El nuevo Kane


New-York-Under-Water-537x363Es difícil que me crean si yo mismo no estoy convencido, se dijo antes de entrar en el ascensor. ¿Qué soy, en comparación con este imperio?

El edificio testimoniaba la mayor revolución editorial que el mundo recordara, con una unidad de propósito en cada detalle que lo hacía verdaderamente notable. Sin necesidad de palabras, el elevador emprendió el ascenso al piso 52 e inmediatamente se apaciguó el ambiente llenándose de una luz azulina y de los acordes del concierto Nº 3 para clavicordio de Bach[1]. En las paredes del ascensor, ahora de color pergamino, comenzó a escribirse, con esos rasgos manuscritos tan característicos del período isabelino, aquel poema que tanto le gustaba:

All the world’s a stage,
And all the men and women merely players;
They have their exits and their entrances,
And one man in his time plays many parts.[2]

A medida que la escritura llenaba el muro no pudo evitar pensar, como siempre, en la frase bíblica: “Mené, Tekel, Ufarsín.”[3] Medido, pesado, juzgado, y se preguntó una vez más si el mayor imperio editorial de la historia estaba por iniciar su inevitable decadencia.

A la altura del piso 40 un pensamiento más urgente lo sacó de sus meditaciones. “¿Cuál parte me tocará desarrollar durante esta semana? Siempre cambiando el argumento, respondiendo a la necesidad del cliente. Pero, ¿por qué debo abandonar la escena, justo cuando algo indescriptible (algo que no estaba en la pauta ni en el material audiovisual) comienza a tomar vida en mi imaginación?”

Esa mañana Marañón, el reconocido filósofo de paso por NY, daría una charla al personal de la Editorial World Stage Inc. El tema: “La catarsis y su integración en la medicina actual”. El profesor, de barba canosa y abundante, con su voz grave y modulada, ya había entrado en calor. Se sentó en una fila cercana a la entrada y lo más apartada posible del escenario. Se dispuso a escuchar sin ceder al eflujo hipnótico que emanaba del podio del ilustre orador.

‹Durante siglos nuestra profesión se fue especializando, al extremo de volverse una ciencia de iniciados, completamente desconectados del resto. A ustedes les puede parecer extraño, pero me parece importante recorrer, en este escenario privilegiado, algunas líneas maestras de la historia del pensamiento de los últimos siglos.

Hoy en día el filósofo es parte integral de cualquier organización, y nos parece tan natural que así sea, pero desde el Renacimiento hasta el ocaso de Occidente las cosas fueron distintas. Tal vez podemos explicarlo desde la experiencia de lo que, en ese entonces, se llamó el ciudadano, el individuo, inserto en una sociedad donde éste aspiraba a una representación directa en sus mercados (por medio de su poder adquisitivo) y en su sistema político. Este individuo consideraba que el consumo era el máximo disfrute, y el proceso creativo ―lo que hoy denominamos la economía de la creatividad― se reservaba a unos pocos especialistas. Luego de este largo paréntesis histórico en que primó la racionalidad de microscopio, la parcelación del conocimiento y el desarrollo de tecnologías que maximizaron las posibilidades del consumo, nos parece importante no volver a perder la perspectiva histórica. Porque durante la era de la razón la historia, al igual que la filosofía, se reservó a unos pocos eruditos.

Este escenario invita a reflexionar el libro como concepto y como símil de lo que intentaremos desarrollar esta mañana. Porque un libro no es un instrumento, una extensión de las capacidades del hombre (como lo son prácticamente todas las tecnologías de que disponemos, y que en su mayoría son un legado de la era de la razón). Es más bien un reservorio que estimula la imaginación, permeando y modelando la memoria, y alterando (en ocasiones) las estructuras neuronales. En definitiva el libro señala caminos para el pensamiento que están en la base del proceso creativo, y tal vez ello explica por qué (luego de languidecer arrollado por los medios audiovisuales) hoy vuelve a ocupar un lugar central en nuestra cultura.

