Regreso a Babilonia, de F. Scott Fitzgerald. Un comentario.


Regreso a Babilonia

Fitzgerald (1896 – 1940) es el escritor que mejor representa lo que Hemingway popularizó como la “generación perdida”, un grupo de artistas que alcanzaron notoriedad en el París de la posguerra en la década del desenfreno, los famosos años 20, también denominada por Fitzgerald como “la era del jazz”. De familia católica, creció en Buffalo (NY) y asistió a un buen colegio en New Jersey. A los 19 años ingresó en la universidad de Princeton, y luego de tres años la abandonó para enlistarse en la escuela de oficiales en 1917. Fue ahí cuando conoció a Zelda, con quien se casó, y también escribió su primera novela (This side of Paradise) que lo hizo famoso con solo 24 años. No alcanzó a ir a la guerra.

Su obra más reconocida es El Gran Gatsby (1925). Publicó unos 160 cuentos y terminó sus días amargado, escribiendo guiones en Hollywood apremiado por su permanente necesidad de generar más ingresos. El dinero, la necesidad de ganar más, marcó toda su vida. Murió de un ataque al corazón con solo 44 años.

Los temas que pueblan sus historias son fuertemente autobiográficos: el alcoholismo, las enfermedades mentales, el dinero y el despilfarro, las relaciones tormentosas. Y por supuesto la decadencia y el brillo y la locura de una época inolvidable.

La historia que nos ocupa tiene cinco partes en una secuencia lógica bien trabada. Su contenido es marcadamente autobiográfico. El protagonista (Charlie) es un alter-ego; su mujer (Helen) representa a Zelda, la mujer del escritor con quien mantuvo una relación tormentosa e intensa. La cuñada que tiene la custodia de la hija es un hecho en la vida del autor, padre de una hija. El marido de la cuñada trabaja (en la ficción y en realidad) en un banco. Los lugares que visita, el París que el protagonista rememora, nacen de la memoria del autor. Asimismo, sus problemas con el alcohol y el dinero son los de Fitzgerald.

La primera parte describe la llegada a un París ahora desconocido para el protagonista, Charlie Wales. El cuento abre en el bar del Ritz, donde (luego de repasar las ausencias) Charlie deja al barman la dirección de su cuñada al único conocido de los viejos tiempos, el señor Schaeffer. Dato clave que explica el desenlace de la historia.

Sabemos muy pronto que el protagonista está luchando por dejar el alcohol (ya lleva más de año y medio sobrio); está desconectado de América y ahora vive en Praga, donde ‹no saben mucho de mí›. Es decir, se trata de un hombre sin hogar que vuelve a lo que consideró su terreno, y ahora se siente incómodo y alienado: El Ritz ‹no era más un bar americano y él se sentía compungido, sin esa vieja sensación de ser su dueño›. Charlie (al ver un grupo de “locas”) piensa: ‹la bolsa sube y se derrumba, la gente haraganea o trabaja, pero ellos siguen eternamente›. Toda esta metamorfosis, entonces, es consecuencia del crash de la Bolsa (1929). La escena del bar termina comunicándonos el propósito de su visita: ver a su hija, luego de una ausencia de diez meses.

A continuación el protagonista sale a la calle donde toma un taxi y recorre viejos escenarios. ‹Pensó: “Yo mismo me eché a perder en esta ciudad. No me daba cuenta, pero los días venían uno tras otro y así pasaron dos años, y pasó todo, y pasé yo.” Tenía treinta y cinco años y era bien parecido.› Un hombre joven que se ve a sí mismo acabado.

La tercera escena es en la casa de sus cuñados. El encuentro con su hija es mágico, no así con su cuñada, que expresa desconfianza y frialdad. El autor deja bien establecido que debido a la difícil relación con Marion (la hermana de su mujer) nos está entregando un retrato teñido por la visión de Charlie, quien ‹siempre se sorprendía cuando la gente hablaba de lo hermosa que había sido.› El autor sabe balancear esta visión crítica: La casa es acogedora, cálida; el matrimonio, protector, ha sabido acoger a su hija en su familia. La relación con el marido de su cuñada es más cordial, aunque al asentar que está ganando buen dinero pisa terreno pantanoso. ‹Sus alardes tenían un propósito bien específico; pero al cabo de unos momentos, al ver la débil inquietud en los ojos de Lincoln, cambió el tema.› Es evidente que su éxito es un reproche en esa casa. Luego, en un desliz, Charlie comenta que ha pasado por el bar del Ritz, y entonces se hace evidente que la desconfianza de Marion tiene un fundamento: su alcoholismo.

