Regreso a Filadelfia


filadelfia

Las mejores historias dependen de la casualidad.

Habrá personas que insistirán en que eso no existe, y que por algo se encadenan de cierta manera. Cada uno podrá juzgar y sacar sus conclusiones de este caso que considero irrepetible. Mirando atrás, no hace mucho pude hilar estos retazos que parecían hechos aislados y que se distancian veinte años uno de otro. Tomados en conjunto son, en mi opinión, una prueba viviente del espíritu de su protagonista. ¿Cómo llevo cuenta del tiempo transcurrido? Porque en 1993 Tom Hanks se ganó el Oscar cuando protagonizó “Streets of Philadelphia” (¿recuerdan el argumento?), por eso puedo saberlo.

Los nombres y las empresas, datos jugosos en cualquier chisme de esos que corrieron como pólvora ardiendo y que llenaron muchas crónicas, no tienen —para nuestros efectos— demasiada importancia. Saltaron del diario especializado, ese que solo leen los ejecutivos, a la revista de negocios donde brillan y a veces mueren las estrellas entre sus pares. Unos pocos terminaron enlodados en el periódico vespertino de circulación masiva, el que los automovilistas compran al vendedor callejero en el clásico atasco, de vuelta a sus casas y antes de enfilar la autopista de pago que los llevará a sus barrios residenciales.

Tras haber participado en tantos peritajes e informes confidenciales, luego de dar respuesta a los oficios del fiscal especializado en delitos económicos de alta complejidad (¿hay de otro tipo?), espero convencerlos cuando afirmo que, aunque los detalles del caso lo hacen parecer sumamente peculiar, al final todos se reducen a uno solo. Algunas personas, por más que tengan, quieren tener todavía más. Eso no tiene nada de especial, me refiero a los que quieren más a como dé lugar. Tal vez la ansiedad ha aumentado porque el club de los súper-ricos crece cada día menos, y la oportunidad para entrar en el mismo se está cerrando.

Ojalá nadie piense que estoy haciendo una regla general donde no se salva nadie, porque yo en su lugar también dejaría de leer lo que sigue.

Para alguien que está consumido por ese afán de enriquecerse y figurar, el resto podemos volvernos peones anónimos, simples fusibles que saltan en cuanto el circuito se recarga. Partes de un engranaje necesario para lograr un objetivo, por lo general por medios legales, pero ensamblados de tal manera que difícilmente podemos justificar su propósito. El arte consumado y necesario (nuevamente un factor común a este tipo de personajes) es que —en la eventualidad de que las cosas queden al descubierto— las responsabilidades mueran abajo, recayendo en las personas que pusieron su firma y exponiéndolas así al escrutinio público. Esos son los protagonistas de esta historia.

Los lectores interesados en un detalle del contexto histórico y económico, pueden consultar la nota # I.[i]

Lo que sigue es una confidencia donde lo esencial es completamente cierto, y todo el resto una necesaria fantasía. De modo que me perdonarán si me abstengo de entregar detalles circunstanciales que expondrían a los protagonistas. Si alguien se sintiera aludido sería prueba suficiente de que el caso particular revela un fenómeno de relativa extensión. Por lo demás, una vida en una industria donde la confidencia es esencial terminó por forjar mi carácter.

Algunos de los personajes que recorren estas líneas ya son leyenda; hay otros que siguen laborando y mantienen un perfil que (luego de naturales altibajos) les ha permitido consolidar una posición. Creo que muchos de los aludidos aprendieron la lección moderando sus expectativas, otros supieron hacer la suma y hace tiempo se retiraron de la primera línea. Me quedo con los que tuvieron que seguir hasta el final de la carrera y —siendo instrumentos— salvaron su dignidad sin ceder a las presiones. Es a esos a los que quiero honrar.

En definitiva, si relato la historia es porque Jorge es el único de su grupo de amigos que llegó al final de la carrera invicto, capitalizando además todo lo aprendido en el camino y sin un tropiezo que supusiera enfrentar la justicia.

También (lo quiero reconocer abiertamente) es una venganza cargada de suave ironía contra mi buen amigo Max, quien hace años dejó la auditoría para encabezar nuestra división de “gestión de personas y Executive Search”.  (Tuve que revisar la WEB para asegurarme del título que se lleva en esta temporada, porque antes era “recursos humanos” a secas). Espero demostrar que todos sus parámetros de idoneidad no sirvieron gran cosa, aunque por supuesto ustedes podrán opinar lo que les parezca.

