Hotel Puerto Saavedra


Hotel puerto saavedra(Arriba, en el estar.)

Rehacer la conversación con Primo es difícil, y no por falta de memoria. Sus motivaciones eran circunstanciales. Bifurcaron como esas aguas de deshielo que bajan formando arroyos en la meseta que desciende suavemente a la cuenca del Tarim, cuando todas las trayectorias son aún posibles. Yo solo puedo recordar aquella que me relató esa mañana, pero posiblemente su historia cambiaría tantas veces como volviera a contarla.

Uno habría pensado que, intoxicado como estaba con las alturas del Tibet, el hotel le resultaba indiferente, pero luego de escucharlo unas cinco horas en su oficina de lujo en el distrito de Nueva Las Condes (donde se concentran los nuevos edificios corporativos de Santiago) caí en la cuenta que esa falta de certezas resultaba mucho más sólida que la esbelta estructura de hormigón y acero en la que nos encontrábamos. “Fue en el Lost Horizons”, me dijo. Se trataba de un hostal cerca de Lhasa que figura en algunas guías en internet. El encuentro con su compañero de colegio, que llevaba cuatro meses residiendo en el monasterio de Sagya Tashi Ling, terminó por convencerlo. Su relato me resultó extraño porque para conversar sobre la meditación trascendental y la abolición del yo se sentaron a tomar cervezas en el bar americano que está (según me dijo) al otro lado de la calle. Malicié muchas cervezas, ¿cómo esperaba que me tomara en serio su discurso?

No es fácil describirte a Primo. Me parece que no tiene importancia tu inquietud, pero lo intentaré. Su fisonomía es de tipo oriental sin serlo. No muy alto, de edad mediana, muestra una flexibilidad inusitada, una atención fluctuante y unos ojos que de pronto se clavan en algún comentario que provoca su reacción fulminante, y entonces crece y se engalla. Bueno, esa fue mi impresión; me pregunto si es posible dar a conocer, de verdad, a alguien. Cuando me dijeron que él se enfrentó con tres mochileros enjuergados que tiraron un par de botellas en la entrada del hotel, y los despachó sin necesidad de llegar a las manos, no tuve dificultad en creerlo.

Su fisonomía es lo suficientemente genérica como para resistirse a una descripción, excepto tal vez su risa que abarca toda su cara. No sé por qué, pero estoy casi seguro que a él no lo vas a conocer, salvo por casualidad, y no me extrañaría que no te revele su identidad. Es de esas personas que viven relativamente aisladas, aunque por lo general se desenvuelve en la calle, en medio de la gente. Tendrás que conformarte con mi versión de Primo, que es producto de mi historia y de las anécdotas que lo siguen en boca de tantos.

Me dijo que la intención que tuvo cuando dejó el hotel en manos del catalán no fue del todo clara, o recta, o libre. Si alguna vez conversaras con él probablemente terminaría por confirmar su impresión acerca de mí. Porque él evalúa y retiene datos que corrobora (como esta duda que tengo) y los usa para establecer si uno es digno de su confianza. Soy incapaz de recordar la palabra que usó y desde luego mis alternativas no son equivalentes a la suya, que es tanto como decir que probablemente no me importó demasiado lo que para él era el núcleo de su confidencia. Digamos que nunca pasé la prueba, y me ha costado todo este tiempo darme cuenta.

A veces creo poder adivinar cuando a alguien le sobra el dinero, eso no se me escapa. Es cuestión de prestar atención a los temas que explica demasiado (cosas sin mayor importancia que ejecuta como pidiendo permiso), y los que dictamina sin trámite ni consulta. El está en ese grupo de personas que siempre tienen una agenda más amplia y profunda de lo que aparentan, y me da por pensar que uno es un peón de un ajedrez que nunca podré entender. En cualquier caso me comentó largamente que tenía que volver a Chile y enderezar el rumbo del hotel, pero no porque los informes financieros resultaran deficientes.

