Las moscas, de Horacio Quiroga. Un comentario.


moscas verdes

Horacio Quiroga (1878 – 1937), uruguayo, es considerado hasta hoy como uno de los mejores cuentistas de nuestra Latinoamérica. Sus intereses abarcaron la fotografía, el ciclismo, el cine, la filosofía y por supuesto la literatura. Su pasión recurrente fue la vida en la selva y la convivencia con la naturaleza en estado puro. Quiroga se declaró un entusiasta adherente del materialismo filosófico.

Su vida estuvo marcada por recurrentes desgracias personales. Huérfano, a los pocos años su padrasto se suicidó en su presencia. A los veintitrés años, dos hermanos murieron en las mismas fechas en que publicó su primer libro, victimas del tifus. Poco después mató accidentalmente a su mejor amigo de un balazo, mientras limpiaba el arma con que éste quería batirse en duelo. Ya en Argentina, su primera mujer se suicidó (incapaz de adaptarse a la vida en la selva). Terminó bebiendo un vaso de cianuro cuando, desahuciado, le decretaron un cáncer de próstata avanzado.

Gozó de gran popularidad y sus cuentos fueron muy demandados por las editoriales. Su obra ha sido considerada por los críticos como “poéticamente autobiográfica”. Es decir, en ella están presentes la naturaleza y el choque y la lucha del hombre contra esta fuerza impersonal; la desgracia y la muerte que acechan, y la fragilidad e inutilidad de cualquier intento por sobreponerse al destino. También  su visión ―no exenta de ironía― del hombre que no termina de elevarse sobre la materia, y que permea sus relatos.

Su técnica literaria muestra una estructura sólida, sobria, con un lenguaje natural y sin detalles ornamentales. Es una fuente de inspiración (entre otros) de Cortázar, quien comenzó a publicar poco después de la muerte de Quiroga y declaró su admiración por “Las moscas”. Como veremos, éste puede haber servido de inspiración para su famoso relato “La noche boca arriba” (por su recurso onírico).

“Las moscas” es un cuento que trata sobre un hombre que sabe que morirá solo en la selva y en breves momentos. Se relata en primera persona todo lo que es propiamente humano y por tanto espiritual (“clarísima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la instantaneidad de unos  segundos para extinguirse de una vez”); y en tercera persona aquello que es animalidad, materialidad o naturaleza. Son dos voces con las que el autor disecta su ambivalencia, su filosofía materialista y su vivencia de hombre que trasciende la materia y sus circunstancias. Dos voces que reflejan un conflicto interior no exento de un humor irónico, típicamente oriental y también porteño.

Se trata de una historia breve donde podemos distinguir tres etapas consecutivas y análogas. En la primera, el contraste entre la “exasperada conciencia” del moribundo y su “oscura animalidad resistente” que deja “como residuo un ex-hombre con el rostro fijo siempre adelante”.  Ya desde las primeras líneas se establece la tensión que nos acompañará hasta el final del relato. Porque un hecho es constatar que un cadáver deja de ser un hombre, y otra acompañar al autor que nos invita a dar el siguiente paso: ¿qué persiste del hombre después de la muerte?

La segunda etapa del cuento es una alucinación, un juego de la mente. Algo profundamente humano, donde la clave es la ironía ante la prueba irrefutable de la muerte inmediata: las moscas verdes de rastreo. “Los médicos y su risa se desvanecen en un zumbido…” Que termina nuevamente en tercera persona, augurando “la próxima descomposición del hombre sentado”.

La tercera y última etapa señala la muerte del hombre y la liberación de su espíritu: “Siento que fluye en mí como la vida misma” (…) “Libre del espacio y el tiempo” ―puro espíritu humano (“un recuerdo de remoto existir”), en primera persona: “puedo alzarme y volar, volar…”

“Y vuelo”. Quiroga juega con el lector; gusta de transmitir su angustia vital al lector. Con maestría cierra el cuento obligándolo a un aterrizaje forzoso. Porque un espíritu puede alzarse y volar, volar, pero la pesada materia simplemente vuela. Y la materia triunfa y el espíritu humano se extingue. Pero ahora que ya no es hombre  ―y aquí radica la ironía― permanece la voz del narrador en (deshumanizada) primera persona, como insinuando que el espíritu humano es (en palabras de Sartre) una “pasión inútil”, una pasajera e intrascendente manifestación de la naturaleza.

Quiroga resuelve la tensión que ha planteado por medio de una estructura sólida, en su lenguaje y en su relato, decantándose por el materialismo. “Las moscas” preludia al Cortázar que gusta de construir trampas que se cierran inexorables, y que siempre depara una sorpresa para el lector.

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