Sería el año 87 cuando tres universitarios, todos amigos e ingenieros recién egresados de la Universidad de Chile, comenzaban a buscar su primer trabajo. En ese entonces no era necesario un posgrado para aspirar a los mejores cargos; los contactos y la universidad eran suficiente carta de presentación. Los grupos económicos, por otra parte, representaban una excelente escuela de negocios. Siendo pocos, en general estaban bastante diversificados y uno podía pasar por diversas industrias, siempre en cargos de confianza. Haciendo las cosas bien, a la larga podían aspirar a sentarse en algún directorio. Además, en un país creciendo vigorosamente los cargos de responsabilidad eran ocupados por personas comparativamente jóvenes, y eso era una gran oportunidad.

Baste decir que de los tres nos interesa la historia de Jorge Ami (un nombre ficticio).  Aun éramos estudiantes en la universidad, cuando una mañana se me acercó un sobrino de los controladores de uno de los grupos económicos a los que me refería antes. Tenía como encargo recomendar, dentro de una terna preseleccionada, a una persona para la empresa estrella del grupo, en ese entonces una entidad financiera que a poco andar solicitó la licencia bancaria. El cargo requería eventualmente un alto perfil público, además de las habilidades financieras, de gestión y liderazgo, porque el candidato debía tener “madera de gerente general”. Sin servicios de head-hunting, sin entrar en la parafernalia de la selección de personal; así es como se dio la cosa. Sospecho que hoy en día es poco habitual contratar a alguien para formarlo y llevarlo a la cúspide.

De la terna Jorge era el menos brillante, con un buen historial académico pero nada excepcional. De modo que lo recomendé. Cuando mi amigo me preguntó por qué, le respondí que era el único que se dejaría formar y perseveraría hasta llegar a la cumbre, como ellos esperaban. Mi predicción resultó cierta y (¿habré inclinado la balanza?) tomaron mi recomendación. Hasta hoy —que yo sepa— Jorge no tiene idea del rol que me tocó jugar ese día. Lo que yo no sabía es que igualmente les abrieron las puertas a los otros dos, pero no en la misma empresa.

Lo más difícil de relatar viene ahora. Partiré por lo más contundente: eventualmente los tres amigos quisieron desvincularse del grupo renunciando a su cargo y antigüedad, pero para todos ya era demasiado tarde. Solo Jorge es el protagonista de esta historia, de modo que no estamos dejando nada esencial en el tintero si abreviamos los motivos que los llevaron a sentirse atrapados y buscar una salida.

Si a usted le aburren los negocios o no entiende los aspectos técnicos, con toda tranquilidad puede saltarse la nota correspondiente. Los interesados, por otra parte, pueden apreciar un ejemplo del autor en la nota II.[ii] El lector especializado puede imaginar otras alternativas más ingeniosas o plausibles.

No sé cómo terminaría esta parte de la historia, pero Enrique (uno de los amigos de Jorge) firmó los estados financieros. ¿Se dio cuenta del tinglado? No puedo saberlo. Pero Jorge me contó que su antecesor, unos cuatro años antes, se negó a autorizar cierta factura (por servicios no prestados) y se vio forzado a “renunciar”. Al poco tiempo fue demandado por otra empresa del grupo donde ejercía como director, y de acuerdo a la ley debió responder con su patrimonio por “graves faltas a sus deberes” (ver nota III)[iii]. Imagino que ante la duda, la idea de renunciar se postergaba a la espera de que no pasara nada. (Siempre es así, por años no pasa nada).

Quedémonos con la última parte. Una vez que un ejecutivo se negaba a poner su firma en alguna operación, inmediatamente era obligado a renunciar. Luego venía la andanada y sabían por dónde pegarle. Nadie salía ileso. En mi labor estoy obligado a leer y desmenuzar cada caso y me consta que Jorge estaba en lo correcto al señalar un patrón. Nosotros los auditores aprendemos a partir del estudio de los casos, y luego incorporamos nuevas prácticas destinadas a detectar fraudes o irregularidades. Vivimos de eso y (por desgracia) siempre estamos aprendiendo.