Me pregunto si alguna vez leerá los informes que puntualmente prepara su asistente y que le llegan a esa mini-tablet que forma parte de su mochila de viaje, actualizándose cada vez que tiene acceso a internet. Sí, ya la conociste, ella misma es asistente y gerente porque está en todo y resuelve todo. Tú misma pudiste darte cuenta que su hospitalidad deja un regusto frío metálico, demasiado eficiente para ser cordial, no lo niegues. En todo lo que hace para Primo demuestra una precisión quirúrgica unida a una puntualidad escalofriante. Es como una gallina que recorre su territorio con paso dubitativo, pero va dando picotazos certeros a los granos y gusanos en que fija la mirada.

Ella sopesó cada paso que di desde que me instalé en el hotel, y ahora me consta que estuve monitoreado las veinticuatro horas. Dame crédito, sabes que jamás diría algo así sin alguna evidencia. Su omnipresencia se anclaba en el turno rotativo de mujeres que trabajan para ella desde hace tantos años, incluyendo muy especialmente el turno de noche, destinado a labores de lavandería y luego de preparación del mejor desayuno que he probado en mi vida. Supongo, porque es lo que yo haría en su lugar, que él nunca pierde tiempo interpretando cifras, y le basta escuchar sus explicaciones y su proyección para el trimestre.

En esa primera reunión Primo me advirtió que yo nunca entenderé nada, pero pienso que era su manera de demandar mi atención, aunque mi empeño (eso creo) no alteraría la determinación que tomó. Aquello de compartir sus pensamientos íntimos lo reserva para un grupo selecto en el que no me incluyo. Me dijo que luego de su encuentro con su amigo en el Lost Horizons se convenció de que era necesario retornar a Chile para volver a elegir a quien se haría cargo del negocio, antes de emprender su viaje a la India. “Esta vez no me dejaré condicionar por lo que no tiene importancia, sino por la intención y energía que perciba en mi candidato.” Pero, ¿necesitas el hotel? ¿es parte de tu sustento? Esas preguntas tuvieron el mismo eco que si hubiese intentado preguntar por los motivos de su viaje anual para avistar los gansos salvajes que todos los años llegan al lago Tos, a 7000 metros de altura. Me habló de fluir. Me dijo que el hecho de que prácticamente me atropellara en la esquina de Rosario Norte con Los Militares, luego de haberme perdido la pista desde el año 83, fue suficiente para convencerlo. Que nuestra conversación tenía un propósito práctico y era evidente que yo, esa mañana, no me dirigía a ningún lado. No quise contradecirlo porque no habría sabido explicar hacia donde caminaba antes de nuestro encuentro (o encontronazo).

(Te distraes mientras ella se levanta a fumar afuera, en la terraza. Recuerdas nuevamente el aire frio que corría esa mañana de primavera. Ya no tenías motivos para volver porque habías logrado romper todos los hilos. ¿Libre? Más bien detenido frente a la avenida donde pasaban raudos (es decir con un propósito) todos esos autos que se dirigían a alguna oficina en esa jungla de edificios que surgió en los últimos años. Pusiste un pie en la calle porque quisiste experimentar si podemos o no bañarnos dos veces en el mismo río. Ayer (a las 11 de la noche, prácticamente sin tráfico; un ayer indeterminado como ese tiempo que se volvió denso e indiferente a los vaivenes de la ciudad) atravesaste la avenida sin levantar la vista. Esa fría mañana intentaste lo mismo, sin pensar en las consecuencias, sin reflexionar en los motivos (o la falta de éstos). Eso y los neumáticos de alta velocidad con tecnología de frenado ABS de Primo son otra manera de explicar el reencuentro.

Cuando tu indignación y tus celos se aplacaron, sentiste el peso de un cansancio vital, continuo, que te llevó a ocultarte de todos los que podían darte nuevas responsabilidades. Es como si toda tu energía hubiera implosionado con la chispa de lo que consideraste una traición. Pasa por tu lado y percibes el olor a cigarrillo que se ha quedado adherido a su pelo, y decides no volver a pedirle que modere su vicio.

