me condujo al interior, mientras comentaba que las sábanas que le prometió a Elsa llegarían en dos semanas por Courier. Me dio la sensación de que yo estaba a su servicio, un servicio bien pagado. La dueña de las reglas me hizo sentir muy ajena a esta casa, dejándome con un regusto que en ese momento no supe explicar. Como ya teníamos la experiencia de los huéspedes, preferí no hacer preguntas y esperar a ver en qué consistía este acuerdo. La semana siguiente Consuelo volvió a llamar y me olvidé de avisarle a Franco. Cansado y distraído como es, entró al estar a servirse algo fuerte luego de trabajar en el jardín toda la tarde. En ese tiempo le había dado por cortar leña (esa es otra historia). Saludó a Consuelo y luego se dio cuenta que no estaba sola, que la acompañaba un señor de traje que estaba dándole la espalda admirando el Utrillo. Al verlo, aunque andaba en pintas de leñador (es decir, con unos jeans rotos y un polerón viejo), se acercó a saludarlo porque le pareció vagamente conocido. Franco es pésimo para las caras y peor para los nombres, de modo que cuando se dio cuenta de lo incómodo que se puso el acompañante de Consuelo cuando volteó para mirarlo, le dio la mano y una disculpa vaga, y desapareció cerrando la puerta. Sentimos desde el segundo piso a los pocos minutos que alguien salió por la puerta principal, y eso fue lo último que supimos de Consuelo (que tampoco dejó el sobre). Al día siguiente por fin Franco unió cara y nombre del acompañante de Consuelo, alguien a quien él debería haber reconocido de inmediato. ¿Qué hacía en la casa a esa hora?

Sin entender demasiado lo ocurrido, esta fue una lección para ser más cuidadosos con las reglas de los acuerdos que heredamos. Pasaron los días ocupados en esto y lo otro. Tocaron el timbre preguntando por Elsa; traían un encargo y nos acordamos de las sábanas. Elsita firmó como la sobrina, puso el número del móvil en el recibo y subió con la caja al hall del segundo piso. Lo abrimos ahí mismo, sobre la mesa del estar. “Literie de Mme. Elsa Blanlot” decían las etiquetas de los juegos de sábanas. Recién ahí descubrimos que Elsa no era Elsa, y Consuelo quien sabe cómo se llamaría. Y se esfumó todo rastro de misterio acerca del único al que le conocíamos el nombre y que desapareció por la puerta. “¡Se puso  el nombre de las sábanas!” Algo tan irreverente en una señora tan encantadora nos llevó a imaginar todas las posibilidades. Fue como una advertencia de que la casa podía arrastrar sorpresas incómodas e inquietantes difíciles de prever, y que era forzoso usar el nombre artístico en todos los acuerdos que habíamos heredado. Aunque en realidad no había pasado nada, tuvimos la sensación de que esta casa —donde podíamos hacer lo que quisiéramos— nunca sería demasiado controlable. Sabíamos que más control significaría más estrés y más visibilidad para nosotros. Nos acordamos de Elsa: “pueden hacer lo que quieran mientras no llamen la atención”.

No es que nos creyéramos los dueños de la mansión, pero para nuestros amigos y familiares esta era nuestra casa, donde compartíamos el espacio y los tiempos que nos dejaba libres (que eran igual de escasos que los del resto, es decir nada anormal). Pero después de abrir la caja con sábanas, a pesar de que para entonces ya manejábamos bastante bien todas sus facetas, la sensación de no terminar de controlar los hilos nos llevó también, sin quererlo, a extremar el cuidado con que convidábamos a los nuestros, a evitar que se cruzaran con las personas que venían y que aparecían al amparo de algún convenio (así los llamábamos). Esto produjo cierta tensión en nuestras relaciones, porque no resultaba del todo natural el desdoblamiento. Por un lado mi casa, y por otro muy cercano la casa-ficción con su vida propia y con mi nombre artístico. Claro, podríamos haber explicado que esta casa generaba trabajo y contratos y encargos, es verdad. Pero con relaciones abundantes que entraban y salían, la posibilidad de que se presentara un inspector municipal o del servicio de impuestos, o la denuncia anónima de un vecino y el reportaje televisivo, en fin, infinitas posibilidades de verse enredados en un escándalo de mentiras.