De los tres amigos dos lo pasaron mal. Uno de ellos sigue en el bache, los otros hace tiempo dieron vuelta la página. El tiempo finalmente jugó a favor de ellos, porque la mala fama del controlador terminó cambiando la perspectiva de quienes podían darles una nueva responsabilidad. Haber pasado —por cortesía de la casa— algunas semanas en Capuchinos (la cárcel para ejecutivos que ardió el 11 de septiembre de 2005), terminó siendo una especie de certificado de honorabilidad en este medio. (El lector interesado puede consultar más detalles de esta curiosa prisión en nota IV).[iv]

Es lógico que me preocupara de mi amigo Jorge, que mantuviera un ojo sobre su trayectoria. A todos los que lo conocemos nos sorprendió constatar su creciente protagonismo. A una edad completamente inusual en el medio financiero acumuló notas de prensa, portadas de revistas y varios discursos en las cenas anuales de la industria,. Pero en marzo de 1994, cuando parecía una figura imbatible, desapareció de la escena. Un breve en la sección económica titulaba: “Ami renuncia por motivos personales.” (Lamentablemente extravié el recorte de prensa).

Su renuncia activó mi atención. Para ese entonces nuestra amistad se había enfriado, pero sabía que el verdadero motivo tenía que ser otro. De modo que esperé atentamente la andanada, la venganza que sin duda recaería sobre él a corto plazo. Mi intención era visitarlo y apoyarlo desde la sombra de Capuchinos. Pero a fines del 94 todavía no había pasado nada. Lo único que supe es que había iniciado una aventura en cultivos alternativos en el sur de Chile. Berries se llamaban. Siempre me había parecido algo excéntrico, pero no tanto.

Pocos meses después me encontraba cerrando una auditoría a la nueva empresa de Enrique, el primero de los tres en renunciar y gozar de la hotelería y la piscina temperada de Capuchinos. Lo invité a tomar un café y le pedí que me contara la verdadera historia que se ocultaba detrás de la renuncia de Jorge. Nos conocíamos. Lo había visitado en la cárcel. Confiaba en mí.

Su salvoconducto fue el SIDA, me respondió.

En ese entonces no había cura. No estaba claro cómo evitar el contagio y era un estigma que encajonaba al paciente como homosexual. Jorge tenía una enfermedad contagiosa y terminal y su mujer lo había abandonado. Quedé muy impresionado ya que no me calzaba; tampoco entendía muy bien qué pasaba cuando alguien adquiría esta nueva lepra contemporánea.

El “Patriarca” (según me contó) le había dado una salida discreta, sin indemnización y sin ruido.

—Dicen que cuando le pidió la entrevista ya estaba muy delgado y con el rostro demacrado. Lo dejó con la mano extendida en el aire. Cuando le comentó que tenía problemas personales, respondió que todos los tenemos, que no era necesario comentarlos. Jorge le pidió entonces atender los motivos humanitarios por los que solicitaba la renuncia. Pero no fue necesaria tanta explicación ya que todo estaba preparado. Refugiado detrás de su escritorio imponente, le deseó suerte y le indicó la puerta con la mano. Afuera lo esperaba el finiquito para ese mismo viernes.

—¿Estás seguro? Porque está cultivando berries, eso dice la prensa. Iniciar una empresa cuando sabes que te queda poco tiempo de vida no parece una buena idea, y menos lejos de la familia.

—Aun mantengo mis contactos y esto fue vox populi en el Banco. Créeme que en caso contrario le hubiese salido muy caro el desaire, mucho más que a mí.

No era necesario agregar que el secreto quedaría entre nosotros. Me propuse mantener un ojo en el obituario a pesar de que alguien como Jorge, aunque muriera en el sur, no pasaría desapercibido.

Años después un colega, auditor como yo, me contó otra versión de la historia que me hizo pensar. Una especie de leyenda urbana de la que no se conocía el protagonista. Por algún motivo decidí buscar a Jorge en Linked In, en Facebook y en la asociación de ex alumnos de la universidad. Nada. Se había sumergido; no existía en las redes. La empresa de berries se había vendido.

Hasta aquí mi curiosidad profesional.

Decía al inicio que no es fácil mantener la fortuna y enseñar a las nuevas generaciones a convivir con su riqueza. Siempre que hago estas afirmaciones es por algo específico (una deformación profesional que nos lleva de lo particular al caso general).