¿Cuántos años tiene el libro? Tantos como la historia escrita, pero no es hasta que Ulises el filósofo revolucionó la historia del pensamiento con su “somos lo que pensamos”, que el concepto de libro no derivó en su interpretación actual. Como pensador debo detenerme un momento en esta archiconocida afirmación con el fin de trazar algunas fronteras. ¿Qué es entonces un hombre que ha dejado de pensar o que aún no desarrolla esta capacidad? Ulises mismo quiso mostrarnos el pensamiento como camino, y no como identidad. El camino del hombre tiene inicio, desarrollo y final. El hombre como proyecto que se hace, en una unidad biológica que lo trasciende, es determinado fundamentalmente por sus creencias actuales.

En el negocio editorial del pasado, el individuo-consumidor elegía las obras de autores que eran, a su vez, creación de otro individuo especialista en algún tema, o el gestor de un estilo sumamente particular. De alguna manera el individuo buscaba gozar de una relación unívoca con el autor del libro en cuestión, pero una relación especializada, donde uno era el autor y el otro el lector, sin mayor comunicación posterior entre las partes. No existía, literariamente, la figura del lautor, del lector-autor tal como lo conocemos. Esta fue la idea seminal de Kane cuando creó, hace ya ochenta años, World Stage. Idea que complementaría la tradicional visión del libro, pero que ha tenido un alcance que sobrepasó la audaz visión de su creador.

Estamos habituados a hilar y conducir la interacción en el proceso creativo con autores que son simultáneamente lectores. Pero debemos retomar conciencia que este fenómeno hubiese resultado desconcertante en ese mundo poblado de individuos, ese que dio vida a la era de la razón. Por ese entonces las editoriales vendían “experiencias” que se pudiesen consumir, con una mayor o menor capacidad de adaptación a los gustos del cliente. Jamás a nadie se le ocurrió romper la especialización e integrarse en lo que hoy consideramos nuestro entorno biológico, un tejido donde resulta superfluo y tedioso trazar límites y fronteras individuales. Porque, si somos lo que pensamos, ¿no resulta mucho más determinante el proceso que el resultado?

El viaje vital de nuestro Ulises hace del arribo a su Itaca un punto de referencia necesario, pero no interesa alcanzarlo más que como desenlace natural y final de nuestra biología y de nuestro proceso de hacernos hombres. Porque, debemos decirlo una vez más, nuestra última experiencia es individual y de alguna manera sintetiza nuestro camino. Hoy como ayer morimos solos, y atravesamos un velo que excede el alcance de mi disciplina. La diferencia fundamental con esos tiempos es que hoy a nadie se le ocurre afirmar que podemos vivir solos.

Somos lo que comemos, se dijo hace ya muchos siglos. Un sustrato necesario de nuestra biología que a nadie en su sano juicio se le ocurriría entregar al azar de sus gustos. Pero esa materia prima, ese combustible completamente personalizado que potencia nuestra carga genética, una vez integrado a nuestra biología se ve modificado por nuestras emociones y pensamientos. Nada nuevo, me dirán. Pero si retrocedemos a la era del individuo, con todo su avance tecnológico no fueron capaces de percibir lo obvio. Somos, en definitiva, lo que pensamos, porque nuestros pensamientos también modifican lo que comemos.

Contamos con dietas perfectamente balanceadas desarrolladas a nuestro particular paladar, diseñadas para lograr y mantener la armonía metabólica. Podemos conocer, acaso sospechar dirán algunos escépticos, los talentos que hacen de cada uno de ustedes un aporte valorado en su entorno biológico. Pero no tenemos manera de forzar a una persona a desarrollar ese tesoro, a sentirse llamada por su círculo de referencia para desarrollar ese potencial, para recorrer ese camino que es en definitiva su esencia. Sabemos que en ocasiones las creencias que laten en ciertas personas son cadenas que cierran senderos, frustrando así un proyecto que excede con mucho al individuo.

¿Cómo se modifica una creencia? ¿Cómo alteramos el rumbo de colisión que nos conduce a una catástrofe desintegradora? Los griegos hace tiempo nos dieron la respuesta. Una catarsis es la única manera de modificar lo que somos, de reconducir nuestra vida. Nada novedoso hasta aquí, me dirán. Nuestro presidente, cuando introdujo esta charla nos dijo: “Hace muchos años que en World Stage estamos en el negocio de la catarsis.” De alguna manera tendríamos que darle la razón. Un negocio completamente voluntario e imprevisible porque representa el epítome de la creatividad.

