A cuatro manos


Place Dalida

I

Pasar por la vida como un don nadie, te lo confieso, me produce un terror vertiginoso.

Ser un don nadie o no ser.

No es puro parafraseo barato de literato de segunda lo que intento expresar, porque mi dilema carece de la polaridad del original. Es más bien dos formas equivalentes de expresar la nada, el not to be que desata la angustia vital de quien se asoma al precipicio, y siente el horror de la caída sin fin y sin asidero posible.

¿Pero qué estoy diciendo, a esta hora de la noche, en tu amable y generosa casa? Tú me has dado razones para sentirme muy lejos del abismo, porque ahora tenemos un propósito común. Me explicaré un poco mejor.

No estoy insinuando que debamos dar la bienvenida a esos fisgones que se meten donde no les importa; con aquello de ser un don nadie me refiero más bien a no lograr el reconocimiento que merece nuestra obra. Yo dejé atrás esa angustia vital porque ya tengo una base sobre la que pararme y sobresalir, y no dudé un momento (cuando hablamos hace semanas) en subirte a mi modesta tarima. No hay nada que no podamos lograr unidos.

Para qué negarte que la entrevista fue una experiencia interesante y motivadora. Cuando ellos señalaron mi obra dentro de esa multitud anónima que concursó, fue la revista la que salió ganando. Está mal que lo diga, pero a la distancia no tengo otra forma de explicarme —porque aunque mi vida no es llamativa, soy capaz de capturar colores y la esencia de las cosas.

La visión de un autor es única, muy distinta a la de un periodista que se limita a la crónica y los chismes de futbolistas. (Como si los hechos pudieran decir algo importante). Un verdadero artista es capaz de desnudar el alma de su época, que es mucho más que hacer notas. Todos escriben para sus contemporáneos, pero los verdaderamente excepcionales saben que lo están haciendo para la posteridad, y a mí me gustaría contarme dentro de ese grupo selecto. Los verdaderos artistas supieron, mucho antes de concluir su obra, que su gran público estaba por nacer. Así el Quijote, quien en su viaje de retorno a casa comenta a Sancho que la venta en la que se hospedan cantará su fama; o el Dante, que sin duda miraba más allá de su tiempo cuando emprendió su viaje acompañado nada menos que de Virgilio, el gran poeta de la antigüedad que lo contó entre sus pares. Hay otros, como Pollock, que se toparon con una expresión artística genial nacida de su intuición, y en un giro inesperado se vieron catapultados a la fama y el renombre. Tal vez por eso no supieron manejar la presión de ser una leyenda en vida; ya ves, tantos y tantos que terminaron demasiado temprano en el cementerio. Como Jim Morrisson, enterrado acá en el Lachaise.

— Père-Lachaise, se dice Père-Lachaise.

Bueno, como sea. Yo creo pertenecer a este segundo tipo de artista, el tipo inconsciente que descubre la grandeza de su obra solo cuando vuelve sobre sus pasos y la aprecia, con ayuda de los críticos por supuesto. Porque en definitiva son los especialistas (y jamás las masas) quienes tocan con su varita mágica la obra del artista. Así es este mundo, ¿qué creías, que la literatura era distinta?

Quiero  decirte que entiendo perfectamente tu interés, y que de mi mano podrás saltar por encima del infierno de las editoriales y de sus analistas, que no son más que alquimistas de mercadeo. ¿Sabes cómo es el trato que se les da a los autores nóveles, en un medio donde por cada lector hay un crítico, y con frecuencia otro autor frustrado? La mejor manera de hacerte notar, de tener una mínima oportunidad, es haber publicado algo antes, y aún mejor, haber ganado alguna distinción y un comentario de alguien respetado. Recién ahí el camino se allana y comienzan a mirarte con algo de respeto. Eso es lo que yo quiero ofrecerte.

Dicen que cada escritor es un artista que desarrolla un estilo único e irrepetible, y por eso cuando alcanza su madurez se vuelve un fenómeno inimitable…

(Maurice tenía esa extraña manera de suspender su mano en el aire luego de concluir una idea, como si repentinamente agotara sus energías y no supiera por dónde seguir. Suspirando, alargó la mano para tomar la botella de la mesa y servirse otro dedo de whisky.  Se acomodó por enésima vez su boina de fieltro, y sin intención de abandonar lo que consideraba la única butaca decente en este departamento miserable, continuó con su plática.)