Ahora que se recostó nuevamente en la butaca vuelves a hablarle, porque te parece que no se ha cansado de escuchar.)

Con el mejor café que he probado sobre la mesa, él se explayó en una reflexión sobre la forma correcta de morir que lamento no poderte resumir, unida a una detallada explicación de cómo se hizo con la casa y el arquitecto de renombre que terminó transformándola en el hotel boutique que tanto te ha gustado (esta sí podría relatarla, pero me parece que no agrega nada a la historia). A él le molesta lo de hotel boutique y usó otro término. Hotel legado, legendario, o algo así. Una sofisticación de esas que no salen en una primera barrida en Google, me parece, y que es propia de viajeros como Primo.

El año se está cerrando y es el momento de entregar el bono, me dijo. Mirándome, agregó que en su empresa no se trataba simplemente de transferir una suma de dinero al interesado. “Es un sueño realizado”, concluyó, como si con ese dato ya me hubiese hecho cargo de su idea. Acto seguido se levantó y tomó el teléfono para pedirle que viniera a la sala de reuniones. La vista a la cordillera, enmarcada en el amplio ventanal sin dinteles, enlazaba naturalmente con su lógica tibetana y el mobiliario oriental.

 A ella no la conocía (nunca la había visto), pero cuando entró me pareció que yo ya formaba parte del círculo íntimo de Primo.

Reconozco esa mirada. No esperes que deje de ser ingenuo, pero he mejorado. Como ves ahora me doy cuenta de algunas cosas, pero no me pidas imposibles.

Pensarás que lo que sigue es un comentario de mina que ensucia mi historia, pero tuve la sensación de que la temperatura bajó medio grado en cuanto ella ingresó en la sala y aplicó su sonrisa de comercial. Se me antojó como una de esas personas que saben que tropezarás, que no estarás a la altura, pero pueden darse el lujo de esperar tranquilamente tu error, sin forzarlo. Luego de presentarme como el nuevo gerente de su hotel y de señalarnos que comenzaba el lunes siguiente, Primo me pidió que le dejara todos mis antecedentes para hacer el contrato, y a Francisca que me entregaran las llaves de su camioneta Toyota en cuanto me instalara en el hotel. Ella me sonrió nuevamente y me deseó suerte.

Con el trato cerrado, Primo a continuación me indicó la silla en el otro extremo de la mesa (donde me senté), mientras él tomó la cabecera para conversar con ella. Se trataba de algo que probablemente meditó y determinó en el Lost Horizons, o en alguna cumbre menor del Himalaya. Abrió el notebook (que me pareció ridículamente anticuado en ese ambiente tan sofisticado) y le leyó paso a paso las vacaciones con que reconquistaría a su marido. Había reservado una mesa para dos en Le Cirque, ese restaurant neoyorquino ubicado cerca de la Catedral. Eligió la botella de champagne y el aperitivo. Le entregó una cajita con los gemelos de oro que le regalaría por su aniversario de matrimonio, justo antes de que trajeran la entrada. Todo lo había pensado para dejarlo completamente sorprendido y boquiabierto. No le dio instrucciones para cuando llegaran al hotel porque no eran necesarias. Me acuerdo con todo detalle del menú del restaurant, pero por algún motivo olvidé la serie de visitas que programó para los dos, siempre con algún plus que se me antojó extravagante (por ejemplo, el uso de una limusina en todos los desplazamientos).