Nos costó tiempo reconocer que Elsa no nos mintió: cuando me delegó su encargo de guardiana me estaba también transmitiendo una identidad. Un nombre y un cuaderno. Ella nos dio todos los elementos que necesitaríamos para tener alguna posibilidad en este mundo desconocido. La realidad de la casa-ficción es que para funcionar, lo mejor y más conveniente era mantener una identidad separada para gestionar los acuerdos que le daban vida. No solo se podían manejar adecuadamente, sino que además siempre se preservaba un segundo objetivo fundamental y determinante: la posibilidad de poder delegar el mandato, como hizo Elsa y las anteriores, sin quedar atrapados en una red de compromisos, la mayoría tejidos por otras personas. La posibilidad de renovar un liderazgo necesario —si es que algo flaqueaba— dependía de una identidad que no cambiase, algo así como “ha muerto la Reina, ¡viva la Reina!”. Además, Esteban y todos los demás vivían su realidad, prestando un servicio que no era ficción, y no parecía justo que (de un momento a otro y sin justificación) todo quedara en el aire porque había cambiado la guardiana. Mucho mejor entonces ser Elsita.

No se trata de describirlo todo, pero lo que generaba gasto se pagaba de alguna manera. Por ejemplo, la piscina con las clases de natación de los jueves; la cancha de tenis iluminada que funcionaba todo el año con el profesor. Nosotros agregamos las clases de bridge en la biblioteca, que estaba un poco abandonada cuando llegamos a la casa. Cuando se trataba de exhibir esta mansión y sus colecciones y el jardín como algo exclusivo y al servicio de quien estaba dispuesto a pagar por ello, el arte era ofrecer “actividades” a los huéspedes en que participara otra gente, pero cuidando que la casa no pareciera un parque público donde entraba cualquiera. No es difícil reconocer que llegar a una mansión y tener disponible un abanico de posibilidades (clases de tenis o de bridge, algunos deportes, pilates, la posibilidad de conversar con gentes del lugar) era algo que ningún hotel puede ofrecer.

Ya esa primera noche, luego de soltar los perros, cuando nos sentamos en el estar a conversar sobre nuestros planes para los días que venían, a Franco se le ocurrió invitar a nuestros amigos (en ese entonces un grupo de tres matrimonios) el fin de semana a hacer picnic en esta casa prestada. Si hacía buen tiempo, les dijo, podrían jugar fútbol con los niños. Prestada, ese fue el término que usó. ¿Por cuánto tiempo es el préstamo? Todo el que queramos, fue nuestra respuesta. Deduzco que si es prestada es regalada, porque al cabo de un año el grupo de habituales (que llamaban para saber cómo estábamos y si era posible venir el fin de semana) se fue agrandando. Esto funciona así: en las casas de los íntimos a veces están los amigos de los amigos, es decir los conocidos de uno, y estos se fueron sumando a nuestros íntimos como si formaran parte de nuestro grupo, y así en círculos concéntricos cada vez más lejanos. De modo que, sin darnos cuenta, a partir de la primavera la casa se llenaba de gente cada vez más lejana y de conversaciones cada vez menos íntimas.  La verdad es que los espacios públicos reclamaban la presencia de gente, porque incluso para los huéspedes llegar a un lugar precioso, pero desierto, habría resultado algo inquietante.

Dicen que lo más conveniente es responder de la misma manera, es decir a una novela se responde por escrito. Por eso escribo mi crónica. Una crónica parece la mejor manera, entonces. Pero si no podemos restringir el público (podemos solo parcialmente, por ejemplo publicándolo en un blog en lugar de hacerlo en el cuerpo de reportajes de nuestro medio), me veo obligada a confundir los datos que nos podrían reconectar con ese agujero negro de donde estamos intentando salir. La transparencia amenazaría con devolvernos al punto de partida, con la desventaja de que esta vez no podríamos vivir (como corresponde) en una casa-ficción. Sería una pesadilla, sería mejor permanecer como un collage pegado y superpuesto en las vidas de nuestros amigos y no dar estas explicaciones. Aspirar, como Velásquez (lo digo modestamente, espero que se entienda la idea) a ser un reflejo legendario, una parte fugaz de su mundo.

Casa-ficción igual amistades-ficción, declaró Franco un día en que tuve que salir por un reportaje y lo dejé de dueño de casa. Usaban la piscina, la cancha de tenis, el jardín y el quincho como si se tratara de un club, aunque siempre traían bebidas y cosas ricas para comer. Alguno de ellos también venía a una actividad pagada (recuerdo uno en clases de tenis), pero imaginaban que la cancha era prestada (como nuestra residencia) y le estaban pagando al profesor, lo que en parte era verdad.