Reconozco que un diálogo de Sándor es algo imprevisible que difícilmente podríamos capturar de la realidad, por ejemplo de una escucha casual en una mesa de café. Pero lo que torna un relato en algo verdaderamente original y sorprendente es cuando un profesional (como yo) trabaja una obra en conjunto con un aprendiz, como tú. Este es mi secreto, el motivo por el que me decidí a aceptar tu invitación.

Te lo explicaré con un ejemplo. Vivimos en una época obsesionada con sus artistas. Desde que Alberto Durero (un sujeto por demás vanidoso) comenzó a firmar sus obras, ya no hubo vuelta atrás. En nuestros tiempos pensamos que si una obra no tiene autor conocido pasa a ser casi por definición algo desechable y amateur. Una obra de juventud de Picasso, pero sin firma, difícilmente es un Picasso, a ver si me entiendes: ¡no vale nada! Pero no siempre fue así. Todos los grandes maestros del renacimiento conformaron talleres llenos de aprendices que colaboraban, en forma habitual y sin hacer aspavientos de autoría. “No me importa la autografía, lo que importa es la poesía”, diría (si esta frase fuera suya) nuestro Nicanor Parra.

En lugar de llevar sus creaciones al mercado, los grandes maestros tomaban encargos de sus mecenas, y entonces tenían que cumplir con la fecha impuesta y con el tema. A nadie se le ocurría autentificar con una firma el producto terminado. ¿Tú crees que todo era cuestión de inspiración? Te equivocas, era más bien cuestión de presión y disciplina y aprendices en quienes delegar una orden. Y de proveedores golpeando a la puerta. ¿Cómo, si no, se podría explicar la escala y monumentalidad de la famosa Ronda de Noche de Rembrandt, terminada en tiempo record para satisfacer la vanidad de un club de borrachines, de barrigones oficiales en retiro? ¿O tantas obras de Cellini, hechas a contrarreloj, luego de fundirse el dinero anticipado en alguna farra nocturna?

Por ejemplo, un Zurbarán de renombre puede tener la mano de varios de sus discípulos, y no por eso deja de ser del maestro. Su gran crítica y curadora fue María Luisa Caturla, una mujer de carácter que no soportaba que la contradijeran en sus juicios terminales. Allá por los años 60 lo terminó de consagrar entre los grandes del siglo de oro. Pero a la vez, no dudó en atribuirle rasgos a algún discípulo (por ejemplo una mano o algunos pliegos) dentro de ciertas obras del maestro. Los juicios inescrutables de la Caturla en ocasiones sumían en la completa congoja a las casas de remate, como Sotheby’s. Y para qué decir a los propietarios de las obras de este artista, que repentinamente y cientos de años después de su muerte alcanzaba un pináculo bien merecido. Pero cuyas obras, en contados casos, no llegaban a hacer cumbre. ¿Crees que eso lo descalifica como un gran maestro? En absoluto, mi amigo, en absoluto. Le agrega un toque original e indescifrable a su obra.

¿Qué giros imprevisibles no habrá habido en la obra de Picasso, a partir de la observación de las máscaras anónimas procedentes de algún país africano? ¿Qué relatos no seremos capaces de componer, tú y yo, a partir de tu vida en este Montmatre, con toda su carga de dolor y de bohemia?

—Maurice, perdona que te interrumpa. Se nos hace tarde y mañana tengo que estar en la carnicería a las 7.30 porque llega el pedido. Tenemos que recibir las piezas, despostar y cortar y luego congelar y atender a las clientas. Me caigo de sueño; no puedo seguir conversando contigo por fascinante que me resulte. Duerme hasta la hora que quieras, pero por favor deja ordenada la cocina y la habitación, si no es molestia.

—No siempre me tendrás a mano, mi amigo. Haz como quieras, te dejo el estar para que puedas armar tu cama. La quietud de la noche en ocasiones es mi mejor inspiración.