Antes de terminar, le dio a elegir con ayuda de unas fotos un mueble importado de Tibet para su casa. Cuando ella salió de la sala con una gran sonrisa y con la hoja de ruta y la foto de un mueble aparador en la mano, me dijo que el bono que había diseñado para ella en realidad era un sueño para su marido. Su lógica era simple. Conocía a Francisca y sabía que en su austera y confortable vida nunca, ni en el momento de mayor audacia, ella rompería sus protocolos familiares. Calculaba que para ese entonces él había entrado en la crisis de aburrimiento que precede a la infidelidad. Por otra parte aquello de que ella tomara las riendas y destrozara todos los esquemas de ese hombre para mí desconocido, pero que se me antojaba un monumento a lo convencional, aniquilaría esa fantasía masculina donde ella no encajaba. No recuerdo si Primo dijo algo al respecto o yo saqué esta conclusión después de un tiempo. Como sea, Primo decidió intervenir en su vida íntima regalándole un sueño. Me resultó extraño que lo haya hecho en mi presencia, y ahora creo que lo hizo para que ella no pudiera protestar ni alterar su libreto. El le había regalado flexibilidad, libertad, una racha de aire fresco a su matrimonio gobernado por el orden y la rutina hasta en el detalle más pequeño. Le pregunté por qué le había dado a elegir el mueble, y casi a regañadientes me respondió que eso era para ella y el viaje para su marido, materia en la que era absurdo pedirle su opinión porque habría resultado un completo fracaso.

Tal vez Primo tiene razón y no entiendo nada de lo que realmente importa; muchas veces me he preguntado cómo habrá resultado este regalo que en su diseño ocultó un engaño. ¿Regalo? Por favor no me respondas, prefiero atesorar tu enigmática sonrisa.

Abajo, en la recepción, donde también pasaban cosas.

A inicios del verano, impecablemente vestida con su uniforme bien planchado, Solange se sentó en la recepción a cubrir los llamados y el arribo de pasajeros desde bien temprano. Sonó su celular. En voz baja respondió: “Muy típico de la señora Francisca. Nos mandan un jefe nuevo que se incorpora en plena temporada y quiere que yo le informe cómo éste se adapta al hotel. Al catalán ya no lo soportaba, siempre manteniéndome a raya. Llevo cinco años a cargo del turno de día, y nunca he tenido una queja de mi trabajo, pero lo que a mí me gusta es la venta y con mi antiguo jefe tenía un techo. Me gusta responder los mails, contestar el teléfono, confirmar las reservas, cargar la tarjeta de crédito. Pero sobre todo convencer a tantos pasajeros indecisos que llaman para comparar. De esos tórtolos no se me escapa ni uno. Sé perfectamente cuando hacer un descuento y cuánto, y así termino de vender las pocas habitaciones que antes de la caída del sol ya no se van a colocar.

Pero no, él me mantuvo haciendo camas y limpiando baños y respondiendo a los llamados de las habitaciones, porque por ningún motivo estaba dispuesto a pelearse con la favorita del jefe. Si, don Primo tiene su favorita y no soy yo, aunque creo que también le caigo bien. ¿Qué le puedo decir a la señora Francisca sobre este nuevo jefe que nos mandó? Si me encargó a mí que la mantuviera informada, es porque esto de contratar a alguien inexperto fue idea de don Primo y no de ella. ¿Creerá que soy una soplona? Por otra parte este cambio es una oportunidad para mí, porque no creo que a don Max le quede tiempo ni ganas para atender clientes. Conversemos a la salida mejor, no quiero que me vean hablando en la recepción. Te quiero… ¿Nos vemos esta noche?”

Don Max me necesita, pensó después de colgar. Un hombre amable, de pocas palabras. Se ve que viene dispuesto a trabajar. Pero a mí no me engaña. A su edad y sin amigos, termina el trabajo y se va a su habitación. Con el velador lleno de libros y su cuaderno de notas. Y ese método que intenta aplicar en todo. Me dice Leonor que se levanta temprano y luego de devorar el desayuno se queda leyendo en el estar. Que a veces, cuando el hotel ya está en silencio y sumido en la oscuridad, se va al planchero y le pregunta por su vida. Se interesa por sus nietos, por el poco tiempo que le queda para su casa, en fin, que es una buena compañía. Más tarde conversa con pasajeros. Eso cuando no anda en esas correrías con el loquillo de Alfonso comprando suministros para el restaurant. Tuve que insistir en que le dedique tiempo a algún deporte además de ir de aquí para allá en la camioneta, y me parece que fue buena idea presentarle a Astrid. Don Max tiene un dejo de tristeza que no logro descifrar. Tiene una necesidad de llenarse de rutinas que le ocupen el día, eso es. Tal vez la señora Francisca quiere que lo vigile para que no haga una tontería. Me da pena que esté tan solo.