La desintegración de las disciplinas, producto de una mal entendida especialización, llevó al filósofo a verse desplazado y marginado de prácticamente todas las organizaciones. Se hace superfluo y probablemente tedioso para ustedes que yo describa el proceso que revirtió este paréntesis histórico. Tal vez debemos recurrir, para explicarlo, a otra idea que estuvo en boga. Cuando Einstein formuló su teoría de la relatividad, probablemente no sospechó que se aplicaría a todos los campos del saber, pero especialmente al de la ética. Desde el siglo XX hasta la cúspide de la era del Califato, fue normal oponer a un sistema de pensamiento totalitario la idea del individuo como dueño y señor de su vida. Así, por ejemplo, la alimentación respondía a los gustos de la persona. Sí, amigos, las personas comían lo que les resultaba apetecible y a mano. El consumo, el “comamos y vivamos que mañana moriremos”, puede ser un buen resumen de esta creencia.

No es el objeto de nuestra charla abundar en las consecuencias prácticas de lo que se denominó “relativismo”, sino más bien volver a nuestra tesis central. ¿Cómo se puede hacer medicina, sin integrar las creencias y el proceso de pensamiento del paciente? En ese entonces, y por siglos, así se hizo. Comían lo que se les ocurría, es verdad, hasta que una enfermedad y el médico les impedía seguir haciéndolo. Pero el especialista jamás indagó, más que marginalmente, en los pensamientos de su cliente. Medicina, psicología, psiquiatría, y por supuesto filosofía, eran ámbitos independientes y desconectados. Si hubiésemos preguntado a un médico del siglo XXI por el rol de la catarsis en el tratamiento de un paciente, sospecho que nos hubiese señalado la puerta.

George Orwell describió en su novela 1984 el totalitarismo más atroz, la policía del pensamiento y el hermano mayor que nos inducen a pensar en determinada manera. En su grado más feroz, podemos decir que ese fue el mundo que intentó imponer el Califato, y que (ironías de la historia) en su posterior colapso condujo al ocaso del relativismo ético.

Volvamos ahora a nuestro mundo editorial. Si pudiésemos decirle a Sófocles que puede integrar al público en el coro, con voz propia, y que la tragedia tomará rumbos desconocidos e impredecibles de manos de ese mismo público, probablemente sonreiría. Es verdad, sabemos que los dramas toman diversas formas, pero el hombre no ha producido nuevos mitos. De modo que la catarsis llegará, aunque por caminos tal vez sorprendentes para su mismo autor (o leutor). No es la obra lo importante, no es el autor, sino el camino, el proceso. Sófocles sonreiría porque no perdería de vista esa semilla que se convierte en pensamiento, en creencia cuestionada o adquirida, y por eso mismo en ser-hombre. No un pensamiento, sino más bien una unidad biológica que en su camino a la plenitud del ocaso trasciende la conciencia individual.

Queridos amigos, hemos alcanzado la madurez necesaria para dar otro paso en el desarrollo de nuestra idea seminal. Catarsis, ¿para qué? Dicho en otros términos, Marcel Proust no sería el autor del tiempo perdido y recuperado si no hubiese vivido y retratado el desconcierto de su alma, hasta alcanzar laboriosamente su catarsis. Hoy en día, desde el negocio editorial de World Stage, podemos contribuir a modificar la vida de tantas personas. Podemos integrar el negocio editorial a la medicina, planteando el escenario que hará explotar la catarsis del lautor, y esta es la belleza de nuestro negocio (si me permiten llamarlo así). Nosotros no pretendemos manejar las creencias de alguien a voluntad, pero podemos involucrarlo en una crisis existencial y creativa. Nuestro lautor se puede ver en el borde mismo del precipicio, porque nada hay menos relativo que el sistema de mitos que subyace a nuestra psiquis. De manera que hoy damos inicio a la división medicinal de World Stage. Nuestros lautores podrán, si lo desean, modificar creencias, y en ese proceso volver a integrarse en sus familias y en su mundo de relaciones profesionales, recuperando  la salud y evitando así un arribo temprano y desamparado a su Itaca. Son ustedes quienes podrán colaborar en la creación de obras que, como ya sabemos, siempre tienen valor universal, valor editorial tradicional que sigue rentando sin pagar lo que en otros tiempos se llamó “derechos de autor”, si me permiten decirlo. Ya lo dijo Tolstoi: “Todas las familias felices se parecen entre sí; las infelices son desgraciadas a su propia manera”[4]. De modo que tenemos un amplísimo campo para desarrollar la esencia de nuestra visión, la creatividad.›