Me siento agotado, de modo que me perdonarás si no colaboro demasiado con tu orden en estos días. Eso es secundario. Ya ordenarás cuando me haya ido… Si pudiéramos comenzar con una historia, ¡ah! entonces todo sería distinto, te lo aseguro. Nada me energiza tanto como una buena anécdota que encienda el relato, y como sabes nos quedan pocas semanas para completar mi encargo.

Es demasiado tarde y no tengo energías para discutir, pensó Javier. Ya veré cómo hago para que por lo menos colabore en las tareas de la casa.

II

Javier, no lo puedo creer. ¡Tienes al pedante ese instalado en tu departamento y a mí postergada quien sabe por cuánto tiempo! Antes de ayer me compadecí de ti y fui a mediodía a tu casa a hacer la limpieza. ¿Sabías que tu amigo se llama Mauricio Sánchez?

Se dejó el pasaporte sobre tu mesa de noche, por eso lo sé.

¡Ah, te lo había dicho! ¿Y te parece normal que se cambie el nombre y se vista como ese escritor famoso que al parecer es su ídolo, para empaparse de la bohemia parisina?

¿Cómo que no te habías dado cuenta? Era cosa de mirar la foto del escritor a orillas del Sena en la contratapa de esa novela que está leyendo. “La mujer justa” creo que se llama, fíjate cuando vuelvas esta noche. Sería bien difícil para mí encontrarle una mujer que se ajuste a este amigo tuyo y lo quiera refugiar en su casa, y de esto algo entiendo…

Sí, ya sé que su mujer lo dejó hace un año y se fue a vivir con su hermana, pobrecita. Eso me lo contaste antes de que se instalara en lo tuyo. No me extraña que ella lo haya puesto de patitas en la calle.

¿Cómo dices? Si claro, Maurice la víctima inocente se tuvo que venir a París, precisamente a tu casa. No es justo, mi amor. ¿No te importa que yo siga alojada en la pensión de la madame del demonio?

¡Y tú le crees cuando te dice que es por poco tiempo! Eres demasiado ingenuo. Ayer me tomé la mañana y lo encontré paseando por el barrio.

¿Qué te importa lo que haga en mi tiempo libre? En este país puedo caminar por donde quiera sin pedirle permiso a tu Maurice. No me mires así, Javier, ¡lo hago por ti! Cualquiera diría que me interesa ese viejo.

No digas tonterías, te aseguro que sería feliz si supiera que en sus caminatas sin destino alguna mujer se interesó por él .

Y tú le creíste. ¿De verdad piensas que paseando por ahí encontrará la inspiración para su obra?

Sí, lo sé mejor que tú, vivo aquí. Montmatre es rico en historias, pero resulta que él no habla el idioma y no conoce a nadie. Te diré lo que vi ayer: Me lo encontré enfilando a la deriva por la rue Girardon; lo seguí de lejos y luego se sentó en un banco de la place Dalida. Reconozco que me dio rabia cuando se puso a dar de comer a las palomas, señor de su tiempo, mientras yo me deslomo haciendo la limpieza por él.

Eres increíble, mi Xavier querido. Te compadeces de su pobre corazón, pero no tienes ni idea si es verdad el cuento de su taquicardia y de sus penas. ¡Para mí que es un aprovechador!

No, no me digas que soy dura y que lo juzgo sin haberlo escuchado. Eres demasiado bueno, mon petit Xavier…

¡Da lo mismo que me intentes convencer! Tu amigo me resulta patético y le tengo miedo. Eres incapaz de ponerlo en su lugar. Ocupa tu dormitorio, come tu comida. Encima ahora yo le hago la limpieza, ¿de verdad crees que se va a ir pronto? ¡Por ningún motivo, mientras le hagamos la vida fácil!

Está bien, cuando termine su historia le plantas cara y lo despides. Un cuento que debe presentar en dos semanas más a la editorial, ¿verdad?

Y dime, ¿ha escrito algo en estos días? ¿Te ha pedido alguna opinión cuando se quedan conversando hasta tarde?

Marie, mi amor, déjame explicarte, cálmate un poco. Te quiero demasiado y me asusto cuando te pones así, tan dura. Ustedes las francesas, cuando se trata de dinero o de su casa, no paran en nada. Nosotros somos simples objetos de placer que desechan cuando las dejamos de proveer.