Cuando llegaba el buen tiempo se intensificaba la frecuencia con que llegaban los huéspedes. Y por supuesto no íbamos a recibirlos con la casa repleta. ¿Cómo explicarle esto a alguien? Pensamos que lo mejor era decir que estábamos obligados a recibir visitas del extranjero que eran amigos de los dueños, y entonces lo complicado era decir “tu sí pero sin tus amigos”. Pero también a los huéspedes les gustaba un poco de sabor local, es decir unos pocos adultos con los que conversar. Eso fue una combinación fatal. Cuando Margarita me llamó para preguntar si podía venir con su grupo de voleyball ese sábado le dije que no, obvio. Silbato, bulla a la hora de la siesta, ni hablar. Pero Franco le dijo que sí a Joaquín, escritor como él y cosmopolita, que vendría con otros tres matrimonios, todos intelectuales, y pensó que nuestros huéspedes estarían encantados con esta compañía casual a la hora del te. Lo malo fue que Margarita está casada con Joaquín. Ellos dejaron de venir a la casa y nunca más nos convidaron. Margarita habló con Pepa, mi amiga, quien a su vez habló con Alvaro, etcétera. Pero nosotros no quisimos dar más explicaciones. Esto fue al tercer año. La casa nunca más se llenó como al principio, fue como una peste que hubiese ido invadiendo el jardín. Lo quiero dejar hasta aquí porque para mí fue doloroso, y porque nuestros intentos por contener y trivializar el malentendido fueron contraproducentes.

Soy algo así como un político que quiere volver a su vida privada, pero peor, porque al menos todos sabemos que éste está representando un papel en público. Y en mi caso, en nuestro caso, nadie lo sabía ni queríamos que se supiera. Franco el novelista es como el político cuando se retira a su mundo privado: todos saben que lo que escribió es ficción, de modo que su novela no debería interferir en mi propósito. Eso me gustaría a mí, pero ¿han visto algo más incómodo que el entorno del novelista con sus historias? Para entender esto (creo que es así) no basta leer estas líneas, probablemente se requiere haberlo sentido. Abrir un libro de alguien a quien apreciamos para sumergirnos en la historia. Luego descubrir que esa ficción tiene trazas de uno mismo (del lector), para sentirse inundado de un sentimiento de pudor que nos lleva a cerrar sus páginas. Pero eso no es lo que a mí me ocupa, porque ahí se trata de cómo la ficción atrapó algún destello de la realidad. En mi caso es al revés: la ficción atrapó toda mi realidad, y si además mi marido publicó una novela (una ficción, evidentemente) que en parte se trenza con esa vida-ficción, la posibilidad de emerger, de volver a mi R-R, es aun más remota.

La mansión tenía una forma de atraparte. Alguien cortó un ginkgo bilova muy grande y dejó el tronco cerca del canil, y a Franco se le ocurrió (como ya dije) hacer leña para la gran chimenea. Su idea era encenderla en invierno, en un día de lluvia para evitar que le cayeran los inspectores encima. ¿Han visto a alguien usar un hacha por primera vez? Se pasó tardes enteras dándole al tronco, al principio sin hacerle ni cosquillas, y como es cabezota lo logró a costa de dolor de espaldas y callos en las manos. En esa tremenda chimenea toda la leña se consumió en dos o tres tardes, pero reconozco que nuestros huéspedes se sintieron en un castillo medieval. Siempre había algo para arreglar (un radiador que goteaba, un inodoro tapado, una ventana que no cerraba) de modo que Franco no paraba. Es habilidoso, tiene una buena caja de herramientas, y ahí andaba subiéndose a esos techos para sacar las hojas de las canaletas antes del invierno. Casi muero de susto una tarde en que se le ocurrió reparar las cumbreras que dan al norte, ¿se lo imaginan subido al tejado de pizarra, esa piedra resbalosa, a esa altura? Un irresponsable, o demasiado responsable, no sé. Tuve que llamar a Bomberos para que lo ayudaran a bajar, como a los gatos, porque le entró el pánico de resbalar sobre la pizarra húmeda. “Menos mal que nos pidieron no llamar la atención”, le dije cuando lo vi de vuelta en tierra, pálido y avergonzado.