(Arriba, de vuelta en el estar.)

“Me pareció un pasatiempo inofensivo”, le responde, luego de dejar la taza de té sobre la mesa. Sentados en la terraza desde la que se domina el lago, ya es mediodía y quieren aprovechar ese sol que había resultado esquivo en la última semana. Rompiendo las reglas de esta historia, ella le ha preguntado por el confuso incidente que escuchó en la recepción del hotel, mientras le avisaban sobre su llegada.

Siguiendo el consejo de Solange decidí ocupar la mañana haciendo ejercicio, porque terminaré rodando con todo lo que como desde que me hice cargo . Astrid se veía en pleno estado físico, pero a la orilla del lago su invitación a nadar hacia adentro no me pareció una locura. Aunque ahora no me digas nada, te equivocas: No tengo nada que confesarte. Ella es feliz con su marido… déjame contarte lo que ocurrió, no me interrumpas.

Desde la recepción siempre quedaba Solange vigilando, con instrucciones de pedir el salvavidas en caso de que uno de nosotros hiciera señales de auxilio. Astrid me comentó que luego de tener a su segundo hijo abandonó la competencia olímpica, lo que me pareció muy atemorizante porque como sabes soy un buen nadador pero nada competitivo. Adivinando mis dudas me dijo que si me cansaba la podía esperar mientras ella seguía adentrándose en el lago. Y que no le importaba si yo comenzaba el retorno desde antes, porque así tendría un buen motivo para esforzarse más y darme alcance. Nunca me había alejado tanto de la orilla, de la salvadora playa, pero en la práctica se volvió un paseo muy estimulante porque ella terminó por acompañarme en su largo retorno hasta llegar nuevamente a la orilla. Así parecía que me las arreglaba para sostenerle el ritmo, y ya sabes cómo funciona la vanidad masculina con toda esa gente mirándonos desde la playa. Ella siempre minimizaba lo que yo consideraba una distancia considerable por sobre mi muy estimable marca personal.

Alguna vez fui “rescatado” por un velero, sorprendido de verme nadando tan lejos de la playa, lo que me hizo conocido entre los potentados con mansiones en primera línea. El agua era relativamente fría y cuando por fin salía me costaba un par de horas entrar en calor nuevamente. Astrid, sin embargo, se volvía de inmediato a su oficina de turismo aventura como si viniera de un spa. Tenía un convenio con el hotel y le mandábamos pasajeros. Por mi parte revisaba mails y reservas (las pocas que Solange no alcanzaba a responder) o me sentaba en el estar a compartir con los pasajeros, y así me reponía de este ejercicio matutino.

Ella se levanta y te pide que la esperes porque necesita ir al baño. Miras hacia el lago. Llevabas meses sin saber de ella.

Todo estalló cuando volviste a casa y confirmaste lo inevitable. Ella se dejó la puerta del armario abierta y viste que faltaba su ropa de invierno. Semanas más tarde, como si precipitara la oscuridad, cerrando los ojos atravesaste la avenida de esa ciudad cuyo recuerdo se ha desdibujado. Sus contaminadas calles no podían competir con esa definición perfecta de tu nuevo entorno, esta naturaleza que se impone a todos tus sentidos con una profundidad desacostumbrada.

Esa calurosa noche, acosado por la soledad que se hacía presente cuando se cerraba el restaurant, decidiste entrar a nadar, a alejarte de la orilla sin ponerte un límite. No calculaste lo fría que se vuelve el agua a medida que el lago gana en profundidad y la noche se hace más oscura. Nadie, ni barcos ni Solange vigilando. La certeza de la hipotermia te llevó a dudar seriamente si tendrías reservas para volver, y fue ahí cuando descubriste que no tenías ningún interés en atravesar otras avenidas cerrando los ojos. Querías vivir y esperabas volver a verla. Eso fue una revelación que te dio energías.

