Ganarle a las abejas


Abejas

Malhumorado, esa tarde optó por refugiarse en su sombrío y silencioso dormitorio ubicado en el segundo piso. Prefería la lectura a los juegos con sus primos, algo menores que él, quienes (como era habitual desde el inicio de la temporada) ese domingo habían tocado el timbre demasiado temprano. Ya pronto saldrán de vacaciones y se irán al sur, se repitió en el descanso de la escalera. Nada más abrir la puerta, su recién estrenada licencia reposando sobre la mesa de estudio le recordó que su vieja se había negado a dejarle las llaves del Beetle, antes de ausentarse por el fin de semana. “Necesito que cuides a tus hermanas y te hagas cargo de tus primos, y no que andes pavoneándote en mi auto quién sabe por dónde”. Recostándose, cerró los ojos e intentó abstraerse de los gritos que amortiguados subían desde la piscina. Luego estiró su brazo para retomar a Hemingway desde donde lo había dejado:

“En el desierto comedor, Enrique estaba haciendo el último nudo en las servilletas que ataban las cuchillas a las patas de la silla. Después dirigió las patas hacia adelante y sostuvo la silla sobre su cabeza, a cada lado de la cual apuntaba una de las afiladas cuchillas.

―Pesa mucho ―dijo―. Mira, Paco, va a ser muy peligroso. No lo hagas.

Estaba sudando…

Frente a él, Paco sostenía el delantal extendido, con un pliegue en cada mano, con los pulgares arriba y los índices hacia abajo, esperando la carga de la imaginaria bestia.

―Avanza en línea recta ―indicó―. Luego vuélvete como hace el toro. Y hazlo todas las veces que quieras.

―¿Y cómo sabrás cuándo cortar el pase? ―preguntó Enrique―. Es mejor hacer tres y después una media.

―Entendido. Pero, ¿qué esperas? ¡Eh, torito! ¡Ven, torito!

 Con la cabeza gacha, Enrique corrió hacia él, y Paco balanceó el delantal junto a la afilada cuchilla, que pasó muy cerca de su vientre, negro y liso, de puntas blancas, y cuando Enrique se dio vuelta para volver a atropellar, vio la masa cubierta de sangre del toro y oyó el golpe de los cascos que pasaban a su lado, y, ágil como un gato, retiró la capa, dejando que aquél siguiera su carrera. Enrique preparó entonces una nueva embestida y esta vez, mientras calculaba la distancia, Paco adelantó demasiado su pie izquierdo ―cosa de dos o tres pulgadas― , y la cuchilla penetró en su cuerpo con la misma facilidad que si se hubiese tratado de un odre. Entonces sintió un calor nauseabundo junto con la fría rigidez del acero. Al mismo tiempo oyó que Enrique gritaba:

―¡Ayl ¡Ay! ¡Déjame que lo saque! ¡Déjame sacártelo!”

El chapoteo y los gritos habían cesado. Bajó el libro con curiosidad y aguzando el oído escuchó cómo Paco desafiaba a su primo a “ganarle a las abejas”, juego que habían inventado entre todos el fin de semana anterior. Consistía en arrojar un peñasco al panal que se había formado en el arbusto, cerca de la piscina, para (luego de contar hasta tres) huir de la nube de furiosos insectos en dirección a la casa. Para ponerse a salvo de las picaduras no valía zambullirse, y el último en entrar debía cerrar tras de sí el enorme ventanal que corría sobre un marco de aluminio empotrado. Sabía que los gritos de sus hermanas pequeñas (que adivinó observando nerviosas y divertidas desde una no muy prudente distancia) no se harían esperar, señalando el inicio de la carrera y el calibre de la nube de insectos furibundos. Sin intención de bajar para restablecer el orden, decidió esperar a que las niñas subieran a golpear su puerta para quejarse, o (mucho mejor) que alguna picadura arrancara justicieros gemidos a uno de sus primos. Prosiguió con la lectura previendo que no podría terminarla, ahora que el desenlace estaba servido.