Franco se tomó las tareas de la casa como algo propio, y nunca le faltaron arreglos y nuevas ideas para que las cosas funcionaran un poco mejor. Así, el poco tiempo que le quedaba lo dedicaba a escribir en el estar de nuestro dormitorio, bastante reducido pero soleado. Para cuando caí en la cuenta, él ya había abandonado las asesorías jurídicas, había dejado de salir (como hacía antes) a las reuniones de negocio con sus antiguos socios del estudio jurídico, quienes de vez en cuando le daban encargos. Es evidente que le gustaba trabajar en la casa y que si hubiéramos pagado todas las cosas que resolvía, no sé si hubiese quedado para pagar los desperfectos inevitables en una casa de este tamaño y con tantos años. “Habría que inventar cómo compensar el affair Consuelo”, decía Franco, pero nunca se nos ocurrió algo equivalente.  Alguna vez dijo que la casa-ficción demandaba un trabajo de película, y ahora que lo pienso se nos acabaron los fines de semana, los tiempos fijos dedicados al descanso y la posibilidad de salir a algún lado en verano (¿cómo, si era la temporada alta de huéspedes?). Por otra parte esa era su época más gloriosa.

Mi hermana tiene seis hijos, de los cuales tres ya se han casado. Yo sé que a ella no le va a gustar ver esto por escrito (a pesar de que no tiene nada de particular). Con semejante tropa, cada matrimonio de un hijo ha sido para ella un dolor de cabeza y una proeza de ingenio, porque no tenían cómo financiar la celebración. Cuando nos preguntó si podía hacer la fiesta de compromiso en la casa, le respondimos que encantados. Fue precioso, en invierno, con el estar lleno de flores y un cocktail bien servido por nuestros amigos de la escuela de hotelería. Quedaron como reyes y la familia del novio impresionada. Fue en nuestra casa, pensé feliz con el resultado. Pero semanas después me vino a ver para preguntar si prestaríamos la casa para hacer la fiesta de matrimonio. (No necesitó decirme que las expectativas de la familia política se habían disparado). Nosotros ese año nuevo habíamos hecho una fiesta porque era la única fecha en que a nadie se le ocurriría llamar a seguridad ciudadana. Pero una fiesta un fin de semana cualquiera del otoño era impensable. La calle saturada de autos, el ruido; en fin, una imprudencia. De modo que le dije que no podíamos, que nos complicaba por los vecinos. Pero ella había estado ese año nuevo y también alguna otra noche de verano en que se armó la fiesta, con música en el jardín. No entendió, creo que le pareció egoísta de mi parte. Me dijo que si era por los muebles y la colección de arte ella tenía la solución. “Ponemos los guardias rusos”, dijo. “Los ves en la puerta y créeme que a nadie se le ocurriría ni siquiera botar una colilla en el jardín. Y te sugiero  invitar a los vecinos para arreglar el problema de los reclamos por ruido.” ¿Cómo convencerla? Cuando alguien no tiene cómo pagar una fiesta de una hija no hay explicación que valga, y era demasiado evidente que había pensado todo por anticipado. ¿De qué servía vivir en semejante casa si no podíamos compartirla cuando realmente importaba? “Te presto el Jaguar, les dejamos la habitación principal para que alojen antes de irse de luna de miel, recibimos a un par de invitados acá, si es que lo necesitan.” Tres horas conversando para nada. Ella necesitaba un lugar para la fiesta, punto. Se lo dije a Franco luego de despedirla en la puerta. Decidimos no contarle mi papel de Elsita porque a partir de ahí sería imposible separarnos de la casa. Casa-ficción supone solidaridad de mentira para la familia, dijo Franco.

El es un buen escritor; sus personajes se fundieron en ese nuevo mundo hasta identificarse completamente con él, y así debe ser. Es decir, en la novela no puede haber vida-ficción sino vida, y como buena novela lo atrapa todo, también las historias de familia. En su novela se amalgama nuestra vida-ficción y el mito urbano y su red de conspiraciones. De modo que tiempo después de publicar, cuando surgimos sin aviso en el mundo de nuestros amigos y familiares —como salidos de una película de Fred Astaire— necesitaron relatarnos de alguna manera y echaron mano de cualquier pista, entre otras de esa novela. Nadie es profeta en su tierra, y nadie novela para sus íntimos. Para éstos, el autor solo refleja, sumerge y reconfigura esa trama íntima que jamás debería exponerse al mundo.  Así todo se complicó un poco más (mi hermana sabrá entender por qué lo digo).