Allá lejos en la playa alguien encendió una fogata y de alguna manera ese fuego también te animó a no abandonarte. Llegaste tiritando, incapaz de modular un gracias. Te dio pudor que te viera desnudo, porque nunca imaginaste que Solange estaría en la playa a esa hora. Te arropó con una manta y prácticamente te arrastró a la fogata. Luego sacó un termo y te dio a beber un café bien caliente. “Me dijo que lo vigilara por si se le ocurría salir a nadar de noche, y preferí esperarlo porque no habría sabido cómo encontrarlo en la oscuridad.” No quisiste averiguar si se trataba de Primo o de Francisca, de tu protector o de tu guardiana. Sin demasiada convicción le pediste a Solange que te guardara el secreto. Ella sonrió y miró al grupo de jóvenes que tocaban guitarra en la costanera. Te habían visto salir del agua y a lo lejos te celebraban la audacia.

Esa noche soñaste con el lago tormentoso y tú agotado nadando en la oscuridad. En un momento de cansancio final te dejaste sumir por las aguas negras, y todo el miedo que sentías en la encrespada superficie se disipó al instante, inundado por una paz completa; allá abajo, en la completa negrura, las aguas eran tibias. Te hubiera gustado quedarte ahí; comenzaste a bucear más abajo, más lejos de la torpe superficie, pero alguien te tomó de la mano. Era Leonor, la señora del turno de noche que necesitaba ayuda con la caldera porque se había excedido de temperatura. Tuviste que levantarte para abrir la calefacción y así disipar el exceso de calor. No sabes qué significado tuvo este sueño, la paz tan desconcertante apenas bajo la superficie, luego de la angustia que pasaste nadando en la oscuridad.

Cuando vuelve a sentarse frente a ti no necesita animarte a que prosigas con la historia. Simplemente retoman ese juego que aprendieron de Karen Blixen, donde el que relata la historia no puede ser interrumpido.

“Decidí venir porque me han hablado muy bien del restaurant.” Eso dijo Ricardo Alanis, heredero de una considerable fortuna y dueño del borde costero al norte del pueblo. Me había rescatado de las aguas una de esas mañanas en que me interné en el lago. Su yate no era el más grande de la cofradía, pero aunque no soy experto debía ser uno de los mejor equipados.

Viniendo de Alanis era un cumplido significativo a nuestra labor, acostumbrado como estaba a los altos estándares en cada aspecto de su vida. Cuando llegué al hotel el restaurant era insignificante y aburrido, y en un arranque le pedí a Francisca que me liberara de todas sus ataduras administrativas. Eso implicaba hacerse cargo de todo y partir de cero, y supongo que accedió porque no había nada que perder y mucho que ganar con Primo, a quien le gustaba proyectar su hotel como parte de un proyecto mayor. Recuerdo, en las primeras semanas, un neozelandés con cara de pocos amigos que pidió hablar conmigo. Señalándome un jugoso bife casi sin tocar, me dijo indignado: Kill the cook! Y eso hice, porque en realidad no teníamos un chef sino a Teresa, una chica que hacía lo que podía y que estuvo feliz de verse relegada a un segundo plano. Con el giro que le dimos al negocio ella pudo aprender de un maestro y ahora, cuando comience la temporada baja, se hará cargo de la cocina con autoridad.