La tercera generación de un buen cliente de nuestra empresa presentaba características peculiares. Los dos nietos del fundador, desde muy jóvenes, se habían aficionado a los autos deportivos de serie limitada, al champagne y la buena vida. Eran portada de revistas, salían con mujeres inalcanzables y se mezclaban con la farándula internacional. Participaban en un club de fútbol como directores, lo que tampoco ayudaba a mantener un perfil bajo. Pero debían prepararse para asumir un rol en la empresa, y su abuelo nos pidió ubicar a alguien que pudiera cuidarles las espaldas. Más que un director, pensó en alguien que pudiera manejar las llaves del reino, con suficiente poder para autorizar o vetar ciertas transacciones. En resumidas cuentas para evitar que cometieran un error de proporciones.

En nuestra empresa prepararon lo que denominan un “perfil del candidato”, algo habitual en este tipo de búsquedas. El lector interesado puede consultar el detalle en nota V (lamentablemente es una reconstrucción aproximada. No quise tener acceso al documento original porque necesitaba mantener cierta independencia).[v]

Por otra parte, conocedores de los hábitos sociales de sus muchachos, también se hacía necesario construirles una historia que pudiera compensar algún desliz. En consecuencia impulsar y dirigir una fundación de ayuda social, donde ellos pudieran lucirse y atraer a los medios por otros motivos, completaba los requisitos centrales del cargo. Por último, con objeto de encajar a este consejero dentro de la estructura, se requería que mantuviera un perfil muy bajo, que no hiciera sombra a nadie. (Esto último puede parecer un detalle sin importancia, pero ¿cómo se avanza en la vida si el mercado no sabe lo que se ha logrado?)

Era una idea brillante del controlador, pero una persona muy difícil de encontrar. Una mezcla de Steve Jobs y budista camino al Nirvana. Mi amigo Max, con su equipo de psicólogos y su sistema de evaluación por competencias, no logró pasar el filtro del viejo. Lo supe porque éste me confidenció su frustración con los cuatro candidatos perfectos que le presentó nuestra empresa, y que fueron rechazados luego de una conversación introductoria. Le pedí que me diera la oportunidad de ayudarlo en forma reservada, y fue ahí cuando decidí buscar a Jorge.

Pedí auditar una empresa salmonera al sur de Puerto Montt. Arrendé un auto y me dispuse a dar con Jorge sin ninguna certeza de encontrarlo. Mi hotel en Puerto Varas contaba con un buen bar y restaurant. La primera noche de mi estadía, tomándose una cerveza sentado en la barra, para mi completa sorpresa ahí estaba él. ¡Una casualidad increíble! No estaba seguro de si se acordaría de mí porque (a diferencia de él, que presentaba un aspecto muy saludable) el sedentarismo y la buena mesa me habían pasado la cuenta. Pero no tuvo problemas para reconocerme. Esa noche comimos juntos. Invitaba mi empresa.

—¿Cómo te las arreglaste para dejar la gerencia del Banco sin problemas?

—Mira, a mí me respetaron, tal vez porque sabía muchas cosas. No deberías mezclar la mayonesa con esa longaniza si quieres bajar de peso…

—Siempre he tenido problemas para adelgazar. ¿Conoces a alguien que haya bajado de peso en poco tiempo a fuerza de voluntad?

Se sonrió. Me dijo que me lo contaría pero sin darme nombres. “Sabes que algunos terminaron en Capuchinos, pero hay uno que fue más vivo. Me dijo que la idea se le ocurrió luego de ver la película esa de Hanks, Filadelfia se llama, la del tipo con Sida que despiden de su trabajo. Bueno, él fue a ver a un experto en la dieta de Atkins, el doctor que descubrió cómo evitar los carbohidratos y que te llena de grasas y bajas como loco. Porque la idea era bajar sin dejar de comer para no llamar la atención.”

—Pero, ¿trabajaba contigo? ¿son amigos? ¿podría hablar con él para que me explique cómo se baja de peso?

