El miedo, de Valle Inclán. Un comentario.


Pazo Valle Inclan

Ramón del Valle Inclán (1866 – 1936) fue un literato (dramaturgo, poeta, novelista y cuentista, además de periodista y traductor) que se relaciona, en sus últimas obras, con la generación del 98 española. En 1898 se perdieron las últimas colonias americanas y Filipinas, profundizando la crisis de identidad del Reino. Son precedentes que señalan el fin de la Monarquía en 1931 y la guerra civil de 1936, donde se enfrentaron a muerte dos visiones del mundo.

De origen gallego y familia hidalga, aunque de escasos medios, Valle Inclán estudió derecho en Santiago de Compostela. Abandonó la carrera a la muerte de su padre. A los 22 años publicó por primera vez. Visitó y vivió en México en dos ocasiones; también en Madrid, en Roma y en su natal Galicia, donde terminó sus días. Fue famoso por su excéntrica barba y vestimenta, por sus opiniones fuertes (carlista y luego republicano), su gran ingenio y oratoria y por su mal carácter. A  los 33 años perdió un antebrazo en una riña, y se hizo famoso por fumarse un puro luego de la cirugía con escasa anestesia. Muy requerido en tertulias y cafés donde brillaba con luz propia, fue poco amigo de que le hicieran sombra literaria. Se cuenta que en una ocasión se cruzó con Pio Baroja y Unamuno en la calle, y terminaron a los gritos. A partir de 1920 su salud se resintió. Antes de morir declaró: “No quiero a mi lado ni cura discreto, ni fraile humilde ni jesuita sabiondo.” Representa ese sentimiento anti clerical que afloró con virulencia en la España de la década del 30.

El narrador es el propio protagonista, quien rememora hacia el final de su vida esta experiencia determinante e iniciática. La historia no tiene referencias geográficas ni temporales, pero es perfectamente posible determinar que transcurre en Galicia, en una casa solariega (un pazo) en un ambiente semi rural y en una España aún monárquica, donde las tradiciones nobiliarias y religiosas comienzan a declinar. Aunque tampoco lo dice, suponemos que la madre (quien representa  la tradición y las formas de la piedad religiosa) es viuda. No todo lo pasado es decadente o ajeno, a ojos del protagonista, ya que recuerda el “hermoso tiempo de los mayorazgos, cuando se  hacía información de nobleza para ser militar”.

La acción transcurre al interior de una capilla con dos sectores delimitados: en lo alto la tribuna, cercana a la biblioteca, representa la racionalidad; abajo el altar (y el sepulcro), donde prima lo tenebroso. La luz y el crepúsculo acompañan también el desarrollo de la historia, donde pueden distinguirse tres partes. En la primera es la madre quien dictamina, sin diálogos y amparada en la tradición, lo que debe hacer el protagonista, un hombre joven (probablemente menor a 20 años), quien se muestra sumiso y obediente, aunque no piadoso. “La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante”. Está dedicada al Rey Mago que ofreció mirra, el regalo que representa el amargor de la pasión de Cristo. Es una idea que toma cuerpo a medida que avanza la tarde y el relato, cuando los rezos resuenan “hondos, tristes y augustos, como un eco de la Pasión”, y más adelante, cuando imagina a sus hermanas arrodilladas en el presbiterio, “tristes, nazarenas”.

El protagonista desliza su escepticismo religioso cuando señala que “entonces veía en el cielo, ya oscura, la faz de la luna, pálida y sobrenatural como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos…” Evidentemente está distraído, soñoliento, y —aunque conoce a fondo los elementos que componen la capilla y su significado— es ajeno a la religiosidad que encarna su madre.

La segunda parte señala el elemento dramático de la historia: el pavor de sus hermanas y de su madre, porque “oíase distintamente el hueco y medroso rodar de una calavera sobre su almohada de piedra” en el sepulcro, al pie del altar. Aunque queda sobrecogido por el terror, no quiere que se madre y hermanas lo crean cobarde. Ese es el núcleo de la historia, involucrando al lector en el sentir de vida o muerte que asocia con esa posibilidad: “las estrellas se encendían y apagaban como nuestras vidas.”

La tercera parte y final es un diálogo con el Prior de Brandeso, una figura religiosa y ex Granadero del Rey; fuerte, valiente, decidida. Es quien viene a confesarlo y darle la absolución; es también quien se auto proclama el juez de lo verdaderamente determinante: si él es o no un cobarde. En todo momento el Prior lo llama “Señor Granadero del Rey”, lo que presupone la necesaria valentía del narrador y candidato a Granadero. Es asunto vital porque de ésta depende su dignidad e identidad propia e independiente del mundo materno.

El prior, ante el fenómeno del ruido en el sepulcro, determina irónicamente: “hay que saber si son trasgos o brujas”. Los trasgos, equivalentes a los gnomos o duendes, son figuras mitológicas procedentes de las culturas germánicas pre-cristianas, incompatibles con la fe de la razón o del logos que introdujo el cristianismo. En el Prior se funden la racionalidad con la fe, y la capucha del fraile con la visera de un casco. Es quien dictará sentencia en contra del narrador: “¡Yo no absuelvo a los cobardes!”

No es cobarde quien siente miedo, sino quien abandona su puesto, el deber o sus convicciones por razón del temor. El protagonista se recuerda, al inicio del relato, sumiso y obediente, ¿acaso por miedo a su madre? A lo largo de la vida de este hombre (que declara que solo una vez ha sentido el escalofrío del miedo) las palabras del Prior resonarán por siempre. “¡Tal vez por ellas he sabido más tarde sonreír a la muerte como a una mujer!”  Sobreponiéndose al miedo, probablemente sinceró las relaciones con su madre y sus convicciones religiosas, abriéndose de paso al encanto de lo femenino y la expresión de su masculinidad.

Es mucho lo que Valle Inclán no narra y que sin embargo aflora con fuerza y maestría en este relato.

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