Más tarde, observando a su hija, no logra determinar si se parece más a él o a su madre. ‹Ojalá no combinara aquellos rasgos que los habían llevado al desastre.› No es solo alcoholismo, entonces, sino también una relación tormentosa que terminó mal.

La primera parte termina con su recorrido por el París nocturno, ‹con ojos más claros y juiciosos que los de otros días.› ‹De pronto comprendió el significado de la palabra “disipar”: disiparse en aire claro; convertir algo en nada”.›  Y termina declarando: ‹Hasta la suma más salvajemente despilfarrada se había dado como una ofrenda al destino de no recordar las cosas que más merecían recordarse, las cosas que recordaría siempre: la hija cuyo control le habían quitado, su mujer sepultada en una tumba de Vermont.› Ya están todos los elementos necesarios para cerrar el cuento: ya sabemos que su objetivo es recuperar a su hija como la única manera de rehacer su vida, de vivir una vida que valga la pena. Y también que tendrá que convencer a su cuñada para lograr su propósito, siendo ese el elemento dramático de la historia.

La segunda parte es la descripción de la relación idílica padre–hija, de 9 años de edad. Es también evidencia de qué tan poco se conocen entre ellos. ‹¿Por qué no vivo contigo? —preguntó ella de súbito—. ¿Por qué mamá está muerta?› Honoria, su hija, es bien tratada pero desconoce lo que ha ocurrido con su padre y las causas de la muerte de su madre. Es decir, está en manos de una tía que la ha aislado de su pasado, lo que introduce un elemento de urgencia a su propósito. Charlie quiere remplazar el dinero, el podrido dinero con el que regala a su hija, por educación. Sueña con infundirle un carácter (al estilo de sus padres y abuelos) como un legado que acaso la protegerá de la decadencia que arrasó con su generación. Tal vez el autor nos está hablando de sus demonios y de su relación paternal.

Luego se produce el encuentro con su compañero de estudios Duncan Schaeffer, quien está acompañado de Lorraine (a quien en un pasado encontraba muy atractiva, ardiente y provocativa). El episodio le resulta desagradable e incómodo, y por eso se niega a darles la dirección de su hotel, lo que es clave en el desenlace. Por otra parte, sus antiguos amigos ven en él un hombre ‹más fuerte que ellos ahora, porque querían extraer de su fuerza algo para sostenerse.› A pesar de su repulsión, Charlie mantiene una cierta ambigüedad ya que accede a tomarse un trago con ellos.

La tercera parte es el tira y afloja por la custodia de la niña entre Charlie y Marion. La lucha del prejuicio de Marion contra el encanto y la paciencia de Charlie, quien —quebrado y enfermo— tuvo que conceder la custodia de su hija. Con el apoyo de Lincoln, el marido de Marion, logrará vencer.

Nuevamente en su hotel recuerda a ‹Helen, a quien había amado tanto hasta que insensatamente comenzaron a abusar del amor que se tenían, a hacerlo pedazos.› Un reflejo de la vida del autor. Luego, en sueños, Helen bendice su propósito y le dice “cosas muy cordiales”.

En la cuarta parte todo está preparado para que se desate el drama. Schaeffer y Lorraine, borrachos, se presentan en casa de su cuñada, ya que han obtenido la dirección en el bar del Ritz (porque Charlie no les quiso dar la dirección del hotel). Luego de armar una escena y de retirarse casi a empujones, Lincoln señala: ‹Marion no está bien y no resiste los choques. Ese tipo de gente la pone enferma.› Charlie ha perdido a Lincoln, su aliado, y ya prevé su derrota.

La quinta parte constituye el cierre. Charlie llama desde el bar del Ritz y Lincoln le confirma (de modo poco amigable) lo peor: ‹temo que lo tendremos que dejar de lado por seis meses.› El cuento, no obstante, cierra con un toque optimista: rechaza un segundo trago y renueva el propósito de volver, porque ‹tenía la certeza absoluta de que Helen no hubiera querido que estuviera tan solo.› Es tal vez el deseo del mismo autor de dejar atrás ese pasado del que no logra desprenderse, al igual que su personaje de ficción. Para Fitzgerald, al igual que su personaje, un año es una eternidad y 35 años de edad marca el ocaso de la vida.

En esta historia Fitzgerald nos dice que la resaca de la era del jazz es opaca y está cargada de dolor; describe su residuo (incluyendo a Josephine Baker) como carente de fuerza y de magnetismo. Su personaje, no obstante, muestra cierta ambivalencia: “Sin embargo fue bueno mientras duró. Eramos una especie de realeza, casi infalibles, rodeados de una suerte de magia.” Sus lectores nos inclinamos por la nostalgia.

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