A 150 años de los hechos: “Las actas del juicio”, cuento de Ricardo Piglia.


urquiza

Ricardo Piglia, escritor argentino nacido en 1941, dirigió la Serie Negra de cuentos policiales, uno de sus géneros preferidos. Profesor en Princeton y Harvard, luego de vivir 15 años en EEUU volvió a su país en 2011. Comenzó a publicar muy joven, alcanzando reconocimiento internacional en 1980 con Respiración Artificial, su primera novela. Ha escrito guiones de cine e incursionado en televisión. Es crítico literario y ensayista. A la fecha ha publicado seis volúmenes de cuentos, correspondiendo “Las actas del juicio” al volumen La Invasión, publicado en 1967. Su obra ha sido premiada en numerosos certámenes internacionales y ha sido traducida a diversos idiomas.

“Las actas del juicio” es un cuento basado en hechos históricos. Es ficción porque el juicio al que se refiere nunca tuvo lugar, y porque (aunque es fiel a los hechos) se aleja de la historia para incursionar en algunos interrogantes no resueltos, terreno donde el autor se mueve con soltura. Es ficción —y esto es determinante— porque el cuento se sustenta sin el concurso de la historia.

El relato es un acta literal levantada por un secretario, y responde a un interrogatorio que lleva el Juez de la causa. Piglia utiliza así un recurso que nos acerca a una “verdad judicial” (a la que tan aficionados nos hemos vuelto). El lenguaje es necesariamente coloquial porque responde a su naturaleza declarativa. El acusado (Robustiano Vega) es una ficción de Robustiano Vera, quien fue uno de los cincuenta atacantes que terminaron con la vida del prócer General Justo José de Urquiza (1801 – 1870). Pero Vera (entrerriano según registra la historia) no fue quien en realidad terminó con la vida del General, y así estamos de vuelta en la ficción.

A partir de la historia contada, escrita y finalmente cristalizada, este cuento nos entrega un punto de vista al margen de ésta, es decir: Vega (el imputado) es un soldado, no un político ni un oficial, y por tanto no puede aportar nuevos datos a la historia grande, pero puede —de la mano de Piglia— completar la memoria relatando sus subjetivas pero válidas vivencias.

Los países son (hasta cierto grado) cárceles ideológicas, donde el relato y la memoria colectiva toman cierto color, definiendo a sus héroes y villanos. Especialmente en Argentina, tan propensa a exaltar a sus próceres y a olvidar sus debilidades. “Rellenamos los valles de la memoria con las cumbres de la imaginación” (C.S. Morgan): El proceso de Piglia imagina motivaciones probables para dar un sustento al conocido desenlace de esta historia: la muerte del héroe a manos de su íntimo. Bruto asesinando a Julio César, esta vez en la intimidad de su hogar que es a la vez sede de gobierno.

Este cuento, ¿podría contribuir, eventualmente, a “refabricar” la memoria de un pueblo, redondeando la interpretación de ciertos hechos? Si y no, ya que los vacíos no se cerraron porque el imputado y narrador no pretende conocer la motivación de su ídolo, el General Urquiza. El relato nos insinúa que difícilmente un proceso judicial habría aportado luz al dilema mayor que se plantea, pero comienza por decirnos que “ya estaba muerto desde antes.”  Piglia retrata a un hombre acabado, hundido en su confusión, lo que tal vez abre una nueva interpretación a la historia.

El General Urquiza participó exitosamente de varias campañas militares. Fue un hombre que partió de la nada y que terminó siendo uno de los más acaudalados políticos que haya conocido la Argentina; en su provincia, Entre Ríos, fue el líder imbatible hasta caer en desgracia por sus propias contradicciones. Gobernador de un estado clave fronterizo con Uruguay donde jugó un rol determinante en la Guerra Grande (1845), la guerra civil que duró 12 años. Ubicado al norte de Buenos Aires, la provincia rebelde que más tardó en unirse a la federación, y que explica la enemistad de varios decenios con los entrerrianos.  Fronteriza en esos tiempos con Paraguay, país con el que Argentina sostuvo una guerra en alianza con Brasil.

En 1861 Urquiza se retiró en forma hasta hoy inexplicable de la batalla de Pavón, dándole a Mitre una victoria de la que éste no se percató hasta pasados varios días. Batalla clave para explicar el predominio relativo de la provincia de Buenos Aires en el sistema de gobierno federal que finalmente cuajó en la Argentina. Mitre estableció una oscura alianza con Urquiza, que (aunque le reportó inmensos beneficios económicos) terminó por hundirlo políticamente en su propia provincia. Hasta aquí el contexto histórico.

El juez hace preguntas, pero éstas no se consignan en el relato. El secretario de Actas registra solamente las respuestas, obligando al lector a imaginar la labor del juez, invitándolo así a indagar también en la historia. En los primeros dos párrafos queda establecido que el acusado es culpable del asesinato del General a quien venera y respeta. Ya tenemos el nervio de la historia: ¿Por qué alguien mataría a quien es su ídolo y líder indiscutido? De eso trata este cuento.

Luego de relatar las campañas del General y su gente (“en ese entonces pelear era casi una fiesta” “porque siempre hizo lo que era debido y daba gusto pelear por él, que era como nosotros”), dice lacónicamente: fue así hasta “antes que lo cambiaran”. ¿Quién lo cambió? “De esas cosas les quiero preguntar, a ustedes que son los Letrados, aunque se hayan juntado aquí para que sea yo el que hable.” “Alguna cosa anduvo pasando que no sabemos, algo que viene de lejos y que fue lo que modificó al General. Y de eso parece que no hay quien conozca. Ni entre ustedes.” El autor tampoco pretende resolver el enigma.

Vega es testigo de los hechos, pero no de las motivaciones: “Ninguno de nosotros sabe de dónde le nacían las ganas de hacer esas cosas que no podían gustarle ni a él.” Acumular tierras arrebatándolas a las viudas; declarar la guerra a un pueblo amigo. Humillar y matar a los desertores de una guerra no querida. Todas señales de alarma, pero la definitiva fue “lo de Pavón, que fue como si quisiera humillarnos”.

No fue, nos dice Piglia, el abuso de poder y la acumulación de riquezas lo que llevó a Urquiza al quiebre con su gente, sino su inexplicable sumisión ante el porteño. Esta es la luz que aporta Piglia a la historia: El fin del General es anterior al asesinato. En Bajos de Toledo (escenario de la desbandada general de su ejército, que no quiso marchar contra Paraguay) Urquiza perdió su autoridad: “era como si cada vez el General gritara más bajo y más bajo y más bajo, hasta apagarse,” y eso fue como una muerte.

El asesinato entonces es reinterpretado como un acto de misericordia: “daba lástima verlo, tan apagado”. “Se andaba solo y callado y daba una especie de indignación.” En la hora fatal “nos recibió igual que si nos esperara y no se defendió. No hacía más que mirarnos con esos ojos amarillos, como si nos estuviera aprendiendo el alma.” A diferencia de Julio César, Urquiza no se sorprende: “No llore, m’hija, que no hay razón.”

Piglia devela el drama íntimo del General, que acaso perdió su alma a cambio de ganar fortunas en su alianza con Mitre. Cambiando así el curso de la historia de la Argentina.

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