—Lo conozco bastante bien y te aseguro que no querrá hablar contigo. Desapareció del  mapa después de eso. Lo dejó su mujer porque ella no se resignó a perder los viajes y las invitaciones a cuanto evento importante había en Santiago. Tal vez los rumores fueron tan intensos que terminaron poniéndola nerviosa, quien sabe. Pero me estoy adelantando. Cuando una secretaria de gerencia le observó que lo notaba cada día más delgado, él le contestó que no sabía el motivo. Unos días más tarde dejó caer un folleto del bolsillo de su abrigo. Era la publicidad de uno de esos bares para gays. Lo dejó caer antes de entrar al ascensor, cuando vio a esta mujer que venía caminando en su dirección. Eso fue suficiente. El resto lo logró con un poco de maquillaje, porque hasta de eso se preocupó. Algunas manchas en la cara, tal como vio en la película. Se compró camisas con dos tallas más de cuello para acentuar el efecto.

Esperó dos semanas y pidió una entrevista con el Patriarca por medio de la misma secretaria. Este no quiso darle la mano y se mantuvo tenso detrás del escritorio. Lo que más le costó a nuestro Hanks fue mantener un tono de derrota y humillación. En un arranque de maldad, cuando el Patriarca señaló generosamente que podía dejar la empresa, agradecido se levantó para abrazarlo. El otro retrocedió aterrado y solo entonces Hanks dio media vuelta y (conteniendo la carcajada) lo dejó para siempre. Me contó que eso fue por lejos lo mejor de la entrevista, y que se sigue riendo cuando se acuerda.

Imagínate, renunció a su indemnización pero quedó libre ese mismo viernes. Libre para siempre.

—Necesito conocer a este personaje, Jorge. Es la primera vez que escucho algo así y lo encuentro genial.

—No es algo de lo que él quiera hablar, pero puedo darte clase sobre Atkins, porque a mí me evangelizó en la materia…

(Invito al lector interesado en aprender más sobre esta famosa dieta, porque a mí me ha dado un resultado extraordinario. Ver nota VI).[vi]

Confirmado. Jorge el experto en dietas estaba comiendo conmigo. Perfectamente sano, se había vuelto a casar y llevaba una vida de bajo perfil. Le pregunté si disfrutó de sus años de súper estrella empresarial, de los flashes y del poder que da hablar con un periodista y ver moverse el mercado. Me dijo que era parte del papel que le tocó. “Entonces, dime, ¿cómo han sido estos años en el sur, donde nadie te conoce?”

—Es que lo de acá también me encanta. El tiempo libre, la falta de congestión, la oportunidad que he tenido de compartir con mis hijos y mis socios, con quienes constituí una sociedad en Panamá, y eso ha sido suficiente.

—¿Hay algo que eches de menos? ¿Los directorios, los negocios complejos, no sé, ese mundo que dejaste atrás?

Sus ojos brillaron.

Preferí no llamar a Max porque sabía que si evaluaban a Jorge probablemente no pasaría sus filtros. Un tipo excéntrico, sin continuidad en grandes empresas, a estas alturas casi desconocido. De modo que lo contactó directamente la asistente de mi cliente.

Hace poco tomé un café con Jorge, porque a mí siempre me recibe. Ya son muchos años trabajando para la familia. Ocupa una oficina pequeña en el centro de Santiago, y que es parte de la división de crédito a personas de la empresa. No tiene tarjeta de visita, no ocupa mail corporativo. Atiende a muy pocas personas. Su secretaria es compartida con el gerente de la división. Reporta al directorio como “oficial de cumplimiento normativo”, algo así como un consejero que colabora  revisando y adecuando la relación con todos los reguladores de la industria. Sigue sin figurar en las redes sociales. Pasa al menos diez días al mes en el sur. Está especialmente orgulloso con la fundación para el alzhéimer, encabezada por su amigo el nieto vividor. Según me dijo (me contó muy poco acerca del proceso) en una entrevista de menos de una hora llegó a un acuerdo con el viejo. La única condición que puso fue “nunca firmar”. Y su infidencia, si la podemos llamar así, fue cuando me dijo que a veces le cuesta un poco sujetar a las bestias, como le gusta llamarlos cariñosamente. Creo que ha llegado a ser un amigo de la familia.

Nuestra empresa también salió ganando. Desde que Jorge está en el equipo nuestras observaciones en el informe de auditoría se han reducido a un mínimo.

No me animé a decirle que cuando conversamos en Puerto Varas ya lo tenía en mi radar para un encargo específico. El prefirió velarme su historial como actor aficionado, porque —¿cómo saber lo que pensó?— tal vez en un futuro necesitaría regresar a Filadelfia.