El hotel quedaba al pie de una larga colina, frente al lago. (No mires hacia allá, eso es trampa. Debes imaginártelo todo solo con mis palabras). Después de esa noche en que salí congelado de las aguas, y que seguramente fue muy comentada, un poco por pudor y por no llamar la atención decidí abandonar la natación. Primo había dejado en la bodega una bicicleta que se me antojó más que decente, aunque no sabría distinguir las mejores. Al inicio no me puse grandes metas, si es que disfrutar de una vista espléndida se considera algo menor, y con solo llegar a la cumbre ya me daba por satisfecho. Fue ahí cuando conocí a Gonzalo. Estaba sentado debajo de un coihue a la orilla del camino, en la cumbre. A sus veinticuatro años rebosaba energía; no muy alto ni demasiado delgado, su pelo rubio amenazaba una futura calvicie y en su soltura de trato adiviné al sinvergüenza rompecorazones. No me costó nada iniciar la conversación, lo que no tiene ningún mérito considerando que Gonzalo es de las personas más sociables y populares que he conocido. Sabes que me gusta preguntar. Hijo de una artista y de un empresario, él había optado por dedicar su vida a la alta cocina y estaba descansando luego de terminar sus estudios en lo de Paul Bocuse, en París. Dio así en el gusto (muy parcialmente) a su padre, quien insistía en impulsar un emprendimiento en el rubro, pero en Santiago. Esto último lo supe mucho después, cuando vinieron a alojarse en el hotel para corroborar los progresos de su hijo. “¿Quieres hacerte cargo de la cocina del hotel? ¿Te gustaría que le demos vida al mejor restaurant de la zona?” Yo tampoco tenía nada que perder, y quería dejar una huella con mi gestión.

No entraré en detalles de lo que supone poner en marcha un restaurant en un pueblito donde la gente joven tiene muy pocas alternativas laborales. Todos nuestros garzones procedían de la escuela pública del lugar, ninguno con experiencia atendiendo mesas y con muy pocas habilidades sociales. De modo que hicimos clases de actuación y algunos resultaron excelentes anfitriones. Tal vez lo más divertido fue renovar todos los proveedores del hotel, y en el proceso imaginar a Francisca revisando el uso intensivo de la camioneta y las facturas que comenzamos a enviar a Santiago. Logramos un resultado extraordinario. En pocas semanas se pasó la voz y se comenzó a llenar por las noches. Al final de la temporada Primo estaba encantado con los comentarios que le llegaban de su chef que para ese entonces ya no era mío, y Francisca no tardó en señalarme que mi administración había resultado deficitaria, muy deficitaria.

Durante esas semanas, por primera vez tal vez en años, me sentí parte de un equipo. Si se quiere mantener la disciplina en la cocina, hay que predicar con el ejemplo. Comía lo que nos daba a probar nuestro chef. Es decir, me acostumbré a comer del mismo plato y tenedor con el grupo de chicos que habíamos logrado reunir. Jamás pasé hambre, pero sobre todo esa punzada de cada noche se suavizó. No me mires así, eso ya pasó.

Supongo que, una vez que la fuerza de toda esa juventud superó mis remilgos, compartir la suerte y los progresos de esa bandada de adolescentes fue la mejor terapia. Quisieron que me sumara a sus partidos de fútbol, imagínate. Gonzalo por otra parte tenía una energía prodigiosa y los superaba a todos. Luego de trasnochar ejecutando con maestría los pedidos de nuestros comensales, salía con sus amigos y volvía con el día clareando. Descansaba por la tarde, ya que dedicaba la mañana al ciclismo. Compartíamos habitación, lo que suponía que muchas veces también entraran sus amistades anulando mi privacidad y mi tiempo de lectura. Su mejor amigo resultó ser el hijo de Alanis, un tipo completamente distinto a su padre. Dedicado a la música, de pelo largo, algo fofo y aspecto descuidado, desde luego el deporte no era su prioridad y sospecho que él tampoco satisfacía las expectativas de su padre.