Con sigilo, Edmundo Pérez se levantó de su butaca y se dirigió a la salida con la convicción de haber escuchado suficiente. A estas alturas ya se preparaba el coctel con que se agasajaría a Marañón. Tomó el ascensor que se dirigió a la planta baja, pensando rápidamente en su propio discurso. En el panel del ascensor un poema mecanografiado terminaba de tipiar las últimas líneas.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.[5]

Con renovada convicción salió del edificio y tomando el metro se dirigió a lo que alguna vez fue Battery Park, y que ahora era una especie de Venecia con edificios decadentes y con agua hasta el segundo piso. Descendiendo de la lancha, ingresó por una ventana del antiguo Regal Theater y se dirigió al escenario. No veía muy bien al público presente, y prefirió que así fuera. Tomando el micrófono carraspeó un par de veces, no supo si por la humedad o los nervios, y comenzó su discurso: ‹Amigos, se nos repite que somos lo que pensamos. Me gustaría relatarles una historia, una anécdota real de la que soy testigo. Pero antes quiero decir lo que he venido a comunicar, la idea central que espero hoy se lleven consigo y eche raíces en ustedes.

Muchos de nosotros somos pensados. Alguno podría decir que es lógico, que no hay nada de malo en ser pensado, en que otros busquen lo mejor para cada uno. Pero yo hoy quiero comunicarles una verdad más profunda e inquietante. Somos pensados, somos inducidos a pensar y creer de determinada manera. Y por tanto a ser, ¿qué? ―guardó silencio y miró a ese grupo de figuras informes que escuchaban acomodados como podían en esa sala destartalada y húmeda.

¿Qué es un hombre pensado? ¿Merece aún llamarse hombre, o es más bien una mascota del sistema? ―el aroma de las papas fritas en aceite requemado lo hizo perder el hilo. No puedo dudar ahora, se dijo.

“Quiero pensar que en nuestro pecho, al igual que nuestros padres cuando llegaron a lo que llamaron el sueño americano, late la llama de la libertad.

Es hora de penetrar este sistema, de volvernos lautores que lideren una crisis que ponga de rodillas a la mayor editorial del planeta. El pensamiento desenmascarado, el beneficio económico de quien se ha apropiado de la libertad creativa de los demás, de nuestros pensamientos, ¿se puede denominar libertad?

Hoy yo les contaré una historia, una anécdota que comienza, como Macbeth, con presagios de sangre y venganza, de codicia y poder, pero son ustedes quienes le darán vida en su casa o en el trabajo. “¿Cuándo nos volveremos a ver, con truenos, relámpagos o lluvia?”[6] Les aseguro que si perseveramos, cuando volvamos a reunirnos habremos tejido nuestro relato y veremos de rodillas al gigante. Cuando vea el escrito en la pared (levantó la voz mientras trazaba un arco con su brazo extendido): ¡Mené, tekel, ufarsín!

Palidecerá el rostro del nuevo Kane, porque él, antes que nadie, sabrá que es su fin.”

[1] https://www.youtube.com/watch?v=3EQ-28RiLmE&list=PLiZKbkC3n_y9KUDSVO0unr4S5zQ5FNw2t&index=7

[2] Poema “All the world’s a stage”, de William Shakespeare.

[3] Biblia, Profeta Daniel, cap. 5; versículos 1 a 31

[4] León Tolstoy, tomado de “Ana Karenina”.

[5] Kavafis, “Itaca”, de su Antología Poética.

[6] Macbeth, acto I, escena 1.

Anuncios

Una respuesta a “El nuevo Kane

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s