¡No Marie, no quise decir eso! Te quiero, no te enojes conmigo…

Yo también, lo único que quiero es que nos despeje la casa. No debería decirte esto porque eres capaz de indignarte nuevamente. Pero aquí va. El me abre a un mundo más grande y mejor y hace que todo me resulte más fácil de entender. Es como si bajara la creación artística al nivel de la calle. Trabajando en la carnicería es muy difícil que pueda imaginar una conversación como esas que tenemos. Además, me prometió citarme en uno de sus cuentos si lo ayudo con una anécdota, y tú sabes que mi gran sueño es iniciarme en el arte de escribir.

No, dice que no puede señalarme como coautor porque ya acordó las condiciones con la editorial. Pero prometió escribirme una carta de recomendación para cuando postule a la facultad de letras.

No te preocupes, Marie, no pienso dejar mi trabajo. Puede que haya exagerado un poco con sus historias, pero no es mentiroso. Cambiarse el nombre, ¿qué te importa? Va mejor con su pinta de escritor.

Si, Marie, no seas desconfiada. Le hicieron una entrevista en esa revista que dejó en casa, luego de ganar el segundo premio en el concurso de relatos breves. Tiene derecho a participar en un libro colectivo que están preparando, y por eso necesita la historia que vino a buscar a París.

Ya va a escribir, dale el beneficio de la duda.

Ese es tu punto de vista, Marie. Pero Maurice dice que es muy común que los parientes cercanos se enojen con los autores, y que luego se les pasa. No tengo por qué dudar de su versión.

Me dijo que la arpía de su hermana lo echó de la casa porque no soportó verse reflejada (una parte anecdótica nada más) en el relato con el que se ganó el premio. Su marido era un caradura, imagínate que falsificó su firma para pedir otro crédito… pero Mauricio lo descubrió y lo usó para fabricar su relato.

¡Estás loca, él no abrió la boca! Jamás lo habrían detectado en el Banco si ella hubiera mantenido la cordura. Hay que tener cuidado, mi amor. No se puede publicar cualquier cosa en Facebook.

No sé si a ella le costó la ruina y la separación, no creo que sea para tanto. Dice Maurice que esto se va a arreglar porque el muy sinvergüenza tiene ocultos algunos ahorros. Ella ahora está trabajando y eso le va a hacer bien. Dice también que sus lectores la recordarán como la heroína de su historia, y que debería estar agradecida porque su fama perdurará más allá de este altibajo. Estos ripios deben ser parte del oficio de escritor, me imagino que no es el único que…

Pero Marie, eres malvada cuando quieres. ¿De verdad piensas que se vino a París porque en esa casa ya no se cocinaba tan rico? Ustedes los franceses le dan tanta importancia a la comida. Ven acá, que te doy un beso.

III

“Ella fue una belleza. Los hombres de mi edad, y mucho más jóvenes, aún se dan vuelta en la calle cuando pasa a la misma hora todos los días.

Hija única de Monsieur Ortiz y nieta de un inmigrante español que hizo fortuna con la guerra civil.  Dicen que su abuelo vendía pertrechos y armamento dados de baja del 1er Armée al bando republicano en Cataluña, en moneda dura eso sí. Volver a la España de Franco le resultaba imposible, de modo que construyó un hôtel particulier, una mansión de piedra de tres plantas en la Rue de L’Abreuvoir, cerca del Sacré Coeur. Cuando vuelvas por acá la podrás reconocer de inmediato, porque es la única que rompe con la seguidilla de fachadas neoclásicas que se repiten hasta el infinito.