Notas complementarias:

[i] Contexto histórico.

Hay personas que saben percibir la oportunidad para dar el salto definitivo y alcanzar el podio. Me refiero a ese estado donde por tres o cuatro generaciones la preocupación es aprender a administrar el patrimonio y convivir con la riqueza. Algo que no resulta nada fácil, como he podido apreciar en más de una ocasión. Por otra parte, es evidente que un país donde se consolidaron todas las libertades económicas en tiempo récord y con escasas regulaciones y contrapesos, a finales de los 80 se presentó una oportunidad que no se había dado desde antes de la década del 20, la de los años locos y el crash del 29. Así, en los últimos treinta años ingresaron a este club más familias que en las siete décadas previas.

Algunos líderes presionaron a sus ejecutivos para tomar riesgos y asumir responsabilidades legales que tuvieron consecuencias insospechadas. Eso tuvo un costo personal, algo que en términos militares se podría denominar daño colateral, y que afectó con mayor o menor intensidad a un reducido núcleo de profesionales. Aunque las responsabilidades siempre son personales, para ejercer el juicio ético se deben prever las consecuencias y alcances de los actos. En descargo de los afectados puedo afirmar, con cierto conocimiento de causa, que en ocasiones se es parte de un engranaje cuyo alcance nos excede.

Una advertencia final: su historia no es algo de lo que deban avergonzarse sus protagonistas. Porque (a esos casos me refiero) lo que en mis primeros años de carrera eran prácticas relativamente habituales, luego se tornaron delito. Esto es especialmente cierto para mucho de lo que ahora se llama “gobierno corporativo” y “protección del accionista minoritario”; también para tantas operaciones que afectan la libre competencia y la operación de los mercados financieros. Por algo las regulaciones crecen; en esto nuestro país no tiene nada de particular.

[ii] Modus operandi. (Un ejemplo ficticio y una analogía para ilustrar los dilemas que enfrentaron los tres amigos).

“Por años facturaron a la empresa minera millones en servicios de leasing, a precios estratosféricos. A él le resultaba indiferente, porque a su vez recibía una factura equivalente de la sociedad de transportes (de renta presunta), neutralizando la operación. Lo que no supo es que la minera rutinariamente solicitaba la devolución del IVA sobre esta operación ficticia. Me explicaré un poco mejor. La empresa de transportes gozaba de una franquicia, es decir no pagaba impuesto por esta facturación. La de leasing quedaba indiferente porque igualaba compras y ventas. Y la minera recuperaba un IVA a los quince días de solicitarlo, rebajando además su impuesto a la renta.”

[iii] Ley de sociedades anónimas.

Art. 41. Los directores deberán emplear en el ejercicio de sus funciones el cuidado y diligencia que los hombres emplean ordinariamente en sus propios negocios y responderán solidariamente de los perjuicios causados a la sociedad y a los accionistas por sus actuaciones dolosas o culpables.

Art. 42. Los directores no podrán:

2) Impedir u obstaculizar las investigaciones destinadas a establecer su propia responsabilidad o la de los gerentes, administradores o ejecutivos principales en la gestión de la empresa.

[iv] Anexo cárcel Capuchinos.

El incendio que consumió el anexo cárcel Capuchinos el 11 de septiembre de  2005 puso fin a los privilegios, como piscina y salón de pool, que tenían los procesados por delitos de  “cuello y corbata” (como estafas financieras o casos de corrupción política). ¡Por algo se hablaba de la “escuela de negocios Capuchinos!

A partir de esa fecha tan significativa en nuestra historia, según señalan en Gendarmería, nadie puede pagar para elegir el recinto penitenciario al cual ser derivado.

[v] Perfil del candidato.

Entre otras cosas se exigía saber de normativa de lavado de activos, precios de transferencia, uso de información privilegiada; también de evaluación de riesgo financiero y de gestión de negocios. Un consejero que pudiera alertarlos, anticiparse a la normativa y las tendencias de los entes regulatorios y del mercado. Con experiencia en dinámica de directorios. Un experto en sistemas de información que, en forma autónoma, pudiese mantener el pulso de las principales variables del negocio.

[vi] Dieta del Doctor Atkins

http://es.atkins.com/la-nueva-dieta-atkins/

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