Yo misma, a cargo de coordinar las actividades, fui recortando mis tiempos en el periódico. Mi jefe daba por hecho que el cocktail de fin de año de la asociación de periodistas sería en la casa, y (sin decirlo) eso en parte compensaba por mis ausencias. En noviembre hicimos un almuerzo en el jardín para los escritores, y supongo que lo supo (porque siempre hay algún periodista en ese gremio). Pero la sola idea de que al invitar a los periodistas la casa aparecería en los noticieros, y luego en alguna nota de prensa, nos paralizó. De modo que tampoco me resultó fácil decirle que no, especialmente porque varios de mis amigos (de los que venían seguido a la casa) trabajaban en el diario. “El que explica se complica”, dijo Franco. “Mejor di que no podemos porque no conviene que las colecciones de arte salgan en el diario y que el dueño aborrece la publicidad. Cuéntale (sin dar nombres) por qué se fue de Chile, a ver si así entiende.” Al final nada es gratis, y mi negativa me trajo consecuencias que prefiero omitir.

Tuvimos tiempos en que la casa quedó para nosotros, tiempos que el lector podría pensar que justificaron las aristas complejas. En invierno, cuando no había huéspedes, la casa se volvía un témpano. Mantenerla calefaccionada era impensable, de modo que terminamos refugiados con una estufa en nuestra salita del segundo piso. Caminar a la cocina era una expedición al polo norte, y entrar al baño por la mañana una experiencia muy desagradable. Franco decía que ahora vivíamos en menos metros cuadrados que en el departamento, y era verdad. Ojalá fuera hielo-ficción, decía, pero pasamos frío de verdad. Claro, los espacios amplios también se vuelven imaginarios cuando no se los puede habitar, de modo que invitar amigos luego de calefaccionar el estar y el comedor desde la tarde previa, resultaba demasiado caro. Se trataba de una casa antigua donde el calor tendía a escaparse hacia el hall de entrada, de doble altura, y al segundo piso, donde se diluía la magia de la casa-ficción y su colección de arte.

El periodista tiene, en contadas ocasiones, el derecho de hacerse parte de la noticia (por ejemplo cuando ha vivido en un escenario de guerra y debe relatar las peripecias de su equipo para salir ilesos y cumplir con su misión). Pero deberá saber que ese relato lo seguirá, se adherirá a su historia y deberá entonces ser fiel al mismo en un futuro, y todo con objeto de mantener una consistencia (llamémosla “periodística”), pero que también podríamos denominarla vital —consistencia vital entre el relato y lo que se es— que en parte se constituye también por lo que se ha sido y hecho, por las elecciones que hemos ido tomando. Es verdad, voluntariamente acepté un mandato, pero luego fue la casa la que impuso sus reglas. Creo que la verdadera protagonista de esta historia es la casa, sigue siendo la casa.

Una mañana de septiembre, de esto hace tiempo, iba saliendo en el Jaguar (Franco había ocupado nuestro auto) y observé un matrimonio joven con un niño de unos dos años mirando para adentro. Salí lentamente, y luego de saludarlos con la cabeza le di al botón del portón. Avancé hasta la esquina, giré y una vez fuera de su vista esperé. Dejé pasar unos minutos, di vuelta a la manzana y ahí los vi, paseando con el niño un poco más adelante. Me detuve, bajé la ventana y les dije resueltamente: “A veces estoy muy sola en la tarde. ¿Quieren pasar a conocer el jardín? Los invito a tomar te.” Se miraron, plegaron el cochecito que metimos en el maletero y se vinieron conmigo. En cuanto subieron al auto les dije: “Me llamo Elsa Blanlot”.

A las diez de la noche, cuando llegó Franco, salí caminando hasta la entrada arrastrando las maletas. Me subí al auto y le dije: “Mira para adelante y acelera.” Creo que los dos teníamos hambre de verdad.

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Una respuesta a “Casa ficción

  1. cuando se escribe, cuadno se pinta, cuando se emerge de la historia para darle alguna resolución que en ese momento parece acertada, es uno de esos momentos… La creación artística tiene eso de mágico : se debe decidir en cada momento, en cada instante se elige una uerta que se abre frente a miles de universos que automaticamente se cierran.

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