Años más tarde su padre se casó con una mallorquina, e hizo todo lo posible por integrar a su hija en sociedad mandándola a un buen colegio de monjas. Pero Monique, con apenas dieciséis años, quedó embarazada del soltero más codiciado del barrio, un tipo detestable que desapareció de su vida sin reconocer a su hijo. Esto es más de lo que su padre pudo soportar. Su mamá vendió algunas joyas a sus espaldas para que ella pudiese tener el hijo en casa de unos parientes en Ibiza. Esto fue más o menos el 86. Cuando su papá se enteró que su hija finalmente no se casaría, sufrió un infarto del que nunca se recuperó totalmente. Murió a inicios de los 90 y su madre se volvió a Mallorca. Aprovechando la coyuntura ella se mudó a su hôtel, de donde no ha vuelto a salir. La hija perfecta de papá volvió con un niño de cinco años y una hija de pocos meses. Hippie, aficionada a fumar hierba de la buena y experta en el tarot y otras artes esotéricas, se vio obligada a subdividir la casa para albergar estudiantes y así mantenerse a flote, aunque dicen que su madre siguió mandando algo de dinero todos los meses. (Porque si no, me resulta inexplicable que siga manteniendo sus manos y su pelo impecables en el coiffeur del barrio, que por acá son carísimos).

Después que su hijo se viera envuelto en una pelea callejera, la vida de Monique dio un nuevo giro. Lo patearon salvajemente en la cabeza y (aunque circulan varias versiones) dicen que perdió masa cerebral. Lo que nadie discute es que tiene un genio de mil demonios y un físico respetable. No soporta que otros hombres, a los que ve como posibles rivales, se acerquen a su mamá. Así viven los tres, recluidos en el primer piso y con huéspedes (en su mayoría sud-américain) que ocupan las habitaciones del segundo y tercer piso. Ella quedó muy agradecida con Père Jean, un sacerdote que prestó sus auxilios y salvó la vida de su hijo. Te gustará saber que ahora es una feligresa asidua de la Basílica, donde resulta inconfundible con sus atuendos ibicencos y su melena cobriza.

Hace unos tres meses aparecí por su vida. Cuando entramos en confianza me dijo que represento al clásico dandy argentino. (Perdona mi poca modestia, pero el piropo me vino bien y quien a los suyos se parece en nada yerra). Su peluquera nos habrá visto paseando alguna vez, porque le preguntó cómo hago para mantener así de bien mi melena platinada. Me gustaría pensar que a pesar de mis percances mi encanto sigue intacto. Tú a mi edad estabas en plena forma, mucho mejor que yo. Sigues siendo mi ídolo, papá.

Como ya sabes, quedé varado en una pensión de mala muerte en esta ciudad que es cruel con los extranjeros, apenas con unas pilchas porque el resto me lo robaron, y con los escasos euros que me mandaste. Por si no lo sabías, cuando llamé a tu oficina para pedirte ayuda, Ramón me respondió que ya había agotado la paciencia de mi anciano padre, y que te negabas a socorrerme nuevamente. No esperaba nada de mi hermana tampoco, pero es justo que sepas que por entonces estaba pasando hambre y tenía terror a quedar en la calle y en un país extranjero.

Cuando vi a Monique por primera vez, la seguí discretamente y quedé maravillado con su casa. Comencé a asistir devotamente al Sacré Coeur a las mismas horas que ella y al cabo de una semana, a la salida, logré entablar amistad. A los pocos días me mudé al Hôtel donde de inmediato me gané la antipatía de Totó (el hijo de Monique), y no sin buenas razones. Ella era nuevamente feliz y dijo en la peluquería que había encontrado a un hombre que sabía comprenderla en todos los sentidos que espera una mujer de su edad. (Esto lo aprendí de ti: nada como hacerse amigo y confidente de la peluquera de tu mujer para saber el terreno que uno pisa). Me ofrecí a ayudarla con la administración del Hôtel y así más o menos logré estabilizar mi situación. Porque quiero que sepas que cuando te he pedido ayuda ha sido solo por extrema necesidad.

No sé qué pasaría con Totó, pero una noche Monique irrumpió en mi habitación y me pidió que desapareciera de su vida. Me dijo que yo corría peligro porque Totó ardía en celos. Estaba dispuesto a asumir ese riesgo, créeme, pero para colmo agregó que su madre (ya informada de lo nuestro) había dado aviso de este indocumentado a la policía. Porque ella seguía figurando como propietaria del inmueble, y creo que todavía intenta controlar la vida de Monique con ayuda de su nieto. Me dijo que Totó había vuelto a casa borracho, y que por favor saliera sin hacer ruido porque no podía permitirse otro escándalo con sus vecinos. Por si las moscas, de un brinco me levanté para trancar la puerta. Entonces Monique, arrojándose al suelo, se abrazó a mis rodillas suplicándome: “¡Max, amor mío! ¡hazme el amor una última vez antes de desaparecer para siempre!”