Una mañana Gonzalo me despertó temprano, creo que serían las seis y media. Me explicó que se había encontrado con Catita, su antigua novia, en una disco-pub. El tipo con el que estaba al parecer no se había portado bien con ella. Gonzalo no quiso contarme detalles, pero luego supe que lo enfrentó y lo sacó a empujones del pub. Supongo que el otro se dio cuenta que Gonzalo no estaba solo, porque nunca lo estaba. Catalina quedó varada en este pueblo (eso me dijo), sin un lugar a donde ir, y necesitaba descansar antes de encontrarle un lugar donde quedarse. Cuando la vi me pareció preciosa y desvalida, de modo que le cedí nuestra habitación. Nada como ser rescatada por su príncipe para que la llama se reavivara. Eso fue lo que me imaginé, porque a mí no me dijeron nada. No podía convencer a Gonzalo de que volviera con ella; no tenía forma de hacerlo ver que ella era mucho mejor que esas amigas “touch and go” que se desvanecían con el amanecer. Pero podía hacerle difícil dejarla de lado y por eso se me ocurrió pedirle a Alanis que la recibiera en su mansión por unos días. Sí, reconozco que un poco de romance me ayudó a calmar esa punzada de las noches.

Mi apuesta, la mejor que se me ocurrió, fue invitar a Alanis acompañado de su hijo y de Catalina a comer. Esperaba que así, después de cerrar, Gonzalo saldría con sus amigos y con Catita. Creo que ella estaba feliz con este reencuentro. Yo me ofrecí a hacer las cuentas y supervisar la limpieza de la cocina para facilitarle las cosas. Eso fue la primera vez y resultó un poco forzado, pero luego ya contaron con mi ayuda y se volvió rutina verlos salir juntos.

Me dicen que Gonzalo está cambiado. Sus padres están encantados con este noviazgo y posiblemente eso acelerará los planes de inversión en un restaurant. Pero eso es otra historia y la mía termina aquí. No te digo más. ¿Por qué decidiste venir a verme?

“Salgamos a caminar y luego me invitas a ese restaurant tuyo. Te contaré de Antonio y de su nueva vida.”

Bajas las escaleras. Aún no puedes creer que ella haya venido sin previo aviso. Solange te avisó de su llegada, te advirtió que tenías reservada la suite del Capitán para esa noche, y deslizó una caja oscura en el bolsillo de tu chaqueta. Discretamente juegas con el estuche, le tomas el peso imaginando su contenido. Dejas que se adelante y arrancas un papel que viene adherido con tu nombre manuscrito. Reconoces la letra de Antonio.

Más tarde, en el bar de la planta baja, mirando la puesta de sol.

Ahora la Blixen seré yo, Max. Es tu turno de guardar silencio. ¿Quieres saber lo que pasó por mi cabeza cuando me fui a ver a nuestro Antonio a Boston?

Me basta con que hayas vuelto. Solo dime si hay alguien más.

No digas tonterías, nunca hubo nadie. Estaba asfixiada contigo. Ya no te reconocía y me pareció que lo mejor era tomar distancia y cambiar de aires. ¿Tienes idea hace cuánto tiempo no me mirabas? ¿Sabes cuántos años esperé para que alguna vez te acordaras de nuestro aniversario?

Cuando me llegó la invitación a pasar unos días contigo en este hotel de ensueño, me dio un vuelco el corazón. ¿Tú escribiste la nota?

Lo hubiera hecho a mano, Beatriz. Eso fue cosa de Primo… Cuéntame qué dice la nota.

“Sin compromisos. Ven a verme. Te espero con la mejor habitación del hotel.” Tuve que adelantar mi pasaje de retorno. La nota me da lo mismo porque te veo con energía, miro cómo te saluda Solange y su equipo. Me parece que has vuelto de tu largo exilio, aunque no tengo idea lo que harás después de esto. Pero hoy no hablemos de eso… Bastará con que te diga que lejos te recordé tantas veces, pero al de antes.

¿Te parece si omitimos a Blixen, y no hablamos más de nuestros exilios? No importa si esto fue idea de Primo o tuya, Max.

“Feliz aniversario, Beatriz”. Hace un brindis y golpean ligeramente sus copas. Luego de poner la cajita de terciopelo sobre el bar, adelantándose al ocaso atrapa su mano y la besa suavemente.

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