Tren, de Alice Munro (publicado en Mi vida querida, 2012)


falsaria1440086808TrenEn Tren, el particular arte narrativo de la aclamada autora canadiense (ganadora del Nobel de literatura en 2013) nos puede desconcertar. Porque un cuento requiere de una estructura que opere como un universo cerrado y de un hecho dramático que produzca el cierre, de una fractura en ese universo que desemboque en un final que no admita segundas partes. En Munro estos elementos quedan sumergidos, pero no ausentes o inalcanzables. Es fiel al género, pero con una maestría y un sabor particular que nos obligan a desentrañar el relato.

Los cuentos son artefactos cuidadosamente diseñados para atraparnos; son un deliberado artificio donde lo que importa no es lo aparente; son una semilla que está destinada a desarrollarse en la imaginación y el recuerdo del lector. Pero en Tren el artificio es precisamente una sorprendente falta de tensión dramática, donde Jackson (el protagonista) deambula por su vida y la de otros subsistiendo y acomodándose a lo que le depara el camino.

El cuento se inicia cuando Jackson salta desde un tren en marcha, precisamente cuando éste avanza con lentitud. Esa lentitud vital nos acompañará hasta el final de la historia.

Jackson, un hombre leal y trabajador, no tiene arraigos. Igual como llegó a una vida, desaparece sin dejar rastros para integrarse en otras vidas y otro trabajo, donde es igualmente valorado por su desempeño. Pero sus motivos para huir hacia lo precario y desconocido son desconcertantes ―porque carecen de peso, de pasión, porque dependen de sucesos comparativamente triviales. Ese pasar y deambular nos hace pensar en un relato sin nervio, carente de profundidad dramática. Precisamente ahí radica el peculiar oficio de la autora.

A Munro hay que descubrirla. Tal vez incluso con mayor intensidad que Kipling, su maestría consiste en entregarnos todos los elementos para desentrañar la poesía que se esconde en la vida anodina de sus personajes. Estos se amoldan, como pueden y con sus pobres recursos personales, a las circunstancias normales que entretejen sus vidas (el abandono, la bancarrota, la vejez, una enfermedad terminal, siempre en medio de un paisaje urbano chato y de uno rural más bien frío y desolado). Munro no nos engaña, porque aquí y allá nos deja todas las pistas que necesitaremos para imaginar el drama que explica a ese Jackson esquivo, tan carente de lazos afectivos.

El cuento está relatado en tercera persona porque, necesariamente, Jackson no puede dar cuenta de sus sentimientos, de sus motivaciones, de sus impulsos ―inexplicados y ausentes para él mismo. Los personajes de Munro, en su madurez, asumen lo que son: seres humanos truncados en su identidad. Aquello que los hace únicos e irrepetibles es también consecuencia de su pasado. Esa ausencia de un monólogo a lo Hamlet (esa no declarada indeterminación) es parte medular de la estructura de Tren.

Jackson ha acompañado la mayor parte de su vida a Belle, una mujer que al inicio del relato figura sola y en el límite de supervivencia, y que termina internada con un cáncer terminal. Jackson, postergando todas sus obligaciones (que han moldeado decenas indeterminadas de años de su vida), está con ella, dedicado a ella. Ya no es el joven que saltó del tren. Belle entonces le relata el secreto que se esconde tras la muerte de su padre, y que podría explicar su propio desamparo y la abismal falta de intimidad en la que ha convivido con el protagonista. Entonces Jackson (sin que sus lectores entendamos el motivo) por la mañana ya no encaminará sus pasos de vuelta al hospital. Ya no volverá a ver a Belle, quien agonizará abandonada.

Pero el cuento no termina ahí. Jackson aún se desempeñará como portero y co-administrador de un edificio de departamentos amoblados para alquiler. Y es ahí cuando (como si se tratara de un cometa que se acerca para luego desaparecer) su pasado lo alcanza en la persona de Ileane, una mujer de carácter con la que en su juventud se comprometió en matrimonio para luego saltar de un tren. Sin drama, sin desgarro, sabremos lo que ocurre con Jackson. ‹De pequeño, con seis o siete años, zanjó las bromas de su madrastra, lo que ella llamaba bromas o travesuras. Salió corriendo a la calle en medio de la oscuridad y, aunque su madrastra consiguió hacerlo entrar de nuevo, se dio cuenta de que se escaparía de verdad si no paraba de una vez, de manera que paró. Y se quejaba de que fuera tan soso, porque ya no podría decir que alguien la odiaba.› Ahora podemos unir todas las piezas del relato para percibir los efectos del abuso sexual en un niño previamente abandonado, y que como recurso de supervivencia aprendió a huir y a reprimir sus sentimientos. Ese es el patrón al que está encadenado.

¡Munro ha logrado sumergirnos en el mundo tal como lo percibe Jackson! Es decir, una vida donde no cabe el monólogo, sin arraigos y sin quejas, sin dolores ni afectos, sin la pulsión del deseo ni el remordimiento del pasado. Desliza así la compasión por Jackson, que deja reservada como tarea para el lector.

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