Levantando la vista, Marie dejó de leer la carta y se quedó mirando a Maurice, quien sentado en la butaca y con su whisky en la mano la miraba fascinado. “Pero ¿qué pasó entonces? Sigue, sigue leyendo…”

—No lo sabemos, Maurice. Eso depende de ti.

—¿Eso es todo? ¿Qué estabas leyéndome?

—Es la misiva que redactó Max a su padre, obviamente para pedirle una nueva ayuda. Pero sus cartas ahora pasan por las manos de Ramón, su secretario privado, quien las filtra y determina si este buen señor puede o no leer su contenido. Digamos que es uno de esos arreglos extraños que solo se dan entre los ricos. Con una dolencia al corazón, su médico le aconsejó evitar disgustos, y por eso ahora cualquier comunicación debe contar con la aprobación preliminar de este jurado particular. Ya ves, Maurice, ustedes los escritores no son los únicos que deben convencer a sus críticos. Dice Max que dejes el final tal como está y que el resto lo puedes retocar a tu criterio.

—¡Pero esto es muy sabroso, Marie! Claro que ayudaré a tu amigo con su carta. Esto es un oficio que desde antiguo han ejercido tantos autores de renombre. Recuerdo ahora al Buscón, que en carta a…

—Maurice, concéntrate. Dejemos la clase de literatura para Xavier…

—Perdona, es que esto es la chispa que enciende el proceso. Lo sé, lo presiento. Con esto que me has dicho podría armar un relato antes de la fecha de cierre y …

—Espera, no vayas tan rápido. No vine a leerte cartas para que las arregles y darte un pasatiempo para gastar la tarde. Estoy aquí por Javier. Te contaré el resto de la historia solo si lo incluyes como coautor, y a mí no me digas que la editorial no te lo permite.

—…

—Espera un momento, te recomiendo que antes de abrir la boca te tomes un respiro. Porque si me levanto ya no tendrás la carta ni el resto de la historia, y tendrás que arreglártelas solo.

—…me convenciste, Marie, es un trato, un bello trato que hunde sus raíces en la mejor literatura. Pero ¿cómo hacemos con Max para que no abra la boca? Porque yo soy la discreción en persona, pero él podría acusarme de plagio y…

—¿Crees que no lo pensé antes de venir? Mientras lo ayudes con su carta, a él le trae sin cuidado si todo esto se convierte en una ficción. Total, en su familia ya no se sorprenden de nada. Terminas la historia y desapareces de aquí.

—Pero Marie, debo confesarte que ando algo escaso de efectivo. Hasta que la editorial no me haga llegar el anticipo, claro, cuestión de tiempo nada más… Pero si presento mi relato a tiempo arreglamos el problema. Ya ves que Max no es el único que necesita ayuda.

—Ya, ya, lo imaginaba. Max dice que te dará doscientos euros de lo que reciba si Ramón le pasa la carta a su papá, así que (como te dije antes) ahora todo depende de ti.

IV

— Jamás te habría tomado en serio si no es por la carta, Xavier. ¿De dónde sacaste la historia de Max? porque cuando te conocí estabas hospedado en un Hôtel con habitaciones. ¿Tuviste algún affaire con la dueña?

—No, no con ella. Esta historia la tejí con anécdotas que escuché en la carnicería. ¿Se la leíste a Maurice como te pedí? ¿pudiste aguantarte la risa?

—Qué pena que no le hayas visto la cara… ¡Casi saltó de su butaca cuando dejé de leer! Ahora tendrá que pulir la historia una y otra vez hasta que logre convencernos a nosotros dos. Y a mi peluquera, que le encanta leer relatos de Cortazar, ¿ça va?

—Pero dime, ¿cómo sabías que con doscientos euros sería suficiente para terminar de convencerlo?

—Bueno, fue eso y tu personaje acorralado en busca de editor y agente literario. Yo le habría agregado una boina a nuestro Max…

—No Marie, así quedó perfecto.

¿Tú crees que algún día lograré ver mi nombre en el libro ese?

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