“Paco cayó hacia adelante, sobre la silla, sosteniendo todavía en sus manos el delantal convertido en capa. Enrique, en su afán de separar al compañero, empujaba la silla, y la cuchilla se hundía en él, en él, en Paco…

Por fin salió, y él se sentó sobre el piso, en el charco caliente que se agrandaba cada vez más.

―Ponte la servilleta encima. ¡Fuerte! ―dijo Enrique―. Aprieta bien. Iré corriendo en busca del médico. Debes contener la hemorragia.

―Haría falta una ventosa de goma ―respondió Paco, que había visto usar eso en la arena.

―Yo atropellé en línea recta ―balbuceó Enrique, sollozando―. Lo único que quería era mostrarte el peligro…

―No te preocupes ―la voz de Paco parecía lejana―, pero trae el médico.

En la arena, cuando alguien resulta herido, lo levantan y lo llevan corriendo a la sala de operaciones. Si la arteria femoral se vacía antes de llegar, llaman al sacerdote…

―Avisa a uno de los curas ―continuó Paco, que sostenía la servilleta con todas sus fuerzas contra la parte baja del abdomen. No podía creer que le hubiera ocurrido aquello.

Pero Enrique ya estaba en la calle San Jerónimo y se dirigía corriendo hacia el dispensario de urgencia.”

Escuchó el “¡uno, dos, tres, ya!” y se incorporó tenso reacomodando el almohadón contra su espalda. No alcanzó a imaginar la nube de abejas cobrándose venganza, cuando sintió un estruendo seguido del ruido de cristales lloviendo sobre las baldosas de la terraza. No le costó ni un segundo recordar que al subir a su cuarto había dejado el ventanal cerrado, y previendo el estropicio y el escándalo que le armaría su madre bajó volando a verificar los daños.

Quedó paralizado. Tirado sobre las baldosas, rodeado de abejas que zumbaban alrededor, estaba Paco, el menor de sus primos, contusionado y rodeado de cristales rotos sobre un incipiente charco de sangre. No se atrevió a pasar a través de los restos del ventanal, donde grandes trozos de vidrio amenazaban con desprenderse del marco. Nunca supo si fue su cara lo que asustó a Paco, pero éste se puso de pie, descalzo y en traje de baño. Se miró la pierna desde donde asomaba una esquirla como un puñal enterrada en su ingle. Enrique se abalanzó sobre él gritando: ¡Déjame que te la saque! Paco retrocedió un par de pasos y cayó nuevamente al piso. Enrique tomó la toalla y presionó con su mano sobre la herida que ahora manaba abundante.

Solo entonces abrió el ventanal desde donde se desprendieron algunos trozos de cristal. Enrique pasó a su lado corriendo hacia la calle.  El cruce de miradas bastó para adivinarle el propósito de detener un auto ¡a como diera lugar! y trasladar a su hermano a la urgencia más cercana.

Hasta ese día nunca había practicado primeros auxilios ni leído sobre el vaciado vertiginoso de la femoral. Luego de apoyar a Paco contra el muro medianero, improvisó un torniquete con la toalla que apalancó brutalmente con uno de los mazos de croquet. ¡Cómo había palidecido el rostro de Paco, hasta hace poco tan tostado por el sol! Luego de ordenarle que mantuviera firme su mano en el mazo, lo incorporó para arrastrarlo hacia la calle bien tomado hombro con hombro, mientras le repetía “Paco, háblame, ¿sientes mareos?” A la tercera éste respondió con sorna: “reconoce que esto es más emocionante que tus libros”.

Pronto vería si Enrique había logrado su propósito. Su Nana se asomó desde la cocina que también daba al pasillo y ―previendo las iras de su madre― atinó a gritarle que le apartara las alfombras del camino. No se animó a pedirle que llamara al cura, que había visto entrar después de mediodía en la casa de enfrente. Acelerando el paso decidió cronometrar otros dos minutos antes de descartar lo peor.

“La capital del mundo”, cuento de Ernest Hemingway.

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